8 de junio de 2011

POSTDEMOCRACIA

Alberto Buela (*)

Hoy, mediados del 2011, existen 193 Estados con reconocimiento internacional, 10 sin reconocimiento y 39 territorios dependientes, rémora del colonialismo europeo.
Según estadísticas en 1988 hubo elecciones relativamente libres pero con vicios electorales en 147 Estados y sólo 65 comprobadamente libres y sin fraude. Pero para 1999 hubo elecciones en 191 países pero disminuyó a 43 el número de elecciones democráticamente limpias.
En estos días José Durao Barroso, ex Primer Ministro de Portugal y actual Presidente de la Comisión Europea ha advertido a los sindicatos y movimientos populares de Europa que si no aceptan los paquetes neoliberales de austeridad, podrían instalarse dictaduras militares en España, Grecia y Portugal.
Este retroceder pausado pero constante de la democracia en el mundo nos está hablando a las claras de un colapso de este sistema de gobierno.
Los teóricos hace rato vienen anunciando la transformación de los gobiernos sedicentes democráticos en cratólogos, esto es, en gobiernos a los que lo único que les interesa es el poder y sus beneficios.
Analicemos el síndrome, entendido como conjunto de síntomas característicos de una enfermedad, de la democracia actual.
El primero de los síntomas y ello se notó en Argentina en la época del gobierno de Alfonsín a partir de 1983 fue que la democracia dejó de ser un sistema o régimen de gobierno para ser presentada como una cosmovisión “con la democracia se come, se vive, se educa, se salva”,  gritaba el presidente radical a los cuatro vientos y todos los días. La democracia se transformó así en la weltanschauung  unánime, universal e insuperable de los 191 Estados como vimos en las estadísticas ut supra. La democracia dejó de ser una forma de gobierno entre otras (monarquía, república, dictadura, etc.), perdió su carácter instrumental y adquirió, como observa agudamente Vidal Beneyto siguiendo a Carl Schmitt, “una dimensión teológica, convirtiéndose en su propio fin, un fin que es, además, el fin final”.
Ya en 1999 el pensador suizo Eric Werner en un libro L`avant-guerre civil llamaba la atención acerca de la post democracia del régimen occidental que respondía cada vez menos a los criterios objetivos de la democracia afirmando que: “La palabra ciertamente continua siendo utilizada pero en realidad lo que recubre es algo muy próximo a la oligarquía” [1]. Y la oligarquía como sabemos desde Aristóteles no es otra cosa que “el gobierno en vista al interés de los ricos que siempre son pocos” (Pol. 1279b 8).
Otro de los síntomas es que nuestras sociedades cada vez más plurales y complejas debido a mil causas pero así lo son, por la inmigración creciente y por la movilidad cada vez más al alcance de la mano de todos, solo tienen como rasgo objetivo para medir la profundidad de su democracia la alternancia en el poder, pero los gobernantes y sus partidos, solo piensan en la conservación de su poder con la reelección y la reelección de la reelección. Esto es lo que técnicamente se llama cratolocracia, el gobierno por y para el poder por los beneficios enormes en riqueza y honores que otorga a quienes lo ejercen. Así nuestros grandes demócratas de la América del Sur (Chávez, los Kirchner, Evo, Correa, Uribe, etc.) buscan eternizarse en el poder por todos los medios y apelando a todas las trampas, fraudes o chicanas.

Otro de los síntomas de la postdemocracia  es la exaltación de la defensa de los derechos humanos de tercera generación hasta transformarlos en ideología y la pérdida e incumplimiento constante y cada vez más profundo de los derechos de primera y segunda generación.
Así se proclama con bombos y platillos el matrimonio gay y al mismo tiempo se profundiza la trata de blancas. Se proclama las ciudades libres de humo y al unísono la droga campea por todas partes. Se defienden los derechos de los niños diferentes y aumenta exponencialmente la venta de niños y sus órganos. Se proclama la defensa del ecosistema y se depreda la naturaleza con las grandes minas a cielo abierto, los contratos petroleros antedatados para seguir depredando, Evo entrega el petróleo y el gas como antes no lo hizo ningún gobierno de “la rosca boliviana”. Das Neves, Kirchner, Sapag y Romero entregan el petróleo argentino de tal manera que el ex presidente Frondizi (el de la mayor entrega histórica) queda hecho un nene de pecho.
Se permite manifestar a los estudiantes y cortar el tránsito por cualquier motivo baladí y al mismo tiempo se deja a los criminales violarlos a la vuelta de la escuela o raptarlos para esclavizarlos en la prostitución.
Se proclama la costura y las vestimentas como las mejores del mundo y su factura se realiza en talleres clandestinos donde rige el trabajo esclavo y la “cama caliente”, esto es, el obrero encadenado a la máquina.
Y así podemos seguir poniendo ejemplos de cómo se lleva a cabo el simulacro de proclamar los derechos de tercera generación para no cumplir ni siguiera con los de primera (a la vida, al trabajo, a la libertad, a la vivienda etc.) ni qué decir de los derechos sociales que son los de segunda generación (Constitución de 1949) y que han sido totalmente conculcados.
La gran falacia de los derechos humanos utilizados ideológicamente acaba de ser denunciarla el premio Nóbel de la paz, Pérez Esquivel, a propósito de la estafa mayúscula realizada, recientemente, por las Madres de Plaza de Mayo, cuando afirmó: “ La plata oficial es incompatible con la defensa imparcial de los derechos humanos”, pues los gobiernos al dar a unos, en este caso “las Madres” y postergar a otros “Caritas”, porque está contra la Iglesia, transforma la defensa de los derechos humanos, que son en principio para todos, en un instrumento político y de uso para unos pocos (los elegidos) en contra de las mayorías nacionales que quedan al margen. Funciona aquí también el principio oligárquico que rige a las postdemocracias y sus instituciones.

Otro de los síntomas es que está permitido decir y denunciar todo pero al mismo tiempo ello no tiene ningún efecto sobre la realidad. Así se denuncia al Fondo Monetario Internacional por fundir a los Estados con sus planes ultracapitalistas, al grupo de los Bildelberger por ser el grupo de selectos banqueros y empresarios que manejan a los gobiernos como títeres, a los  Lehman Brothers y otras grandes bancas judeo-norteamericanas por estafar al mundo entero, pero no existe sobre estos grandes delincuentes ninguna sanción objetiva y real. Es que la postdemocracia permite hablar, sobre todo hablar por hablar en esa habladuría permanente de los medios de comunicación, pero impide actuar, disolviendo la acción en mil subterfugios procedimentales.
Hoy, tanto en América como en Europa, hay cientos de funcionarios cuestionados por enriquecimiento ilícito y peculado pero el castigo no llega. En Argentina hay tres o cuatro grandes funcionarios denunciados por enriquecimiento ilícito, en Brasil ocurre otro tanto, pasa lo mismo o peor en Paraguay, en Bolivia ni decir, pero ninguno de estos personajes gubernamentales va preso o devuelve lo robado.
Estos tres o cuatro síntomas que hemos planteado acá, a los que se pueden agregar muchos más, nos permiten colegir, conjeturar, opinar,  que nuestras democracias de la primera década del siglo XXI son en realidad postdemocracias y que éstas últimas llevan íncito en su propia índole el gobierno totalitario. Ellas representan mejor que nadie el “totalitarismo democrático” del que nos hablaron hace ya muchos años Ortega y Spengler. Pero ha habido en este último cuarto de siglo un cambio sustancial pues “ya no son las masas las que se transforman en dictaduras” sino que la dictadura sutil y porfiada la ejercen, más y más, los gobiernos que se autotitulan democráticos.
La única salida que vemos, en democracia, es realizar un cambio en el sistema de representación política y eliminar el monopolio que ejercen los partidos políticos y permitir el acceso a la representación política también a las fuerzas sociales. Y esto último hecho por cuerda aparte y separadas de las listas de los partidos políticos.[2]



[1] Werner, Eric: L´avant-guerre civile, ed. l`age d`home, Lausanne-Paris, 1999, p.23
[2] El peronismo realizó este tipo de cambio con la constitución del Chaco de 1951 y fue un éxito. Se puede consultar al respecto nuestro libro Notas sobre el peronismo (2007).

18 de mayo de 2011

SAN MARTIN: NI LIBERAL NI MASON

Es común leer dos afirmaciones referidas al General José de San Martín: que integró la masonería, y que fue liberal. Con motivo de celebrarse, el 25 este mes, el 230º aniversario del nacimiento del prócer máximo de la Argentina, nos parece conveniente enfatizar, categóricamente, que San Martín no tuvo jamás ningún vínculo con la masonería, ni profesó la ideología liberal.
Como las autoridades masónicas efectuaron, en plena Catedral de Buenos Aires (“por primera vez en la historia”), un homenaje a quien denominan “el Más Ilustre Iniciado”, es oportuno recordar que la masonería argentina adoptó una actitud desdeñosa hacia San Martín, hasta 30 años después de su muerte. Cuando llegan a Buenos Aires los restos mortales del Libertador, la masonería no participa en los homenajes, pues no lo consideraba uno de los suyos. La primera ocasión en que se sostiene que el general era masón y no católico, fue el 22-6-1883, con motivo del debate por la enseñanza primaria, por boca del diputado Emilio Civit. A partir de entonces, comenzará la leyenda urdida por la masonería argentina, sosteniendo, también, que la Logia Lautaro era una sociedad masónica, contradiciendo a dos Grandes Maestres: Mitre y Sarmiento, que afirmaron lo contrario.  
Consideramos que no se ha destacado suficientemente el aporte extraordinario que realizó Patricio Maguire para terminar, definitivamente, con las dudas sobre este tema[1]. Dicho investigador consultó directamente a las autoridades de las Grandes Logias de Inglaterra, Irlanda y Escocia. Recibió respuesta por escrito de las tres, que coincidieron en que la logia Lautaro nunca estuvo registrada en dichas instituciones, y que San Martín no figura en los archivos como miembro. Maguire recibió las comunicaciones respectivas en 1979 y 1980, publicándolas de inmediato.  
Curiosamente, el Dr. Terragno también conoció esa información, en la misma época, por una nota del Bibliotecario y Curador de la Gran Logia Unida de Inglaterra, que afirma poseer, agregando, “que si alguien no figura en esos registros es porque nunca fue miembro de la masonería inglesa”. Lamentablemente, dió a conocer ese valioso dato, 19 años después de haberlo obtenido.  
Es preciso difundir estas pruebas documentales de que el Libertador no fue masón, pues no se trata de una cuestión baladí, dado que la religiosidad del prócer ha sido demostrada, y que es incompatible la pertenencia a la masonería con el catolicismo; de lo contrario, como alertaba Aragón hubiera sido “infiel al uno o a la otra”, quedando en duda su honorabilidad.

Ideología liberal


Como también se afirma a menudo que San Martín era liberal, es necesario esclarecer este otro infundio. Según parece, el vocablo liberalismo, fue usado por primera vez en lengua castellana hacia l8l0 y fue adoptado en España por los partidarios de la Constitución de Cádiz, adversos al absolutismo de Fernando VII, sin ninguna manifestación de oposición al cristianismo. Explica el P. Castellani: “Lo que había de bueno en el liberalismo de antaño, de l820 a l860, consistía en una especie de ímpetu juvenil contra un montón de cosas que tenían que morir; a saber, el absolutismo de los reyes, inventado por los reyes protestantes; el despotismo demasiado cerrado de los Gremios y Corporaciones medievales y una decadencia de la Religión, que originó en Inglaterra el deísmo y en Francia el filosofismo. Así que toda la juventud europea a principios del siglo pasado [XIX] se conmovía con ese grito de Libertad, y sabía lo que significaba esa palabra ambigua, que no lo era para ellos; lo que no sabían era lo que estaba detrás. Se sentían apretados, estrechos y cansados y al decir ¡Libertad! decían queremos salir de esto.” Esto, eran las miserias de la Corte borbónica, que Napoleón resumía así: la madre era adúltera, el padre consentido, el hijo traidor.
 
Incluso el vocablo liberal, según el diccionario de la Real Academia Española, define a quien obra con liberalidad, virtud moral que consiste en distribuir uno generosamente sus bienes sin esperar recompensa. En cambio, el mismo diccionario, define al liberalismo como “sistema político-religioso que proclama la absoluta independencia del Estado, en sus organizaciones y funciones, de todas las religiones positivas”. Estas acotaciones semánticas, sirven para distinguir entre aquella persona que, por distintos motivos, reivindica el nombre de liberal, simplemente, de quien adhiere explícitamente a la ideología liberal, con conocimiento pleno de su contenido.  
Nada en la actuación pública de San Martín, ni en su vida privada, permite sostener que profesara la ideología liberal; por el contrario, se expresó negativamente sobre ella, en varias de sus cartas.  
La ideología liberal, tal como ha sido definida por sus autores principales - Locke, Montesquieu, Rousseau, Stuart Mill- es incompatible con el cristianismo. Así lo aclara el Papa Pablo VI, en la Octogesima adveniens: “Tampoco apoya el cristiano la ideología liberal, que cree exaltar la libertad individual sustrayéndola a toda limitación, estimulándola con la búsqueda exclusiva del interés y del poder....” (26). Esta posición se mantiene invariable en la Iglesia, desde hace dos siglos. El Papa León XIII (Enc. Libertas, l888) analizó tres grados posibles de liberalismo, y los consideró igualmente condenables. Explica el Prof. Caturelli: “Tanto el liberalismo extremo (ateo), como el liberalismo moderado (deísta), como el liberalismo muy moderado (“cristiano”), admiten una zona (el orden temporal) de autosuficiencia del hombre: el primero porque niega la existencia de un orden trascendente al temporal: el segundo porque lo ignora y el tercero porque lo separa. En el orden práctico, viene a resultar lo mismo.”  
Esta aclaración es necesaria, porque algunos autores sostienen que San Martín fue un católico liberal; así lo hace el Dr. Cuccorese, académico sanmartiniano, quien considera que no incurrió en contradicción, pues el liberalismo recién fue condenado por la Enc. Quanta Cura, en l864, l4 años después de la muerte del Libertador. Debemos discrepar, puesto que los Papas comenzaron a cuestionar las ideas liberales, incluso antes de la Revolución Francesa. Por ejemplo, en la Alocución de Pío VI, el 9 de marzo de l789, y en la Carta del mismo Papa, de l79l, a los obispos de la Asamblea Nacional. Pero con respecto al liberalismo católico, recordemos que esta actitud ya se advierte cuando Talleyrand, Obispo de Autun, celebra misa en el campo de Marte, con trescientos sacerdotes adornados con la escarapela tricolor. La primera expresión teórica respectiva, aparece cuarenta años después con Lamennais -sacerdote apóstata- y su periódico L Avenir, que defienden precisamente el liberalismo católico, siendo esta posición condenada por Gregorio XVI, en la Enc. Mirari vos, promulgada en l832, mientras San Martín vivía en París, y l8 años antes de su fallecimiento.  
No está demás recordar, que el Papa Pío IX, aquel que conoció a San Martín, afirmó que “los llamados católicos liberales...son más peligrosos y funestos que los enemigos declarados...”. En conclusión, puede afirmarse, con seguridad, que San Martín no fue masón ni liberal.

Mario Meneghini
Febrero 11 de 2008.-

Fuentes:
-Aragón, Raúl Roque. “La Política de San Martín”; Córdoba, Universidad Nacional de Entre Rios, 1982, pág. 19.
-Bruno, P. Cayetano. “La religiosidad del General San Martín”; Buenos Aires, Ediciones Don Bosco, 1978, p32 págs.
-Castellani, Leonardo. “Esencia del liberalismo”; Buenos Aires, Huemul, 1971, pgs. 24/25.
-Caturelli, Alberto. “Examen critico del liberalismo como concepción del mundo”; Gladius, Nº 2, l985, pg. 38 -Cuccorese, Horacio Juan. “San Martín; catolicismo y masonería”; Buenos Aires, Instituto Nacional Sanmartiniano-Fundación Mater Dei; l993, pg. l45
-Episcopado Argentino. “Declaración”; 20-2-1959.
-Revista SIMBOLO net, publicación de la Gran Logia de la Argentina de Libres y Aceptados Masones, Nº 69, diciembre de 2007, versión digital.
-Revista “Masonería y otras sociedades secretas”; Buenos Aires, Nº 2, noviembre de 1981, págs. 20/25; Nº 3, diciembre de 1981, págs. 15/20; Nº 5, febrero de 1982, págs. 30/35.
-Terragno, Rodolfo. “San Martín & Maitland”; Buenos Aires, Universidad Nacional de Quilmes, 1999, pág. 181: Librarian and Curator, United Gran Lodge of England, comunicación personal, 14-11-1980.

Tomado de: http://mario-meneghini.blogspot.com/

25 de marzo de 2011

DOCTRINA FASCISTA

Con posterioridad a la primera guerra mundial, surgió en Europa, una serie de  corrientes, de pensamiento alternativo, que se las conoce, con el nombre genérico de fascismos. Tales doctrinas, dominaron el panorama político europeo, por el periodo que media entre 1920 y 1945.  Surgieron como una genuina reacción, contra la marcada decadencia, en que se encontraba el viejo mundo, como consecuencia de la aplicación de los principios del liberalismo democrático. Detonante de este malestar, fue la masacre de la gran guerra y las posteriores injusticias generadas por los distintos tratados de paz,   especialmente, el de Versalles. Tales circunstancias, pusieron en evidencia,  los intereses a los que respondían los gobiernos de turno.
En semejante instancia, era natural, que aparecieran  críticas al modelo liberal. Fundados, en los mismos principios de aquel, el socialismo y el marxismo, objetaron, la inadecuada distribución de la riqueza, que había resuelto, el capitalismo liberal.
Ínter tanto los fascismos, acusaron al liberalismo, de poner en peligro las actitudes vitales del hombre blanco. La sociedad burguesa, con su gusto por la comodidad y el consumo irreflexivo de bienes materiales, imponía una mentalidad materialista y estrecha. El crecimiento de vicios como el tabaquismo, alcoholismo y drogadicción, condicionaban el futuro de buena parte de las juventudes. Las perversiones sexuales, la pornografía y el incremento de las enfermedades mentales, aportaban, al sombrío panorama, unidos a los bajos índices de natalidad. El desarraigo y la marginalidad de las ingentes masas de campesinos, obligados a trasladarse a las ciudades, con su secuela de desintegración familiar, hacinamiento y la amputación de sus raíces existenciales, se sumaban a la crítica. La indigencia de las masas obreras, carentes de todo derecho laboral y protección social, unido al triste destino de los excombatientes condenados a la absoluta marginalidad, contrastaban, en los denominados años locos, con el  disfrute desvergonzado, de las oligarquías dominantes.
En nuestros días, se ha pretendido asociar a las denominaciones de nazi y fascista con todo lo malo, brutal o violento que se pueda encontrar en el mundo. Sin embargo y como dijéramos en nuestro artículo “Algo más sobre los fascismos” dichos movimientos, lograron solucionar problemas esenciales que aquejaban a los pueblos, que supieron guiar. Replantearon con marcado realismo, elementos básicos de la problemática social, política y económica del mundo moderno. Dicha reformulación de principios, implicó, una respuesta totalmente contrapuesta, a las doctrinas nacidas de la revolución francesa como lo eran: el socialismo, el liberalismo y el marxismo.
En sus comienzos, los fascismos se nutrieron de militantes socialistas desencantados por los estruendosos fracasos de los gobiernos tal signo. Sus líderes buscaron una síntesis adecuada, entre el socialismo y el pensamiento nacionalista.  Sin embargo, con el transcurso del tiempo, ambas corrientes fueron siendo superadas en la síntesis fascista. El nacionalismo se fue convirtiendo en europeismo, en la convicción de que la unidad del viejo mundo, era la única manera de mantener la supremacía de la cultura occidental. El socialismo, también fue superado, en razón de su frío y prosaico materialismo, por una concepción social, que, aparte de darle respuesta a los requerimientos económicos y materiales de la gente, reconocía las potencialidades espirituales de los pueblos involucrados.
Otro aporte doctrinario, de notable valor, lo hicieron las corrientes tradicionalistas, ya fueran católicas, en aquellos países, donde la dicha tradición, todavía movía la sensibilidad íntima de los pueblos, o de los partidarios de la tradición primordial en aquellas naciones afectadas por el libre examen protestante. 
La cosmovisión de los fascismos, se enfrentaba, en forma integral, con la falsa escala de valores que, el mundo democrático, había instalado en las sociedades modernas. Se despreciaba profundamente, las concepciones materialistas, igualitaristas, hedonistas propias del mundo liberal-socialista. También se enfrentó con la mentalidad democrática, rechazando su apego a todo lo que es bajo, desheredado y ruin.
Las doctrinas fascistas, implicaron una oposición absoluta a los postulados del hombre moderno. Desarrollaron una cosmovisión, que enfrentó los mitos caducos, del mundo surgido de la revolución francesa.
Los fascismos no plantearon ninguna instancia utópica en su ideario. Reconocieron el carácter falible de la naturaleza humana con todas sus limitaciones. No por ello, cayeron en el derrotismo. Buscaron, revitalizar en sus valores esenciales, a las comunidades en las que se dieron cita, independientemente de que alcanzaran allí, el poder. A tal fin, revalorizaron el rol educador y formador de las comunidades naturales, sobre sus integrantes. Buscaron la elevación física, psíquica y moral de los pueblos en cuestión.
Trataron de reconstituir, el complejo entramado social, del mundo tradicional, que el liberalismo, sistemáticamente, había ido destruyendo.
Con tal entramado social, lograron potenciar, los fundamentos biosíquicos de sus pueblos. Asimismo, con la reconstrucción de los distintos estamentos sociales, posibilitaron, la genuina participación popular, que permitía solucionar los problemas concretos de los ciudadanos. Participación que se manifestaba, en las uniones vecinales, asociaciones barriales, corporaciones o en el frente nacional del trabajo, buscando y aportado respuestas a los problemas concretos de las unidades sociales o económicas en donde se vive o se trabaja. Concepción, en donde, cada uno se hacia responsable, frente a sus congéneres, de lo que  se proponía y se ejecutaba, a diferencia del anonimato y la irresponsabilidad que caracteriza al mundo democrático y a su máxima expresión participativa: el sufragio universal.
El haber alcanzado una sociedad, jerárquicamente vertebrada, dio base, fundamento y sustento, al choque frontal que los fascismos encararon, contra las estructuras económicas y financieras que esclavizaban a sus respectivas naciones. No fue ajeno a tal postura, la lucha librada, con estruendoso éxito, por Musolini contra las mafias sicilianas y napolitanas,  que terminaron refugiándose en EEUU, donde encontraron el medio propicio, para su definitiva recuperación y explosiva expansión.
El replanteo económico fascista, privilegiaba los derechos del trabajo y la solidaridad social, en detrimento de la sacrosanta libertad democrática de enriquecerse a costa de la comunidad, que propiciaban los usureros y especuladores, bendecida, por las escuelas económicas liberales. Se cuestionó el fundamento del préstamo a interés, desarrollando una política financiera, que eliminó de plano la retribución a la usura. La aplicación practica de tales principios fue un éxito rotundo. En poco tiempo países en los cuales la desocupación había hecho estragos, y que sus hijos sufrían los sinsabores que implicaba tener que emigrar, alcanzaban el pleno empleo y pasaban a absorber mano de obra ociosa de naciones vecinas.
Tales “herejías económicas”, difundidas, por los teóricos fascistas, afectaron intereses intocables, y como tal, no tardaron en poner en mortal enfrentamiento, a las dos concepciones ideológicas. Herido en sus fundamentos teóricos y afectado en sus intereses concretos, el capitalismo liberal, no dudó en provocar una nueva catástrofe, a los efectos de eliminar, el emergente rival y poner a buen recaudo sus  mezquinos intereses evitando así que el “mal ejemplo” se difundiese.

En nuestros días los problemas del mundo occidental, no solo que perduran, sino que se han agravado sistemáticamente. Por ningún lado aparece el paraíso que nos prometieron los liberadores democráticos.  Más del setenta por ciento de población mundial vive en la más absoluta miseria, mientras un puñado de especuladores se enriquece sin solución de continuidad. Con el fin de Hitler, no se perpetuo la paz, sino todo lo contrario. No será oportunidad de replantearse, la veracidad de lo que nos contaron y empezar a sospechar que esta historia oficial ha sido escrita, con objeto de defender intereses y minorías totalmente indefendibles.