12 de agosto de 2008

LA MUERTE DE ALEXANDER SOLZHENITSIN: LO QUE LA DERECHA CALLA


Estaba acostumbrado a ser escupido por la izquierda mundial gracias a su denuncia del totalitarismo comunista. Pero la derecha no le trató mucho mejor. Sepan por qué.


El pasado día 4 de agosto los teletipos de todo el mundo entraban en ebullición a causa de la muerte de Alexander Isayevich Solzhenitsin.

Para la izquierda mundial, Solzhenitsin era una de las bestias negras que había voceado a los cuatro vientos el genocidio "progresista", que contaba con la conjura del silencio de todos los partidos "avanzados" de occidente. De ahí que cuando, en España, en plena época de Franco, Solzhenitsin espetara a la "oposición antifranquista" –casi totalmente monopolizada por la izquierda- que ellos no tenían la más remota idea de lo que era una dictadura, esa misma "oposición" recurriera a todo su arsenal propagandístico para denostar a Solzhenitsin, algo que aún hoy todavía reverbera en el artículo de Gabriel Albiac en La Razón con motivo de la muerte de nuestro autor. La izquierda española recurrió, como estrategia defensiva, a la falsedad propagandística que le ha otorgado la hegemonía cultural e ideológica en el planeta entero y que ha logrado hacer creer, por ejemplo, que Salvador Allende o la "revolución de los claveles" luchaban por la "democracia".

Esto es, sin embargo, una sola de las posibles respuestas a los certeros ataques de un personaje de la talla de Alexander Solzhenitsin. La otra estrategia es la que ha adoptado lo que se denomina hoy "derecha" o "centro-derecha" en Occidente para no admitir que el modelo que ellos propugnan fue igualmente atacado por Solzhenitsin. Esta otra respuesta posible es el silencio, el prescindir de lo que no interesa para reivindicar el personaje como propio.

Y es que Solzhenitsin pertenece a una de esas categorías de hombres no asimilables por la modernidad. Por eso la derecha ha preferido reivindicar, en exclusiva, al Solzhenitsin anticomunista. Así, en España los medios críticos con el poder de la izquierda se han entregado en cuerpo y alma a esta nueva vía de manipulación informativa. Así, La Razón titulaba su reportaje "Solzhenitsin: la huella del horror estalinista". José María Marco reiteraba exactamente el mismo mensaje en su artículo titulado "El azote del comunismo" y un tal Toni Montesinos nos informaba de que "Su ejemplo es el de un autor que maneja la palabra para denunciar la brutalidad política". Por su parte, ABC abría con el titular: "Muere Solzhenitsin, escritor que reveló los campos de exterminio soviéticos" y El Mundo nos informaba de que Alexander Solzhenitsin era "el hombre del ´gulag´" que había abierto "una mirilla en el Telón de Acero para que Occidente viera la tramoya sangrienta del monoteísmo" (¡?).

Todos estos textos e informaciones ocultan, invariablemente, el Solzhenitsin inasimilable, es decir, el que pensaba que, si bien el comunismo había fracasado, la versión del otro proyecto de la modernidad, el que ahora impera en Occidente, había fracasado igualmente. Este mensaje, de una u otra forma, Solzhenitsin lo transmitió siempre convirtiéndose por ello en uno de esos "malditos" que, sin embargo, son tan grandes que no se pueden obviar ni siquiera por la propaganda. Son autores cuya personalidad es necesario maquillar, en la medida de lo posible, para que sirvan a la causa y no provoquen problemas.

Y es que la realidad es muy otra y lo es, además, desde hace mucho tiempo. El jueves 8 de junio de 1978 nuestro autor pronunciaba su célebre conferencia en Harvard. El texto es un formidable toque de atención al modelo político, social e ideológico occidental que combatía al comunismo soviético; ese mismo modelo que se reivindica sin embargo hoy como el anhelo supremo de todos los pueblos de la tierra. En plena escalada de armamentos Solzhenitsin acababa su conferencia diciendo: "Supone un retroceso atarse uno mismo a las esclerotizadas fórmulas de la Ilustración. El dogmatismo social nos deja completamente indefensos ante el juicio de nuestra época. Incluso si nos salvamos de ser destruidos en una guerra, nuestras vidas tendrán que cambiar si queremos salvar nuestra vida de la autodestrucción. Nos resulta inevitable revisar las definiciones fundamentales de la vida y de las sociedades humanas. ¿Es verdad que el hombre está por encima de todo? ¿Es verdad que no hay espíritu superior por encima de él? ¿Es cierto que la vida del hombre y las actividades sociales se ven determinadas, en primer lugar, por el crecimiento material? ¿Se puede permitir promover tal expansión a expensas de nuestra integridad espiritual?"

Estas preguntas, a las cuales este mundo que han construido para nosotros respondería siempre afirmativamente, revelaban que Solzhenitsin veía un profundo parentesco entre el Gulag que denunciaba en sus novelas y el Occidente de 1978 y de 2008. Tras llamarnos la atención acerca de la frase de Karl Marx, tomada del "Manifiesto Comunista", en la que decía que "el comunismo es un humanismo naturalizado", Solzhenitsin explicaba a su auditorio de Harvard que "esta frase no resultó totalmente sin sentido. Se ven las mismas piedras en los fundamentos del humanismo desespiritualizado y de cualquier tipo de socialismo: materialismo sin fin, libertad de religión y de responsabilidad religiosa, que en los regímenes comunistas alcanza el estatuto de dictadura antirreligiosa; concentración en las estructuras sociales a través de un enfoque aparentemente científico. Esto es típico de la Ilustración del Siglo XVIII y del marxismo. No es por casualidad que todos los absurdos juramentos y promesas de lealtad comunistas se dirijan al Hombre, con H mayúscula, y a su felicidad terrenal. A primera vista parece un paralelismo desagradable: ¿Rasgos comunes en la manera de pensar del modo de vida del Occidente y del Oriente modernos? Pero esta es la lógica del desarrollo materialista".

Como no podía ser de otro modo, Solzhenitsin permaneció absolutamente fuera de lo políticamente correcto. En su última entrevista con Der Spiegel (23/7/2007), imaginamos que Christian Neef y Matthias Schepp debieron sudar lo suyo cuando preguntaron a nuestro autor: "Su reciente trabajo en dos tomos Doscientos años juntos fue un intento de vencer el tabú acerca de la discusión sobre la historia común de rusos y judíos. Estos dos tomos han provocado perplejidad en Occidente. Usted dice que los judíos son la fuerza principal del capitalismo global y que se cuentan entre los principales aniquiladores de la burguesía. ¿Tenemos que concluir de su exhaustivo conjunto de fuentes que los judíos tienen más responsabilidad que otros en el fracaso del experimento soviético?" Solzhenitsin, hombre cristiano, responde como no podría ser de otro modo: "Quiero evitar precisamente lo que implica su pregunta. No hago ningún tipo de ponderación o comparación entre responsabilidades morales de un pueblo u otro. Más bien excluyo completamente la noción de responsabilidad de una nación hacia otra. Estoy llamando a la reflexión. Tiene la respuesta en el libro mismo: ´Todo pueblo debe responder moralmente por su pasado, incluido el pasado que resulta vergonzoso. Responder a lo que significa mediante el intento de comprensión. ¿Cómo se pudo permitir tal cosa? ¿En qué nos equivocamos? ¿Cómo pudo pasar? Es en este espíritu específico en el que el pueblo judío debe responder a las matanzas revolucionarias y por las fuerzas que estaban dispuestas a cometerlas. No a responder ante otros pueblos, sino ante sí mismos, ante su propia conciencia y ante Dios. Lo mismo que nosotros los rusos debemos responder por los ´pogroms´, por aquellos campesinos incendiarios sin piedad, por los revolucionarios enloquecidos, por aquellos marineros salvajes´".

Más adelante, nuestro autor declaraba a los dos periodistas alemanes que era "un crítico convencido y consistente del parlamentarismo partidista. No estoy a favor de las elecciones no partidistas de verdaderos representantes del pueblo, responsables de sus regiones o distritos y que pueden ser cesados si su trabajo no es satisfactorio. Comprendo y respeto la formación de grupos sobre la base de principios económicos, cooperativos, territoriales, educativos o industriales pero no veo nada orgánico en los partidos políticos".

Esto son solo algunos ejemplos y esperamos que sirvan de acicate a todos aquellos que buscan respuestas auténticas. Sin duda, es este el Solzhenitsin que debe reivindicarse y aquél del que la Humanidad en su conjunto sacará el máximo provecho. Es precisamente él el que nos llama la atención sobre las cosas que no queremos oír y del que nuestra inquietud intelectual puede obtener mayor beneficio. La actitud de presentar un Solzhenitsin de cartón piedra -tan falsaria como la de los ridículos y embrutecidos "progres" españoles de los años 70 – solo puede entenderse como una actitud interesada, sin duda por motivos oscuros. Ahora el hombre ha muerto y ha dejado su obra para aquellos que se atrevan honestamente a leerle con todas sus consecuencias y con el compromiso unilateral y exclusivo de la verdad que pueda haber en su obra, no con la versión edulcorada que nos quieren presentar los que no saben realmente nada de nuestro autor.

Por su parte Alexander Isayevich Solzhenitsin, el hombre, el testigo de esta época oscura, siguiendo sus propias enseñanzas tendrá que responder de todo cuanto hizo y dijo su prodigioso intelecto ante el trono del Eterno, donde ya el Gulag, oriental u occidental, jamás podrá alcanzarle. Descanse en paz.


Eduardo Arroyo.
www.hispanismo.org

ROBO LEGALIZADO. SIMPATICO CUENTITO.

Imagina que tienes un acuerdo con una persona, un acuerdo basado en la confianza y en el beneficio mutuo. Esa persona es seria, responsable y te ofrece seguridad, por eso le has elegido. Acuerdas que será el garante de tu dinero, y que a cambio de que te lo guarde y organice le pagarás a fin de mes un pequeño porcentaje del total: todos saléis ganando. Cada mes le das la totalidad de tu sueldo para que te lo guarde, y le indicas que pagos tiene que realizar por tí: la mensualidad del alquiler, del coche, el seguro etc. Así mismo acuerdas con esa persona que podrás disponer de tu dinero siempre que quieras, y que por esa molestia también cobrará una pequeña tasa.
El acuerdo parece funcionar, aunque es obvio que el que sale ganando es él, ya que no produce nada y cobra por guardar y organizar tu dinero. Decides recomendar a tus amistades y familiares que utilicen ese método, ya que es más cómodo delegar en esa persona de confianza todos los asuntos económicos. Así mismo decides recomendárselo a la empresa que te suministra gas, que te cobra la conexión a internet y a otras personas con las que mantienes intercambios regulares de dinero. Así, en vez de tener que pagarlo en mano, la persona que guarda el dinero simplemente tendrá que cambiar el dinero de cajón donde lo guarda, pasando el montante de cada factura de tu cajón al cajón del proveedor.
Conforme pasa el tiempo, el que guarda el dinero se da cuenta que en la mayor parte de los casos nadie saca la totalidad de sus ahorros, ya que apenas necesitan dinero “contante y sonante” para la vida: casi todos los pagos los realiza de cajón a cajón sin pasar por sus manos. Cada cajón pertenece a una persona o empresa, y contiene el total de sus ingresos menos sus gastos, aunque cada vez resulta más incómodo organizarlo ya que el que guarda el dinero cada vez tiene más clientes y menos espacio. Además algunos de los cajones no son lo suficientemente grandes para guardar todo el dinero. Dado que ha constatado que nunca se saca la totalidad de los ahorros y que los clientes confían en él, decide guardar el dinero de todos los cajones en una sala especial y sustituir los cajones por capetas donde irá anotando los ingresos y pagos de cada cuenta. Lo llama “cuentas”.
El sistema funciona a la perfección, el pequeño porcentaje que cobra el que guarda el dinero por proteger el dinero y moverlo de cuenta a cuenta supone al final un gran beneficio, y tras los cambios que realizó su trabajo apenas le supone media mañana de anotaciones en las cuentas. El dinero se va acumulando en la sala común, y hasta ahora ningún cliente le ha pedido que le muestre el contenido de su cajón, lo cual sería lícito. Concluye que este sistema funciona en base a la confianza ciega de los propietarios de las cuentas. Confianza que se ha ganado al no haber interrumpido jamás ningún intercambio de valores entre cuentas, básicamente. De esa forma los clientes saben que su dinero está en su cajón, aunque los cajones ya no existan y su dinero sea simplemente una anotación en un fichero.
En realidad, el intercambio de dinero entre cuentas no es tal. Todo el dinero va directamente a la sala grande de almacena de billetes y monedas, y el que guarda el dinero simplemente anota, resta o suma cifras de un fichero u otro. Es decir, que aunque los clientes piensen que lo que intercambian es dinero, lo que hacen es pasarse sumas y restas de cifras. El sistema funciona porque existe un acuerdo tácito que define y respalda esas cifras en base a un valor real monetario -el dinero contante y sonante de la gran sala- aunque nadie lo comprueba. Y es esto último lo que le hace pensar al que guarda el dinero que su negocio podría funcionar prácticamente sin dinero porque, salvo cuando algún cliente desea sacarlo (pocos, ya que los pagos se realizan de cuenta a cuenta o a través de una tarjeta electrónica que anota las cifras como él lo hace en los ficheros), no sirve de nada tenerlo allí ya que no hay apenas movilidad. El que guarda el dinero podría gastarse el 90% del dinero de la gran sala (que pertenece a sus clientes) y nadie se daría cuenta ya que nadie lo necesitaría. Sin embargo él es cauteloso y profesional.
Un día, una de sus primeras clientes le cuenta que se ha quedado en paro, y que dejará de abonar cada mes dinero hasta que no encuentre otro trabajo. Le cuenta que, sin embargo, le seguirán pasando los recibos de la luz, el agua, el colegio y otros pequeños gastos fijos mensuales, y que no puede hacerles frente. El que guarda el dinero le dice que vuelva al día siguiente, que necesita pensar sobre ello ya que es una situación a la que no se ha enfrentado y que ciertamente no será la única.
Al día siguiente, la mujer vuelve y el que guarda el dinero le propone un plan: él le adelantará dinero a cambio de que ella se lo devuelva en su totalidad, dentro de un tiempo, más un porcentaje para él. Dada la situación, la mujer acepta confiada: le ha pedido 10.000 unidades de dinero y tendrá que devolverle 13.000, es decir un 30% como concepto de adelanto. El que guarda el dinero saca esos 10.000 de la sala grande, es decir que es dinero de los otros clientes, aunque ellos jamás lo sabrán ni lo notarán ya que los pagos y cobros seguirán su curso como siempre. Pero el beneficio de ese adelanto, el 30% de suplemento, no lo depositará en esa sala sino que se lo quedará para sí mismo. Es decir, no sólo gana dinero por guardar y hacer sumas y restas de un fichero a otro, sino que obtiene beneficios directos con el dinero de los demás. Como nadie le pedirá cuentas, nadie se dará cuenta. Es un sistema perfecto y pronto tendrá varios clientes que pedirán adelantos de dinero a cambio de pagar un porcentaje sobre el total. Los beneficios personales del que guarda el dinero, conseguidos con el dinero de sus clientes, son extraordinarios.
El que guarda el dinero es consciente que está robando dinero de sus clientes para sacar provecho personal. Pero tiene las espaldas bien cubiertas, ya que además de que ningún cliente haya pedido comprobar que en su cajón está su dinero, él sólo se queda el porcentaje y el resto del dinero, al cabo de un tiempo, vuelve a la sala. Con tantos préstamos, en la sala sólo está el 5% del total del dinero que debería haber (sumando las cifras de todas las cuentas), pero todo funciona a la perfección ya que los pagos y cobros (las anotaciones y pequeñas cifras que sacan algunos clientes) están al día.
En realidad el dinero deja de existir, salvo para el que guarda el dinero. El que guarda el dinero controla y obtiene dinero, pero los demás (clientes y proveedores), objetivamente, sólo tienen carpetas con anotaciones de sumas y restas. El resultado del cálculo de cada carpeta es el dinero que tiene cada cliente, y que debería estar respaldado por dinero contante y sonante en la sala, pero ya no es así por el negocio de los préstamos. Los clientes, en conclusión, no tienen nada. Pero no lo saben porque el sistema de pagos y cobros sigue funcionando y siguen, por lo tanto, teniendo confianza.
El que guarda el dinero sabe que este sistema funcionará eternamente, salvo si todos le piden ver el dinero de sus cuentas o, en el peor de los casos, todos deciden sacar su dinero a la vez.
¿El que guarda el dinero es un ladrón? Fuera del cuento, le llaman banco.

4 de agosto de 2008

EL VALOR DEL DINERO

A comienzos de los años 70 se produjo la primera gran crisis económica de posguerra, lo que evidenció el agotamiento del modelo de crecimiento que hasta entonces había prevalecido. Sin embargo, las crisis no se hacen evidentes hasta que no se produce un acontecimiento que las manifieste públicamente. Esta circunstancia se produce como efecto acumulativo de una serie de parámetros desviados del sistema que tienden a converger en el tiempo, a lo que coadyuvan otros factores que agudizan dicha tendencia operando como catalizadores y detonantes definitivos de la crisis, produciendo ese salto de nivel que la hace salir del estado de latencia para exteriorizarse y hacerse patente.

Pero antes que nada es necesario definir el concepto de crisis, cuyo origen lo encontramos en la medicina hipocrática, en la que se hacía referencia al desajuste a alguno de los cuatro tipos de "humores" que tiene el cuerpo humano. Hacía referencia, entonces, a una situación patológica de cualquier organismo vivo. En el plano económico esto se traduce en una situación de desajuste en las relaciones entre las variables económicas.



Las crisis no tienen un único origen ni una sola causa determinante, sino que, como ya hemos dicho, confluyen diferentes factores en su aparición que producen un desajuste pudiendo llegar a desestabilizar el sistema en su conjunto.



La crisis de los años 70, debido a su gravedad, condicionó en sobremanera el desarrollo posterior de la economía-mundo hasta el punto de que esta nunca llegó a recuperarse del todo. Tanto es así que desde entonces las sucesivas crisis que se han producido han tenido más bien un carácter coyuntural, fruto, básicamente, de la onda histórica a la que dio lugar aquella gran crisis que supuso un cambio drástico en los mercados y en las formas de producción. Dicha onda ha llegado hasta los mismos años 90, al final de los cuales se creía del todo superadas las consecuencias de aquella crisis por medio del auge de las nuevas tecnologías de la información (telecomunicaciones, internet, etc.). Pero una vez más se volvió a demostrar que ello no era así en la medida en que el crecimiento económico presentaba nuevos desajustes, los cuales se comenzaron a hacer visibles en signos de recesión en la economía de EE.UU. que vendrían a agravarse tras el 11-S.



Los rasgos de especulación e inestabilidad financiera que reflejaba la economía de finales del s. XX, daba cuenta clara del carácter endeble de las bases sobre las que se basaba el crecimiento económico de aquel período. Para 2001 se comenzaba a evidenciar el agotamiento económico de un modelo transformado por obra de las nuevas tecnologías, cuya aplicación se trasladó en su mayor parte al ámbito del mercado financiero.



Tras todo esto subyace un fenómeno de especial relevancia que mantiene una estrecha relación con la problemática del significado del dinero y, también, la naturaleza desestructuradora, alienante y caótica que ha adquirido en la etapa actual del desarrollo económico del capitalismo.



Si hasta hace poco más de una década las crisis económicas que se fueron produciendo (excepciones aparte las constituyen el crack del 29 y la crisis del 73) estuvieron localizadas geográficamente, afectando de este modo a espacios geoeconómicos específicos y permitiendo su contención para que no se convirtieran en crisis globales, la recesión a la que asistimos a principios del s. XXI tiene ya una dimensión planetaria.



Como en los años 70, la economía exige una profunda readaptación que permita al sistema capitalista subsistir, al menos, por unos cuantos años más. La problemática de fondo estriba en la naturaleza depredadora del capitalismo, cuya voracidad no conoce límites y a la que va asociada su naturaleza intrínsecamente inestable y contradictoria. Por este motivo fundamental el capitalismo ha requerido en su desarrollo histórico una permanente adaptación a las circunstancias cambiantes que ha originado, lo que ha supuesto una constante renovación en las formas en las que se ha ido manifestando.



La ausencia de trabas al mercado y de restricciones a nivel internacional para el flujo de capitales financieros, ha engendrado, junto al aporte tecnológico de las telecomunicaciones y la informática, un conglomerado especulativo que se ha desarrollado de forma autónoma con respecto a la economía real y productiva. El efecto multiplicador del dinero bancario se ha agravado como consecuencia de la ausencia de limitaciones, de manera que permanece en constante circulación a lo largo de todo el planeta a través de las diferentes plazas financieras del mundo. Este capital especulativo crece en progresión exponencial, generando ingentes beneficios de actividades en las que el dinero crea de la nada más dinero. La economía productiva se ve desprovista de recursos que permitirían su pleno desarrollo y crecimiento, los cuales, sin embargo, se multiplican a expensas de la especulación sobre la producción y la economía real.



A todo esto se le suma otra cuestión elemental unida a la conversión del dinero en una mercancía más. Ello se debe en gran medida a que el dinero ha perdido cualquier referente sobre el que fundamentar su valor, como ocurría con el patrón oro, convirtiéndose de este modo en una mercancía cuyo valor y significado remite a sí mismo. El dinero no cuenta hoy día con ningún respaldo, de forma que si antes su valor estaba asociado con la función de atesoramiento, hoy, sin embargo, se encuentra ligado a la función de intercambio. Por este motivo la riqueza ha terminado adoptando un carácter abstracto e intangible, pues ha sido reducida a la condición de un número expresado por el precio.



La cualidad es el carácter esencial de un bien o una propiedad, sin embargo la imagen económica lo reduce exclusivamente a una cantidad expresada por el precio, que como valor monetario hace abstracción de la cualidad intrínseca de ese bien. Es así como la propiedad se concibe primeramente y ante todo como un bien de intercambio, cuyo valor se calcula y se reduce a una cantidad numérica.



La reducción de la propiedad a categorías numéricas expresadas por unidades monetarias implica, en última instancia, transformarla en una riqueza que es esencialmente móvil y cualitativamente indeterminada. Los bienes y propiedades son inmediatamente convertidos en cantidades monetarias, pues el dinero se ha transformado en un fin en sí mismo. Esta dinámica impulsa el sistema de intercambios que es el que le confiere su primacía al intermediario, sea este comerciante o financiero. Así es como la sociedad se convierte en un entramado relacional, pues todas las relaciones se sitúan a un mismo nivel, el mercado, a través del que se desarrollan los flujos monetarios.



Se ha pasado de una sociedad de bienes a una sociedad de flujos, pues la centralidad del mercado como sistema de intercambios destruye la espacialidad a la que va unida la propiedad. La propiedad implica definiciones, límites, "clausuras" en definitiva. La propiedad significa la objetivación de la idea de dominio sobre el espacio en el que se ejerce la soberanía. Se trata de un recinto cerrado, claramente delimitado y circunscrito por unas fronteras que demarcan el territorio. Pero para que se produzca progreso y crecimiento económico, en el que la ambición de la búsqueda del máximo de beneficio individual constituye su principal motor, es preciso romper todos estos cerrojos y obstáculos a través de la completa liberalización económica.



En el plano político el Estado ha sido históricamente la encarnación del principio de soberanía con el que la sociedad ejerce su dominio sobre un territorio, esto ha significado a nivel económico la existencia de diferentes controles y restricciones, teniendo por objetivo la preservación de un orden caracterizado por la durabilidad y estabilidad en el que lo político está intrínsecamente unido a lo espacial, y por tanto a lo territorial. El desarrollo del capitalismo y, simultáneamente, del dinero como valor en sí mismo, ha terminado haciendo saltar por los aires todas las limitaciones políticas existentes sobre la actividad económica y financiera.



La nueva situación expresa con gran claridad la naturaleza de la globalización, que ha desposeído a los Estados de su soberanía eliminando para ello todas las barreras económicas y financieras que posibilitaran cualquier intervencionismo por parte de las autoridades públicas. Esto ha favorecido la formación de un mercado global en el que el dinero se ha implantado como un poder anónimo y abstracto que ha instaurado su propia dictadura.



La falta de garantías ligadas a un valor intrínseco del dinero, unido también a la desaparición de los referentes estables y permanentes por causa de la proliferación del subjetivismo, provoca la aparición de una nueva forma de objetividad que no está ligada al mundo sensible, reduciéndose a una simple cantidad numérica. Es así como el dinero pasa a ser un referente universal que, sin embargo, carece de un soporte real y estable. El dinero vale para todas las cosas porque todas son reducidas a un mínimo común denominador representado por el precio. De esta manera, todo lo que carezca de valor económico susceptible de ser expresado monetariamente a través de un precio no tiene ningún sentido y significado.



La ruptura con lo real ha conllevado la virtualización del dinero. Si la propiedad lleva impresa una personalidad en la medida en que cumple una función social, el dinero sigue una lógica opuesta en la que todo es reducido a cantidades monetarias como parte de un proceso de acumulación. La especulación financiera a la que ha dado origen se refleja claramente en el colectivismo capitalista de las sociedades anónimas, en las que miles de inversionistas son copropietarios de una misma compañía. Dentro de este sistema alienante la empresa no es más que una cifra, una cantidad que expresa su cotización en bolsa y a la que es reducido su valor cualitativo, el cual reside en la función social que desempeña dentro de la economía.



El dinero es la ley universal de un tipo de sociedad que se basa en los intercambios y, consecuentemente, en las relaciones a la que dan origen esos flujos. El dinero está en todas partes y en ningún sitio. La durabilidad y estabilidad han sido sustituidas por la transitoriedad y la no permanencia. La pérdida de soberanía de los Estados ha promovido la velocidad de los intercambios, erigiéndose, finalmente, como el factor decisivo en el mercado global. Se genera la no-situación a la que da origen el tiempo real, que ha suprimido las barreras del espacio-tiempo, pudiendo conocer al instante todo lo que ocurre independientemente del lugar en el que se produzcan los acontecimientos. Es la primacía de lo instantáneo, lo inmediato, que genera la falta de referencia y produce la consecuente desorientación. Se toman decisiones cuyos efectos afectan a cientos de millones de personas, pero nadie sabe a quien ni a dónde acudir. Esto se refleja en las medidas de los grandes grupos financieros globales, las compañías multinacionales, etc. Su presencia es mundial.



La sustitución del espacio real por el tiempo real, o mejor dicho, por el tiempo global en contraposición a los tiempos locales que se dieron en el pasado, ha sido determinante para el flujo incesante del dinero dentro del proceso de acumulación capitalista. La soberanía de los Estados ha sido, en el mejor de los casos, debilitada, lo que ha favorecido la concentración monopolística a escala mundial por medio del mercado global que se ha establecido. Al no existir fronteras que limiten la actividad financiera, tampoco hay trabas para que los nuevos monstruos financieros-corporativos establezcan una dominación sin precedentes sobre los pueblos del mundo. Han conseguido sustraerse a cualquier control o restricción, y eso les ha conferido un increíble poder.



Sin embargo, debido a que el dinero remite a sí mismo como única garantía, su valor queda establecido en función de la cantidad de dinero que exista en el mercado, y la tendencia general es a incrementarse en la medida en que el dinero bancario (especulativo) tiende también a aumentar.



Las tendencias inflacionistas que caracterizan al capitalismo se deben a diferentes y muy diversos motivos, de entre los que destaca de manera especial el vaciamiento de la economía productiva de recursos monetarios, todo ello por medio de los altos intereses que impone la banca. El efecto sobre los precios se manifiesta de dos formas: la inversión decrece, por lo que la oferta de determinados bienes y servicios disminuye fomentando así el alza de los precios; y por otro lado se da la circunstancia de que unos intereses mayores implican, a su vez, un incremento de los gastos en la producción que igualmente se terminan reflejando en los precios finales. Mientras la economía es succionada de sus correspondientes medios de pago, la alta rentabilidad del sistema bancario y financiero ha hecho que la circulación monetaria en este mercado sea extraordinariamente superior a la de mercancías. Este contexto agrava aún más la tendencia inflacionista, pues dicha masa monetaria no tiene contrapartida real, lo que produce la subida generalizada de los precios.



La consecuencia de esta dinámica destructiva y catastrófica son las sucesivas crisis financieras. Se producen, entonces, problemas de liquidez con la retirada masiva de inversiones y depósitos. La economía productiva funciona a expensas de esa economía virtual que crea dinero de la nada, por lo que sus crisis terminan repercutiendo sobre sectores estratégicos de la economía y cuyos efectos se traducen en el crecimiento del desempleo, aumento de la inflación, quiebras de empresas, desabastecimientos, etc...



Frente al modelo económico capitalista sólo cabe anteponer una alternativa en la que la economía como tal esté supeditada a las necesidades de la sociedad. En este sentido dicha alternativa sólo puede concretarse en el ámbito monetario si el Estado recupera su soberanía en la emisión de moneda, lo que le permitiría salir de su actual indefensión frente a las actividades especulativas del mercado financiero y sus nefastos efectos sobre la producción. Por esta razón la emisión de moneda debe atender a las necesidades de producción existentes en la sociedad, de forma que exista una correspondencia entre los bienes y servicios producidos y la cantidad de moneda existente.



De esta manera la moneda adopta un valor cualitativo, pues su emisión responde a las necesidades para las que ha sido creada, contribuyendo a aumentar la capacidad productiva de un país y, simultáneamente, a mantener un valor estable para la moneda.Todo cuanto no contribuya a colmar las demandas y necesidades monetarias de la producción, favorecerá la subordinación de esta a las apetencias de un mercado especulativo en el que el único principio que rige es el de la depredación. Esta senda conduce a la desestabilización social y a la ruptura del sistema, que es lo que al fin y al cabo se necesita.