HORIA
SIMA
La
vida de Horia Sima aparece, desde su más temprana juventud, entregada
a la Guardia de Hierro, que representó una lucha altiva y generosa por
el honor y la grandeza de la patria rumana frente a la decadencia interior y
las presiones exteriores. Nació en Bucarest el 3 de julio de 1906, donde
estudió Filosofía y Filología románica, y siendo
estudiante ingresa en las filas del Movimiento, que capitanea Codreanu. En 1935
es nombrado jefe de Región en el Movimiento y dos años después
es elegido diputado en el Parlamento. Asesinado Corneliu Codreanu el 30 de noviembre
de 1938, Horia Sima prosigue la lucha contra el Régimen. En el Gobierno
Tatarescu –1940 – es ministro subsecretario de Estado. La Guardia
de Hierro crece en influencia e importancia en el país. Pasa Horia Sima
a ocupar otro ministerio en el Gobierno Gigurtu. Por fin en septiembre de 1940,
estalla la revolución legionaria. El rey Carol abdica, haciéndose
cargo del Poder el general Antonescu; Horia Sima es nombrado Vicepresidente
del Consejo de Ministros. Cuando en el año 1941 el general Ion Antonescu
realiza el golpe de Estado y, con el apoyo de las tropas alemanas, expulsa del
Poder a los ministros legionarios - «esas cabezas locas», que dijo
Hitler - los jefes de la legión, refugiados en Alemania, son internados
por el Gobierno alemán, de acuerdo con Antonescu, en los campos de concentración
de Buchenwald, Dachau y Sacsenhausen. Entre ellos figura Horia Sima, Primero
con domicilio forzoso, después internado en Buchenwald y Sacsenhausen.
Cuando en 1944 capitula Rumania, Horia Sima es puesto en libertad y llevado
al Gran Cuartel Alemán para formar un gobierno rumano de resistencia.
Vencida Alemania, sobrevenida la ola roja sobre Rumania, Horia Sima – 1944-1945
en Viena constituye y preside un Gobierno rumano en exilio. Sin posibilidad
de actuación directa sobre su país, Horia Sima viene en exilio
hasta hoy, preocupado por todos los problemas que afectan a su pueblo, sometido
al dominio de Moscú. En estos años ha publicado diversos trabajos
para dar a conocer al mundo el significado de la revolución legionaria
y su visión de la Europa de hoy, entre los que figuran los siguientes:
«La Destinée du Nationalisme» (París, 1951), «Europe
at the Crossroad» (Muenchen, 1955) y «La crisis del mundo libre»,
aparecido en Madrid en 1958.
La vida no vale la pena si no es para quemarla al servicio de una empresa grande.
JOSE
ANTONIO
INTRODUCCIÓN
Desde
el primer contacto con las obras de José Antonio y Corneliu Codreanu
tendremos la sorpresa de descubrir coincidencias extraordinarias en su pensamiento.
Frente a los problemas fundamentales de la Historia,

José
Antonio y Corneliu Codreanu adoptan parecida actitud.
Las
diferencias entre sus ideas pierden importancia ante la frecuencia y calidad
de los elementos comunes de su doctrina.
El
hecho es tanto más significativo cuanto que José Antonio y Corneliu
Codreanu se han desarrollado en ambientes completamente independientes. Hasta
la presencia legionaria rumana en el frente nacional español, en el otoño
de 1936, pocas noticias de lo que ocurría en España penetraban
en los medios rumanos. Por otro lado, para los españoles, Rumania presentaba
una imagen muy vaga, un. país cuya fisonomía se diferenciaba apenas
de los demás países del Este de Europa. Corneliu Codreanu y José
Antonio ni se han conocido ni han tenido la ocasión de influirse recíprocamente.
Ambos
han enfocado los problemas de sus naciones independientemente uno del otro,
y, a pesar del aislamiento en que han vivido y se han manifestado públicamente,
han llegado a conclusiones muy parecidas.
No
pertenece al objeto de este estudio explicar el origen del parentesco en el
pensamiento de los dos fundadores de movimiento. Hay, empero, un aspecto que
tiene que ser aclarado. La doctrina de José Antonio y la de Corneliu
Codreanu, antes de ser expresada por un acto intelectual, apareció en
sus almas por intuición. No se trata de una construcción lógica.
Su doctrina no es una creación de la sola razón, una nueva presentación
de un material perteneciente al pensamiento ajeno. Con un sistema de proposiciones
frías, no hubieran sido nunca capaces de concentrar en torno a sí
a las nuevas generaciones. Empleando el lenguaje especifico de la razón,
ambos desarrollan un conjunto de verdades que había germinado previamente
en su ser intimo, como experiencia interior, como estado de espíritu.

Nunca
utilizan los métodos de los hombres de ciencia y de los filósofos.
No hacen demostraciones, sino emplean la verdad como arma para atacar y arrebatar
las posiciones ideológicas del adversario.
No
dejan nunca el campo de la lucha. La verdad grita por ellos con una energía
elemental, estalla como una fuerza de la Naturaleza. No sólo convencen
por la solidez de su razonamiento, sino por la tensión de su vida. Su
doctrina es afirmación directa, verdad de buena ley, oro nativo.
Brotando
de la plenitud de sus almas, su doctrina y su acción política
están compenetradas en un inquebrantable bloque de verdades. No son de
los que piensan de una manera y obran de otra. Su personalidad no es desarticulada
por contradicciones. Su vida se desarrolla con un tremendo rigor, siempre de
acuerdo con sus principios, hasta el último sacrificio.
El
heroísmo es una virtud muy difundida cuando se trata de hechos aislados,
de estallidos ocasionales; pero es muy rara cuando se trata del «heroísmo
duradero», del heroísmo continuo de toda una vida. Para José
Antonio y Corneliu Codreanu los verdaderos gozos de su vida son los de la lucha,
y su única satisfacción es ver al propio sacrificio servir a la
nación.
De
aquí resulta también su inmenso respeto para las dos categorías
nacionales que a lo largo de toda su vida persiguen un ideal: los sacerdotes
y los militares.

Solamente
en ellos la idea de servir, la aceptación previa del sacrificio, constituye
una permanente. razón de su vida. Solamente ellos tienen el privilegio
de ejercitar una profesión que les mantiene en contacto con las realidades
mayores de la Patria y con el mundo de las supremas verdades.
Corneliu
Codreanu y José Antonio han sido demasiado grandes para su época.
Sus contemporáneos no les han entendido por completo. Los que sí
han entendido perfectamente lo que los dos representaban para el destino de
sus naciones y de todo el mundo han sido las fuerzas del mal. Frente a ellas
se habían alzado unos hombres para los cuales el plan diabólico
de estas fuerzas no tenía ningún secreto.
Mientras
provocaban las fuerzas del mal, José Antonio y Corneliu Codreanu no han
tenido apoyo suficiente para su lucha en sus propias naciones, y tampoco en
el mundo que se decía nacionalista. Los enemigos han llegado a aislarlos,
a encerrarlos, y, en breve, bajo un pretexto cualquiera, a matarlos. De nada
les ha servido ser inocentes. Los que les han condenado y matado no hacían
más que ejecutar una sentencia previa de las fuerzas mundiales del mal.
Corneliu
Codreanu había previsto su fin ya desde los primeros años de su
lucha: «Mandarán capturarnos y matarnos. Escaparemos, nos ocultaremos,
combatiremos; pero al final seremos muertos. Entonces aceptaremos la muerte.
Correrá la sangre de todos nosotros. Este instante será el más
grande discurso nuestro dirigido al pueblo rumano, y el Último.»
El
«último discurso» de José Antonio y Corneliu Codreanu
es la garantía del caráetcr duradero de su obra.
Las
fuerzas del mal no han llegado a matarlos.
Su
gloria de mártires de la fe cristiana y nacionalista perdurará
por siglos en la conciencia de sus pueblos y de las otras naciones.
Madrid,
junio de 1959.
I
ASPECTOS
GENERALES
Uno
de los problemas más debatidos en el período de ascensión
de los movimientos nacionales ha sido el de establecer lo específico
de dichos movimientos en relación con los antiguos partidos políticos.
¿En qué se diferencia un movimiento de un partido político?
Generalmente se decía que un movimiento tiende hacia la omnipotencia
del Estado, mientras que un partido político tolera la existencia de
la oposición.
Esta
característica no constituye la esencia de los movimientos nacionales.
Más bien es el resultado de unas exigencias históricas (la lucha
contra el comunismo) que un signo distintivo de estos movimientos. Si el fascismo
y el nacionalsocialismo han modelado el Estado a base de un partido único,
es éste un asunto que se refiere exclusivamente a la suerte de estos
dos movimientos. Otro movimiento, o bien los mismos movimientos, en circunstancias
históricas distintas, hubieran procedido de otro modo, sin alterar su
personalidad. La existencia de los movimientos nacionales no está indisolublemente
unida a la idea del Estado totalitario, ya que ellos tienen una adherencia en
las masas populares como los demás partidos políticos. Su situación,
dentro del Estado, no debe confundirse con la del comunismo, que no tiene otra
solución en el plano, del gobernar que la de imponer su dominación
por la violencia y el terror.
Los
movimientos nacionales tienen un contenido mucho más profundo, que está
por encima de la forma del Estado que eligen en un momento dado para expresar
sus ideales políticos. Lo que hace distinguir un movimiento nacional
de un partido político es la perspectiva ideológica por la cual
se afirma en la vida pública. Un partido político desarrolla su
actividad conforme a un programa; un movimiento posee algo más que un
programa: posee una doctrina. Los programas de los partidos contienen sin duda
ciertas ideas que, con algo de benevolencia, pudieran ser llamadas también
doctrinas. Pero analizando el contenido ideológico de los partidos políticos
comprobamos que está relacionado estrictamente con lo contingente, con
lo inmediato, que no sobrepasa la actualidad político-administrativa
del Estado. Falta en los programas de los partidos la parte de la concepción,
de la creación política. Falta la «gran política»,
la visión histórica de la nación.
Los
partidos se benefician de una situación doctrinaria ya establecida.,
Los grandes principios políticos -que son los mismos para todos los partidos-
no interesan ya a sus dirigentes. Recuerdan aquellos principios solamente en
las ocasiones solemnes. Por eso los partidos políticos, a pesar de la
enemistad que muestran unos contra otros delante del público, no representan
en el fondo más que unas variantes de la misma mentalidad política.
Sus divergencias son secundarias, porque no tienen como base divergencias ideológicas.
Sus doctrinas no difieren unas de otras o, mejor dicho, no poseen doctrina alguna.
Un
movimiento de integración nacional aparece cuando una nación está
invadida por inquietudes espirituales. La situación doctrinal existente
no satisface ya a la nueva generación. Esta empieza a distanciarse de
la manera de pensar del personal político del país. La atmósfera
pública le parece irrespirable. Busca otra salida, una evasión,
una nueva orientación, sin saber concretamente lo que quiere. Cualquier
movimiento comienza con una agitación nebulosa de la nueva generación,
con una revuelta creciente contra el conformismo del pensamiento de los que
detentan el poder. Se llama «movimiento» porque es el resultado
de un «movimiento», de una vibración del alma. Su centro
de gravedad se halla en el alma, no es el resultado de unos descontentos políticos
pasajeros. Las almas se alejan de la mentalidad dominante en la clase dirigente
para buscar su propio camino. Entre la antigua y la nueva generación
se produce un divorcio espiritual. Para esta generación el llamamiento
de la Patria tiene otra significación, asciende hacia otra altitud histórica.
El
estallido de un movimiento no es el resultado de un plan, de una deliberación,
de un acuerdo entre varios individuos. En sus orígenes no existe nada
premeditado. El impulso para la constitución de un movimiento sube de
las profundidades del ser nacional. En los primeros brotes de un movimiento
encontraremos siempre la, reacción instintiva de un pueblo ante el peligro
que le amenaza. La nueva generación es más sensible ante este
peligro porque tiene la vida por delante. Por eso encontraremos siempre a la
juventud al frente de todos los movimientos de resurgimiento nacional. Una nación
cuya juventud es, apática e indiferente delante de los grandes problemas
nacionales, delante de los problemas que le plantea el tiempo en que vive, es
una nación sin porvenir.
En
esta fase, el movimiento no representa todavía un valor político.
Es una ola de agitación turbia, una convulsión del organismo nacional,
Para ganarse el derecho de ciudadanía en la Historia, tiene que sobrepasar
esta fase infantil, definiendo sus objetivos. La suerte de un movimiento popular
depende siempre de la aparición de una personalidad excepcional, capaz
de clarificar las, aspiraciones confusas de sus contemporáneos. Un fundador
de movimiento no crea ese estado de espíritu que está en la base
de ese movimiento. Él capta solamente la efervescencia revolucionaria
de su época y la dirige en un sentido constructivo. Cava un cauce al
tumulto de las pasiones. Clarifica las inquietudes espirituales de una nación,
tanto en el campo de las ideas políticas como en el de la acción
política: elabora una doctrina y crea el cuadro político destinado
a orientar las energías nacionales. José Antonio y Corneliu Codreanu
han aparecido en circunstancias históricas análogas. Cada
uno ha sido llamado por el destino a resolver una situación revolucionaria
en su patria, y cada uno ha cumplido con intachable lealtad este papel histórico.
Gracias a su poder creador han transformado el dinamismo confuso de una generación
en un movimiento coherente y consciente de sus. responsabilidades. Ellos han
estilizado estos movimientos, han cincelado su personalidad y les han dotado
de una cadencia histórica. Los han elevado al rango de entidades políticas.
II
LA
INFLUENCIA DEL FASCISMO Y DEL NACIONALSOCIALISMO
Apenas
había empezado el movimiento legionario rumano a difundir sus principios
entre las masas populares, cuando ya los antiguos partidos políticos
descubrieron su punto vulnerable: «Es una imitación del fascismo.
El movimiento ha importado su doctrina de Italia y tiende a introducir en la
vida pública ideas y costumbres ajenas a la concepción de vida
del pueblo rumano. Al no estar anclado en las realidades nacionales, el movimiento
desaparecerá de por sí, después de unas débiles
manifestaciones ante un público insensible a sus llamamientos.»
La profecía de estos «peritos» en los problemas políticos
de Rumania no se cumplió. En pocos años, el movimiento arraigó
en todo el país. El pueblo se sentía atraído hacia él,
probablemente porque la Legión no imitaba a nadie, precisamente por poseer
un carácter auténticamente rumano.
Cuando
empezó a brillar la estrella de Hitler en el cielo de Europa, la acusación
de fascismo pareció demasiado blanda a nuestros adversarios. Encontraron
una culpa más grave aún para el movimiento: «Es una sucursal
del nacionalsocialismo alemán en Rumania», decían. Según
afirmaban, la Legión cumpliría dentro del pueblo rumano uno de
los más abyectos papeles: servir como instrumento a los planes de expansión
y de dominación de una potencia extranjera, traicionando los intereses
del pueblo rumano. «Finalmente, nosotros -recibimos dinero”, somos
”asalariados de los hitleristas"», dice Corneliu Codreanu (1),
cuando se refiere a las infamias que difundían sus adversarios. La ofensiva
de las calumnias le repugnaba profundamente. La mala fe de que eran capaces
los viejos hombres políticos está demostrada sobradamente en el
hecho de que, en el otoño de 1919, cuando empieza a afirmarse en la vida
política Corneliu Codreanu, nadie en Rumania conocía la existencia
de Hitler. Mussolini había de emprender la marcha sobre Roma tres años
más tarde. Es verdad que la fundación del movimiento legionario
tuvo lugar el 24 de junio de 1927, pero el proceso político y espiritual
que determinó su nacimiento es mucho más remoto. El movimiento
legionario rumano tiene su origen en el movimiento nacionalista estudiantil
que brota en todas las Universidades rumanas después de la primera guerra
mundial y alcanza su apogeo en el año 1922. Las figuras principales de
este movimiento fueron las mismas que echaron más tarde las bases del
movimiento legionario.
La
aparición de la Falange Española fue saludada con una lluvia de
calumnias de la misma especie: «un movimiento fascista» o «una
copia del fascismo italiano». José Antonio puso de relieve las
falsedades de sus calumniadores en el discurso de proclamación de la
Falange y de las J. O. N. S.: «No te preocupes mucho porque nos digan
que imitamos. Si lográsemos desvanecer esa mentira, pronto inventarían
otra. La fuente de la insidia es inagotable» (2). Volviendo en el mismo
discurso sobre el mismo tema, emplea una expresión aún más
fuerte: «Todos saben que mienten cuando dicen de nosotros que somos una
copia del fascismo italiano ... » (3).
Indudablemente
existen ciertas semejanzas entre todos los movimientos nacionales en la manera
de enfocar los problemas de la nación; pero no son el resultado del trasplante
de unas ideas de un país a otro. Mussolini tenía razón
cuando decía que «el fascismo no es una mercancía de exportación».
Las afinidades de concepción entre los movimientos nacionales tienen
otro origen. Se deben solamente a un estado de espíritu general, a un
fenómeno de proyección europea. Estos movimientos no se han imitado
entre sí, sino que cada uno respondió conforme a las peculiaridades
de su pueblo al llamamiento que la Historia ha dirigido a todas las naciones.
El sentido nacional existe en estado latente en el seno de cada pueblo y no
le falta más que el ambiente histórico para entrar en efervescencia.
Si el fenómeno nacionalista se ha manifestado con tanto vigor después
de la primera guerra mundial, es debido a que sólo en esta época
se han reunida las condiciones necesarias para su florecimiento. Con la entrada
de las masas en la Historia, el nacionalismo ha recibido también un nuevo
impulso. Encontró una base más amplia para afirmarse. En los siglos
pasados, la conciencia de los pueblos no tenía más órgano
de manifestación que la clase restringida de sus dirigentes. Con la participación
de las masas en la vida política, la conciencia de los pueblos entra
en una fase de expansión. Las masas populares no han modificado solamente
el paisaje social de la nación, sino que son responsables también
de la aparición del nacionalismo. Con su penetración en la vida
del Estado, salen a la luz también los caudales de energía de
los pueblos. El movimiento nacional es la única fórmula para que
las masas sean integradas en el Estado nacional. Si el dinamismo de un pueblo
no es captado por el nacionalismo, las masas se alejan de la nación y
el terreno queda libre para el comunismo.
No
se puede atribuir a una imitación el parentesco de ideas entre los movimientos
nacionales: el nacionalismo es un valor inimitable. Esta manera de afirmarse
en la Historia obliga a los pueblos a buscarse a si mismos, con el fin de descubrir
su propio ser. Para poder determinar los objetivos que perseguirán en
el campo político, las naciones deben explorar previamente su interior
para saber quiénes son y cuál es su identidad histórica.
El genuino sentido de Patria obliga a cada pueblo a partir de su mismo ser,
de sus propios recursos interiores.
Por
el camino de la búsqueda de sí mismo, un país puede llegar
más rápidamente que otro a la posesión de las verdades
nacionales, tal como ocurrió con Italia. Más aún: la experiencia
fascista pudo servir de ejemplo a otros pueblos para intentar la misma aventura
espiritual, la búsqueda de su ser histórico. Pero esto no es imitación,
sino el impulso que un pueblo recibe de otro para encaminarse hacia su originalidad
creadora, hacia una vida más auténtica. José Antonio explica
claramente en qué se resume la supuesta imitación del fascismo:
«España, contagiada de este calor, no va a imitar a Italia: va
a buscarse a sí misma; va a buscar en las entrañas propias lo
que Italia buscó en las suyas» (4).
He
aquí la única lección que dio el fascismo a los demás
pueblos: ¡Realizaos a vosotros mismos! ¡Haced el inventario de vuestras
propias posibilidades! ¡Sacad de la oscuridad y del olvido lo que os pertenece
a título perentorio, vuestros valores inmutables, y echadlos en la balanza
de la Historia!
La
doctrina nacionalista no es una moda política y no ha sido inventada
por el fascismo. Mussolini no ha hecho más que dar valor de circulación
a una categoría política y espiritual existente desde los más
remotos tiempos en el seno de su pueblo, en un momento en que el ambiente histórico
favorecía su erupción en la vida pública.
Las
mismas condiciones históricas han favorecido la afirmación del
espíritu nacional en todos los otros países de Europa. Sí
en Italia no se hubiera manifestado el fenómeno, con seguridad que el
«fascismo» hubiera brotado en otro país. El fascismo, apunta
con destacada lucidez José Antonio, debe ser interpretado a escala europea.
«El fascismo es una inquietud europea..., una manera nueva de concebir
todos los fenómenos de nuestra época e interpretarlos con sentido
propio» (5).
Esta
inquietud europea ha sido provocada por la aparición de las masas populares
en la vida pública. Se trata de un fenómeno general. En todos
los países el Estado tuvo que soportar la presión desde abajo
hacia arriba de las multitudes, y con ellas, la conciencia nacional de los pueblos
recibió un nuevo impulso, el impulso de las nuevas categorías
de ciudadanos. En la lejana Rumania, Corneliu Codreanu llega a las mismas conclusiones.
Un movimiento nacional está íntimamente relacionado con el grado
de conciencia que han adquirido las masas de la nación, experiencia que
hoy día han vivido ya todas las naciones. «Un pueblo en su totalidad
llega a la conciencia de sí mismo, de su misión y de su destino
en el mundo. En la historia de los pueblos sólo hemos encontrado unos
destellos pasajeros. Desde este punto de vista, hoy día nos hallamos
ante unos fenómenos nacionales permanentes» (6).
Un
movimiento nacional que elige el camino de la imitación se altera y se
anula. Cada uno debe recorrer su propia trayectoria. Los adversarios, para desacreditar
los movimientos nacionales, les pusieron bajo una etiqueta común la palabra
»fascistas». Querían insinuar que sólo eran reproducciones
en serie del fascismo italiano. Es una falta de honradez política en
unos y una pereza intelectual en otros. Quien analiza con objetividad estos
movimientos, descubrirá lo mucho que les separa debido al ambiente particular
en el cual se han desarrollado y a la individualidad del pueblo en que han nacido.
Uno
de los grandes principios confesados por todos los nacionalistas del mundo -independientemente
del país de origen- es que la nación no empieza a existir más
que desde el momento en que se vuelve hacia sí misma y valora sus energías
propias. Pero esta misma premisa fundamental, esta afirmación del ser
absoluto nacional, provoca las diferencias entre los movimientos nacionales.
En virtud de este principio, cualquier movimiento nacional debe desarrollarse
independientemente, debe llegar a una concepción propia en su realización
política. Y esto no por celos, no por un absurdo espíritu de independencia,
sino debido. simplemente a una necesidad interior. Una nación que anda
por los senderos abiertos para otros pueblos pierde su perfil espiritual y traiciona
su misión histórica.
III
LA
NACIÓN
Ni
José Antonio ni Corneliu Codreanu han dejado una doctrina reunida en
un sistema filosófico. Ellos han sido luchadores. No se han preocupado
ni han tenido el tiempo necesario para formular su pensamiento con todo el rigor
científico. Junto con los gritos del combate, y desde el centro de éste,
lanzaban sus ideas destinadas a justificar su intervención en la vida
pública. Pero de este continuo entrelazamiento de sus ideas con la acción,
su pensamiento no ha tenido nada que sufrir. No es ni defectuoso ni incoherente.
A pesar de encontrarse esparcido en innumerables discursos, declaraciones, notas,
circulares, artículos, etc., con los fragmentos de su pensamiento se
puede reconstruir una filosofía política monumental, que puede
codearse con las más brillantes creaciones del genio humano en este campo.
El
perfecto encadenamiento de su pensamiento tiene su origen en el hecho de que,
a pesar de la fragmentación debida a las condiciones de su vida, saca
su sustancia de una única fuente: una visión unitaria del destino
nacional.
Corneliu
Codreanu y José Antonio desarrollan su doctrina entera partiendo de la
idea de nación. Pero ellos no están contentos con las significaciones
que ha recibido esta noción en el pensamiento contemporáneo. La
someten a un profundo examen, y, una vez revisada y renovada, construyen sobre
ella toda su doctrina.
Según
sabemos, el concepto de nación ha originado innumerables controversias
en el mundo de los historiadores, de los sociólogos, de los juristas,
de los filósofos de la cultura y de todos aquellos que, de una manera
u otra, se han ocupado de la suerte de las colectividades humanas. Para definir
la nación, la mayoría se orienta según sus requisitos externos,
según el territorio, población, lengua, tradición, pasado
histórico, Estado, religión (en el sentido social-confesional),
cultura, etc. Ellos buscan en esta variedad de manifestaciones aquellos factores
que se repiten en cada nación, y que pueden constituir, conforme a las
reglas de la lógica, las notas esenciales de un concepto. Ocurre, no
obstante, que este modo de construir el concepto de nación no nos ofrece
los felices resultados que la lógica ha obtenido en otros dominios. Ninguna
definición propuesta hasta ahora por los hombres de ciencia ha podido
ser reconocida como universalmente valedera. ¿Por qué motivo?
Porque una nota que puede ser esencial para una nación, por ejemplo,
el idioma, no es indispensable para la constitución de otra nación.
Examinados uno tras otro, se comprueba que todos los factores más arriba
enumerados encuentran excepciones, es decir, que ninguno de ellos constituye
un elemento indispensable para la existencia de una nación. Al no aparecer
con regularidad en todas las naciones, ninguno de ellos puede aspirar al rango
de nota esencial del concepto. El concepto de nación rehusa encuadrarse
en las reglas lógicas del conocimiento.
Al
averiguar que el concepto de nación no se deja introducir en las categorías
de la lógica, otros investigadores han pasado al extremo opuesto; han
negado a la nación cualquier forma de vida colectiva y han desplazado
su centro de gravedad y toda la responsabilidad de su constitución sobre
el individuo. La esencia de una nación no la constituiría ni la
lengua, ni el territorio, ni el pasado histórica, ni la raza, sino una
especie de oscura e incontrolable voluntad social, que se plasmaría con
las adhesiones de las voluntades individuales, y necesitaría por tanto,
de una renovación continua. Según la célebre fórmula
de Renán, una nación existiría en virtud de un plebiscito
diario.
José
Antonio y Corneliu Codreanu no están satisfechos con la teoría
histórico-tradicionalista de la nación, y menos aún pueden
adherirse a a teoría atomista o mecanicista de la sociedad política,
que lleva las cosas al absurdo. Ellos revalorizan el concepto de nación,
edificándolo sobre otras bases. Según sus opiniones, la parte
que se ve, la parte perceptible, no representa más que su envoltura exterior.
La nación se compone también de otra parte que no se ve, de una
parte oculta a los sentidos, pero que es mucho más auténtica y
más susceptible de constituir su esencia. Es su energía espiritual.
Para
definir la nación, dicen ellos, es preciso cambiar previamente la perspectiva
desde la cual enfocamos el concepto. Tenemos que desplazarnos desde el cuadro
de las manifestaciones exteriores de la nación hacia su interior, hacia
su centro existencial. Las naciones no son una circunstancia histórica,
no son un producto histórico-social, sino que son realidades históricas,
existentes por sí mismas. Son entidades verdaderas por sí mismas
(7).
Esto
significa, que son las naciones las que provocan la diferenciación de
las masas sociales y las que determinan sus movimientos históricos. De
las profundidades de las naciones nacen los impulsos creadores de la Historia.
No somos españoles, rumanos, franceses, alemanes, italianos, americanos,
porque vivimos en un cierto territorio. porque hablamos un cierto idioma, porque
tenemos costumbres comunes, sino porque estas colectividades humanas, la española,
la rumana, la francesa, la alemana, la italiana, la americana, encierran en
sí energías propias, que las determinan desde su interior a cumplir
en la Historia misiones distintas. Las naciones son fundaciones, son sustancias,
son «un ego» colectivo con vida propia. Cuando la Historia empieza
a hablar de una nación, eso significa que la masa de hombres que la compone
se ha puesto en marcha para cumplir una empresa histórica. Según
José Antonio, «una nación no es una lengua, ni una raza,
ni un territorio. Es una unidad de destino en lo universal» (8). Hay muchos
otros párrafos que afirman tal principio. Dice en otra parte: «La
nación no es una realidad geográfica, ni étnica, ni lingüística;
es sencillamente una unidad histórica. Un agregado de hombres sobre un
trozo de tierra sólo es una nación si lo es en función
de universalidad, si cumple un destino propio en la Historia» (9).
«La
unidad de destino en lo universal» es la expresión que más
emplea José Antonio para definir la nación. Es necesario que penetremos
más profundamente en el sentido de esta expresión, porque representa
la posición clave de su filosofía entera. El factor que unifica
las aspiraciones de una masa humana, levantándola al rango de nación,
es su destino. Por el destino se realiza, se distingue una nación de
otra. No por el territorio, lengua o costumbres comunes. Sólo una colectividad
humana que entabla la lucha por la realización de su destino sale del
anonimato de la Historia. El brillo de una nación en el mundo está
condicionado por la grandeza de su destino.
¿Qué
interpretación conviene mejor a esta noción? José Antonio
nos facilita el entendimiento de la idea de destino, ofreciéndonos varios
equivalentes: una misión histórica, una vocación histórica,
una empresa colectiva, el sentido total de la patria, el nacionalismo misionero,
el patriotismo de la misión, etc. Según resalta de la comparación
de estos términos, se trata de una energía que emana del cuerpo
de una nación y se actualiza en vista de la realización de un
objetivo. Esta fuerza en busca continua de un quehacer histórico no subsiste
por sí misma. Su fuente se halla en la nación, fluye de la nación.
Es su proyección histórica.
Para
estar dentro del pensamiento de José Antonio y Corneliu Codreanu hay
que hacer la distinción entre la nación y el destino nacional,
emanación histórica de la nación, su proyección
en la Historia. Las naciones son entidades históricas, realidades existentes
por sí mismas, «fundaciones con sustantividad propia, no dependiente
de la voluntad de pocos ni de muchos» (10). Las naciones poseen un alma
colectiva, una conciencia colectiva, un contenido espiritual colectivo. José
Antonio habla del «alma metafísica de España», que
es una verdad elemental, un axioma histórico y político, comparable
con las verdades matemáticas. Esta realidad colectiva suprema es irrevocable
e intangible. La Historia se crea partiendo de este «yo» histórico,
desde este sujeto creador colectivo.
Las
naciones -estos arquetipos históricos - están dotadas de impulsos
creadores. Tienden a afirmar su personalidad, buscar su suerte en el mundo.
«El destino histórico» de un pueblo o su «destino nacional»
es la transición desde el estado potencial al estado de manifestación
de su originalidad creadora. Las energías que ha edificado la nación
salen de la reserva en que se encuentran acumuladas como en un lago artificial,
para hacer su aparición en la escena de la Historia y cumplir con su
misión propia en competencia con otras naciones. A partir de este momento
empieza la historia de aquella nación. Una nación se forja mediante
un continuo proceso de autoexploración y autodeterminación. José
Antonio puntualiza que una nación «es el grado a que se remonta
un pueblo cuando cumple un destino universal en la Historia» (11).
Las
energías interiores de una nación no pueden servir para la identificación
histórica de los pueblos. Lo que una nación oculta en sus profundidades
no es accesible más que a los individuos que forman parte de ella, y
no a todos en el mismo grado. En el plano histórico, la existencia de
una nación no puede ser mencionada sino desde el momento en que empieza
a cumplir su destino. Por su destino, una nación revela su contenido,
y así, la Humanidad está obligada a concederle el certificado
de nacimiento. «Por eso -dice José Antonio- las naciones se determinan
desde fuera;. se las conoce desde los contornos en que cumplen su propio, diferente,
universal destino» (12). Otros nos dicen lo que somos según lo
que hacemos.
La
concepción de Corneliu Codreanu sobre la nación no se aparta de
la de José Antonio. Empleando otro lenguaje, él expresa en el
fondo la misma cosa. Una estirpe se define mediante tres coordinadas:
1º
Un patrimonio físico: la carne y la sangre.
2º
Un patrimonio material: la tierra del país -y su riqueza.
3º
Un patrimonio espiritual.
El
patrimonio espiritual de un pueblo se subdivide a su vez en tres partes: a)
Su concepto sobre Dios, sobre el mundo y sobre la vida. b) Su cultura; y c)
Su honor. Hablando del primer elemento que compone el patrimonio espiritual,
Corneliu Codreanu explica: «Esta concepción forma un dominio, una
propiedad espiritual... Existe un reino del espíritu nacional, el reino
de sus visiones, obtenidas por la revelación o por el esfuerzo propio»
(13). La concepción sobre la vida de un pueblo se propaga en dos direcciones.
De este cosmos colectivo de ideas, sentimientos, visiones, aspiraciones y nostalgias
se alimenta la cultura nacional. «La cultura es internacional como irradiación,
pero nacional como origen» (14). También esta concepción
sugiere asimismo la vocación. histórica de un pueblo y se perpetúa
bajo la forma de su destino nacional. «El honor de un pueblo -expliea
Corneliu Codreanu- resplandece en la medida en que la estirpe ha podido conformar
su existencia histórica a las normas surgidas de su concepción
sobre Dios, sobre el mundo y sobre la vida» (15).
Corneliu
Codreanu sitúa el patrimonio espiritual en una posición superior
a los otros dos: el patrimonio biológico y el patrimonio material. En
el patrimonio espiritual reconocemos lo que es inalterable en la nación,
el alma de un pueblo, su realidad interior, de donde se desprenden los demás
valores nacionales. La única diferencia en comparación con José
Antonio es que Corneliu Codreanu interviene con una noción intermediaria
para explicar la transición de la nación (como constante histórica),
a la cultura nacional y al destino nacional (que es desarrollo del potencial
creador de la nación). Esta noción intermediaria es la concepción
que tiene un pueblo sobre Dios, sobre el mundo y sobre la vida. Este concepto
es el fruto de las meditaciones de un pueblo sobre su propia sustancia. La fuerza
espiritual de un pueblo -cree Corneliu Codreanu- se plasma primeramente en un
acto intelectual, en una concepción de la vida, y después de sufrir
esta transformación penetra por los cauces de la cultura y de la Historia.
Pero
no se puede afirmar ni sobre esta interpretación -característica
a Corneliu Codreanu - que fuera totalmente ajena del pensamiento de José
Antonio. En sus escritos hallamos la siguiente idea: «... por las misteriosas
vías por donde lo religioso se propaga, nuestras consignas, nuestra tesis,
se iban contagiando y difundiendo» (16). Pues existen «consignas»
y «tesis» que se propagan por vías misteriosas, que se revelan
a los miembros de una nación, determinándoles a afirmarse en la
cultura o lanzarse en grandes empresas históricas.
El
destino de un pueblo no debe ser confundido con un ideal cualquiera, que germina
de vez en cuando en la vida de una nación. Un ideal representa una función
transitoria del destino nacional, un momento en que toma cuerpo este destino.
Los ideales aparecen y desaparecen. El destino nacional sobrevive a todos los
ideales de la nación, ya que es el modo de comportarse de una nación
frente a la Historia, la manera como resuelve los problemas con que tropieza
a través de su existencia, su reacción especifica ante los acontecimientos..
Gráficamente, el destino puede ser representado por una línea
que serpentea por su historia entera, desde su nacimiento hasta su desaparición.
Él da impulso a las empresas de un pueblo, sin agotarse en ninguna de
sus realizaciones. Es una fuerza creadora que se renueva incesantemente. Las
luchas por la liberación de los moros, la visión política
de Isabel la Católica, las expediciones de los conquistadores, la obra
de colonización y cristianización de América, las luchas
para la defensa de la fe, la obra de San Ignacio de Loyola, la fundación
de la Falange, la victoria obtenida por las fuerzas nacionalistas en la Cruzada
de Liberación, son expresiones de la misma permanencia nacional, de la
misma vocación histórica del pueblo español. La misma presencia
continua del destino nacional a través de toda la historia de un pueblo
determina a José Antonio a definir la nación como «una unidad
de destino en lo universal». Él quiere afirmar que este destino
es unitario en el tiempo y condiciona todas las manifestaciones del pueblo.
El
destino nacional se subdivide en una serie de objetivos concretos. La trayectoria
histórica de un pueblo es marcada por una serie de puntos que no se asemejan
unos con otros. Lo que realiza un pueblo en la Historia está en función
del acontecimiento, que es una materia variable. El espíritu, empero,
con que la nación trata el acontecimiento, no debe variar. «Una
nación es grande cuando traduce en la realidad la fuerza de su espiritu»
(17).
¿Cómo
nos damos cuenta y cuáles son los signos para averiguar que un pueblo
camina, en una determinada época histórica, por su verdadera senda,
y de que no se ha equivocado en la interpretación de su destino nacional?
Hay
dos criterios que debemos tener en cuenta para juzgar las iniciativas históricas
de un pueblo. Primeramente hay que averiguar si la línea sobre la que
se mueve en la Historia no pertenece a otros pueblos, es decir, que no se trata
de un ideal prestado. El destino nacional no encadena a los pueblos, no es una
fuerza que les tiraniza, para obligarles a elegir un determinado camino. El
es una creación libre. La única predestinación de un pueblo
es la de permanecer fiel a su genio peculiar. El destino nacional es una elaboración
propia de cada pueblo. La responsabilidad de cada uno está empeñada
en la interpretación del acontecimiento. La nación debe vigilar
permanentemente para que no se mueva en la Historia y en la cultura por caminos
ajenos a su ser. «La primera ley que una estirpe debe seguir -dice Corneliu
Codreanu- es ser fiel a la trayectoria de su destino» (18). José
Antonio exhorta a sus contemporáneos a devolver a España su forma
histórica. La decadencia de España empezó en el momento
en que cesó de creer en su misión histórica. En este vacío
espiritual han penetrado más tarde las doctrinas rusonianas bajo cuya
influencia España ha perdido su propio espíritu y personalidad.
Él muestra que solamente el cumplimiento de un destino que no sea el
de otros, distingue una nación de otra: «En la convivencia de los
hombres soy el que no es ninguna de los otros. En la convivencia universal es
cada nación lo que no son las otras» (19).
No
es suficiente, sin embargo, que un destino se diferencie del de los otros pueblos
para corresponder a las necesidades nacionales. Hace falta cumplir también
con otra exigencia. De todos estos destinos peculiares, estilizadas a la medida
de cada nación, debe beneficiarse el mundo entero. Cada nación
debe apartar su propia contribución a la cultura y al progreso del mando
en su totalidad. Un ejemplo elocuente de cómo se realiza en lo universal
un destino nacional nos lo ofrece España misma. El descubrimiento y la
exploración de América es una realización del destino nacional
español, pero de la obra de este pueblo se han aprovechado todas las
naciones del mundo.
Cuando
una nación no acopla su destino histórico a una perspectiva universal,
entonces su potencial de energía se convierte en una fuerza ciega, que
arrasa la vida de otras naciones. Pensemos un momento en las invasiones asiáticas.
De las de los hunos, ávaros, tártaros, turcos, no han quedado
más que las cenizas y los sufrimientos. Estas invasiones han retrasado
centenares de años el progreso de la humanidad. Los hunos y los demás
invasores no han justificado por su espíritu de creación la dominación
que ejercieron sobre tantos otros pueblos.
Los
factores perceptibles de una nación, territorio, lengua, población,
costumbres, no son rechazados por esta doctrina. Según hemos visto, Corneliu
Codreanu distingue en la estirpe, además de su patrimonio espiritual,
un patrimonio biológico y otro material. José Antonio reconoce
también que la patria está formada por dos factores: «como
asiento físico, una comunidad humana de existencia; como vinculo espiritual,
un destino común» (20). Tanto uno como otro no se puede decir que
ignoran las modalidades materiales de la existencia de una nación. Pero
ellos proceden a una selección. De la multiplicidad de aspectos tajo
les cuales se presenta una nación eligen su imagen inconfundible e inseparable.
Pueden existir naciones sin poseer un territorio, un idioma común, etc.,
pero no se encuentra una nación que no tenga algo que decir en la Historia,
una actitud que tomar ante el acontecimiento. Una nación puede ser despojada
por sus enemigos de todos estos bienes exteriores; no perecerá si conserva
intacta la conciencia de la unidad de su destino a través de las vicisitudes
con que ha de enfrentarse.
Igualmente
puede producirse el fenómeno al revés: una colectividad humana
que viva sobre un mismo territorio, hablando un idioma común, siendo
de la misma raza, y no obstante, que no pueda constituir una nación.
Todas estas características comunes a un grupo de individuos son como
un cuerpo sin vida. Hay que añadir una sustancia que llegue a sintetizar
estos factores y darles vida. El elemento que transforma una colectividad humana
en una nación es su tensión creadora. «Lo que convierte
a los pueblos en naciones no son tales o cuales características de raza,
de lengua o de clima: lo que a un pueblo le da jerarquía de nación
es haber cumplido una empresa universal» (21).
La
nación es una realidad que está por encima del tiempo. Ella no
se confunde con ninguna de las generaciones que se suceden en su vida. Corneliu
Codreanu hace distinción entre «la colectividad nacional actual,
es decir, la totalidad de los individuos de la misma nación, viviendo
dentro de un mismo Estado en un momento dado, y la nación, aquella entidad
histórica que vive por encima de los siglos arraigada profundamente en
los más remotos tiempos y con un porvenir infinito» (22). La distinción
entre la nación pasajera y la nación eterna aparece claramente
expuesta también por José Antonio. «España no es
nuestra como objeto patrimonial; nuestra generación no es dueña
absoluta de España» (23). «España no es siquiera este
tiempo ni el tiempo de nuestros padres, ni el tiempo de nuestros hijos; España
es una unidad de destino en lo universal. Esto es lo importante. Eso que nos
une a todos y unió a nuestros abuelos y unirá a nuestros descendientes
en el cumplimiento de un mismo gran destino en la Historia» (24).
El
auténtico patriotismo, el patriotismo dinámico, el patriotismo
de una misión creadora, el patriotismo animado por la imagen imperecedera
de la patria, se halla en permanente lucha con el patriotismo estático,
el patriotismo de las comodidades cotidianas, el patriotismo sin inspiración,
limitado al horizonte y a los intereses de la generación actual. «La
colectividad nacional -constata Corneliu Codreanu- tiene una permanente tendencia
a sacrificar el porvenir -los derechos de la nación- a los intereses
presentes» (25).
La
teoría del «Contrato Social», de Jean Jacques Rousseau, falsifica
las relaciones existentes entre el individuo, la colectividad nacional y la
nación. Esta teoría rebaja la nación a un agregado de voluntades
individuales. La nación existe en la medida en que los individuos que
la componen están de acuerdo en vivir juntos. Si mañana los mismos
individuos decidieran denunciar el contrato que les une, terminarían
con la vida de la nación. José Antonio tiene un verdadero horror
a esta teoría: «Las naciones no son contratos, rescindibles por
la voluntad de quienes los otorgan: son fundaciones, con sustantividad propia,
no dependiente de la voluntad de pocos ni de muchos» (26). Corneliu Codreanu
repudia a su vez y con la misma indignación el «contrato social».
Él dice que a la democracia no le interesa mas que una de estas entidades:
el individuo. Se burla de la colectividad nacional y niega sencillamente la
tercera entidad, la nación. «Esta inversión de valores,
esta ruptura de relaciones que la democracia crea, constituye una verdadera
anarquía, constituye la abolición del orden natural y es una de
las causas principales de este estado de turbulencia que impera en la sociedad
actual.»
«La
armonía no se puede restablecer más que por la vuelta al orden
natural. El individuo debe subordinarse a la entidad superior, la colectividad
nacional, y ésta, a su vez, debe subordinarse a la nación. Los
derechos de la persona no son ilimitados: son restringidos por los derechos
de la colectividad nacional, y los derechos de esta última son limitados
por los derechos de la nación» (27).
IV
EL
ESTADO
Para
cumplir con su misión histórica, la nación debe organizarse.
Al igual que cualquier otra empresa humana, no importa su naturaleza, necesita
de un plan y de una organización. La nación sistematiza sus múltiples
actividades en vista de su afirmación en el mundo. A la nación
organizada con este fin se le llama Estado.
La
relación entre la nación y el Estado es análoga a la que
existe entre la causa y el efecto. El Estado es un producto de la nación.
Es un valor instrumental con el cual la nación opera en la Historia.
Para existir un Estado debe existir previamente una nación. Cuando una
colectividad humana ha llegado a la conciencia de su unidad de destino, la primera
cosa en que se piensa es en la creación de un Estado. Ni los más
grandes imperios del mundo han tenido otros orígenes. Fueron fundados
y sostenidos por la fuerza de una nación.
La
relación de subordinación entre el Estado y la nación está
claramente expresada en los textos de los dos fundadores de movimiento.
José
Antonio considera el Estado «un instrumento al servicio de un destino
histórico, al servicio de una misión histórica de unidad»
(28). Corneliu Codreanu compara al Estado con «un traje que viste el cuerpo
de la nación» (29). Ellos nos advierten el error que cometeríamos
si separáramos el Estado de la nación, procurándole una
existencia artificial, como si representase una entidad autónoma. Semejantes
teorías hacen caso omiso de la sustancia que crea el Estado y le insufla
continuamente vitalidad: la nación. El Estado es un epifenómeno
de la nación, una emanación de su ser. Como creación histórica
de la nación, el Estado no debe salir de su posición de subordinado,
intentando usurpar los derechos de esta nación. Un Estado consciente
de la razón de su existencia quedará permanentemente como «un
servidor del destino patrio» (30).
Quien
mira el Estado desde afuera no ve en él más que un complejo administrativo,
formado por una serie de servicios e instituciones, puestos a disposición
del público: transportes, organismos económicos, instituciones
de educación y de cultura, etc. Estas actividades entran en la composición
del Estado, pero no constituyen su nota esencial. La misión principal
de un Estado no es la de suministrar a los ciudadanos agua, gas y electricidad,
cuidar de las canalizaciones, vigilar la marcha de los precios, elevar el registró
de los nacimientos, da los matrimonios y de las defunciones, combatir las epidemias,
etc. Evidentemente el Estado debe cumplir con estas funciones imprescindible
para asegurar la convivencia de sus ciudadanos para estas actividades de indiscutible
utilidad no constituyen la esencia del Estado. El Estado no es únicamente
administración. «Un Estado -dice José Antonio- es más
que el conjunto de unas cuantas técnicas; es más que una buena
gerencia: es el instrumento histórico de ejecución del destino
de un pueblo. No puede conducirse a un pueblo sin la clara conciencia de esa
destino» (31). El verdadero papel del Estado empieza desde el momento
en que se emancipa da la esclavitud administrativa y ve más allá
da ella la que tiene que hacer.
El
Estado se ocupa también de las necesidades diarias de los ciudadanos.
Pero lo necesario no es idéntico con lo esencial. Para vivir es preciso
alimentarnos, pero el hombre no ha sido creado con este fin. No es un sencillo
anexo del aparato digestivo. La misma distinción debemos tenerla en consideración
cuando nos referimos al Estado. En su finalidad última el Estado es creado
para servir a los imponderables de una nación. Un Estado afirma su carácter
propio su majestuosidad, a través de los servicios que presta a la nación.
El Estado empieza a definir su personalidad sólo desde el momento en
que logra evadirse de la esfera administrativa y navega sobre el océano
da la gran política, donde se entrecruzan, en una acerba lucha, los destinos
peculiares de todas las naciones.
Vamos
a imaginarnos un Estado cuyo mecanismo administrativo funciona impecablemente
y en el que todos los ciudadanos viven felices, es decir, una de aquellas formas
ideales de Estado posibles sólo en las diversas utopías que han
fascinado a los hombres desde la antigüedad. Si este Estado perfectamente
puesto a punto no se reconoce como instrumento de una aspiración nacional
con carácter de permanencia, no merece este nombre. Lleva un titulo usurpado.
No tratamos con un Estado, sino con una administración de Estado, con
una institución que, en lugar de formar parte de un Estado, como es normal,
ha hecho suyos los vestigios exteriores del Estado debido a un accidente histórico.
El funcionario toma el sitio del hombre político La administración
usurpa el Estado y las pequeñeces cotidianas de la vida sustituyen al
destino nacional. Cuando los latidos de corazón de una nación
no se perciben más que a través del Estado, éste ha cesado
de existir.
Los
Estados no han aparecido por necesidades administrativas. Para esto, los hombres
podían encontrar formas de administración mucho más cómodas,
sin tantas obligaciones como les imponen estos Estados, sin el riesgo de perder,
a veces, la vida por ellos. El Estado apareció porque la humanidad está
dividida en naciones y cada una tiene sus propios problemas para resolver. El
Estado es el esfuerzo organizado de una nación para cumplir con su destino
histórico.
Todo
lo que él emprende, todas las actividades que él desarrolla, todas
las restricciones que impone a sus ciudadanos, todos los beneficios que les
ofrece; en una palabra, toda la política interna y externa de un Estado
halla su suprema justificación. en el imperativo nacional. «La
Legión afirma que por encima de los intereses de las personas está
la Patria, con todos sus intereses» (32).
Un
Estado justifica su conducta sólo cuando cree en la realidad superior
de la Patria y actúa de acuerdo con sus aspiraciones permanentes. Para
José Antonio, un Estado que no es consciente de su íntima razón
de ser no existe de ningún modo (33). «Mas, ante todo, hay que
nacionalizar el Estado, dotarlo de prestigio y fuerza» (34). La nacionalización
del Estado se realiza cuando el fluido vital de la nación alimenta continuamente
su política interna y externa, así como la sangre circula en un
organismo biológico. Cuando la savia nacional no circula a través
de las instituciones públicas, el Estado cesa de expresar la nación.
Es un Estado usurpado por una fuerza extranjera mediante fraude o violencia.
José
Antonio y Corneliu Codreanu combaten todas las formas de Estado que no reconocen
el primado de la nación en sus manifestaciones. En el siglo XIX venció
la idea del Estado liberal. Los partidarios del liberalismo sostenían
que el papel del Estado se reduce al mantenimiento del orden dentro de la sociedad.
El Estado no ha de intervenir más que cuando este orden es perturbado;
por tanto, con función simplemente policíaca. Cuanto menos interviene
en los asuntos públicos, tanto mejor cumple con su misión. La
política de la nación no entra en las atribuciones del Estado.
Es llevada por los partidos políticos. Desde el punto de vista político
debe comportarse de una manera neutral. Debe asistir como simple espectador
a las luchas entabladas por los partidos políticos. El Estado liberal
no cree en nada. No posee convicción y comprensión alguna para
la misión histórica de un pueblo.
En
el Estado demoliberal hay, sin embargo, algo; hay un elemento que parecería
susceptible de representar la totalidad del destino de un pueblo: «la
voluntad general, la voluntad soberana de la nación». Pero analizando
esta voluntad, analizando su procedencia, su modo de plasmarse, comprobamos
que le falta un campo operativo trascendente, que ella no emana de la imagen
espiritual de la Patria. «La voluntad soberana» se forma por la
recolección de voluntades individuales a base de mayorías. Rousseau
el padre del liberalismo político, suprime la nación como entidad
histórica, suprime la colectividad nacional actual y no se preocupa más
que del individuo. El individuo «soberano», con sus ilimitados derechos,
propaga la anarquía en las esferas superiores de la sociedad. El destino
histórico de un pueblo cesa de constituir una verdad inmutable un axioma
político, llamado a regular en cada instante los actos de gobierno y
formar la base de cualquier programa político; este destino se juega
cada dos o cada cuatro años en las urnas de votación.
Los
dirigentes de un país asumen una triple responsabilidad: ante las generaciones
anteriores, ante las presentes y, por fin, ante las que nacerán.
En
un Estado liberal estas responsabilidades son sustituidas por «las decisiones
del pueblo». Cada dos o cuatro años el pueblo es llamado a decidir,
por el sufragio universal, «la política del país».
Este modo de gobernar es absurdo, porque la política de un país
no se puede hacer más que consultando permanentemente su destino nacional.
Este destino no yace en las urnas de votación. Está por encima
de cualquier contingencia histórica. Es una forma política apriorística.
La gran política, la política leal con el destino histórico
de un pueblo no puede ser dejada a la discreción del voto universal.
«El
pueblo -afirma Corneliu Codreanu- no se dirige según su propia voluntad:
democracia. Tampoco la voluntad de una persona: dictadura; sino según
las leyes. No se trata de las leyes elaboradas por los hombres. Hay normas,
leyes naturales de vida y normas, leyes naturales de muerte. Las leyes de la
vida y las leyes de la muerte. Una nación se dirige hacia la vida o hacia
la muerte según sigue unas u otras de estas leyes» (35).
José
Antonio deniega al pueblo el derecho de autojustificación de sus propias
decisiones. Sus decisiones no son buenas sólo por ser las del pueblo.
Una decisión política no es justificada por los que la toman,
incluso cuando éstos representan la mayoría del pueblo, sino cuando
esta decisión es conforme a la unidad de destino de la Patria, cuando
respeta y refleja esta unidad (36).
El
pueblo que se presenta a votar no representa la totalidad nacional, que abarca
siglos y milenios. Él no encarna algo más que un momento de su
existencia histórica. Es un fragmento de la nación y no puede
ocupar el sitio de la totalidad nacional.
Si
en un momento dado sale de las urnas una mayoría hostil a la nación,
hostil a sus intereses permanentes, una mayoría que va tan lejos en su
inconsciencia, que no siente repulsión alguna en poner al Estado bajo
una tutela extranjera, como hicieron en 1936 los dirigentes del Frente Popular
en España, ¿puede pretender aquella mayoría “Ser representante
legítimo de la nación? Conforme a la doctrina rusoniana nada se
opone en principio a que una mayoría salida de las urnas decrete la enajenación
de la soberanía nacional. Según la concepción nacionalista,
el pueblo es soberano sólo en la medida en que se integra con la nación
eterna y asume su responsabilidad ante el destino nacional. Está sometido
a unas normas de vida que te sobrepasan. El sistema democrático de gobernar
conduce a un absurdo si no se le aplica el correctivo de la «gran política».
Otro
tipo de Estado con carácter antinacional es el Estado rebajado al papel
de instrumento de unos intereses de clase o de un grupo. Un partido político
-expresión de unos intereses limitados-, una vez llegado al poder, se
proclama el único representante de la nación, excluyendo a las
demás clases de la vida pública. El Estado de clase o de grupo
más conocido hoy día en el mundo es la Unión Soviética,
donde una ínfima minoría gobierna desde hace cuarenta años,
por medio del terror, contra la voluntad de la mayoría del pueblo ruso
y de las demás nacionalidades de este país.
Un
Estado que sirve exclusivamente los intereses de una clase deja de ser un Estado
nacional, porque cesa de servir a la totalidad del destino de un pueblo. La
afirmación histórica de una nación es una empresa colectiva,
una unidad de esfuerzo por parte de todos sus miembros. El Estado-clase, oprimiendo
a las demás clases, atenta a la seguridad histórica de un pueblo.
En vez de concentrar las energías de un pueblo en el sentido único
de su historia, los dispersa en luchas estériles. Se falsifica la perspectiva
en la cual un pueblo debe desarrollar su actividad. El interés de clase
sustituye las permanencias nacionales. «El Estado -dice José Antonio-
no puede asentarse sino sobre un régimen de solidaridad nacional de cooperación
animosa y fraterna. La lucha de clases, la pugna enconada de partidos, son incompatibles
con la visión del Estado» (37). El Estado no es propiedad de ninguna
clase y de ninguna agrupación política. El Estado pertenece a
la unidad total de la patria que trasciende los intereses actuales de un pueblo,
es decir: «que no se mueva sino por la consideración de esa idea
permanente de España, nunca por la sumisión a una clase o a un
partido» (38).
¿Qué
lugar ocupa en el pensamiento de José Antonio y de Corneliu Codreanu
el Estado totalitario realizado por el nacionalsocialismo y, en una forma atenuada,
por el fascismo, el Estado que absorbe al individuo con el fin, aparentemente
noble, de escurarle totalmente en la disciplina nacional?
José
Antonio, hablando alguna vez, en los comienzos de su actuación política,
de la futura construcción del Estado, emplea la expresión de «Estado
totalitario». Un lector no familiarizado con su doctrina, encontrando
repetidamente este término, podría imaginarse que la visión
del Estado que tenía el Fundador de la Falange no difiere de la de Hitler
y de Mussolini. Indagando otros textos tendremos la sorpresa de descubrir que
José Antonio declara que es imposible trasplantar a España la
experiencia de los Estados totalitarios realizada en Alemania e Italia. Finalmente,
la confusión del lector irá en aumento al leer en otras páginas
que José Antonio no es partidario del Estado «panteísta»,
«absorbente» y «totalitario» (39).
Las
contradicciones se esclarecen si miramos el conjunto de su pensamiento. «El
Estado totalitario», en la concepción de José Antonio, no
es idéntico al Estado totalitario realizado en Italia y Alemania. Tiene
otro significado, que no se refiere a la forma del Estado: es el Estado que
se pone al servicio de la misión de España. Para él, el
Estado totalitario no es el Estado que absorbe al individuo, sino el Estado
que ha absorbido en sí mismo a la totalidad histórica de España,
el Estado que ha entrado en comunión espiritual con la visión
histórica de este pueblo. Se refiere, pues, a la plenitud de manifestación
del destino nacional en el cuadro del Estado y no a la forma de Estado bajo
la cual puede manifestarse en un momento dado esta plenitud. El Estado «totalitario»
falangista es el Estado de todos los españoles, de los que viven, de
los que desde las tumbas piden que sean recordadas sus gestas y sus sacrificios
y también de los que desde las profundidades misteriosas del futuro exigen
que no se les deje como herencia una Patria desdichada. La visión de
José Antonio y Corneliu Codreanu sobre el Estado es mucho más
rica en posibilidades que las realizaciones del fascismo y del nacionalsocialismo
en este dominio. Ellos no creen que la nación pueda desarrollar su potencial
creador por medio de un Estado que absorba al individuo. La originalidad de
su concepto sobre el Estado reside en el hecho de que abarca también
la realidad del individuo. Ellos encontraron la ingeniosa fórmula de
armonizar las aspiraciones individuales con las del Estado sin que sus realidades
específicas sufran limitación alguna. El Estado es un instrumento
al servicio de la nación, pero en su construcción, la parte principal
recae sobre el individuo. El individuo deja de ser un material inerte en la
edificación del Estado y se convierte en su punto dialéctico de
creación. He aquí que estos dos hombres calumniados como defensores
del panteísmo estatal aceptan la realidad del individuo libre.
Lo
esencial es dilucidar la clase de individuo de que se trata. No es el individuo
aislado, desprendido de cualquier lazo natural, ajeno a la religión,
a la Patria y a la familia, sino el individuo «portador de valores eternos».
Estos valores le permiten armonizar su destino con el de la colectividad a la
cual pertenece. El Estado no debe coaccionar para que contribuya con su esfuerzo
a la lucha de la nación, porque ya él, por su propia iniciativa,
en virtud de los valores eternos que aloja en su alma, pondrá su afán
creador a la disposición de ésta. Los dos fundadores de movimientos
exaltan el papel del individuo en la obra de forjar el Estado. En sus doctrinas,
el antagonismo entre el individuo y el Estado desaparece. Tanto uno como otro
tienen un punto común de convergencia: la nación. El Estado es
un instrumento al servicio de la nación; el individuo encuentra a la
nación sobre el eje creador de su vida.
El
Estado concebido por José Antonio y Corneliu Codreanu se realiza a través
de la libertad creadora del individuo. Cuantos más individuos conscientes
de que son «portadores de valores eternos» existan, tanto más
sólida será la construcción del Estado.
Para
poder servir al Estado de manera eficaz y fiel, el individuo tiene que ser consciente
de antemano de los valores eternos de los que él mismo es el depositario.
El proceso de autoidentificación del individuo no puede ser realizado
sino por una intensiva educación religiosa y política. Los sistemas
de gobierno, los programas políticos, los planes para cinco o diez años,
las ventajas personales, no pueden cambiar un individuo en un fiel ciudadano.
Corneliu
Codreanu y José Antonio han sido varias veces acusados por los partidos
políticos que afirmaban que sus ideas sobre la manera de gobernar eran
nebulosas, ya que no tenían ningún programa de gobierno. La reacción
de los dos jefes de movimiento fué la misma: la principal preocupación
de sus movimientos es levantar el nivel político del pueblo entero. El
éxito de cualquier programa depende de los hombres que lo aplican. «Por
último, nos dicen que no tenemos programa. ¿Vosotros conocéis
alguna cosa seria y profunda que se haya hecho alguna vez con un programa? ¿Cuándo
habéis visto vosotros que esas cosas decisivas, que esas cosas eternas
como son el amor, y la vida, y la muerte, se hayan hecho con arreglo a un programa?
Lo que hay que tener es un sentido total de lo que se quiere; un sentido total
de la Patria, de la vida, de la Historia, y ese sentido total, claro en el alma,
nos va diciendo en cada coyuntura qué es lo que debemos hacer y lo que
debemos preferir» (40).
Corneliu
Codreanu, a su vez, contesta casi con las mismas palabras: «No he hecho
un nuevo programa político, uno más al lado de los otros diez
que hay en Rumania, todos perfectos, según sus autores y los partidarios
de éstos, y no he mandado a los legionarios pregonarlos en las aldeas,
llamando a los hombres para que los adopten y salven el país. Nuestro
país está muriendo por falta de hombres, no por falta de programas.
Tal es mi opinión. No tenemos que crear programas, sino hombres, hombres
nuevos» (41).
José
Antonio y Corneliu Codreanu ponen el Estado bajo la autoridad de la nación.
A la luz de esta doctrina cambia también el criterio de apreciación
de la legitimidad de los poderes públicos. ¿Cuándo se puede
afirmar que los actos de un Gobierno no son arbitrarios, que no emanan solamente
de la fuerza del Estado, sino que se efectúan en la esfera de la moralidad
jurídica?
Cuando
se examina la legitimidad de un Estado no debemos juzgar a éste por su
forma de gobierno: monarquía, república, oligarquía, democracia,
dictadura, régimen autoritario, totalitarismo. Un Estado es monárquico,
republicano, democrático, etc., por un accidente histórico. Es
conocido el hecho de que un sistema de gobierno que da resultados excelentes
para un pueblo, trasplantado en otra parte del mundo arruina a las naciones.
El régimen democrático del Occidente importado a los países
del Este de Europa se ha convertido en una caricatura política. En el
dominio de la forma del Estado no existen recetas universales y, por tanto,
el sistema de gobierno de un país no puede servir como elemento justificante
de la legitimidad de un Estado. Es carente de sentido, por ejemplo, la afirmación
de que solamente las instituciones democráticas conceden el certificado
de legitimidad a un Estado. La forma no puede sustituir el fondo: la Constitución
de un país no puede ser superpuesta a las realidades nacionales que la
han plasmado, pero que también la pueden cambiar.
Las
multitudes engañadas por los demagogos esperan el saneamiento de la vida
nacional por un cambio de régimen. Ellas creen que al sustituir la monarquía
por la república, o un régimen autoritario por un régimen
democrático, o al revés, desaparecerán por encanto todos
los males que padece la nación. No puede imaginarse un juicio más
erróneo. Un cambio de régimen no aporta nada nuevo, ninguna mejoría,
si no va acompañado de un cambio en las costumbres políticas y
si los nuevos dirigentes de la nación no fijan la marcha del Estado en
la dirección de las finalidades nacionales.
Cuando
nos planteamos el problema de la legitimidad del Estado, mucho más importante
que orientarnos según su forma de gobierno es conocer qué relaciones
tiene el Estado con la nación. No debería preocuparnos tanto si
el Estado es república o monarquía, si es régimen autoritario
o democrático, sino cuál es su temperatura espiritual. ¿Es
el Estado un servidor de la nación? ¿Es fiel a su misión
histórica? ¿Cumple con abnegación y devoción el.
mandato que ha recibido de la nación? Un Estado impecablemente gobernado,
un Estado que mostrara unas virtudes administrativas extraordinarias, pero que
se apartase de la misión histórica del pueblo al cual pretende
representar, no es un Estado legítimo. En este caso el Estado se reduce
a una simple administración, porque ha renunciado a su razón íntima
de ser y sus ciudadanos no le pueden guardar otro afecto que el que tenemos
para un buen hotelero.
En
lo que se refiere a la forma del Estado, al régimen político que
adopta una nación, las opiniones de los dos fundadores de movimientos
empiezan a diferenciarse. Es normal que sea así porque se entra en dominio
del accidente histórico. Su visión general sobre el Estado, sobre
el papel y las funciones que éste cumple en la sociedad, es la misma;
pero el pensamiento de ambos no puede coincidir cuando se desplaza hacia el
terreno accidentado de la forma de Estado. La visión general del Estado
debe amoldarse a las peculiaridades del lugar y del tiempo. España y
Rumania tienen problemas distintos que resolver, relacionados con una multitud
de contingencias históricas.
José
Antonio rechaza los partidos políticos, a los que considera como creaciones
artificiales, como intermediarios inútiles y peligrosos, interpuestos
entre la nación y el Estado. Tampoco cree conveniente para España
la fórmula del Estado totalitario que anula al individuo. El descubre
otro camino para que la energía del individuo se ponga al servicio de
la nación. José Antonio ve realizable el restablecimiento de la
armonía entre el individuo y la colectividad por medio de las instituciones
naturales de convivencia: familia, municipio, corporación. Él
llama al Estado alzado sobre estas tres columnas, el Estado Nacional sindicalista.
Mediante los Sindicatos, que son elevados al rango de organismos, estatales,
toda la población de un país participa en la vida pública
(42). El Estado Nacionalsindicalista no es el Estado corporativista que había
empezado a experimentar Mussolini en Italia.
Es
una creación propia de la Falange y de las J. O. N. S. inspirada en las
realidades nacionales españolas.
Con
la misma vehemencia Corneliu Codreanu condena a los partidos políticos,
a los que considera una plaga para la nación. «Un partido político
es una sociedad anónima para la explotación del voto universal...
Ellos (los partidos) descuidan los intereses del pueblo y de la Patria, satisfaciendo
solamente los intereses particulares de sus partidarios» (43). Los partidos
políticos presentan aún otros aspectos negativos. A veces están
al servicio de las fuerzas financieras internacionales y pueden sufrir infiltraciones
extrañas que de hecho les conviertan en el anexo de unas potencias extranjeras.
Pero en la critica que hace de la democracia Codreanu separa la causa de los
partidos políticos de la causa de las masas populares. Las masas de un
pueblo son infinitamente más honestas y más justas que los partidos
en la apreciación de una situación política. Ellas son,
por instinto, por inclinación natural, nacionalistas. Siempre que se
debata en el seno de la nación una cuestión de gran interés
nacional, este instinto infalible determinará que las masas se pasen
al lado de aquellos que defienden los derechos de la patria.
José
Antonio muestra a las masas populares la misma consideración por un sano
sentido de su juicio. La política de los partidos, dice él, «se
convierte en un baile de máscaras, y así se va estrangulando el
alma popular elemental y fuerte, inclinado a decidir por razones claras»
(44).
Las
decisiones de un pueblo no son malas por sí mismas, aunque se emplease
para su expresión el boletín del voto. Son malas, o se convierten
en malas, por las deformaciones que sufren al pasar por las manos de los partidos.
En la democracia, la voluntad del pueblo se falsifica en el camino recorrido
hasta que llega a encaramarse en las instituciones del Estado.
Una
cosa desea la multitud y otra cosa sale del Parlamento y del Gobierno. En líneas
generales la multitud quiere dos cosas: ser correctamente gobernada y que el
país conquiste un lugar de honor entre las demás naciones. Ella
no entiende más que esto. Así se lo dicta el instinto nacional.
No se puede exigir a las masas que decidan qué política conviene
más al país y cuáles son los mejores dirigentes. Ellas
depositan siempre su confianza en aquella agrupación política
que le parece dará al país un buen gobierno en el sentido social
y nacional. La élite dirigente, a la que incumbe la responsabilidad de
decidir sobre la política del país, no puede salir de las urnas.
«La nueva élite rumana, así como cualquier otra elite política
del mundo, debe tener como base el Principio de la selección social»
(45). «Según el principio de la selección social, renovada
sin cesar con elementos surgidos de las profundidades nacionales, una élite
se conserva vigorosa» (46).
La
nación dispone de dos factores creadores: su masa, instintivamente nacionalista,
y su élite, conscientemente nacionalista. Para el bien de la Patria sus
dos fuerzas sanas deberían encontrarse y colaborar. La elite, cumpliendo
con la misión de gobernar, y la masa, siguiendo a los dirigentes.
Esta
colaboración natural se ve alterada por la aparición de unos organismos
parasitarios, que se han desarrollado en la época moderna gracias al
sistema democrático de gobernar. Los partidos políticos usurpan
en la vida pública el papel de la élite nacional. Los verdaderos
dirigentes de las multitudes son apartados por los jefes de los partidos políticos
y la voluntad del pueblo es acaparada y defraudada por estos instrumentos deficientes
de, representación nacional. El débil rendimiento que dan la mayoría
de las democracias no se debe a las masas populares, culpa que injustamente
se les atribuye, sino a los organismos políticos que transforman su voluntad
en valores de Estado. Los partidos políticos no sólo falsifican
la voluntad de la nación, sino que alteran la manera sana de pensar y
de reaccionar de las masas populares. Las multitudes se alejan de la nación
por el mal ejemplo que sus dirigentes les ofrecen.
El
problema capital de cualquier Estado moderno es el de cómo poder reunir
en un esfuerzo común a las masas populares y a la élite nacional,
eliminando a estos intermediarios inútiles y peligrosos, como les llama
José Antonio, que son los partidos. El nacionalsocialismo y el fascismo
resolvieron esta cuestión adoptando la fórmula del Estado totalitario.
José Antonio contesta con la fórmula del Estado Nacionalsindicalista.
Corneliu Codreanu tiende a solucionar el problema por otro camino. Digo «tiende»,
porque en lo que a la organización del Estado se refiere, no llegó
a la cristalización definitiva de su pensamiento.
Corneliu
Codreanu ve en la masa un aliado contra los enemigos de la Patria, enemigos
a menudo camuflados en los partidos llamados nacionales. Las masas deben ser
conquistadas para la lucha nacional. En tanto que las masas no respondan con
firmeza a los llamamientos de la patria, no puede existir victoria; y si se
intenta forzar la nota, conquistando el poder por la violencia, la victoria
será endeble y no perdurará. Se debe esperar, por consiguiente,
que mediante la propagación del movimiento nacional se realice un cambio
de mentalidad en las masas a favor de la «gran política».
Corneliu Codreanu es contrario a cualquier brusquedad en la evolución
política del pueblo rumano. Él no persigue conquistar el poder
mediante un complot o un golpe de Estado. «El Movimiento Legionario no
puede vencer más que por la realización de un proceso interior,
un proceso de consciencia de la nación rumana. Cuando éste alcance
a la mayoría de los rumanos, llegando a la perfección, la victoria
llegará por sí misma» (47).
El
problema inmediato que se plantea es: ¿Cómo se puede comprobar
el progreso que ha logrado el proceso de educación nacional en las masas
populares? ¿Por el voto universal, por plebiscito o por manifestaciones
de masa? Corneliu Codreanu rechaza el sistema de las falsas abstracciones que
contiene la filosofía política del «Contrato Social».
Pero tiene, sin embargo, una actitud más flexible frente al sistema democrático
de intervención de las masas en el Estado, basada en el sufragio universal.
No es partidario de la democracia. Hace responsable a la democracia de los sufrimientos
del país. Pero no ve inconveniente alguno ni para el movimiento ni para
el país en entablar la lucha política en las condiciones previstas
por las reglas de juego de la democracia. Al contrario, de este modo tampoco
se podrá decir que el movimiento ha ejercido alguna presión sobre
las convicciones de las masas populares. Más aún: demostrará
a sus adversarios que las masas populares ratifican el programa del movimiento
por medio de un procedimiento que ni ellos pueden negar. Hace distinción,
pues, entre la filosofía liberal, que debe «ser arrojada completa
y definitivamente por la borda», y la técnica democrática
de tomar el pulso político de la nación.
¿Qué
puede salir de esta lucha en la que el movimiento legionario se enfrenta con
los antiguos partidos en el terreno electoral? Corneliu Codreanu contesta, clara
y categóricamente, que saldrá la victoria del movimiento legionario.
Los viejos partidos no pueden resistir el asalto de las verdades con que interviene
un movimiento nacional en la lucha electoral. Las masas populares, guiadas por
su infalible instinto nacional, se acercan a aquellas agrupaciones políticas
que se destacan por una conducta patriótica intachable. Si tienen que
elegir entre dos o más partidos, las masas se inclinan siempre hacia
el partido que es más unido a los ideales nacionales. El partido bueno
aparta al partido malo en una lucha electoral. Es una ley natural. Los millones
de individuos que constituyen las masas son millones de individuos «portadores
de valores eternos», y, por tanto, en virtud de este depósito espiritual.
existente en el alma de cada uno, sus aspiraciones se orientarán en su
mayoría hacia la corriente creadora de vida, así como las plantas
dirigen siempre su tallo hacía la luz del sol.
Corneliu
Codreanu no cree que es imprescindible abandonar la regla del juego democrático
para que pueda vencer un movimiento nacional y fundarse el nuevo Estado. Los
antiguos partidos se, agotarán solos por falta de hombres que puedan
creer en ellos. El. surgimiento de un fuerte movimiento nacional les hace perder
cada día más adeptos, hasta hacer inútil concederle siquiera
el beneficio de la más leve persecución política. No será
el movimiento el que abolirá los partidos políticos, sino el país
mismo, el pueblo. He aquí una declaración de Corneliu Codreanu
en el Parlamento: «¿Somos contrarios a la abolición de los
partidos o favorables a esta abolición? En este asunto, yo les digo:
¿Quién es el que deberá decidir sobre la abolición
de los partidos? ¿Pueden ustedes abolirlos o crearlos? No. Es el pueblo
el que debe decidir, es el país hambriento y arruinado... Es una cosa
segura, y ustedes, en un régimen democrático, no podrán
mantenerse en la jefatura del Estado contra la voluntad del pueblo. (47)
Las
masas populares, transfiguradas por la nueva creencia, llevarán el movimiento
al Poder al modo como la ola levanta el navío en el mar sin que haga
falta atentar contra las normas constitucionales en vigor, basadas en el principio
democrático de gobierno. La democracia es un modo infernal para la disgregación
de los pueblos cuando todas las agrupaciones políticas que solicitan
el voto de las multitudes son del mismo extracto inferior. Pero si la élite
nacional logra agruparse en un partido, el paisaje político del país
cambia radicalmente. El régimen de incuria de los partidos políticos
no se puede perpetuar, porque ha aparecido en la vida pública una agrupación
política que representa a la familia nacional en su totalidad.
Las
mismas formas constitucionales y los mismos principios permiten luego la convocación
de una Asamblea Constituyente, que puede, en virtud del mandato recibido de
la nación, revisar la Constitución en el espíritu del destino
nacional. Corneliu Codreanu no excluye siquiera el momento en que, siguiendo
el mismo camino, es decir, sin precipitar la evolución política
del pueblo rumano, se llegará a una unanimidad nacional alrededor de
un movimiento político y en torno a un jefe. La oposición se reducirá
a una expresión inofensiva, no por medidas de fuerza, sino por su inactualidad.
Tal forma de Estado no es ni la democrática ni la de una dictadura. Se
trata de una nueva forma de Estado, que únicamente un movimiento nacional
puede realizar y que no puede durar más del tiempo en el cual se mantiene
un ambiente de «ecumenicidad nacional» (48).
La
teoría de Corneliu Codreanu se comprobó en Rumania. Después
de diez años de lucha con los antiguos partidos políticos, el
credo legionario conquistó a todo el país Si no se hubieran suspendido
las elecciones del mes de marzo de 1938, el movimiento hubiera obtenido una
mayoría aplastante. El Movimiento falangista hubiera llegado a iguales
resultados espectaculares si las circunstancias le hubiesen permitido continuar
su existencia legal.
Los
viejos partidos políticos se dan cuenta de que en una lucha electoral
no pueden competir con una agrupación nacionalista. Entonces ellos mismos
violentan la situación política del país, estableciendo
una dictadura o una legislación excepcional, medidas de las cuales han
acusado siempre a los movimientos nacionales en la eventualidad de la llegada
de éstos al poder. En Rumania, en la víspera del triunfo de la
Guardia de Hierro, los antiguos partidos políticos abandonaron provisionalmente
la escena política para permitir la instauración de la dictadura
del rey Carol, cuya misión principal fue el aniquilamiento de la Legión.
En España, la corriente falangista en aumento determinó a los
dirigentes del Frente Popular a salir de la legalidad, suprimiendo la existencia
de esta organización, hacia la cual se dirigían las esperanzas
de todas las fuerzas vivas de la nación.
No
carece de interés mencionar también el hecho de que en este dominio
de la forma del Estado, en el cual las peculiaridades del pensamiento son inevitables,
encontramos, sin embargo, puntos de enlace entre las concepciones de los dos
fundadores de movimiento. Así, Corneliu Codreanu ve al nuevo Estado edificado
«sobre el primado de la cultura nacional, sobre el primado de la familia
y el de las corporaciones obreras» (49).
Exigencias
que corresponden exactamente a la imagen del Estado nacionalsindicalista. En
el pensamiento de José Antonio la función creadora del binomio
masa-élite aparece claramente expresada: «Los pueblos que han encontrado
su camino de salvación no se han confiado a confusas concentraciones
de fuerzas, sino que han seguido resueltamente a una minoría fervientemente
nacional, tensa y adivinadora. En torno a una minoría así puede
polarizarse un pueblo ... », (50). También él subraya el
poder de atracción que ejercerá la Falange sobre el pueblo en
competencia con los viejos partidos. Estas agrupaciones, dice José Antonio,
«se vaciarán de su juventud, que vendrá a nosotros»
(51). Encontramos también en José Antonio ciertas indicaciones,
ciertas posibilidades abiertas para una convivencia de la Falange con los antiguos
partidos políticos. El declara que solamente contestará con la
violencia cuando se emplee la violencia para destruir el Estado nacional, pero
no la empleará para oprimir a la oposición.
Él
irá siempre por el camino del orden legal para conquistar el Poder y
rechazará cualquier idea de conspiración o golpe de Estado (52).
El
nuevo Estado, el Estado de la revolución nacional, no puede aportar ninguna
novedad, ninguna mejoría ningún impulso creador en la vida de
la nación, si se limita solamente a la reforma de las instituciones.
En este caso, toda la «renovación» se reduciría a
un cambio de personas en los sillones ministeriales. Se marcharán los
malos y vendrán otros iguales. En las nuevas instituciones deben dominar
nuevas costumbres políticas. Las opiniones de Corneliu Codreanu y José
Antonio coinciden también en este punto: «El nuevo Estado -dice
Corneliu Codreanu- no se puede basar solamente en la concepción teórica
del derecho constitucional. El nuevo Estado supone, en primer lugar, y como
elemento indispensable, un nuevo tipo de hombre. No se puede concebir un nuevo
Estado con hombres llenos de pecados antiguos.»
«El
Estado es un simple traje que viste el cuerpo de la nación. Podemos confeccionar
un traje nuevo, lujoso, caro, pero no servirá de nada si viste un cuerpo
agotado, destrozado por gangrenas morales y físicas» (53). Las
declaraciones de José Antonio no difieren: «¿Qué
nos importa el Estado corporativo, qué nos importa que se suprima el
Parlamento, si esto es para seguir produciendo con otros órganos la misma
juventud cauta, pálida, escurridiza y sonriente, incapaz de encenderse
por el entusiasmo de la Patria, y ni siquiera, digan lo que digan, por el de
la Religión?» (54). «Nosotros no satisfacemos nuestras aspiraciones
configurando de otra manera el Estado. Lo que queremos es devolver a España
un optimismo, una fe en sí misma, una línea clara y enérgica
de vida común» (55).
El
Estado no será mejor o peor según el esplendor de las instituciones
que lo constituyan, sino según el grado de conciencia cívica de
sus ciudadanos. El individuo «portador de valores eternos» es el
tesoro más valioso del Estado nacional.
V
LAS
CLASES SOCIALES
A
unidad de la nación está permanentemente amenazada por una serie
de fuerzas de tendencia centrífuga: los partidos políticos, las
corrientes regionalistas y las clases sociales. De todas estas fuerzas susceptibles
de convertirse en un peligro para la existencia de la nación, cuando
se corrompen y degeneran, las mayores perturbaciones son provocadas por la lucha
de clases. La importancia que ha adquirido esta lucha en nuestros días
no se debe a la enorme masa obrera que apareció en cada nación
como consecuencia del proceso de industrialización del mundo entero,
sino especialmente al desplazamiento de su centro de gravedad. La lucha de clase
ya no se desarrolla hoy día dentro de las fronteras de un país,
sino que es explotada por un movimiento con carácter internacional, el
comunismo, cuya meta final. es la dominación de toda la tierra.
José
Antonio reconoce que la crítica hecha del liberalismo político
por el socialismo es justa. El Estado democrático no ampara al ciudadano
en el campo de la competencia económica. Este tipo de Estado se contenta
con proclamar la libertad del trabajo y de todas las relaciones económicas;
pero no se preocupa de la condición particular de cada ciudadano, de
su resistencia económica, del capital con el cual entra cada uno en esta
lucha. En un Estado demoliberal, el obrero se encuentra en iguales condiciones
de trabajo que una persona poseedora de una fortuna inmensa. De esta lucha desigual,
el obrero está condenado a salir permanentemente derrotado. En la teoría,
el obrero puede emplearse donde le parezca y en las condiciones que él
crea aceptables para sus propios intereses; pero en la práctica se convierte
en esclavo de aquellos que poseen el capital. El hambre, la falta de medios
económicos, le obligan a aceptar el primer empleo que se le ofrece.
La
libertad de que goza el obrero en el sistema económico capitalista es
ilusoria. En realidad, esta libertad no beneficia más que al capitalista.
El obrero no tiene recurso alguno para defenderse contra aquellos que poseen
los medios de producción. Una retribución justa para su trabajo
le está prohibida. Como subraya José Antonio: «El obrero
aislado, titular de todos los derechos en el papel, tiene que optar entre morirse
de hambre o aceptar las condiciones que le ofrezca el capitalista, por duras
que sean» (56). En esta lucha, el Estado demoliberal no interviene. Es
una cuestión que no entra dentro de sus atribuciones. El liberalismo
político ofrece al obrero derechos y libertades, pero lo abandona a la
explotación económica del capitalista.
El
capitalismo es responsable en las épocas de prosperidad de la proletarización
de la nación, y cuando está agotado por alguna crisis, los daños
los pagan siempre los obreros. Las fábricas cierran sus puertas, y millones
de hombres quedan sin trabajo. Los proletarios bajan así un peldaño
más en la escalera social: se convierten en parados.
La
justicia social se ha convertido en un imperativo de nuestros días. El
problema social no se puede ni ignorar ni falsificar. Existe una clase de hombres
que viven en la miseria, en la periferia de las grandes ciudades, y están
buscando una vida mejor.
Una
de las soluciones del problema es la indicada por el marxismo. Esta doctrina
sostiene que la emancipación económica de la clase obrera no se
puede efectuar más que en el plan internacional. La injusticia social
desaparecerá del mundo solamente por el esfuerzo común de todas
las clases explotadas, de todos los países. Los obreros deberían
unirse en un frente común contra un enemigo de clase, el único
y lo mismo en todos los países. Para tener éxito en su lucha,
ésta tiene que extenderse al mundo entero. El proletariado victorioso
edificará entonces, sobre las ruinas de los Estados actuales, el imperio
mundial de la justicia social, que el comunismo pretende representar de manera
exclusiva.
La
lucha de clase no es un fenómeno específico de nuestra época.
Aparece en el mundo junto con la Historia junto con la organización de
la sociedad política. La innovación que aporta el marxismo consiste
en sacar la lucha de clase del cuadro nacional y ponerla bajo un mando internacional.
Según su doctrina, los obreros del mundo entero estarían enlazados
los unos a los otros por intereses mucho más poderosos que aquellos que
les unen a sus países. El hecho de pertenecer a una clase sería
mucho más importante que el de pertenecer a una nación; el obrero
de una nación estaría mucho más cerca, política
y espiritualmente, al obrero de otra nación que a su propio connacional
de otro origen social. La Humanidad tendría una fisonomía distinta
de la que conocemos hasta ahora: en toda la extensión de la tierra estaría
constituida por una clase poseedora y la clase de los explotados. Las naciones
no serían más que variedades secundarias del género humano.
El
comunismo provoca una escisión artificial entre lo nacional y lo social.
Desplaza la clase social del cuadro de la nación y la trata como si fuera
un organismo mucho más importante que las naciones. Procede como si,
arrancando el corazón y los pulmones de un organismo biológico,
se pretendiese que toda la vida se resume en ellos y que pueden vivir aislados.
Bajo el pretexto de introducir un nuevo orden social, de hacer justicia a las
víctimas del capitalismo, se atenta a la integridad misma de las naciones.
El hombre es reducido al estado de un animal social. El ideal comunista es el
de una Humanidad amorfa, en la cual estaría apagado hasta el recuerdo
de una vida nacional.
Corneliu
Codreanu, José Antonio y todos los nacionalistas del mundo eligen otro
camino para solucionar el problema obrero. Ellos se oponen con todas sus energías
a esta solución abominable, obra de un cerebro demente o satánico.
Para realizar la justicia social no es imprescindible hacer volar al aire todas
las instituciones del pasado. El camino de las reivindicaciones obreras no pasa
obligatoriamente por encima del cadáver de la Patria. Es tan absurdo
-decíamos en otro trabajo- como si se pretendiese que prendiendo fuego
a una casa se arreglase una puerta o una ventana estropeada. La injusticia social
indica el mal funcionamiento del organismo nacional. Es suficiente restablecer
su buen funcionamiento para que la injusticia social desaparezca. La mejoría
del nivel de vida de la clase obrera se puede realizar perfectamente respetando
los límites nacionales. Nada nos obliga a sacrificar la Patria. Es absurdo
que, a causa de un grupo de individuos anárquicos e irresponsables que
detentan los medios de producción y rehusan hacer justicia al obrero,
aniquilemos los esfuerzos milenarios de un pueblo.
La
Patria está por encima de las reivindicaciones sociales. Ella representa
el sentido histórico de la existencia del hombre. Una revolución
social no puede venir desde fuera. Ella debe efectuarse sobre la plataforma
de la nación. Sólo la nación tiene el derecho de hacer
revoluciones. Cuando interviene una fuerza extranjera en una acción revolucionaria,
se atacan los derechos de la nación y se es infiel a la misma revolución;
y los que se sirven de dicha fuerza para destruir el orden interno no son más
que traidores de la Patria. Los partidos comunistas, que están a las
órdenes de una potencia extranjera, no son partidos nacionales. Por eso,
un Estado consciente de su misión sólo puede tratarlos como a
un ejército extranjero invasor del territorio nacional.
«No
permitimos a nadie -dice Corneliu Codreanu respecto a este asunto- que levante
sobre la tierra rumana otra bandera que la de nuestra historia nacional. Por
grande que sea la razón de la clase obrera, no le es lícito levantarse
por encima y contra las fronteras de nuestro país. No admitirá
nadie que por tu pan arrases y entregues en manos de una nación extranjera
de banqueros y usureros, todo lo que fue ahorrado por los esfuerzos dos veces
milenarios de una estirpe de trabajadores y de valientes. Tu justicia dentro
de la justicia de la estirpe. No se admite que para tu justicia destruyas la
justicia de tu nación» (57).
Comentando
la revolución de Asturias, del mes de octubre de 1934, José Antonio
subraya que su gravedad reside especialmente en la intervención de una
potencia extranjera. Los soldados que han ahogado aquella revolución
no han defendido el orden burgués, como afirmaban los partidos conservadores,
sino las permanencias de España, amenazadas por el marxismo. Admira el
valor de los mineros de Asturias y deplora al mismo tiempo que se han dejado
engañar por los agentes de la internacional comunista: «No empleéis
vuestro magnífico coraje en luchas estériles. Haced que os depare,
además de la justicia y el pan, una Patria digna de vuestros padres y
de vuestros hijos» (58).
La
lucha obrera para un porvenir mejor es legitima cuando se mantiene dentro del
cuadro nacional. Todo el que se asocia con una potencia extranjera -no importa
el motivo de su lucha- infringe la disciplina nacional y la reacción
de un Estado consciente de su misión es inevitable. Pero esta norma debe
regir para todas las clases sociales. La clase poseedora es igualmente antinacional
cuando invoca a la Patria, a la tradición, a la autoridad, al interés
nacional, sólo para defender su propio interés de clase, prolongando
un régimen social injusto. Atrincherándose al amparo de la autoridad
del Estado, en posiciones económicas privilegiadas, la clase adinerada
impulsa a las masas a caer en el pecado de rebelarse contra su propia Patria.
Esta clase tiene una gran responsabilidad en la orientación extranacional
de las fuerzas obreras. Cuando los dirigentes de un Estado hacen un llamamiento
a los sentimientos patrióticos del obrero para respetar el régimen
de solidaridad nacional, no se pueden sustraer ellos mismos de este deber. La
Patria no puede tener significados distintos según las diversas clases
de ciudadanos que la constituyen.
Corneliu
Codreanu condena aquella clase de obreros que en nombre de la justicia social
se levantan contra su propia Patria, pero con la misma vehemencia se dirige
también contra todos los que abusan del poder que detentan en el Estado
para mantener una organización económica injusta: «Pero
tampoco admitiremos que al amparo de las fórmulas tricolores -refiriéndose
a la bandera nacional- se instale una clase oligárquica y tiránica
a costa de los obreros de todas las categorías y les despelleje literalmente,
pregonando sin cesar los nombres de Patria -a la que no quiere-, de Dios -en
el que no cree-, de la Iglesia -en la que no entra nunca - y del Ejército
-al que envía a la guerra sin armas» (59).
José
Antonio niega a los partidos burguesesconservadores el derecho a erigirse en
defensores de los valores espirituales de la Patria cuando al amparo de grandes
palabras encubren intereses de clase: «Las derechas invocan. grandes cosas:
la patria, la tradición, la autoridad ... ; pero tampoco, son auténticamente
nacionales... Si las derechas, (donde todos estos privilegios militan) tuvieran
un verdadero sentido de la solidaridad nacional, a estas horas ya estarían
compartiendo, mediante el sacrificio de sus ventajas materiales, la dura vida
de todo el pueblo. Entonces sí que tendrían autoridad moral para
erigirse en defensores de los grandes valores espirituales. Pero mientras defienden
con uñas y dientes el interés de clase, su patriotismo suena a
palabrería; serán tan materialistas como los representantes del
marxismo» (60).
La
clase capitalista -especialmente los poseedores del gran capital financiero-
dañan también a la nación, de otra forma. Su tendencia
es desplazar el centro de gravedad de sus negocios fuera de las fronteras del
país. «El gran capitalismo es internacional -dice José Antonio-;
«cuando recibe un golpe en un país, cubre las pérdidas con
lo que en otros países gana» (61). Al no poseer una residencia
fija, el gran capital no puede tener apego a ninguna nación. El capital
financiero no tiene Patria. Emigra de un país a otro y crea constantemente
a su favor una red de intereses que se sobreponen a los intereses de los distintos
países. «Llega el momento -afirma Corneliu Codreanu- en el cual
los partidos políticos no representan más la nación, sino
los intereses de la finanza internacional (62). A semejanza del comunismo, el
gran capital rompe el cuadro de la nación, creando estructuras supranacionales
y antinacionales.
Advirtiendo
el doble peligro que representa para los intereses de la nación el gran
capital financiero, José Antonio preconiza una serie de reformas destinadas
a reintegrarlo al control del Estado nacional. Sus adversarios, pertenecientes
a los partidos burgueses-conservadores, lo atacan de una manera cobarde. Lo
acusan de tendencias bolcheviques. Corneliu Codreanu sufrió las mismas
invectivas por parte de los partidos políticos, porque pedía que
el país se asentase sobre una base socialeconómica más
justa (63).
José
Antonio da a sus calumniadores una réplica magistral. Primero se pregunta
¿qué es el bolchevismo? Es una actitud materialista frente a la
vida. En último análisis, el bolchevismo significa la materialización
de la vida, la extirpación en el alma de los pueblos de todo lo que representa
un residuo espiritual: Religión, Patria, Familia. El antibolchevismo
no puede ser más que la posición desde la cual se mira el mundo
bajo el signo de lo espiritual Bolchevique -concluye José Antonio- «lo
es todo el que aspira a lograr ventajas materiales para sí y para los
suyos, caiga lo que caiga; antibolchevique es el que está dispuesto a
privarse de goces materiales para sostener valores de calidad espiritual (64).
Los representantes del mundo capitalista, que encuentran su suprema satisfacción
en la acumulación de fortunas superfluas, son los partidarios de la interpretación
materialista del mundo y, como tales, los compañeros de los bolcheviques
y verdaderos bolcheviques. «Y con un bolcheviquismo de espantoso refinamiento:
el bolcheviquismo de los privilegiados» (65). El estado nacionalsindicalista
se apoyará sobre el trabajo y derrumbará el mito de oro que sofoca
a España y a los españoles.
Corneliu
Codreanu ostenta la misma reacción frente al bolcheviquismo disfrazado
bajo otras formas de materialismo: «No negamos, y no negaremos nunca,
la necesidad de la materia en el mundo, pero negamos y negaremos siempre su
derecho al dominio absoluto. Atacábamos, pues, a una mentalidad en la
cual el becerro de oro era considerado como el centro y el sentido de la vida.
La única fuerza moral, en los primeros tiempos de nuestra acción,
la hemos encontrado en nuestra fe, inquebrantable, en que solamente apoyándonos
en la armonía originaria de la vida -subordinación de la materia
al espíritu- venceremos las adversidades y llegaremos a la victoria en
contra de las fuerzas satánicas, coligadas para destrozarnos» (66).
La
tajante réplica de José Antonio no es una polémica baladí.
Se refiere a una situación real. El criterio recomendado por él
para diagnosticar la infección bolchevique dentro del organismo nacional
conserva su intacta validez en la actualidad. El mundo occidental se halla tan
intoxicado por el marxismo, que no se da cuenta que ha llegado a pensar en categorías
marxistas; no se da cuenta de que ha consentido que toda la lucha se desarrolle
en el plano ideológico del adversario. Al materialismo marxista no se
le opone hoy día una actitud espiritual, sino que se le contesta con
otra afirmación materialista de principios, con otra clase de materialismo.
Si
se hiciera una encuesta entre los hombres políticos del Occidente, preguntándoles
en qué residen las divergencias entre el Este y el Oeste, la mayoría
no dudaría en afirmar que en la base de aquéllas se halla la distinción
de estructura económica entre los dos bloques: la sociedad de tipo capitalista
se enfrenta con la sociedad de tipo comunista. Este juicio tiene sus orígenes
en la dialéctica materialista de la Historia. Quien afirma que la lucha
se da entre el capitalismo y el comunismo, acepta implícitamente la tesis
marxista, que explica todos los acontecimientos históricos por los cambios
que se efectúan en el sistema de producción de la sociedad. El
Occidente se distinguiría en su constitución política del
bloque comunista sólo porque la forma de producción es otra. Las
diferencias de orden político son provocadas por la infraestructura económica
distinta de estos países. No son las libertades humanas que se enfrentan
con la esclavitud, no es la Iglesia que se enfrenta con los que quieren arrancar
a Dios de las almas, no son los pueblos que se enfrentan con el imperialismo
soviético, sino que toda la lucha se reduce a un conflicto entre dos
sistemas económicos.
Nos
hallamos delante de una formidable operación de desvío ideológico
en favor del comunismo. Contentándose con la explicación servida
por el enemigo, el Occidente se expone a los más grandes peligros, porque
pierde de vista la parte esencial de la lucha en que se ha comprometido. Los
objetivos del comunismo son mucho más profundos que la implantación
de un nuevo orden económicosocial. La lucha entre los dos sistemas económicos
constituye sólo una faceta, una cortina de humo detrás de la cual
se ocultan intenciones mucho más terribles. Lo que realmente debe preocuparnos
en el comunismo es el impulso satánico de esta revolución. El
Estado soviético es una proyección total del mal en la Historia.
Nada de lo que hoy día forma los fundamentos de la vida humana quedaría
en pie, en la eventualidad de una victoria comunista total en el mundo. Todos
los valores multimilenarios que han asegurado hasta ahora el equilibrio en la
sociedad humana -la Religión, la Nación, la Propiedad, la Familia,
el Derecho, la Moral, la Persona humana-, todos están destinados a desaparecer
asesinados por los partidarios de la ideología marxista.
Los
verdaderos anticomunistas no se sitúan sobre una posición materialista,
no hacen el juego a los adversarios declarándose los defensores de un
sistema económico contra otro sistema económico. «Nosotros
somos también anticomunistas -dice José Antonio-, pero no porque
nos arredre la transformación de un orden económico en que hay
tantos desheredados, sino porque el comunismo es la negación del sentido
occidental, cristiano y español de la existencia» (67).
Corneliu
Codreanu también ve en el comunismo, ante todo, una calamidad de orden
moral y espiritual: «El triunfo del comunismo en Rumania significaría:
supresión de la Monarquía, disolución de la Familia, desaparición
de la propiedad privada y la pérdida de la libertad. Significaría
nuestro despojo de todo lo que forma el patrimonio moral de la Humanidad y,
al mismo tiempo, la pérdida de todos los bienes materiales» (68).
El
marxismo no es un sistema económico-social. Es la negación total
del hombre. Tiende a la extirpación del alma humana, de los más
profundos y sacros vestigios de espiritualidad y de vida libre. José
Antonio ha presentado en expresiones estremecedoras la vida de infierno que
prepara el comunismo a la Humanidad: «Si la revolución socialista
no fuera otra cosa que la implantación de un nuevo orden en lo económico,
no nos asustaríamos. Lo que pasa es que la revolución socialista
es algo mucho más profundo. Es el triunfo de un sentido materialista
de la vida y de la Historia; es la sustitución violenta de la Religión
por la irreligiosidad; la sustitución de la Patria por la clase cerrada
y rencorosa; la agrupación de los hombres por clases, y no la agrupación
de los hombres de todas las clases dentro de la Patria común a todos
ellos; es la sustitución de la libertad individual por la sujeción
férrea a un Estado que no sólo regula nuestro trabajo, como un
hormiguero, sino que regula también, implacablemente, nuestro descanso.
Es todo esto. Es la venida impetuosa de un orden destructor de la civilización
occidental y cristiana; es la señal de clausura de una civilización
que nosotros, educados en sus valores esenciales, nos resistimos a dar por caducada»
(69).
Para
evitar la caída de la nación bajo el dominio del comunismo, no
es suficiente proclamarse uno anticomunista, aunque quisiéramos comprender
bajo esta denominación lo que es justo que se entienda: la lucha por
la defensa de la civilización cristiana. Frente a una creencia, a una
mística, que ha logrado convertirse en el polo de atracción de
las masas obreras, no se puede oponer una negación. El ideal comunista
sólo puede ser combatido con éxito oponiéndole otro ideal,
otra creencia, otra mística que sobrepuje en intensidad a la mística
comunista. Sólo un movimiento político dotado con una fuerza de
atracción superior a la agitación comunista puede reintegrar a
los obreros en el seno de la Patria. Todo el problema de la lucha anticomunista
en un país libre se reduce en el fondo a lo siguiente: encontrar una
fórmula política dinámica que arranque a los obreros del
ambiente marxista y les convierta en militantes de la nación. «La
única solución -afirma José Antonio- es que estas fuerzas
proletarias pierdan su orientación internacional o extranacional y se
conviertan en una fuerza nacional que se sienta solidaria de los destinos nacionales»
(70).
Los
antiguos partidos políticos no tienen fuerza para reintegrar a las masas
obreras en la nación, porque ellos mismos defienden intereses de clase.
Mediante este egoísmo de clase alimentan los conflictos sociales y provocan
la deserción de los obreros del frente nacional. Al asalto marxista,
ellos no pueden oponer otra cosa que una actitud de inmovilidad política,
funesta no sólo para los partidos, sino para la nación entera.
No son capaces de una movilización de las energías nacionales
contra el comunismo, porque no están iluminados por una gran fe. Les
falta el ímpetu y la generosidad. Sólo los movimientos nacionales
pueden oponer a la aspiración revolucionaria del comunismo otra aspiración
revolucionaria capaz de llenar la grieta operada en el edificio de la nación.
Sólo ellos pueden realizar la síntesis entre lo social y lo nacional,
porque sólo ellos se dirigen al país desde el centro de interés
de la nación entera. Un movimiento no representa intereses subalternos;
no une su destino a una clase o a un grupo de individuos; abraza los intereses
de todas las clases sociales.
Los
dos fundadores tratan el problema obrero desde un punto de vista superior a
la lucha de clases. Para ellos lo social no es más que un aspecto de
lo nacional. La separación entre las dos nociones es artificial. Siendo
las clases sociales subdivisiones de la nación, las dificultades de convivencia
entre ellas se eliminan buscando la solución en función de las
necesidades del organismo entero. La lucha de clases modifica completamente
su carácter si se enfoca desde la perspectiva de la nación. La
nación no tiene ningún interés en que una parte de sus
miembros vivan en la miseria, ya que -dice Corneliu Codreanu- «la nación
encuentra apoyo igual entre los ricos y los pobres» (71). La elevación
del nivel de vida de la población no es sólo una cuestión
de justicia social. Es una cuestión nacional. Sólo cuando se salva
a las masas de la miseria y de la ignorancia, el genio de un pueblo se puede
desarrollar en su plenitud. Su base de creación se ensancha abarcando
también las filas anónimas de la población.
El
interés de la nación es que desaparezca la plaga de los sufrimientos
materiales. La pobreza constituye un peso muerto en la lucha diaria que sostiene
la nación para realizar su destino. Una nación azotada siempre
por el hambre y por faltas materiales es una nación encadenada. No se
puede emancipar de las necesidades cotidianas para consagrar sus energías
a la cultura y a la historia. La justicia social es un derecho del individuo,
derivado de la mera pertenencia a una comunidad política. Las aspiraciones
de los obreros se integran en la aspiración total de la Patria. «El
bienestar de cada uno -dice José Antonio- de los que integran el pueblo
no es interés individual, sino interés colectivo, que la comunidad
ha de asumir como suyo hasta el fondo, decisivamente. Ningún interés
particular justo es ajeno al interés de la comunidad» (72).
José
Antonio y Corneliu Codreanu piden que sea sobrepasada la lucha de clases en
nombre de una realidad que abarca los intereses de todos. Tanto la clase obrera
como la clase adinerada son culpables ante la nación, porque los unos
como los otros tienen la tendencia a subordinar la nación a sus intereses
de clase. Pero la nación tiene sus fines propios, independientes de los
fines individuales, independientes de los fines de partido y de los fines de
las clases que la constituyen.
Todas
estas categorías sociales deben dar primacía a los intereses de
la nación, que, a su vez, les tomará a todos bajo su protección.
Ella cuida de los intereses de todos como si se tratara de sus propios intereses.
Debe cesar la rivalidad entre el patrono y el obrero para dejar sitio a su cooperación
en el conjunto de la producción nacional. De la absurda lucha entre el
patrono y el obrero no puede aprovecharse más que el comunismo. Los patronos
serán desposeídos de sus bienes y los obreros serán despojados
de su libertad para ser rebajados a esclavos del capitalismo de Estado, tal
como ha ocurrido en todos los países que han caído bajo la dominación
comunista.
¿Cómo
pueden ser convencidas las clases sociales para que renuncien a sus egoísmos
y se integren en la comunidad nacional? La tarea no es fácil. Sus intereses
representan algo vivo, concreto, palpable, mientras que la nación representa
algo muy lejano, una imagen vaga, que sale fuera de las preocupaciones comunes
de la vida. El impulso para la confraternidad sólo puede venir cuando
se actualiza el destino histórico de la nación Sólo cuando
se proyecta sobre la pantalla de la conciencia nacional una gran misión
histórica, las clases se desprenden de su egoísmo, y tanto el
rico como el pobre están dispuestos a hacer sacrificios por la Patria.
Al impulso destructivo del marxismo hay que oponer el impulso creador de la
nación. Para atraerse a las masas populares hay que infundirles el sentido
nacional de la existencia bajo una forma accesible a su comprensión y
a su imaginación. Sólo la visión del destino nacional puede
salvar la integridad de la Patria. A las masas se les debe insuflar el gusto
de las grandes realizaciones históricas. Entonces serán fieles
a la Patria, entonces olvidarán sus sufrimientos y serán capaces
de sacrificios ilimitados. Las masas no exigen lo imposible de sus dirigentes.
Sólo piden que su esfuerzo tenga un sentido, que sea realizado en provecho
de la comunidad nacional.
Lo
social y lo nacional no pueden fusionarse más que bajo el techo de la
Patria espiritual. La aspiración total de la nación debe convertirse
en la aspiración de la clase obrera. Solamente por el empeño de
la nación entera en una empresa colectiva se puede superar la lucha de
clases. «Contra la anti-España roja sólo una gran empresa
nacional puede vigorizarnos y unirnos. Una empresa nacional de todos los españoles.
Si no la hallamos -que sí la hallaremos, nosotros ya sabemos cuál
es-, nos veremos todos perdidos» (73). «No cabe convivencia fecunda,
sino a la sombra de una política... que sirva únicamente al destino
integrador y supremo de España» (74).
Supongamos
ahora que mediante un feliz conjunto de circunstancias lográramos organizar
una base humana de existencia para el pueblo entero. Esta conquista de orden
económico y social no defiende a una nación del peligro de su
desintegración. La justicia social no crea automáticamente buenos
ciudadanos y buenos patriotas. El motivo es bien conocido y se relaciona con
la psicología del hombre. Las necesidades materiales del hombre tienden
a aumentar infinitamente. Nunca se dará por satisfecho con lo que posee.
Siempre verá injusticias cuando compare su situación material
con la de las personas mejor situadas que él. En vano buscaremos la paz
social sólo en la satisfacción de las necesidades materiales,
por generosa que sea la actitud de la nación hacia el individuo. Para
que la justicia social no se transforme en una fuente continua de descontentos,
debe ser realizada con vistas a un fin más alto: La armonía total
en el seno de una nación «no puede surgir sino de la comunidad
de ideales», dice Corneliu Codreanu (77).
La
pasión de poseer se aplaca y el alma se serena cuando la vida del hombre
está anclada en una realidad que pueda disminuir el interés por
los bienes materiales. José Antonio sintetiza esta posición en
la siguiente proposición: «Por eso la Falange no quiere ni la Patria
con hambre ni la hartura sin Patria: quiere inseparable la Patria, el pan y
la justicia» (78).
Es
un grave error creer que el obrero sólo tiene por aspiración la
de ser bien retribuido. No se le puede integrar en el Estado ni se le puede
conquistar para la nación, por excelentes que sean las condiciones materiales
que se le ofrezcan. Esto no basta para satisfacer sus aspiraciones. En Francia,
en Italia, en otros países, los obreros gozan de un alto nivel de vida.
Viven como pequeños burgueses; tienen unos salarios superiores a los
funcionarios del Estado y, sin embargo, su adhesión al partido comunista
continúa siendo elevada. ¿Cómo se explica este fenómeno?
Ahora no es la miseria la que empuja a los obreros hacia el comunismo. ¿Qué
es entonces? ¿Qué les determina a perpetuar su enemistad hacia
la nación?
El
obrero quiere algo más que un trozo de pan. Quiere salir de la categoría
de paria de la sociedad y ser considerado como un ciudadano igual a los demás
ciudadanos. Quiere convertirse en un miembro respetado de la comunidad política
y en esta calidad, que se le resuelva también la cuestión de su
existencia material. La falta de consideración con que es tratado por
las demás clases sociales le hiere más profundamente que la falta
de un pan mejor.
Para
el obrero, el Estado representa un instrumento de represión social, que
defiende los intereses de la clase explotadora. El obrero quiere que el Estado
se convierta en una casa abierta para todos, en la cual pueda ser recibido con
su parte de responsabilidad, de derechos y de beneficios. «Hay que tratar
la cuestión profundamente y con toda sinceridad -dice José Antonio-
para que la obra total del Estado sea también obra de la clase proletaria.
Lo que no se puede hacer es tener a la clase proletaria fuera del poder»
(79).
Corneliu
Codreanu pide que el obrero sea elevado a la dignidad de ciudadano: «El
Movimiento Legionario dará a los obreros algo más que un programa,
algo más que un pan más blanco, algo más que una cama mejor.
Dará a los obreros el derecho de sentirse dueños de su país,
igual que los demás rumanos. El obrero andará con paso de amo,
no de esclavo, en las calles llenas de luces y de lujo, donde hoy no se atreve
a alzar su mirada. Por primera vez sentirá el gozo, el orgullo de ser
amo, de ser el amo de su país» (80).
VI
EL
INDIVIDUO
La
libertad de la persona se ve amenazada desde dos direcciones distintas: por
un lado, las corrientes ideológicas que atribuyen a la libertad personal
un sentido anárquico, erradicando al individuo de la colectividad, y
por otro lado, las corrientes totalitarias.
Las
primeras reconocen al individuo una posición absoluta dentro de la sociedad
y dentro del Estado. El individuo es soberano sobre sus actos, sobre todos sus
actos, incluso sobre aquellos que afectan a la vida de la colectividad. En el
laboratorio individual se plasman las naciones y se decide su porvenir. Conforme
a la filosofía liberal, cualquier organismo social nace del juego mecánico
de las voluntades individuales. Por encima del individuo no existe nada importante.
Ninguna norma limita su voluntad soberana. En su última consecuencia,
la teoría democrática lleva al anarquismo.
Las
doctrinas totalitarias vulneran la libertad individual por el otro extremo.
Despojan al individuo de cualquier participación personal en la vida
colectiva. Se le exigen continuamente servicios, trabajos, prestaciones, impuestos
para el bien del Estado, pero sin cointeresar nunca su personalidad. El individuo
es tratado como un material humano que no tiene otra finalidad que la de ajustarse
a los moldes del Estado. No es tomada en cuenta de ninguna manera su opinión.
Dondequiera que se mueva tropieza con el Estado. El Estado lo es todo; penetra
incluso en el pensamiento intimo del individuo.
El
Estado totalitario por excelencia es el Estado soviético. En Rusia el
individuo es tratado como una pieza de máquina. Es un «robot»
que sólo se distingue de los robots mecánicos por ser construido
de una materia menos resistente. La inteligencia misma del hombre soviético
es desarrollada sólo hasta el nivel de comprender la especialidad en
la cual trabaja.
José
Antonio atribuye a los Estados totalitarios nacionalistas circunstancias atenuantes.
Es un intento desesperado, heroico, de una minoría para restablecer la
armonía entre el individuo y la colectividad. Es un esfuerzo violento
para impedir que el proceso de disgregación social llegue a consecuencias
funestas para la nación, esfuerzo que se sostiene en la mayoría
de los casos por la tensión genial de un hombre. José Antonio
considera el Estado totalitario nacionalista como una solución transitoria,
encaminada a dejar sitio más tarde para una fórmula que reconsidere
la posición del individuo (81).
Entre
el Estado totalitario nacionalista -con -sus defectos característicos
a cualquier Estado de este tipo- y el Estado totalitario comunista existe, sin
embargo, una enorme diferencia. Mientras los Estados totalitarios nacionalistas
fueron creados para servir a la nación, los Estados totalitarios comunistas
persiguen un objetivo diametralmente opuesto: fueron fundados para destruir
las naciones, para desarraigar al individuo de su pueblo y perseguirle como
«portador de valores eternos». Los totalitarios nacionalistas creen
que para la salvación de la nación está permitido usar
todos los medios, aunque algunos impliquen graves restricciones para la libertad
del individuo. El Estado, dicen ellos, puede emplear incluso brutalidades para
aplastar la voluntad de los individuos cuando los intereses de la nación
están en juego.
El
edificio político concebido por José Antonio y Corneliu Codreanu
se levanta sobre otros principios que los de los Estados totalitarios. Ellos
descubren una tercera posición ideológica, que evita los peligros
de la falsificación de la vida colectiva que representan las dos soluciones
extremas: el anarquismo democrático y el totalitarismo. Ellos descubren
el punto de conciliación entre la idea de la libertad y la de autoridad
en el mismo individuo.
La
persona humana no es una célula que se ordene de por sí en un
conjunto orgánico, ni un átomo o un grano de arena, partículas
destinadas a agruparse en agregados sin manifestar oposición alguna.
La persona humana es una realidad del espíritu y por tener este origen
no puede ser tratada de otra manera que respetando su libertad interior. Es
lo que hace decir a José Antonio: «La dignidad humana, la integridad
del hombre y la libertad son valores eternos e intangibles» (82).
A
su vez, Corneliu. Codreanu subraya que el Movimiento Legionario, en su estructura
íntima, no es un movimiento de masas. La educación de los legionarios
persigue la creación de un «hombre nuevo», el cual tiene
que desarrollarse por un trabajo interior, por sus propios esfuerzos y convicciones.
El Movimiento no hace más que ofrecer al individuo un ambiente educativo
que puede avudar al desarrollo de las componendas de valor de su alma. «La
piedra angular de la Legión es el hombre, no el programa político.
La reforma del hombre, no la reforma de los programas políticos (83).
En este hombre nuevo tienen que resucitar todas las virtudes del alma humana,
todas las cualidades de nuestra raza» (84).
Según
vemos, esta doctrina no enfoca el papel del individuo en la sociedad de una
manera completamente distinta a la del «contrato social». Los dos
fundadores consideran al individuo como unidad fundamental de la sociedad. Ellos
discrepan del pensador ginebrino cuando establecen la identidad del individuo.
¿Qué es el individuo? ¿Un átomo social, un solitario
en el mundo, libre de establecerse donde quiere en el espacio humano, entrando
en una y en otra combinación según sus caprichos? Ellos sustituyen
la imagen de este «caballero errante» de la vida social por el individuo
de la libertad creadora. La libertad de que, goza el individuo no es un impulso
anárquico. La verdadera libertad es un afán creador, que lleva
al individuo por las cimas de la Historia, de la cultura y del espíritu.
El individuo se realiza a sí mismo, es decir, se convierte en persona
humana sólo cuando sigue su vocación interior y esta vocación
le determina a entrelazar permanentemente su destino particular con el destino
de su nación y el de la Humanidad entera.
Indagando
en su propio ser, el individuo descubrirá que posee una estructura más
compleja de la que parece al primer examen interior. Es poseedor de un patrimonio
espiritual mucho más vasto que su yo psicológico. El individuo
es «portador de valores eternos». El patrimonio espiritual del individuo
se compone de su familia, de la comunidad nacional a la cual pertenece y de
sus relaciones con la divinidad. Alberga en su alma un mundo que le supera como
persona solitaria. No es una existencia pasiva que sólo se llena de contenido
en contacto con el acontecimiento. No se convierte en algo en el curso de su
vida. Es algo desde el momento en que hace su aparición en el mundo,
es «un modo de ser en el mundo», que sólo utiliza lo exterior
como ocasión para afirmarse y desarrollarse. La realización del
individuo significa la puesta en valor de la totalidad de su dominio espiritual.
En la medida de su desarrollo se desarrollarán también la familia,
la Patria, la Iglesia y la religiosidad de un pueblo. La libertad individual
es necesaria para dar ocasión a que se manifiesten sus fuerzas creadoras.
Se cometería un pecado contra la creación entera si se oprimieran
estas fuerzas La verdadera libertad es la libertad creadora, es la libertad
que se alza por encima del individuo físico, abarcando el universo entero.
Dios no dejó la libertad para que el individuo la gaste locamente, sino
para que los valores eternos que en él viven lleguen a resplandecer.
El individuo se halla integrado en una perspectiva creadora universal y colabora
con Dios en la obra de la creación entera. «Cuando se logre eso
-dice José Antonio- sabremos que en cada uno de nuestros actos, en el
más familiar de nuestros actos, en la más humilde de nuestras
tareas diarias, estamos sirviendo, al par que nuestro modesto destino individual,
el destino de España y de Europa, y del mundo, el destino total y armonioso
de la creación» (85).
El
eje creador del individuo pasa por la nación y finaliza en Dios. Estas
son las principales estaciones de la vida. Como ser histórico debe ayudar
a la realización de su nación en el sentido de las leyes divinas
y como ser metafísico debe prepararse para el reino de Dios. Corneliu
Codreanu define en los términos siguientes la relación existente
entre el individuo, la nación y las finalidades últimas de la
Historia:.
«El
individuo en el cuadro y al servicio de la nación.»
«La
nación, en el cuadro y al servicio de Dios y de las leyes de la Divinidad»
(86).
Existe
un orden natural que el. individuo no puede infringir sin anular sus propios
afanes creadores. «El hombre tiene que ser libre, pero no existe libertad
sino dentro de un orden», observa José Antonio (87).
Al
desaparecer el antagonismo entre el individuo y la comunidad nacional desaparece
implícitamente el antagonismo entre el individuo y el Estado, porque
el Estado no es más que un instrumento al servicio de la nación.
La originalidad del pensamiento de José Antonio y Corneliu Codreanu radica
en el hecho de que elimina la lucha entre el individuo y el Estado sin sacrificar
la sustancia de ninguna de estas dos realidades. En su doctrina, esta conciliación
se realiza por la identidad del fin perseguido. El individuo y el Estado está
al servicio de la misma causa. La misión histórica de un pueblo
-el título de justificación del Estado- coincide con la aspiración
realizadora del individuo. El destino nacional representa una meta común,
tanto para el individuo como para el Estado. «Hay una salida justa y fecunda
para esta pugna -explica José Antonio- si se plantea sobre bases diferentes.
Desaparece este antagonismo destructor en cuanto se concibe el problema del
individuo frente al Estado, no como una competencia de poderes y derechos, sino
como cumplimiento de fines de destinos. La Patria es una unidad de destino en
lo universal y el individuo el portador de una misión peculiar en la
armonía del Estado. No caben así disputas de ningún género;
el Estado no puede ser traidor a su tarea, ni el individuo puede dejar de colaborar
con la suya en el orden perfecto de la vida de la nación (88). «El
individuo tendrá el mismo destino que el Estado» (89).
El
conflicto entre el Estado y el individuo sólo puede aparecer cuando uno
o los dos factores en presencia no son conscientes de su misión; cuando
el Estado no se reconoce como servidor de las aspiraciones nacionales o el individuo
ha perdido el contacto con la visión creadora de su vida.
La
integración del individuo en el Estado se efectúa desde arriba
hacia abajo, desde el plano de la nación. El Estado no representa un
fin en sí mismo: es un valor instrumental. Es una norma, un conjunto
de instituciones mediante las cuales la nación cumple con su misión
histórica. En el Estado nacional el individuo reconoce su propia aspiración.
Se siente como en su casa. Todo lo que se le exige es un acto de servicio para
su nación. El Estado no hace más que reunir los esfuerzos de los
individuos para soldarles en una energía unitaria. La multiplicidad de
destinos individuales, unidos en el sentido de la Patria, constituyen el Estado.
La
libertad personal sólo tiene sentido cuando se emplea para liberar del
alma individual el fondo de valores eternos. Se respeta la dignidad del individuo
cuando se reconoce su participación en la creación de una obra
que sobrepase su efímera existencia. La integridad espiritual del individuo
se mantiene mientras no se separa del destino nacional y de Dios. Un individuo
sin Patria y sin Dios es un individuo mutilado espiritualmente. Ha desertado
del ambiente creador de la vida, y se ha ahogado en el torbellino de la negación
y de la inexistencia.
A
la luz de esta concepción los actos que por parte del Estado se exigen
al individuo pierden su carácter opresivo y se convierten en actos de
servicio. El acto de servicio se distingue del acto efectuado mediante una coacción
porque en su ejecución se compromete la responsabilidad del individuo.
Este acto es a la vez un acto de realización para su propia persona.
El individuo iluminado por una gran fe sabe que sirviendo al Estado participa
en una gran empresa colectiva y que la gloria de esta empresa también
recae sobre él. «Sólo es grande -afirma José Antonio-
quien se sujeta a llenar un sitio en el cumplimiento de una empresa grande»
(90).
El
destino del individuo no desaparece en la estructura del Estado. Si hay algo
que absorbe al individuo no es el Estado, sino la grandeza del fin hacia el
cual aspira conjuntamente con todos sus connacionales. El máximum de
libertad, el máximum de dignidad e integridad espiritual coincide con
el máximum de sacrificios que se hacen para la colectividad y para Dios.
La personalidad del individuo alcanza lo sublime cuando cumple con pasión
y arrojo una misión en el cuadro de la misión general del Estado.
La
disciplina colectiva es necesaria porque sólo a través de ella
se puede asegurar la unidad del esfuerzo nacional. Si una nación quiere
realizar algo grande en la Historia es imprescindible que se someta a una disciplina
rigurosa. «Hay dificultades -dice Corneliu Codreanu- que solamente una
nación enteramente unida, obedeciendo a un solo mando, puede vencer.
No existe victoria sin unidad. Y no existe unidad sin disciplina. La disciplina
es el más pequeño de los sacrificios que un hombre puede aceptar
para la victoria de su nación. Si la disciplina es una renuncia, un sacrificio,
ella no humilla a nadie. Porque todo sacrificio engrandece, no rebaja»
(91).
El
espíritu de sacrificio de que da muestra el individuo cuando se somete
al Estado y junto con éste camina por el sendero de los grandes destinos
universales, tiene sus raíces en el amor. «El sentido entero de
la Historia y de la política -dice José Antonio- es como una ley
de amor.» Sólo mediante el amor puede el individuo llegar a un
entendimiento total de su existencia y a la aceptación serena de los
sacrificios que le exige el Estado nacional. El amor es la cualidad fundamental
del alma humana. Dios la plantó en las almas, y sólo aprovechándonos
de este vehículo podemos subir hacia las esferas superiores de la Creación.
Tomando como base de partida el testimonio del Apóstol San Pablo, que
afirma que el amor lo es todo, Corneliu Codreanu indica que todas las virtudes
«tienen sus raíces en el amor: tanto la fe, como el trabajo, el
orden y la disciplina» (92).
El
tipo superior de disciplina es el que se logra mediante el amor. El movimiento
legionario rumano ha sido acusado a menudo de «totalitarismo» porque
funciona sobre la base de la disciplina y jerarquía. Quien se familiariza
con el modo de actuar del movimiento se da cuenta de que la disciplina y la
jerarquía no tienen el sentido monolítico que les atribuyen los
adversarios. No constituyen en sí mismos el último fundamento
de la organización. Se acomodan a la libertad interior del individuo.
La disciplina sólo existe cuando es libremente consentida. Cuando un
legionario cumple una misión cualquiera no lo hace bajo el imperio de
una coacción, sino impulsado por una convicción. No se somete
a un mandato, sino que participa con su propio esfuerzo a la realización
de unos valores que sobrepasan su propia persona. La comunidad legionaria es
una comunidad de hombres libres. La disciplina legionaria muere cuando en el
alma se extingue la magia de los valores eternos. «Allí donde no
hay amor -dice Corneliu Codreanu - no hay vida legionaria. Mirad un momento
esta vida legionaria y entenderéis lo que nos une a todos, a los grandes
con los pequeños, a los pobres con los ricos, a los viejos con los jóvenes»
(93).
VII
LA
POLÍTICA NACIONAL
No
existe una noción más alterada ni más suplantada por falsas
interpretaciones que la de «política». Probablemente por
hallarse en la boca de todos, su verdadero sentido se ha desgastado hasta la
desfiguración. Los espíritus cultos la miran con repugnancia.
Un hombre que quiere crear algo en la vida, no pierde el tiempo con la política.
Es un charco de vulgaridad, un juego infame de intereses.
Esta
especie de política, indudablemente, merece el desprecio de todos. Si
la política se reduce solamente a un hacer y deshacer alianzas de intereses
individuales, claro está que todo su sentido se desgasta en este juego.
Esta política sólo la pueden hacer los individuos carentes de
escrúpulos. La falta de lealtad en las relaciones entre los individuos
se convierte entonces en norma suprema de cualquier acción política.
El carácter, la línea recta de manifestación de un individuo,
la moralidad pública, constituyen una carga demasiado pesada para la
realización de una carrera política. Lo que interesa en esa política
es mantener vivo el juego que alimenta las ambiciones de los partidarios por
intrigas, golpes prohibidos, maniobras mezquinas y otros medios de la más
repugnante especie.
El
juego de intereses individuales representa una especie degenerada de la política
que sólo se manifiesta en épocas de decadencia nacional. La política,
en su verdadero sentido, es todo lo que puede ser más opuesto a esta
interpretación. La verdadera requiere un sacrificio permanente por parte
del individuo. Un hombre político debe considerarse llamado a velar por
los intereses de todos, y esta misión no la puede cumplir sino despojándose
de cualquier interés personal.
La
verdadera política «la gran política», como la llama
José Antonio, para distinguirla de su variante degenerada, está
al servicio de la nación. Es un acto de servicio en provecho de la comunidad
nacional. La política constituye el conjunto de los medios que elabora
la nación para cumplir su misión histórica. Para que exista
una política los dirigentes de in Estado deben precisar previamente el
objetivo que persigue la nación en la época en que ellos viven.
La política se relaciona continuamente con este objetivo, mide las distancias
que la separan de él y se acerca a él etapa por etapa. No es un
objetivo efímero, un objetivo de temporada, sino que es un objetivo que
absorbe el esfuerzo de una o más generaciones. La política crea
y maniobra fuerzas, en relación con las oportunidades existentes para
alcanzar el objetivo establecido. Un Estado que no fija su objetivo y no se
mueve en su dirección no posee ninguna política. Tal Estado vegeta
simplemente. No vive.
La
gran política representa al mismo tiempo una gran pasión. Un dirigente
político debe vivir compenetrado con las finalidades nacionales. Un escéptico,
un indiferente, un hombre falto de valor espiritual no puede convertirse en
dirigente político. La política es una obra entusiasta, desinteresada.
La
tensión interior del individuo que se consagra a la política no
depende de su temperamento. Es el tono vital de la nación que se transmite
al que interpreta su destino. Quien ha descubierto el itinerario histórico
de la nación se siente invadido por sus caudales de energía. Quien
no ha hecho esta experiencia no puede convertirse en un dirigente político.
«Toda gran política -dice José Antonio- se apoya en el alumbramiento
de una gran fe» (94). Corneliu Codreanu emplea una expresión análoga:
«Los legionarios son los hombres de una gran fe, por la cual siempre están
prontos a sacrificarse» (95).
¿Por
qué es preciso que en el alma de un dirigente político se produzca
esta intensa emoción nacional, este desencadenamiento fanático
de las convicciones? Porque él actúa sobre las masas populares.
Para atraerlas a una empresa colectiva debe encenderlas con el calor de su propia
alma. Las masas no son capaces de descubrir el ideal nacional. Se incorporan
a este ideal si sus dirigentes políticos se lo revelan. La responsabilidad
de los individuos que se manifiesta en el primer plano de la política
es enorme, afirma José Antonio. «De ahí la imponente gravedad
del instante en que se acepta una misión de capitanía. Con sólo
asumirla se contrae el ingente compromiso ineludible de revelar a su pueblo
-incapaz de encontrarlo por sí en cuanto masa- su auténtico destino»
(96). También Corneliu Codreanu piensa que la multitud es incapaz de
descubrir por sí misma las leyes de la verdadera dirección política.
«Si la multitud no puede entender o entiende con dificultad algunas de
las leyes de inmediata necesidad para su vida, ¿cómo puede alguien
imaginarse que la multitud, que en la democracia debe conducirse a ella misma,
podrá comprender las más difíciles leyes naturales, podrá
intuir las más finas y las más imperceptibles de las normas de
dirección humana, normas que la sobrepasan, que sobrepasan su vida y
sus necesidades, normas que no se refieren directamente a ella, sino a una entidad
superior, la nación?» Su conclusión: «Un pueblo no
se conduce por sí mismo, sino por su élíte» (97).
Las
multitudes no son refractarias a una gran empresa histórica. En un Estado
oscuro, el ideal nacional yace también en sus almas. Pero las multitudes
se encuentran demasiado encadenadas por lo cotidiano para poder contemplar el
porvenir lejano de la Patria. Por eso hace falta la existencia de una élite
dirigente o de un gran jefe político. Oyendo su palabra, las multitudes
se estremecen. Oyen la voz de su propia consciencia. Los depósitos aluvionarios
de la vida cotidiana están revueltos por la lava que sube de las profundidades.
«Este contacto con la nación entera -dice Corneliu. Codreanu- está
lleno de emoción y de estremecimiento. Entonces las multitudes lloran»
(98). José Antonio reconoce también «la calidad religiosa,
misteriosa, de los grandes momentos populares» (99).
La
imagen del hombre político es completamente diferente de la que nos ofrecen
los partidos políticos. En él se ha apagado cualquier huella de
interés personal. Es un sacrificado permanente. Cuida de la felicidad
de todos. Toda su vida se encuentra modelada por el ideal, convirtiéndose
en una actitud, en una escultura, en un estilo de vida. La función del
hombre político se asemeja más a las funciones religiosas que
cualquier otra profesión. Según José Antonio, es la más
alta magistratura de la tierra, la más noble de las funciones humanas.
«De cara hacia fuera -pueblo, historia-, la función del político
es religiosa y poética. Los hilos de comunicación del conductor
con su pueblo no son ya escuetamente mentales, sino poéticos y religiosos.
Precisamente, para que un pueblo no se diluya en lo amorfo -para que no se desvertebre-,
la masa tiene que seguir a sus jefes, como a profetas (100). Hay movimientos
- dice Cornelin Codreanu- que poseen más queun programa: tienen una doctrina,
tienen una religión» (101). Religión, no en el sentido de
que la verdad nacional sustituya a la verdad religiosa, sino en el sentido de
que entre las masas y los jefes se establece una relación de expresión
mística, como explica José Antonio, «por proceso semejante
al del amor».
Conociendo
ahora el encadenamiento de las ideas de José Antonio y de Corneliu Codreanu,
podemos reconstruir, con su ayuda, la arquitectura política del Estado
nacional.
EL
DESTINO NACIONAL
Al
hablar de la reorganización del Estado, José Antonio emplea en
un discurso una expresión extraña: «Nosotros tenemos que
volver a ordenar a España desde las estrellas» (102). Un hombre
político «realista» sonreirá leyendo estas líneas.
Pensará que se trata de una palabra de efecto pronunciada en el acaloramiento
de un mitin electoral. En realidad, todo lo que dice José Antonio, aunque
hable delante de unos hombres sencillos, emana de un juicio político
profundo.
¿Qué
quiere decir José Antonio con la expresión «ordenar a España
desde las estrellas?» Quiere decir integrar al Estado en el plano del
destino nacional, conducirle conforme a las pulsaciones históricas de
la nación. «Existe una línea en la vida de una nación
-dice también Corneliu Codreanu-, y la primera ley que ha de seguir esa
nación es la de moverse sobre la línea de este destino, cumpliendo
con la misión encomendada» (103).
EL
OBJETIVO HISTÓRICO
El
destino nacional no es un valor circunscrito, localizado. Es una fórmula
general de manifestación, aplicable en toda la vida y a toda la vida
de un pueblo. El destino nacional constituye la metafísica del Estado.
En esta forma no representa más que una visión, un estado de espíritu.
Desde el punto de vista político es inutilizable. Debe venir el dirigente
político para precisar el aspecto actual del destino nacional. ¿Qué
metas concretas persigue un pueblo en una cierta época? Desde lo metafísico
se desciende a lo político de la Historia, a una época histórica.
La tensión espiritual de un pueblo se descarga en un ideal nacional.
Su misión histórica en el mundo se acota, se fragmenta tomando
el color de la época. Se define en relación con lo especifico
de una época, convirtiéndose en una misión histórica
cualquiera, con un nombre y un contenido exacto, con una dirección concreta
de realización.
Si
un pueblo no ha realizado su unidad nacional y vive diseminado en varios Estados,
el ideal hacia el cual tiende este pueblo es el de reunir los fragmentos de
la nación bajo un mando político único. Su destino en aquel
instante es el de cumplir el ideal de la unidad nacional. Si un pueblo es esclavizado
por otro pueblo, todas sus energías de vida se gastarán para liberarse
de la dominación extranjera. El pueblo rumano no puede tener hoy otro
ideal que el de romper el yugo comunista. La libertad y la unidad nacional son
las primeras aspiraciones históricas de un pueblo. Solamente cuando un
pueblo ha conquistado su independencia política y ha reunido bajo la
misma bandera a todos sus hijos, empieza su historia propiamente dicha. Hasta
este momento no ha hecho más que luchar para crearse una plataforma histórica,
una base que le servirá para lanzarse a lo largo del mundo. Las luchas
por la emancipación política de una nación no representan
más que la fase infantil de su historia. Sólo después empiezan
sus primeras hazañas históricas.
Una
vez que la nación ha cuajado políticamente debe afianzarse a lo
largo de la historia. Este momento es extremadamente peligroso. Puede derrumbarla
como puede engrandecerla. Todo depende del ideal que elige, de la justa interpretación
que un dirigente político dé al destino nacional.
Un
ideal ennoblece a una nación cuando, conjuntamente con la gloria que
ha conquistado para sí, aporta un servicio a la humanidad entera. Un
ejemplo clásico lo aporta la conquista y la cristianización de
América por parte de los españoles. Hay pueblos que sólo
han brillado por su gloria militar, sin dejar nada constructivo detrás
de ellos: los hunos, los tártaros, los turcos.
¿En
qué dirección ve José Antonio que debiera realizarse hoy
día España? ¿Qué rumbo histórico hay que
darle? ¿Cuál sería su verdadera misión en la época
moderna, después de superar la fase de las dificultades internas? Por
el sendero de los grandes destinos universales él indica como objetivo
para España la misión espiritual en el mundo hispánico,
que es una comunidad de naciones libres, con un rumbo histórico solidario
al servicio de la civilización cristiana. Las generaciones actuales tienen
la misión de asegurar la preponderancia espiritual de España entre
las naciones creadas por su impulso y sus sacrificios. Hoy día no hay
tierras para conquistar, puntualiza José Antonio, ni se trata de volver
por caminos torcidos a ejercer una hegemonía política en estos
países (104). Lo espiritual tiene posibilidades de afirmación
que no menoscaban la soberanía de estas naciones: la compenetración
en el amor, la ayuda desinteresada por parte del pueblo español a estas
naciones para que ellas, mismas lleguen a definir su propio centro de gravedad.
Después
de un cuarto de siglo desde que José Antonio indicó de nuevo al
pueblo español el camino de los conquistadores, comprobamos que esta
empresa se ha convertido en una empresa de interés agudo para el mundo
entero. En efecto, el comunismo mundial gasta anualmente cantidades inmensas
de dinero y lanza hacia la América hispánica millares de agentes
adoctrinados en las escuelas de Moscú, intentando acaparar a estas naciones
para los fines de su revolución. Estos pueblos se encuentran en un gran
peligro, porque no han tenido el tiempo necesario para forjar su personalidad.
¿Quién les puede ayudar a resistir a la subversión comunista?
El único país que les puede ayudar a oponerse con éxito
a estas infiltraciones nocivas en América del Sur es España, porque
este país no tiene ni intereses económicos que defender ni alberga
deseos de conquistas territoriales, ni amenaza la independencia política
de estos países. España les puede ofrecer una ayuda de mucho más
valor que cualquier ayuda material: un armazón espiritual. Si España
no está presente en este continente, en el vacilo espiritual que allí
se ha producido, lo invadirá el comunismo.
LA
JUSTICIA SOCIAL
Una
empresa histórica supone un esfuerzo total de la nación. No se
puede realizar una misión universal con una nación desgarrada
por luchas internas. Si los miembros de una nación luchan entre sí
por intereses de clase, no tendrán ni el tiempo ni la energía
necesarios para consagrarse a los grandes objetivos históricos.
Corneliu
Codreanu y José Antonio no han pedido una profunda reforma del sistema
económicosocial existente sólo con el fin de ofrecer una vida
mejor al obrero. La cuestión de satisfacer los intereses materiales de
esta clase juega un papel importante en su pensamiento, pero no es lo esencial.
Ellos tienden, en primer lugar, a liberar estas fuerzas de las preocupaciones
cotidianas y empeñarlas por el camino de los grandes destinos históricos.
El problema social debe ser resuelto para valorar todas las energías
de la nación y asegurar su unidad de esfuerzo. Con otras palabras, para
elevar el nivel político del país.
El
obrero debe tener una participación activa en el Estado, en plan de igualdad
con los otros miembros de la nación. La misión del Estado nacional
requiere que en su territorio se encuentre una masa acomodada de ciudadanos,
que no estén obsesionados y absorbidos cada día por los problemas
de la existencia. Sólo un ciudadano libre -y éste es el que tiene
asegurado lo mínimo para la existencia- puede abarcar con la mirada los
horizontes lejanos de la Patria. José Antonio y Corneliu Codreanu condenan
los Gobiernos que tratan a los obreros como ciudadanos de segunda categoría.
El Estado, cuando asegura una vida digna y humana, «no lo hace como limosna,
sino como cumplimiento de un deber» (105).
EL
FRENTE ECONÓMICO DE LA NACIÓN
La
exacerbación de la lucha de clases hasta convertirse en peligro para
la integridad de la nación es la obra de los enemigos de la Patria. El
verdadero frente económico de la nación abarca a todas sus fuerzas
productivas: patronos, técnicos, funcionarios de empresa, inventores,
obreros. En este frente entran también los recursos financieros de que
disponen los ciudadanos de un Estado. La misión natural de todas estas
energías humanas es la de unir su talento y sus riquezas y de cooperar
en la producción, formando, bajo la vigilancia del Estado, un bloque
sólido de intereses económicos nacionales.
La
verdadera lucha económica se desarrolla entre el capital nacional y las
aves de rapiña del capital internacional. Para resistir a la presión
del capital internacional, la clase poseedora debe cointeresar en la producción
a los obreros. Sin esta solidaridad con los obreros, la clase acomodada se verá
empujada en el dilema de ingresar en la casta de los banqueros internacionales,
traicionando así a su Patria, o bien perderlo todo a causa de las agitaciones
sociales. El obrero empujado hacia la periferia de la sociedad se dirigirá
entonces a los comunistas para que se le haga justicia.
LA
REVOLUCIÓN NACIONAL
«Se
necesita la revolución -dice José Antonio - cuando al final de
un proceso de decadencia, el pueblo ha perdido ya, o está a punto de
perder, toda forma histórica» (106). Un pueblo pierde toda forma
histórica cuando ha perdido el contacto con su alma metafísica.
Apartándose de su línea de vida, dentro de su cuerpo empiezan
a obrar los fermentos de la disgregación. Al alterarse el cimiento que
une a todos los miembros de una nación -su destino histórico-,
ésta se convertirá en un agregado amorfo. El proceso de autodestrucción
sólo puede ser parado por un salto a otro orden. Esta transición
de un orden antiguo en descomposición a una nueva estructura política,
económica y social, se llama revolución.
Una
revolución se corona con el éxito solamente si cumple con estas
dos condiciones:
-
Reponer la nación sobre el camino universal de los grandes destinos.
-
Asociar las masas a esta empresa común, reorganizando la economía
nacional sobre bases más justas.
Una
revolución nacional afecta de manera igual los dos frentes de la nación:
el frente interior y el frente exterior. Una revolución tiene una cara
dirigida hacia la Historia y otra hacia las realidades internas de la nación.
Todas las revoluciones que han tenido lugar hasta ahora en España han
sido incompletas, acentúa José Antonio, «en cuanto ninguna
sirvió, juntas, a la idea nacional de la Patria y a la idea de la justicia
social» (107).
Pero
la revolución no es revuelta, advierte José Antonio. El cambio
por violencia del antiguo orden social no constituye más que su aspecto
preliminar. La verdadera obra revolucionaria empieza en el momento en que el
vacío político existente comienza a llenarse con el «nuevo
orden». La transición, desde una situación a otra, no se
puede conseguir sino con orden: «La revolución bien hecha, la que
de veras subvierte duramente las cosas, tiene como característica formal
«el orden» (108). El tumulto revolucionario debe cesar lo antes
posible, para que sobre las ruinas del antiguo Estado se levante la arquitectura
política nueva.
EL
EJÉRCITO EN EL ESTADO NACIONAL
En
condiciones normales de existencia del Estado, el Ejército tiene que
quedar apartado de las luchas entre los partidos. Su principal misión
es defender la tierra patria. El Ejército es un instrumento de la política
exterior de un país. Pero cuando la lucha política interior sale
del común, amenazando los cimientos mismos del Estado nacional, el Ejército
tiene que tomar posición.
El
Ejército es una institución consagrada de manera exclusiva a las
permanencias de una nación. Cuando un régimen respeta estas permanencias,
el Ejército no puede tener motivos de descontento nacional y de revuelta.
Pero cuando el Estado se ha destacado de la nación y ha llegado a ser
un instrumento de perturbación del destino nacional, el Ejército
tiene el deber de intervenir. Él tiene que elegir entre la nación
y los enemigos de la nación. Las nociones normales de orden y disciplina
militar están superadas en un tal momento. El Ejército tiene que
quebrantar el cuadro de la disciplina formal para entrar en el de la disciplina
nacional. Al Ejército incumbe la misión de reconquistar el Estado
nacional, afirma José Antonio. «En presencia de los hundimientos
decisivos, el Ejército no puede servir a lo permanente más que
de una manera: recobrándolo con sus propias armas» (109).
El
levantamiento del Ejército español contra el régimen comunizante
del Frente Popular en 1936, bajo el mando del general Franco, ha sido una necesidad
histórica. Sin este acto de «indisciplina», el Estado nacional
español habría dejado el puesto al Estado soviético número
dos.
Cuando,
frente al movimiento popular de septiembre de 1940, el rey Carol de Rumania
ha pedido al ejército que disparara contra la multitud amenazadora en
la plaza del palacio real, los comandantes del ejército no han obedecido
la orden real. Consideraban que por sus crímenes y por sus errores políticos,
había perdido el derecho de presidir los destinos de la nación.
La dictadura del rey Carol habla tenido un carácter antinacional. Como
el Frente Popular de España, deseaba someter el Estado rumano a fuerzas
extranjeras, y, para poder realizarlo, intentaba aniquilar a todos aquellos
que se oponían a tal plan.
LA
POLÍTICA EXTERIOR
La
política exterior de un Estado nacional tiene que respetar siempre los
intereses fundamentales de la nación. Cualquier alejamiento de este principio
la falsifica. Cada acuerdo, convenio, tratado, cada participación en
un organismo internacional tiene que perseguir la creación de óptimas
condiciones para el desarrollo histórico de la nación.
La
política exterior es una proyección del destino nacional. Está
siempre determinada por este destino. Tiene que preparar el porvenir de la nación,
evitar los peligros apenas entrevistos en el horizonte.
La
política la exterior pide la máxima atención por parte
de los gobernantes, en vista de las consecuencias lejanas en el tiempo que puede
traer cada acción en este dominio.
La
política exterior es la utilización de las oportunidades en la
perspectiva de las permanencias nacionales.
EL
FONDO Y LA FORMA
José
Antonio y Corneliu Codreanu hacen distinción entre el contenido del Estado
y las formas que fijan ese contenido, entre su aspecto exterior y la vida que
lo llena. Un Estado no se justifica por el sistema de gobierno que ha adoptado,
sino por el espíritu que anima y controla sus actividades.
En
lo que a la forma del Estado se refiere, no existen reglas universalmente valederas.
Cualquier Estado auténtica se desarrolla en la vida misma de la nación,
así como la concha que lleva el caracol se plasma de su propia sustancia.
Cada pueblo tiene un estilo peculiar en la construcción del edificio
estatal, expresión de su originalidad creadora en el dominio política.
Por eso ninguna forma estatal es transmisible como tal. Un Estado extranjero
puede servir como objeto de estudio para los dirigentes de una nación.
El puede intervenir en la construcción de otro Estado sugiriendo una
idea, un detalle arquitectónico, una técnica administrativa; pero
si se intentase imitarle exactamente, se violentaría el modo de ser de
la nación. El Estado de importación nunca llega a soldarse perfectamente
con el ser de la nación. Es como un traje hecho a la medida de otros
individuos. Dará lugar a un Estado híbrido que deformará
las aspiraciones de la nación respectiva.
El
Estado nacionalsindicalista pertenece con título de exclusividad a España.
Este Estado puede contribuir con ciertas ideas a la organización política
de otros países, pero no puede ser imitado. Una sola cosa tienen en común
los movimientos de integración nacional con referencia a la forma del
Estado: cualquier régimen político que se adopte debe tener como
base la idea de la solidaridad nacional. Suponiendo que este régimen
de solidaridad nacional se pudiese realizar en un pueblo dentro de la democracia,
su doctrina no tendría nada que objetar. Sus bases no se alteran, si
se respeta el principio arriba mencionado (110).
VIII
EL
SENTIDO DEL NACIONALISMO
Toda
doctrina política que reconoce la primacía de la nación
en la organización del Estado es una doctrina nacionalista, a pesar de
que no se afirme de modo expreso este principio.
Los
más intransigentes nacionalistas del mundo son los judíos Pero
nunca se verá a este pueblo poner de manifiesto una profesión
de fe nacionalista. Solamente después de haber fundado un Estado nacional
se ha podido comprobar cuán sincera era su actitud: el nacionalismo sionista
ha rebasado en intensidad a todos los demás nacionalismos. Frisa en el
exceso, adoptando como base del nuevo Estado la idea del exclusivismo racial.
La doctrina hitleriana, condenada en todo el mundo, ha resucitado en el Estado
de Israel.
El
nacionalsindicalismo y el nacionalismo de los legionarios rumanos se mantienen
dentro de los límites del buen sentido. Ni en José Antonio ni
en Corneliu Codreanu descubriréis estallidos de odio racial ni tendencias
imperialistas. El chauvinismo y el imperialismo son sucedáneos degenerados
del nacionalismo. José Antonio habla a sus contemporáneos de »la
vocación imperial de España», pero subraya al mismo tiempo
que con este lema él entiende una empresa de orden espiritual, una competencia
con otras naciones en el campo espiritual y cultural (111). Corneliu Codreanu
habla también de una misión rumana en el mundo, pero, igual que
José Antonio, pone el acento sobre las realizaciones del espíritu.
Las naciones, dice, no deben comportarse, en relación con otras naciones,
según el instinto animal, según la ley de los brutos o de las
fieras del bosque. La principal misión de un pueblo en la Historia es
la creación cultural. Él sitúa la cultura por encima de
la Historia: «Una nación vive en la eternidad por sus conceptos,
su honor y su cultura» (112). La historia de un pueblo no se justifica
más que en la medida en que crea un ambiente favorable a su expansión
espiritual y cultural.
El
patriotismo no es una manera de pensar, subraya José Antonio. Es «una
manera de ser». Nadie nos enseña a ser rumano, español,
francés, alemán. Uno lo es. El sentido de la Patria no es un invento
de nuestros tiempos. No es una adquisición reciente del espíritu.
Bajo una forma latente y primitiva ha existido desde que existe la Historia.
En la época moderna ha crecido solamente su auditorio. En el pasado sólo
una reducida parte de un pueblo era consciente de las verdades nacionales. Hoy
día las masas populares se han convertido en portadoras de esta creencia.
Existe
también una especie de nacionalismo telúrico, primitivo, una forma
elemental de patriotismo, el cual, si no evoluciona, si no gana altitud histórica,
daña a la nación, puesto que reduce la Patria a un complejo de
sensaciones físicas. Vibra con una extraordinaria intensidad a todas
las exhalaciones de la tierra nativa: el pueblecito en que hemos nacido, el
lenguaje local, las antiguas melodías, el susurro de los ríos,
los paisajes de las montañas. Este tipo de patriotismo, que José
Antonio, al caracterizarlo, dice que tiene algo de sensual, que es de calidad
vegetativa, cierra el horizonte de los hombres para las grandes verdades nacionales.
Ata a los hombres a los límites del mundo en que han nacido, impidiendo
ver su verdadera Patria, que es «el país del espíritu nacional»
(Codreanu), «depositaria de los valores eternos» (José Antonio).
El
patriotismo de solo tipo afectivo-regional retrasa el proceso de unificación
de una nación. Los principados rumanos de Valaquia y Moldavia lucharon
entre sí siglos, como si se hubiera tratado de dos pueblos distintos.
Sólo en el siglo XVIII los habitantes de los dos principados han comenzado
a darse cuenta de que pertenecen a la misma nación. La unidad nacional
se ha realizado en la medida en que los fragmentos del pueblo rumano han llegado
a la consciencia de su unidad de destino, superando el nacionalismo local.
El
nacionalismo local, telúrico, vegetativo, en libertad para desarrollarse
al azar, se convierte en un factor de disgregación nacional en épocas
de decadencia histórica. A este tipo de nacionalismo de una especie inferior,
José Antonio le opone «el nacionalismo misional», «el
nacionalismo de la nación», entendidos como unidad de destino en
lo universal (112). El papel de este «nuevo nacionalismo» es el
de unificar las diversas regiones en una síntesis trascendente e indivisible.
Él no ve inconveniente alguno en que las distintas regiones conserven
su individualidad, pero con la condición de que sean conscientes de su
pertenencia a la Patria común.
IX
RELIGION
Y NACION
La
nación no es la verdad absoluta, no es el último peldaño
de la sabiduría. Por encima de la nación brilla la Iglesia de
Cristo, la suprema autoridad espiritual del mundo entero. Hacia la Iglesia deben
converger todas las glorias nacionales. «Ad majorem Dei gloriam»
debe cumplirse también en el destino de los pueblos. Lo político
está subordinado a lo religioso. Corneliu Codreanu expresa así
las relaciones con la Iglesia:
«Hacemos
una gran distinción entre la línea sobre la cual andamos nosotros
y la línea de la Iglesia Cristiana. La línea de la Iglesia está
situada a millares de metros por encima de nosotros. Ella alcanza la perfección
y lo sublime. No podemos rebajar esta línea para explicar nuestros actos.
»Nosotros,
por nuestra acción, por todos nuestros hechos y nuestros pensamientos,
aspiramos a esta línea, nos levantamos hacia ella en la medida que nos
permite el peso de nuestros pecados y la condena por el pecado original. Queda
por ver cuánto hemos podido elevarnos hacia esta meta, mediante nuestros
esfuerzos terrenales» (113).
José
Antonio sigue exactamente el mismo pensamiento. La nación encuentra su
suprema realización en lo religioso:
«Lo
espiritual ha sido y es el resorte decisivo, en la vida de los hombres y de
los pueblos.
»Aspecto
preeminente de lo espiritual es lo religioso.
»La
interpretación católica de la vida es, en primer lugar, la verdadera;
pero es, además, históricamente, la española.
»Por
su sentido de catolicidad, de universalidad, ganó España al mar
y a la barbarie continentes, desconocidos. Los ganó para incorporar a
quienes los habitaban a una empresa universal de salvación.
»Así
pues, toda reconstrucción de España ha de tener un sentido católico»
(114).
El
reconocimiento de la verdad religiosa como, fundamento de la vida de los individuos
y de los pueblos tiene un efecto bienhechor sobre la nación. Estando
la Iglesia por encima de los pueblos, modera sus impulsos, impidiendo que cometan.
errores. Las posibles exageraciones del nacionalismo hallan su inmediata corrección
en la enseñanza de la Iglesia. Es una limitación fecunda de las
posibilidades creadoras de la nación. En el cauce divino de la Iglesia
confluyen todas las variedades creadoras de las naciones.
El
Individuo, la Nación y la Iglesia forman una armazón espiritual
completa e inseparable. Cualquier debilitamiento de una de estas realidades
tiene como efecto el aflojamiento de las demás. El proceso de disgregación
de una nación repercutirá también en el dominio de la fe,
así como una Iglesia en declive alejaría el pueblo de sus deberes
hacia la Patria.
La
compenetración entre el individuo, la nación y el cristianismo
se averigua también por el hecho de que el bolchevismo ataca de manera
simultánea toda la serie de las realidades espirituales. El Estado comunista
oprime a la persona humana, oprime a la familia, oprime a la nación,
destruye el Estado nacional y oprime a la Iglesia. Esto significa que en cada
una de éstas, el espíritu puede encontrar un último refugio
y solamente, por su destrucción en bloque puede asegurarse el triunfo
de esta religión satánica. De aquí el inmenso peligro que
representa el comunismo por su lucha para apartar a las almas de la nación,
para apartarlas de la Iglesia y aún más de su propio yo.
El
individuo, la familia, la patria, la propiedad, la profesión, la economía,
no pueden ser comprendidas plenamente y no pueden ser integradas en una jerarquía
de los valores sin el sentido religioso de la vida, así como nos fue
revelado por nuestro Redentor, Jesucristo. Quien posee el sentido religioso
de la vida, lucha por dar a todas las cosas con las cuales se pone en contacto
un perfil divino.
El
individuo, la familia, la patria, la propiedad deben esculpirse según
los mandatos de la Iglesia. Esta obra no se puede realizar sin una permanente
lucha contra las fuerzas del mal. José Antonio cita a San Francisco de
Asís: «De la batalla eterna contra el mal sale el triunfo del bien.»
X
LA
NACION Y EL PORVENIR DE LA HUMANIDAD
En
la época actual, toda una serie de libros y de estudios tratan, con la
ayuda de un extenso aparato propagandístico, de desacreditar el patriotismo
y todos los valores nacionales. Con una falta total de respeto para la verdad,
se está afirmando, en un sinfín de variaciones, que las naciones
representan una forma de vida colectiva anticuada y que la Humanidad no tendrá
más remedio, en breve, que sufrir disturbios y disgustos a causa de la
existencia de las naciones. Todos los pueblos, y hasta todas las razas, se mezclarán
en una única masa humana, bajo el mando de un único gobierno con
autoridad sobre toda la tierra.
Mientras
los peritos de la historia venidera proclaman «urbi et orbi» que
las naciones están para desaparecer, los hechos les dan cada día
un nuevo mentís. En ninguna época de la Historia -tampoco entre
las dos guerras mundiales, cuando los grandes Estados nacionales dominaban la
actualidad- la idea nacional ha sido pregonada y aplicada en más extensas
regiones del mundo como ahora. La conciencia nacional de los pueblos está
afirmándose con más vigor que nunca en lucha contra toda forma
de imperialismo.
En
el imperio soviético, las naciones esclavizadas no esperan más
que una ocasión favorable para derrumbar el régimen tiránico
comunista. La revolución de Hungría ha dado una réplica
tajante a todos aquellos que pretendían que la educación marxista
ha aniquilado en las nuevas generaciones el instinto nacional. «El hombre
soviético» ha aparecido como una mera ficción. No ha llegado
a ser una realidad ni en la misma Rusia, donde el pueblo aspira a la libertad
igual que los otros pueblos cautivos bajo el dominio comunista.
De
otro lado, en Asia y Africa, el mapa político, está cambiando
cada año su aspecto. Nuevos Estados nacionales aparecen sobre las tierras
dominadas hasta ahora por las potencias coloniales. En la América Hispánica
misma, las naciones manifiestan una fuerte tendencia a emanciparse de toda clase
de tutela extranjera. Las naciones de la Europa Occidental, a su vez, empujadas
por una doble presión -la del comunismo y la del nacionalismo de los
pueblos de color-, tratan de fortalecer su caráeter nacional, ya que
todas las fórmulas políticas corrientes han demostrado su ineficacia
ftente a los problemas que el comunismo plantea a las naciones libres.
El
hecho más significativo, desde el punto de vista de la doctrina nacionalista,
es, tal vez, la conversión abierta de los judíos a los principios
nacionalistas. El pueblo errante de la Historia se ha radicado en la tierra
de sus antepasados, creando un Estado nacional.
Frente
a las manifestaciones explosivas de la energía nacional de los pueblos,
se desvanecen todas las teorías que profetizan la desaparición
de las naciones. La Humanidad no se dirige hacia un conglomerado amorfo, sino,
al contrario, está viviendo un proceso de integración y afirmación
nacional extendido sobre toda la tierra. Hasta las más pequeñas
unidades étnicas aspiran a formas propias de vida nacional.
La
extensión del movimiento de emancipación política de todas
las naciones no descarta la colaboración siempre más estrecha
de las naciones en conjuntos regionales y hasta continentales. Pero también
en estos casos la meta de tales acuerdos no es la destrucción de las
naciones, sino, al contrario, promover y asegurar en conjunto el libre desarrollo
de las calidades específicas de cada nación.
La
extensión universal del movimiento de integración nacional hoy
día lleva la doctrina de José Antonio y Corneliu Codreanu al primer
plano de la actualidad, ya que se trata de una doctrina que va al ritmo de las
transformaciones que está viviendo la Humanidad entera.
Su
pensamiento representa una pura forma de doctrina nacional, que no se ha rebajado
a estallidos de odio de raza ni tampoco ha ostentado jamás el intento
de sojuzgar a otros pueblos; es, por el contrario, un movimiento de tipo espiritual,
lleno de respeto hacia la Iglesia y a todas las exigencias de la vida cristiana.
Tal
característica ofrece a esta doctrina el privilegio de poder cooperar
en la tarea de restaurar, frente al mundo entero, la verdadera cara del nacionalismo,
deformada por los acontecimientos políticos que han llegado a su fin
con la última guerra mundial. Al mismo tiempo puede servir a la clarificación
de la posición ideológica de los pueblos que, hasta ayer, han
mantenido fuertes reservas frente al nacionalismo o le han mostrado una enconada
enemistad.
Para
las naciones del mundo libre no hay otra posibilidad de salvarse -frente a la
amenaza comunista- que asentar su existencia sobre bases nacionales y religiosas.
El resto no es más que divagación política. Unicamente
las energías nacionales de los pueblos pueden oponer una barricada inexpugnable
a la invasión comunista y crear las condiciones propicias para la liberación
de las naciones cautivas.
NOTAS:
(1)
Codreanu: Pentru Legionari, pág. 418.
(2)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera. Edición cronológica.
Recopilación de Agustín del Río Cisneros. Madrid, 1951,
pág. 167.
(3)
Idem, pág. 168.
(4)
1 Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 204.
(5)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 129-.
(6)
Codreanu: Pentru Legionari, págs. 312-313.
(7)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, págs. 87-89.
(8)
Obras completas de José. Antonio Primo de Rivera, pág. 88.
(9)
Idem, pág. 97.
(10)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 240
(11)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 106
(12)
Idem, pág. 97.
(13)
Codreanu: Pentru Legionari, pág. 396.
(14)
Idem, pág. 397.
(15)
Idem, pág. 396.
(16)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera pág. 755.
(17)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 288
(18)
Codreanu: Pentru Leggionari, pág. 398.
(19)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 97
(20)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 557.
(21)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 158.
(22)
Codreanu: Pentru Legionari, pág. 394.
(23)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 240.
(24)
Idem, pág. 639.
(25)
Codreanu: Pentru Legionari, pág. 394.
(26)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 210.
(27)
Codreanu, Pentru Legionari, pág. 395.
(28)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 102. (29)
Codreanu Carticica Sefului de Cuib. Edición de exilio. Colectia «Omul
Nou pág. 87.
(30)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 640.
(31)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 268.
(32)
Codreanu: Carticica, págs. 126-127.
(33)
Obras completas de José. Antonio Primo de Rivera, pág. 365.
(34)
Idem, pág. 343.
(35)
Codreanu: Pentru Legionati, págs. 387-388.
(36)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 50.
(37)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág, 51
(38)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 89.
(39)
Idem, págs. 319, 387 y 563,
(40)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 163.
(41)
Codreanu: Pentru Legionari, págs. 284-285.
(42)
Obras completas de J. A. Primo de Rivera, pág. 57, 73, 91, etc.
(43)
Codreanu: Carticica pág. 139.
(44)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera. pág. 600.
(45)
Codreanu: Pentru Legionari, pág. 391.
(46)
Idem, pág. 392. (1) Codreanu: Circulari si Manifeste Edición de
exilio. Colectia «Omul Nou», 1951, pág. 111.
(47)
Codreanu: Carticica, págs. 137-138.
(48)
Codreanu: Pentru Legionari, pág. 312.
(49)
Codreanu: Carticica, pág. 148.
(50)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 270 (51)
Idem, pág. 147.
(52)
Idem, págs. 94 y 71
(53)
Codreanu: Carticica, pág. 87.
(54)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 168.
(55)
Idem, pág. 168.
(56)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 203.
(57)
Codreanu: Pentru Legionari, pág. 24.
(58)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 470.
(59)
Codreanu: Pentru Legionari, pág. 24.
(60)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 266.
(61)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 605.
(62)
Codreanu: Carticica, pág. 140.
(63)
Codreanu: Pentru Legionari, pág. 416.
(64)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, ps. 521-522.
(65)
Idem, pág. 522.
(66)
Codreana: Pentru Legionari, pág. 278.
(67)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera., pág. 673.
(68)
Codreanu: Carticica, págs. 85-86.
(69)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 700.
(70)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 145.
(71)
Codreanu: Circulari si Manifeste, pág. 134.
(72)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 204.
(73)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 547.
(74)
Idem, pág. 267.
(77)
Codreanu: Carticica, pág. 13.
(78)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 509.
(79)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 145.
(80)
Codreann: Circulari si Manifeste. Edición de exilio. Colectia «Ornul
Nou», 1951, pág. 161-162.
(81)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 578.
(82)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 282.
(83)
Codreanu: Pentru Legionari, pág. 286.
(84)
Codreanu: Carticica, pág. 88.
(85)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 416.
(86)
Codreanu: Pentru Legionari, pág. 65.
(87)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 350
(88)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 399;
(89)
Idem, pág. 416.
(90)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 59.
(91)
Codreanu: Pentru Legíonari, pág. 302.
(92)
Codreanu: Pentru Legionari, pág. 300.
(93)
Codreanu: Pentru Legionari, pág. 301.
(94)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 603
(95)
Codreanu: Carticica, pág. 149.
(96)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera pág. 603.
(97)
Codreanu: Pentru Legionari, pág. 388.
(98)
Codreanu: Pentru Legionari, pág. 234.
(99)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 569.
(100)
Idem, pág. 603.
(101)
Codreanu: Carticica, pág. 149.
(102)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 447
(103)
Codreanu: Pentru Legionari, pág. 398.
(104)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 155.
(105)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 91
(106)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 543.
(107)
Obras compleias de José Antonio Primo de Rivera, pág. 166.
(108)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 199.
(109)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 268.
(110)
Si todos los partidos poseyeran el sentido de la Patria habría sitio
para todos dentro del Estado. En este caso, los partidos no serían más
que equipos de trabajo al servicio de la Patria. Pero los partidos que han conocido
José Antonio y Corneliu Codreanu eran instrumentos políticos de
desintegración de la Patria. Creemos que a esta eventualidad -desgraciadamente
difícil de realizar- se refiere también José Antonio cuando
afirma que «hay una manera de salvar a España y hacer triunfar
a todos los partidos si se hace que triunfe la unidad española ... ».
(Obras..., pág. 137.)
(111)
Obras completas de José Antonio Primo de Rivera, pág. 87. (112)
Codreanu: Pentru Legionari, pág. 397.
(112)
Obras completas de Jose Antonio Primo de Rivera, pág. 187.
(113)
Codreanu: Pentru Legionari, págs. 393-394.
(114)
Obras completas de J. A. Primo de Rivera, págs. 92 y 93.