16 de agosto de 2008

PATRIOFOBIA

El rechazo a la patria como sustrato ideológico de la postmodernidad


En los anales de historia antigua, tenemos entre las grandes civilizaciones a la egipcia, la cual nos ha brindado maravillas que luego de miles de años continúan asombrando e intrigando a cuanto ser humano las contempla. Pero la referencia al Egipto faraónico tiene que ver con algo muy concreto. Tenían la costumbre de momificar a sus cadáveres, y para ello procedían a vaciar el cuerpo de sus órganos vitales. Para dejar el cráneo vacío, el cerebro era extraído con un gancho por la nariz, y luego rellenaban la cavidad craneana con alguna especie de betún. No estaríamos tan errados al afirmar, que la historia en este sentido no ha cambiado mucho. Pues si los métodos son más sofisticados, los resultados son más o menos parecidos. Las poderosas estructuras comunicacionales, informáticas y propagandísticas de estos días, actúan de manera similar a los antiguos momificadores egipcios, succionándonos el cerebro en forma métodica y contínua. Y precisamente por esta razón hay que estar muy atentos cuando aparecen personajes que a caballo de un discurso que se inscribe en la postmodernidad cambalacheana, se dedica a redactar auténticos opúsculos de irrefutable contenido patriofóbico.
¿Qué es la patriofobia? Así como nos inculcan conceptos tales como xenofobia (odio al extranjero), homofobia (odio a los homosexuales, aunque homo es hombre), nosotros observamos la existencia de una pavorosa patriofobia, es decir, del odio a la patria. Y el personaje de marras que ha dedicado su pluma a esta tarea es un tal Peter Sloterdijk, alguien que ostenta el título de filósofo y con el cual pretende respaldar su pseudoensayo titulado “Patria y Globalización. Notas sobre un recipiente hecho pedazos”. Notable la acrobacia dialéctica que emplea para reinterpretar y falsificar los hechos históricos y antropológicos, teñido de un fuerte contenido relativista, a tono con esa postmodernidad donde todo es igual y nada es mejor. Más allá del natural rechazo que produce, es importante tenerlo en cuenta a los efectos de saber cuál es la estructura discursiva utilizada y, sobretodo, conocer el trasfondo cosmovisional que la alimenta. Todo ello en aras de una impostergable labor de higiene mental. Para eso señalemos algunos puntos sobre esa nota:
1) En cuanto a los supuestos antecedentes históricos que sustentarían la tesis postmoderna de la no-patria, señala a doctrinas filosófico-religiosas como el budismo, estoicismo y cristianismo, en las que “el acento de la existencia humana pasó del arraigo nacional al desarraigo” (por aquello de la ética de la peregrinación o exilio global del alma). Comete un error al transpolar conceptos propios de la metafísica existencial a la dinámica movilizacion al de grandes conjuntos poblacionales y su relación con la tierra. Más aún, teniendo en cuenta que no hay nada más “sedentario” (término que utiliza el autor para referirse a la relación tierra - ser humano) que la contemplación y la meditación de aquellas doctrinas en su dimensión metafísica. La geografía terrestre es una cosa, y la celestial es otra.
2) Esboza una “nueva política del espacio”, marcando la supuesta diferencia entre un pasado estático y tranquilo, frente a un presente dinámico y lleno de riesgos, resignificando el sentimiento de patria en función al supuesto desarraigo. En realidad, las migraciones no son modernas ni nacieron hace doscientos años, son milenarias y la patria fue y sigue siendo un concepto medular de la conciencia popular, aún con importante movilidad espacial. La historia ha demostrado ser dinámica y estar llena de riesgos. La “movilidad” planteada por el autor como “pruebas históricas” es más bien un hecho conceptual que una realidad física. Paraleliza a la patria con lo estático, sin embargo las grandes expansiones territoriales y marítimas, llevaban en sus portadores el concepto cultural y sentimental de patria.
3) Los estados nacionales estarían siendo arrasados como un casa lo es por una tempestad. Empleando el sarcasmo de “una especie de calor de hogar” que le habrían dado a sus habitantes, sirviendo asimismo como estructura inmunológica, sostiene la globalización ha relativizado al estado como recipiente de una comunidad que busca desarrollarse en su destino. Sociológicamente hablando, el Estado es la cabeza de la Comunidad. Ninguna comunidad humana que se precie como tal ha existido sobre este mundo sin un órgano rector que la contenga y la conduzca. El estado es entonces un hecho social inherente a la propia naturaleza comunitaria. Y lo que se busca es licuar la relación estado-individuo, como etapa cumbre del histórico proceso de desconexión social, llevado a cabo por las ideologías racional-iluministas del siglo XVIII hasta la actual “postmodernidad”.
4) Nos presenta como ejemplo a seguir en el derrotero del desarraigo supuestamente inevitable que acontece con la globalización, a la diáspora judía como prototipo de la “desvinculación del sí-mismo del espacio”. La idiosincracia propia de ese pueblo le ha permitido sostener su identidad sin “relación a un suelo sustentador”. Resulta curioso notar que prácticamente todos los pueblos del planeta Tierra han mantenido una relación entrañable con el suelo que los alimenta y que sirve como depositario de los huesos de antepasados, y que sólo uno –y no uno cualquiera- se haya mantenido al margen de ese comportamiento humano, más allá de toda característica antropológica y cultural. Presentarnos la excepción a la regla no hace más que autoanular implícitamente la tesis que se pretende imponer. Y evidencia una falta total de comprensión acerca de las antípodas cosmovisionales que sobre esta cuestión ha sostenido el pueblo judío respecto de la generalidad de los seres humanos. El no apego a la propia tierra, y el obstinado rechazo a la patria como parte del propio ser, nos resulta absolutamente ajeno a nuestra esencia.
5) Persistiendo en un ejemplo carente de representatividad universal, niega el precepto de que “la tierra es el recipiente del pueblo y el propio suelo el principio del que deriva el sentido de su vida y su identidad”. Y de pronto, emerge una visión filomesiánica que proviene del afirmar que la humanidad ha sido engañada durante milenios por el sofisma de la autorreferencia territorial, siendo que a partir del “ejemplo” de ese pueblo tan particular de la historia humana la referencia de un pueblo podría no estar ligada a la tierra que lo alimenta. Al negar la “autorreferencia territorial”, ¿cuál es el punto de referencia para así poder autorreferenciarse? Más aún, denomina “falacia territorial” a la conexión supuestamente falsa entre territorio y propietario. Señala que los pueblos sedentarios hacen de la violencia un culto obsesivo en defensa de la patria. El claustro regional es un error fatal que está siendo relativizado por “una onda de movilidad transnacional, sin precedentes en la historia”. Esa onda no se manifiesta como ligada a nada en particular, parece incolora, inodora e invisible, pero de alcance universal, y muy eficaz por cierto. Esta idea de la “territorial fallacy” es propia de la dialéctica postmoderna que busca reemplazar a la patria (como sinónimo de la falacia) por la nueva “onda” desnacional y multilocal. Nuevamente: son palabras de guerra del discurso postmoderno hacia nuestra cosmovisión como enemiga de la modernidad dieciochesca. Aquí está presente la sentencia schmiteana de que la política se define por la relación amigo-enemigo: lo “nuevo” contra lo “viejo”, o más bien, antípodas cosmovisionales que responden a diferentes estructuras psicológicas como son los inconscientes colectivos.
6) La imprudencia para citar ejemplos, hace que el análisis muestral –en términos estadísticos- transpole resultados inexactos al universo en estudio. ¿Por qué? Porque se pretende establecer como ejemplo factual del paradigma de la “desterritorialización”, a las zonas geográficas que habitualmente constituyen lugares de tránsito de estancia limitada (aeropuertos, calles, plazas) donde las “personas se reúnen sin establecer un vínculo entre su identidad y la localidad”. Obviamente que cualquier lugar que transitemos no constituye nuestra patria. Carece de sustancia poner a las periferias híbridas que son tierra de nadie, como ejemplos de lo que puede ser –y a gusto del autor debería ser- el desapego por el propio terruño. Aunque de hecho, aquellos individuos que no poseen ningún sentimiento por el suelo, y deambulan errando por los cuatro puntos cardinales, son quienes sienten más placenteramente esas zonas de tránsito de población irregular propia de mercaderes.
7) Seguidamente se busca establecer un punto de quiebre de la historia, de la naturaleza humana en su relación con el cosmos espacio-espiritual: “La licencia expedida desde tiempos inmemoriales para confundir país y sí-mismo no puede renovarse infinitamente”. Volviendo a esa visión filomesiánica, de esa “luz de la razón que ilumina nuestra noche de ignorancia” como dice el himno a Sarmiento, se afirma que la globalización estaría cortando gradualmente ese vínculo ancestral entre el espacio territorial y los seres humanos, debido a una hipotética movilidad sin precedentes en la historia, con el consiguiente aumento de las “zonas de paso” (esa de los mercederes), con la imposibilidad de establecer una relación de residencia. Esta visión groseramente materialista, que ve sólo la relación hombre-tierra como hechos físicos y no como elementos sustanciales de la Creación, lleva a considerar la gran torpeza para comprender –estupidez- a la naturaleza humana. Nada puede arrancar al hombre de su amor al propio suelo, aún habiéndose alejado del mismo. Y ahí sí tendríamos millones de ejemplos, historias particulares, que refrendarían esta aseveración.
8) La cuestión del estado como contenedor social es relativizada por la falsa dicotomía entre un pasado homogéneo y un presente heterogéneo. Nadie más feliz, es de suponer, que este filósofo, por los efectos erosionantes de la globalización sobre los estados nacionales. Se pierde la autocerteza “en un sistema nacional cerrado que oscilaba dentro de sus propias redundancias”, a la vez que la debilitada “situación inmunológica” conlleva una tendencia hacia “un mundo de paredes delgadas y sociedades mezcladas”. Como se dijo anteriormente, los fenómenos migratorios son tan antiguos como el ser humano, y los estados “premodernos” no siempre eran castillos de concreto adonde no llegaba ninguna influencia del mundo exterior. Muchas sociedades cohabitaron espacios con grupos étnicos diferenciados, pero manteniendo la propia identidad. No todos los estados están tan erosionados por la heterogeneidad como el autor sostiene. Y más aún, en aquellos países como Estados Unidos donde el multiculturalismo está causando tantos problemas, la tendencia de las partes que integran ese todo social es a constituir unidades políticas propias. Como decía Platón, “los pájaros del mismo plumaje gustan de estar juntos”.
9) Sabido es que toda acción trae aparejada una reacción. De ahí las incesantes protestas contra la globalización, que el autor califica como “reacción inmunológica” inevitable de los localismos contra la infección de un “formato mundial más elevado”. Planteado en estos términos, podríamos decir que nuestro cuerpo estaría sanamente reaccionando (localismos) frente a los ataques de virus que lo ponen en peligro (mundialismo). Claro que el “reto psicopolítico” pasa por desconocer el “debilitamiento de la inmunidad tradicional y ética del contenedor” (del estado). Esta anemia equivaldría a un bajar la guardia, o como diríamos vulgarmente, a bajarse los pantalones. Se asemeja a un Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida de naturaleza cultural, dirigido desde lo global hacia lo nacional. Lamentamos que el autor celebre un SIDA para las naciones. Replantea un sistema de inmunidad que sería propia de los postmodernos, en condiciones “dignas de ser vividas”, aunque claro está, “no para todos”. En estas sociedades de “paredes delgadas”, esos mecanismos de defensa inmunológica no se ven por ningún lado, mientras claramente se define la relación amigo-enemigo: todos no entramos. ¿Habrá excluídos?
10) Todo lo contrario a nuestras esencias se constituyen en objetos de idolatría, como resulta serlo el individualismo egoísta. Calificado como “sentido inmunológico revolucionario”, los individuos se “desprenden de sus cuerpos sociales” en incesante persecución de la felicidad, el pursuit of happiness. La base referencial no estaría dada por la comunidad política, de cuyo destino busca desolidarizarse, puesto que todo puede lograrse en forma absolutamente individual. ¿Mejor ejemplo que el más espantoso y crudo individualismo egoísta, que el presente de nuestra patria, donde cada uno tira para su lado, llevando agua para su molino, en un enloquecedor sálvese quien pueda? Este pseudoensayo busca inducirnos hacia un nuevo sistema de valores propios de la postmodernidad, que tiene a los Estados Unidos como el paradigma de la felicidad individualista, al margen del cuerpo social de pertenencia, en una autosuficiencia mal entendida pues reniega del espíritu comunitario. Inevitablemente se viene a la memoria las enseñanzas del general Perón, cuando afirmaba que no existen hombres libres en una nación esclava, y tampoco puede haber realización individual en una comunidad que no se realiza.
11) Habiendo esbozado toda la artillería de argumentos postmodernistas, finalmente plantea una reinvención de la patria, a partir de aquel viejo pensamiento propio de mercaderes como el de Venecia: “donde se está bien, allí está la patria”. Esto es, la preferencia por el bienestar material antes que el amor a la patria. Materialismo a ultranza, que pretende enfrentar dos circunstancias que no son para nada antagónicas, es decir a la patria versus bienestar. “La patria como espacio de la buena vida es cada vez menos fácil de encontrar”. Es el mensaje de la desestructuración mundial del ordenamiento natural humano, con el consiguiente caos de valores, guerra cultural y consagración final del materialismo egoísta como cúspide de la “moral” humana, y amenaza final de su efectivo cumplimiento, al sostener que el antiguo adagio “será obligatorio para todos”. Por supuesto que podríamos seguir con este tema, pero alguien se preguntará: ¿Vale la pena responder al trabajo de Sloterdijk? La respuesta es simple: sí. Porque no queremos ser momias vivientes, con el cráneo vacío y un cerebro succionado por estos mensajes patriofóbicos. No existen la polémica ni el debate frente a valores supremos que se vinculan con la pertenencia racial, religiosa o nacional. Entrar en el juego postmoderno, sería otorgarles autoridad para vituperar cuestiones sagradas a nuestra esencia. Debemos responderles como corresponde, y enfatizar nuevamente sobre el concepto de estupidez: torpeza grande para comprender. Pues la patria no se enraiza desde el bienestar material, sino como amor a la propia tierra que nos vio nacer, que nos permitió tomar sus alimentos, que nos dejó caminarla y en donde yacen los huesos de nuestros ancestros. Y ese sentimiento es inextinguible, aún en situaciones de profunda consternación nacional como la que padecemos los argentinos. Nadie emigra a otros países con alegría, sino con dolor. Por necesidad, no por odio. Nuestros abuelos vinieron a estas tierras buscando condiciones de vida mejores que las imperantes en sus propios países, pero hasta hasta el último hálito de vida, recordaron con emoción a su pueblo natal, y a los padres llorando a orillas del muelle.
Por: Enrique Mazaeda.
(Alianza Nacional)


12 de agosto de 2008

LA MUERTE DE ALEXANDER SOLZHENITSIN: LO QUE LA DERECHA CALLA


Estaba acostumbrado a ser escupido por la izquierda mundial gracias a su denuncia del totalitarismo comunista. Pero la derecha no le trató mucho mejor. Sepan por qué.


El pasado día 4 de agosto los teletipos de todo el mundo entraban en ebullición a causa de la muerte de Alexander Isayevich Solzhenitsin.

Para la izquierda mundial, Solzhenitsin era una de las bestias negras que había voceado a los cuatro vientos el genocidio "progresista", que contaba con la conjura del silencio de todos los partidos "avanzados" de occidente. De ahí que cuando, en España, en plena época de Franco, Solzhenitsin espetara a la "oposición antifranquista" –casi totalmente monopolizada por la izquierda- que ellos no tenían la más remota idea de lo que era una dictadura, esa misma "oposición" recurriera a todo su arsenal propagandístico para denostar a Solzhenitsin, algo que aún hoy todavía reverbera en el artículo de Gabriel Albiac en La Razón con motivo de la muerte de nuestro autor. La izquierda española recurrió, como estrategia defensiva, a la falsedad propagandística que le ha otorgado la hegemonía cultural e ideológica en el planeta entero y que ha logrado hacer creer, por ejemplo, que Salvador Allende o la "revolución de los claveles" luchaban por la "democracia".

Esto es, sin embargo, una sola de las posibles respuestas a los certeros ataques de un personaje de la talla de Alexander Solzhenitsin. La otra estrategia es la que ha adoptado lo que se denomina hoy "derecha" o "centro-derecha" en Occidente para no admitir que el modelo que ellos propugnan fue igualmente atacado por Solzhenitsin. Esta otra respuesta posible es el silencio, el prescindir de lo que no interesa para reivindicar el personaje como propio.

Y es que Solzhenitsin pertenece a una de esas categorías de hombres no asimilables por la modernidad. Por eso la derecha ha preferido reivindicar, en exclusiva, al Solzhenitsin anticomunista. Así, en España los medios críticos con el poder de la izquierda se han entregado en cuerpo y alma a esta nueva vía de manipulación informativa. Así, La Razón titulaba su reportaje "Solzhenitsin: la huella del horror estalinista". José María Marco reiteraba exactamente el mismo mensaje en su artículo titulado "El azote del comunismo" y un tal Toni Montesinos nos informaba de que "Su ejemplo es el de un autor que maneja la palabra para denunciar la brutalidad política". Por su parte, ABC abría con el titular: "Muere Solzhenitsin, escritor que reveló los campos de exterminio soviéticos" y El Mundo nos informaba de que Alexander Solzhenitsin era "el hombre del ´gulag´" que había abierto "una mirilla en el Telón de Acero para que Occidente viera la tramoya sangrienta del monoteísmo" (¡?).

Todos estos textos e informaciones ocultan, invariablemente, el Solzhenitsin inasimilable, es decir, el que pensaba que, si bien el comunismo había fracasado, la versión del otro proyecto de la modernidad, el que ahora impera en Occidente, había fracasado igualmente. Este mensaje, de una u otra forma, Solzhenitsin lo transmitió siempre convirtiéndose por ello en uno de esos "malditos" que, sin embargo, son tan grandes que no se pueden obviar ni siquiera por la propaganda. Son autores cuya personalidad es necesario maquillar, en la medida de lo posible, para que sirvan a la causa y no provoquen problemas.

Y es que la realidad es muy otra y lo es, además, desde hace mucho tiempo. El jueves 8 de junio de 1978 nuestro autor pronunciaba su célebre conferencia en Harvard. El texto es un formidable toque de atención al modelo político, social e ideológico occidental que combatía al comunismo soviético; ese mismo modelo que se reivindica sin embargo hoy como el anhelo supremo de todos los pueblos de la tierra. En plena escalada de armamentos Solzhenitsin acababa su conferencia diciendo: "Supone un retroceso atarse uno mismo a las esclerotizadas fórmulas de la Ilustración. El dogmatismo social nos deja completamente indefensos ante el juicio de nuestra época. Incluso si nos salvamos de ser destruidos en una guerra, nuestras vidas tendrán que cambiar si queremos salvar nuestra vida de la autodestrucción. Nos resulta inevitable revisar las definiciones fundamentales de la vida y de las sociedades humanas. ¿Es verdad que el hombre está por encima de todo? ¿Es verdad que no hay espíritu superior por encima de él? ¿Es cierto que la vida del hombre y las actividades sociales se ven determinadas, en primer lugar, por el crecimiento material? ¿Se puede permitir promover tal expansión a expensas de nuestra integridad espiritual?"

Estas preguntas, a las cuales este mundo que han construido para nosotros respondería siempre afirmativamente, revelaban que Solzhenitsin veía un profundo parentesco entre el Gulag que denunciaba en sus novelas y el Occidente de 1978 y de 2008. Tras llamarnos la atención acerca de la frase de Karl Marx, tomada del "Manifiesto Comunista", en la que decía que "el comunismo es un humanismo naturalizado", Solzhenitsin explicaba a su auditorio de Harvard que "esta frase no resultó totalmente sin sentido. Se ven las mismas piedras en los fundamentos del humanismo desespiritualizado y de cualquier tipo de socialismo: materialismo sin fin, libertad de religión y de responsabilidad religiosa, que en los regímenes comunistas alcanza el estatuto de dictadura antirreligiosa; concentración en las estructuras sociales a través de un enfoque aparentemente científico. Esto es típico de la Ilustración del Siglo XVIII y del marxismo. No es por casualidad que todos los absurdos juramentos y promesas de lealtad comunistas se dirijan al Hombre, con H mayúscula, y a su felicidad terrenal. A primera vista parece un paralelismo desagradable: ¿Rasgos comunes en la manera de pensar del modo de vida del Occidente y del Oriente modernos? Pero esta es la lógica del desarrollo materialista".

Como no podía ser de otro modo, Solzhenitsin permaneció absolutamente fuera de lo políticamente correcto. En su última entrevista con Der Spiegel (23/7/2007), imaginamos que Christian Neef y Matthias Schepp debieron sudar lo suyo cuando preguntaron a nuestro autor: "Su reciente trabajo en dos tomos Doscientos años juntos fue un intento de vencer el tabú acerca de la discusión sobre la historia común de rusos y judíos. Estos dos tomos han provocado perplejidad en Occidente. Usted dice que los judíos son la fuerza principal del capitalismo global y que se cuentan entre los principales aniquiladores de la burguesía. ¿Tenemos que concluir de su exhaustivo conjunto de fuentes que los judíos tienen más responsabilidad que otros en el fracaso del experimento soviético?" Solzhenitsin, hombre cristiano, responde como no podría ser de otro modo: "Quiero evitar precisamente lo que implica su pregunta. No hago ningún tipo de ponderación o comparación entre responsabilidades morales de un pueblo u otro. Más bien excluyo completamente la noción de responsabilidad de una nación hacia otra. Estoy llamando a la reflexión. Tiene la respuesta en el libro mismo: ´Todo pueblo debe responder moralmente por su pasado, incluido el pasado que resulta vergonzoso. Responder a lo que significa mediante el intento de comprensión. ¿Cómo se pudo permitir tal cosa? ¿En qué nos equivocamos? ¿Cómo pudo pasar? Es en este espíritu específico en el que el pueblo judío debe responder a las matanzas revolucionarias y por las fuerzas que estaban dispuestas a cometerlas. No a responder ante otros pueblos, sino ante sí mismos, ante su propia conciencia y ante Dios. Lo mismo que nosotros los rusos debemos responder por los ´pogroms´, por aquellos campesinos incendiarios sin piedad, por los revolucionarios enloquecidos, por aquellos marineros salvajes´".

Más adelante, nuestro autor declaraba a los dos periodistas alemanes que era "un crítico convencido y consistente del parlamentarismo partidista. No estoy a favor de las elecciones no partidistas de verdaderos representantes del pueblo, responsables de sus regiones o distritos y que pueden ser cesados si su trabajo no es satisfactorio. Comprendo y respeto la formación de grupos sobre la base de principios económicos, cooperativos, territoriales, educativos o industriales pero no veo nada orgánico en los partidos políticos".

Esto son solo algunos ejemplos y esperamos que sirvan de acicate a todos aquellos que buscan respuestas auténticas. Sin duda, es este el Solzhenitsin que debe reivindicarse y aquél del que la Humanidad en su conjunto sacará el máximo provecho. Es precisamente él el que nos llama la atención sobre las cosas que no queremos oír y del que nuestra inquietud intelectual puede obtener mayor beneficio. La actitud de presentar un Solzhenitsin de cartón piedra -tan falsaria como la de los ridículos y embrutecidos "progres" españoles de los años 70 – solo puede entenderse como una actitud interesada, sin duda por motivos oscuros. Ahora el hombre ha muerto y ha dejado su obra para aquellos que se atrevan honestamente a leerle con todas sus consecuencias y con el compromiso unilateral y exclusivo de la verdad que pueda haber en su obra, no con la versión edulcorada que nos quieren presentar los que no saben realmente nada de nuestro autor.

Por su parte Alexander Isayevich Solzhenitsin, el hombre, el testigo de esta época oscura, siguiendo sus propias enseñanzas tendrá que responder de todo cuanto hizo y dijo su prodigioso intelecto ante el trono del Eterno, donde ya el Gulag, oriental u occidental, jamás podrá alcanzarle. Descanse en paz.


Eduardo Arroyo.
www.hispanismo.org

ROBO LEGALIZADO. SIMPATICO CUENTITO.

Imagina que tienes un acuerdo con una persona, un acuerdo basado en la confianza y en el beneficio mutuo. Esa persona es seria, responsable y te ofrece seguridad, por eso le has elegido. Acuerdas que será el garante de tu dinero, y que a cambio de que te lo guarde y organice le pagarás a fin de mes un pequeño porcentaje del total: todos saléis ganando. Cada mes le das la totalidad de tu sueldo para que te lo guarde, y le indicas que pagos tiene que realizar por tí: la mensualidad del alquiler, del coche, el seguro etc. Así mismo acuerdas con esa persona que podrás disponer de tu dinero siempre que quieras, y que por esa molestia también cobrará una pequeña tasa.
El acuerdo parece funcionar, aunque es obvio que el que sale ganando es él, ya que no produce nada y cobra por guardar y organizar tu dinero. Decides recomendar a tus amistades y familiares que utilicen ese método, ya que es más cómodo delegar en esa persona de confianza todos los asuntos económicos. Así mismo decides recomendárselo a la empresa que te suministra gas, que te cobra la conexión a internet y a otras personas con las que mantienes intercambios regulares de dinero. Así, en vez de tener que pagarlo en mano, la persona que guarda el dinero simplemente tendrá que cambiar el dinero de cajón donde lo guarda, pasando el montante de cada factura de tu cajón al cajón del proveedor.
Conforme pasa el tiempo, el que guarda el dinero se da cuenta que en la mayor parte de los casos nadie saca la totalidad de sus ahorros, ya que apenas necesitan dinero “contante y sonante” para la vida: casi todos los pagos los realiza de cajón a cajón sin pasar por sus manos. Cada cajón pertenece a una persona o empresa, y contiene el total de sus ingresos menos sus gastos, aunque cada vez resulta más incómodo organizarlo ya que el que guarda el dinero cada vez tiene más clientes y menos espacio. Además algunos de los cajones no son lo suficientemente grandes para guardar todo el dinero. Dado que ha constatado que nunca se saca la totalidad de los ahorros y que los clientes confían en él, decide guardar el dinero de todos los cajones en una sala especial y sustituir los cajones por capetas donde irá anotando los ingresos y pagos de cada cuenta. Lo llama “cuentas”.
El sistema funciona a la perfección, el pequeño porcentaje que cobra el que guarda el dinero por proteger el dinero y moverlo de cuenta a cuenta supone al final un gran beneficio, y tras los cambios que realizó su trabajo apenas le supone media mañana de anotaciones en las cuentas. El dinero se va acumulando en la sala común, y hasta ahora ningún cliente le ha pedido que le muestre el contenido de su cajón, lo cual sería lícito. Concluye que este sistema funciona en base a la confianza ciega de los propietarios de las cuentas. Confianza que se ha ganado al no haber interrumpido jamás ningún intercambio de valores entre cuentas, básicamente. De esa forma los clientes saben que su dinero está en su cajón, aunque los cajones ya no existan y su dinero sea simplemente una anotación en un fichero.
En realidad, el intercambio de dinero entre cuentas no es tal. Todo el dinero va directamente a la sala grande de almacena de billetes y monedas, y el que guarda el dinero simplemente anota, resta o suma cifras de un fichero u otro. Es decir, que aunque los clientes piensen que lo que intercambian es dinero, lo que hacen es pasarse sumas y restas de cifras. El sistema funciona porque existe un acuerdo tácito que define y respalda esas cifras en base a un valor real monetario -el dinero contante y sonante de la gran sala- aunque nadie lo comprueba. Y es esto último lo que le hace pensar al que guarda el dinero que su negocio podría funcionar prácticamente sin dinero porque, salvo cuando algún cliente desea sacarlo (pocos, ya que los pagos se realizan de cuenta a cuenta o a través de una tarjeta electrónica que anota las cifras como él lo hace en los ficheros), no sirve de nada tenerlo allí ya que no hay apenas movilidad. El que guarda el dinero podría gastarse el 90% del dinero de la gran sala (que pertenece a sus clientes) y nadie se daría cuenta ya que nadie lo necesitaría. Sin embargo él es cauteloso y profesional.
Un día, una de sus primeras clientes le cuenta que se ha quedado en paro, y que dejará de abonar cada mes dinero hasta que no encuentre otro trabajo. Le cuenta que, sin embargo, le seguirán pasando los recibos de la luz, el agua, el colegio y otros pequeños gastos fijos mensuales, y que no puede hacerles frente. El que guarda el dinero le dice que vuelva al día siguiente, que necesita pensar sobre ello ya que es una situación a la que no se ha enfrentado y que ciertamente no será la única.
Al día siguiente, la mujer vuelve y el que guarda el dinero le propone un plan: él le adelantará dinero a cambio de que ella se lo devuelva en su totalidad, dentro de un tiempo, más un porcentaje para él. Dada la situación, la mujer acepta confiada: le ha pedido 10.000 unidades de dinero y tendrá que devolverle 13.000, es decir un 30% como concepto de adelanto. El que guarda el dinero saca esos 10.000 de la sala grande, es decir que es dinero de los otros clientes, aunque ellos jamás lo sabrán ni lo notarán ya que los pagos y cobros seguirán su curso como siempre. Pero el beneficio de ese adelanto, el 30% de suplemento, no lo depositará en esa sala sino que se lo quedará para sí mismo. Es decir, no sólo gana dinero por guardar y hacer sumas y restas de un fichero a otro, sino que obtiene beneficios directos con el dinero de los demás. Como nadie le pedirá cuentas, nadie se dará cuenta. Es un sistema perfecto y pronto tendrá varios clientes que pedirán adelantos de dinero a cambio de pagar un porcentaje sobre el total. Los beneficios personales del que guarda el dinero, conseguidos con el dinero de sus clientes, son extraordinarios.
El que guarda el dinero es consciente que está robando dinero de sus clientes para sacar provecho personal. Pero tiene las espaldas bien cubiertas, ya que además de que ningún cliente haya pedido comprobar que en su cajón está su dinero, él sólo se queda el porcentaje y el resto del dinero, al cabo de un tiempo, vuelve a la sala. Con tantos préstamos, en la sala sólo está el 5% del total del dinero que debería haber (sumando las cifras de todas las cuentas), pero todo funciona a la perfección ya que los pagos y cobros (las anotaciones y pequeñas cifras que sacan algunos clientes) están al día.
En realidad el dinero deja de existir, salvo para el que guarda el dinero. El que guarda el dinero controla y obtiene dinero, pero los demás (clientes y proveedores), objetivamente, sólo tienen carpetas con anotaciones de sumas y restas. El resultado del cálculo de cada carpeta es el dinero que tiene cada cliente, y que debería estar respaldado por dinero contante y sonante en la sala, pero ya no es así por el negocio de los préstamos. Los clientes, en conclusión, no tienen nada. Pero no lo saben porque el sistema de pagos y cobros sigue funcionando y siguen, por lo tanto, teniendo confianza.
El que guarda el dinero sabe que este sistema funcionará eternamente, salvo si todos le piden ver el dinero de sus cuentas o, en el peor de los casos, todos deciden sacar su dinero a la vez.
¿El que guarda el dinero es un ladrón? Fuera del cuento, le llaman banco.