18 de agosto de 2008

INTERESANTE REPORTAJE A ECONOMISTA EUROPEO

Redacción MD Bilbao 23 Julio, 2008
Reproducimos, por su interés la entrevista realizada por la revista Generación XXI al economista español
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Generación XXI.- ¿En qué punto se encuentra tu investigación sobre las relaciones entre economía y globalización?
Manuel Funes Robert.- Nadie ha planteado todavía la contradicción fundamental del liberalismo, ahí va dirigida mi obra. Hemos visto que toda la OPEP en bloque y, por tanto, toda la demanda de petróleo concentrada en una sola mano, carece de poder para poner el precio a nivel universal, porque, en realidad, son los mercados financieros los que determinan la relación Euro-Dólar, los que tienen el poder para determinar el precio del petróleo, y los que toman la decisión para cualquier otra mercancía que pase de una frontera a otra.
¿Esto qué significa para un liberal? Que al llevar la libertad de movimiento de capitales como parte de su ideal y al contar con la ley de la oferta y la demanda como el mecanismo social mejor posible, porque es lo que lleva al precio justo, esa ley queda desnaturalizada en el orden internacional, precisamente por ser llevada a un terreno equivocado: el terreno de las monedas. Si no ven la diferencia esencial que existe entre las monedas y las mercancías, se equivocan.
Esa generalización impropia de que el dinero es una cosa más, es una desgracia intelectual para el liberal, de igual manera que para el marxista fue una desgracia intelectual decir que el trabajo era una cosa más; tanto el dinero como el trabajo son cuestiones radicalmente diferentes al resto.
Mucho se ha hablado de las contradicciones del capitalismo. El marxismo, con todas sus profecías, es la contradicción del capitalismo, que supo resolver el problema de la producción, pero no resolvió el problema de la distribución; y ese pecado original del capitalismo acabará con la ruina del propio capitalismo: ésta es la profecía marxista.
GXXI.- ¿Cuál es tu concepto del dinero?
M.F.R.-El dinero ha sido una cosa valiosa que funcionaba por ser fácilmente fraccionable, movilizable y estimado, por eso al principio se utilizó el patrón oro. Pero el salto de gigante que dio la humanidad fue pasar del metal al papel; lo que supuso que el dinero se convirtiese de cosa en nombre y de dato en variable. Así que el dinero es un nombre en papel que vale por la firma que tiene y por la aceptabilidad de la que goza. Antes, la gente no aceptaba que una cosa que valiera para todo no tuviera valor intrínseco.
Sin embargo, la esencia del dinero es que hoy, y para siempre jamás, nace de la nada, sirve para todo y no cuesta nada, sólo una simple orden. Los príncipes se pasaban la vida buscando la piedra filosofal que, finalmente, resultó ser una imprenta. Y ese fue un hallazgo positivo, porque ha quebrado la teoría económica que se funda en el hecho de que los medios de producción son escasos. Pues bien, ahora el capital no tiene más límite, nominalmente hablando, que la voluntad política. Con la independencia de los bancos y la libertad de movimientos de capitales, se ha privatizado la creación del más público de todos los bienes: el dinero.
GXXI.- Y, ¿cómo el dinero se ha convertido en un objeto de comercio para una minoría, creando, de hecho, un anti-mercado?
M.F.R.- El cambio de la naturaleza del dinero se produjo en torno a los años 30. Fue entonces cuando el dinero, como acabo de indicar, se convirtió en un nombre. Pero ahora te pregunto: ¿cuánto vale un billete de mil pesetas en España? No puedes responder porque en España no es objeto de comercio. En París, sí tiene sentido esta pregunta, porque me cambias las pesetas por francos. El dinero que ha pasado de cosa a nombre, puede ser nombre cuando traspasa las fronteras. El mercado de las monedas es un mercado de objetos de comercio, porque se buscan y se venden alterando el precio. El paso de cosa y dato a nombre invariable. El dinero, a tener dos naturalezas, se manifiesta de una u otra forma según dónde se encuentre. Por eso la peseta pasa de ser un nombre en España a ser una cosa en otro país.
La inmensa mayoría de los españoles, como consumidores, desean que el dinero sea abundante y barato; pero los que lo ven como objeto de comercio, la mayoría poderosa, quiere que sea escaso, caro y, sobre todo, que sea móvil. La movilidad es muy importante para ellos porque así pueden aprovecharse de la bajada y la subida de los precios. La especulación entra aquí, y llamamos especulación a toda actividad lucrativa que no tenga repercusión positiva en el mundo de los bienes reales, que es de lo que depende la felicidad material humana.
¿Qué crisis monetaria hay en el mundo que no se solucione pidiendo dinero al Fondo Monetario? Se ha metido en la cabeza de la gente que la única fuente de dinero son los mercados financieros y el FMI; el dinero válido es el que viene de fuera, no el propio. De esta manera, cada país se hace esclavo de los mercados exteriores. Para que mi dinero valga, hay que sacarlo de casa, la inversión válida es la extranjera.
La cultura de que el dinero válido sólo es el que viene de fuera es una memez; entre otras cosas porque el dinero que viene de fuera también tiene patria y también está hecho por una máquina.
En Europa el problema parece que se resuelve con la unificación de moneda al poder llevar los euros de un país a otro. Pero el problema que parece que se resuelve en Europa se agrava en realidad, porque ya la ley de la oferta y la demanda no va a determinar el nivel de precios de un país respecto a otro, sino de un área respecto a otra. El mundo se parte en dos si no hay más que dos monedas. Basar la libertad del mundo de capitales actual sobre la división de esas dos monedas proporciona a los mercados la posibilidad de fijar los precios de medio mundo respecto a otro, y este poder es ilícito por su enormidad y sus consecuencias y, sin embargo, es consecuencia natural del ideario liberal.
Ya quisieran los liberales haber caído en tantas contradicciones como dicen que cayó el marxismo; al revés, ahora el marxismo científico resurge: la evolución de la sociedad humana está gobernada por dos fuerzas: el progreso y la evolución de los medios de producción y la privatización de los medios de producción que es la causa de la división de la sociedad en dos clases: el telar de mano, sociedad feudal; el telar de juncos, sociedad capitalista; pero el telar de mano era propiedad de quien lo manejaba; no el telar mecánico.
Pero ¿qué decía Marx del dinero?: que todas las mercancías equivalían a oro. Nunca imaginó que el oro pudiera ser sustituido por papel, porque entonces el dinero de las naciones se vendría abajo. Por eso deseaba estatizar los medios de producción, al ser el dinero uno de ellos y, además, el motor económico.
Ya tenemos la evolución como uno de los factores base del pensamiento marxista; la segunda es la explotación masiva de la privatización de ese medio, y ese medio se privatiza mediante la independencia de los bancos centrales y la libertad de movimiento de los capitales. Acabo de resucitar el esquema marxista fundamental. Hay una clase interesada en privatizar y en gozar de la privacidad de ese dinero libre; privatizado en su origen y privatizado en sus movimientos.
Y esto qué significa, que estoy con el movimiento marxista originario considerando el dinero como medio de producción.
GXXI.- Y, ¿cuáles serían las clases resultantes, actualizando a Marx?
M.F.R.- En primer lugar, la clase dominante, la que tiene poder y que es aquella para la cual el dinero es un objeto: financieros, políticos que ceden y economistas a su servicio. Y la segunda clase, sería la resultante de la anterior y estaría formada por el obrero y el empresario, ambos juntos como víctimas. Por lo que la globalización no es más que la manifestación moderna de la nueva lucha de clases; el mundo va por ahí.
Ante esto, es necesaria una doctrina de ataque, una doctrina que justifique que el dinero no lo haga el poder público, sino el privado.
Así, la izquierda puede tener un objetivo en cuyo origen se encuentran los principios del marximo científico, si se considera hermana de la clase formada por la derecha empresarial. Los empresarios, a su vez, deben saber que el liberalismo que dice protegerlos les ahoga con la financiación, y sólo les ofrece como arma la flexibilidad laboral y magnificar la sensibilidad laboral que sirve para mantener vieja la lucha de clases típica y enfrentar al obrero con el empresario para que no se entere que están formando una sola clase.
Lo que yo sé es en qué dirección me debo mover: más dinero mientras no haya pleno empleo de personas y de equipos, y no más dinero cuando llegue al pleno empleo. El pleno empleo es un límite borroso, grueso pero suficientemente orientador.
GXXI.- Y respecto a todo esto, has realizado también una crítica complementaria sobre la llamada “tercera vía”.
M.F.R.- A toda vía que le falte el keynesismo o el “funesismo” -que, desgraciadamente, es necesario aunque no me lo reconozcan-, no es válida.
Hacen falta estos complementos indispensables para pasar al ataque y realizar una inversión propia, no extranjera.
Ahora se está viendo que cae el euro respecto al dólar. Aunque el Banco Central de Europa tiene unas cuantas virtudes muy grandes, a España, por ejemplo, le ha salvado de la usura para siempre. Habrá perdido la soberanía, pero qué importa si el soberano era memo. Nadie hay en Europa que pueda cometer tantas canalladas como las realizadas por los que dirigían la economía. Nos hemos librado de una caterva de incapaces, gracias al Banco. Lo primero y fundamental es que se bajen los costes de financiación, porque el dinero es la fuente de energía, el motor de la economía. ¿A quién se le ocurre encarecerlo para que la economía funcione mejor?
Entonces, la tercera vía mientras no asuma el keynesismo se quedará quieta cuando se produzca la inflación. Combatir la inflación con la congelación salarial es impedir el remedio natural contra el empobrecimiento que necesariamente provendría del hecho de subir los precios y no las rentas.
Si la tercera vía no sabe enfrentarse con el déficit, la inflación y la congelación salarial, y si usted no admite que el dinero es un medio de comercio y no un objeto de comercio, y que la creación de la masa monetaria y el control de los movimientos de capitales debe volver a los Estados; los problemas no tendrán solución.
Entrevista Javier Esteban

16 de agosto de 2008

PATRIOFOBIA

El rechazo a la patria como sustrato ideológico de la postmodernidad


En los anales de historia antigua, tenemos entre las grandes civilizaciones a la egipcia, la cual nos ha brindado maravillas que luego de miles de años continúan asombrando e intrigando a cuanto ser humano las contempla. Pero la referencia al Egipto faraónico tiene que ver con algo muy concreto. Tenían la costumbre de momificar a sus cadáveres, y para ello procedían a vaciar el cuerpo de sus órganos vitales. Para dejar el cráneo vacío, el cerebro era extraído con un gancho por la nariz, y luego rellenaban la cavidad craneana con alguna especie de betún. No estaríamos tan errados al afirmar, que la historia en este sentido no ha cambiado mucho. Pues si los métodos son más sofisticados, los resultados son más o menos parecidos. Las poderosas estructuras comunicacionales, informáticas y propagandísticas de estos días, actúan de manera similar a los antiguos momificadores egipcios, succionándonos el cerebro en forma métodica y contínua. Y precisamente por esta razón hay que estar muy atentos cuando aparecen personajes que a caballo de un discurso que se inscribe en la postmodernidad cambalacheana, se dedica a redactar auténticos opúsculos de irrefutable contenido patriofóbico.
¿Qué es la patriofobia? Así como nos inculcan conceptos tales como xenofobia (odio al extranjero), homofobia (odio a los homosexuales, aunque homo es hombre), nosotros observamos la existencia de una pavorosa patriofobia, es decir, del odio a la patria. Y el personaje de marras que ha dedicado su pluma a esta tarea es un tal Peter Sloterdijk, alguien que ostenta el título de filósofo y con el cual pretende respaldar su pseudoensayo titulado “Patria y Globalización. Notas sobre un recipiente hecho pedazos”. Notable la acrobacia dialéctica que emplea para reinterpretar y falsificar los hechos históricos y antropológicos, teñido de un fuerte contenido relativista, a tono con esa postmodernidad donde todo es igual y nada es mejor. Más allá del natural rechazo que produce, es importante tenerlo en cuenta a los efectos de saber cuál es la estructura discursiva utilizada y, sobretodo, conocer el trasfondo cosmovisional que la alimenta. Todo ello en aras de una impostergable labor de higiene mental. Para eso señalemos algunos puntos sobre esa nota:
1) En cuanto a los supuestos antecedentes históricos que sustentarían la tesis postmoderna de la no-patria, señala a doctrinas filosófico-religiosas como el budismo, estoicismo y cristianismo, en las que “el acento de la existencia humana pasó del arraigo nacional al desarraigo” (por aquello de la ética de la peregrinación o exilio global del alma). Comete un error al transpolar conceptos propios de la metafísica existencial a la dinámica movilizacion al de grandes conjuntos poblacionales y su relación con la tierra. Más aún, teniendo en cuenta que no hay nada más “sedentario” (término que utiliza el autor para referirse a la relación tierra - ser humano) que la contemplación y la meditación de aquellas doctrinas en su dimensión metafísica. La geografía terrestre es una cosa, y la celestial es otra.
2) Esboza una “nueva política del espacio”, marcando la supuesta diferencia entre un pasado estático y tranquilo, frente a un presente dinámico y lleno de riesgos, resignificando el sentimiento de patria en función al supuesto desarraigo. En realidad, las migraciones no son modernas ni nacieron hace doscientos años, son milenarias y la patria fue y sigue siendo un concepto medular de la conciencia popular, aún con importante movilidad espacial. La historia ha demostrado ser dinámica y estar llena de riesgos. La “movilidad” planteada por el autor como “pruebas históricas” es más bien un hecho conceptual que una realidad física. Paraleliza a la patria con lo estático, sin embargo las grandes expansiones territoriales y marítimas, llevaban en sus portadores el concepto cultural y sentimental de patria.
3) Los estados nacionales estarían siendo arrasados como un casa lo es por una tempestad. Empleando el sarcasmo de “una especie de calor de hogar” que le habrían dado a sus habitantes, sirviendo asimismo como estructura inmunológica, sostiene la globalización ha relativizado al estado como recipiente de una comunidad que busca desarrollarse en su destino. Sociológicamente hablando, el Estado es la cabeza de la Comunidad. Ninguna comunidad humana que se precie como tal ha existido sobre este mundo sin un órgano rector que la contenga y la conduzca. El estado es entonces un hecho social inherente a la propia naturaleza comunitaria. Y lo que se busca es licuar la relación estado-individuo, como etapa cumbre del histórico proceso de desconexión social, llevado a cabo por las ideologías racional-iluministas del siglo XVIII hasta la actual “postmodernidad”.
4) Nos presenta como ejemplo a seguir en el derrotero del desarraigo supuestamente inevitable que acontece con la globalización, a la diáspora judía como prototipo de la “desvinculación del sí-mismo del espacio”. La idiosincracia propia de ese pueblo le ha permitido sostener su identidad sin “relación a un suelo sustentador”. Resulta curioso notar que prácticamente todos los pueblos del planeta Tierra han mantenido una relación entrañable con el suelo que los alimenta y que sirve como depositario de los huesos de antepasados, y que sólo uno –y no uno cualquiera- se haya mantenido al margen de ese comportamiento humano, más allá de toda característica antropológica y cultural. Presentarnos la excepción a la regla no hace más que autoanular implícitamente la tesis que se pretende imponer. Y evidencia una falta total de comprensión acerca de las antípodas cosmovisionales que sobre esta cuestión ha sostenido el pueblo judío respecto de la generalidad de los seres humanos. El no apego a la propia tierra, y el obstinado rechazo a la patria como parte del propio ser, nos resulta absolutamente ajeno a nuestra esencia.
5) Persistiendo en un ejemplo carente de representatividad universal, niega el precepto de que “la tierra es el recipiente del pueblo y el propio suelo el principio del que deriva el sentido de su vida y su identidad”. Y de pronto, emerge una visión filomesiánica que proviene del afirmar que la humanidad ha sido engañada durante milenios por el sofisma de la autorreferencia territorial, siendo que a partir del “ejemplo” de ese pueblo tan particular de la historia humana la referencia de un pueblo podría no estar ligada a la tierra que lo alimenta. Al negar la “autorreferencia territorial”, ¿cuál es el punto de referencia para así poder autorreferenciarse? Más aún, denomina “falacia territorial” a la conexión supuestamente falsa entre territorio y propietario. Señala que los pueblos sedentarios hacen de la violencia un culto obsesivo en defensa de la patria. El claustro regional es un error fatal que está siendo relativizado por “una onda de movilidad transnacional, sin precedentes en la historia”. Esa onda no se manifiesta como ligada a nada en particular, parece incolora, inodora e invisible, pero de alcance universal, y muy eficaz por cierto. Esta idea de la “territorial fallacy” es propia de la dialéctica postmoderna que busca reemplazar a la patria (como sinónimo de la falacia) por la nueva “onda” desnacional y multilocal. Nuevamente: son palabras de guerra del discurso postmoderno hacia nuestra cosmovisión como enemiga de la modernidad dieciochesca. Aquí está presente la sentencia schmiteana de que la política se define por la relación amigo-enemigo: lo “nuevo” contra lo “viejo”, o más bien, antípodas cosmovisionales que responden a diferentes estructuras psicológicas como son los inconscientes colectivos.
6) La imprudencia para citar ejemplos, hace que el análisis muestral –en términos estadísticos- transpole resultados inexactos al universo en estudio. ¿Por qué? Porque se pretende establecer como ejemplo factual del paradigma de la “desterritorialización”, a las zonas geográficas que habitualmente constituyen lugares de tránsito de estancia limitada (aeropuertos, calles, plazas) donde las “personas se reúnen sin establecer un vínculo entre su identidad y la localidad”. Obviamente que cualquier lugar que transitemos no constituye nuestra patria. Carece de sustancia poner a las periferias híbridas que son tierra de nadie, como ejemplos de lo que puede ser –y a gusto del autor debería ser- el desapego por el propio terruño. Aunque de hecho, aquellos individuos que no poseen ningún sentimiento por el suelo, y deambulan errando por los cuatro puntos cardinales, son quienes sienten más placenteramente esas zonas de tránsito de población irregular propia de mercaderes.
7) Seguidamente se busca establecer un punto de quiebre de la historia, de la naturaleza humana en su relación con el cosmos espacio-espiritual: “La licencia expedida desde tiempos inmemoriales para confundir país y sí-mismo no puede renovarse infinitamente”. Volviendo a esa visión filomesiánica, de esa “luz de la razón que ilumina nuestra noche de ignorancia” como dice el himno a Sarmiento, se afirma que la globalización estaría cortando gradualmente ese vínculo ancestral entre el espacio territorial y los seres humanos, debido a una hipotética movilidad sin precedentes en la historia, con el consiguiente aumento de las “zonas de paso” (esa de los mercederes), con la imposibilidad de establecer una relación de residencia. Esta visión groseramente materialista, que ve sólo la relación hombre-tierra como hechos físicos y no como elementos sustanciales de la Creación, lleva a considerar la gran torpeza para comprender –estupidez- a la naturaleza humana. Nada puede arrancar al hombre de su amor al propio suelo, aún habiéndose alejado del mismo. Y ahí sí tendríamos millones de ejemplos, historias particulares, que refrendarían esta aseveración.
8) La cuestión del estado como contenedor social es relativizada por la falsa dicotomía entre un pasado homogéneo y un presente heterogéneo. Nadie más feliz, es de suponer, que este filósofo, por los efectos erosionantes de la globalización sobre los estados nacionales. Se pierde la autocerteza “en un sistema nacional cerrado que oscilaba dentro de sus propias redundancias”, a la vez que la debilitada “situación inmunológica” conlleva una tendencia hacia “un mundo de paredes delgadas y sociedades mezcladas”. Como se dijo anteriormente, los fenómenos migratorios son tan antiguos como el ser humano, y los estados “premodernos” no siempre eran castillos de concreto adonde no llegaba ninguna influencia del mundo exterior. Muchas sociedades cohabitaron espacios con grupos étnicos diferenciados, pero manteniendo la propia identidad. No todos los estados están tan erosionados por la heterogeneidad como el autor sostiene. Y más aún, en aquellos países como Estados Unidos donde el multiculturalismo está causando tantos problemas, la tendencia de las partes que integran ese todo social es a constituir unidades políticas propias. Como decía Platón, “los pájaros del mismo plumaje gustan de estar juntos”.
9) Sabido es que toda acción trae aparejada una reacción. De ahí las incesantes protestas contra la globalización, que el autor califica como “reacción inmunológica” inevitable de los localismos contra la infección de un “formato mundial más elevado”. Planteado en estos términos, podríamos decir que nuestro cuerpo estaría sanamente reaccionando (localismos) frente a los ataques de virus que lo ponen en peligro (mundialismo). Claro que el “reto psicopolítico” pasa por desconocer el “debilitamiento de la inmunidad tradicional y ética del contenedor” (del estado). Esta anemia equivaldría a un bajar la guardia, o como diríamos vulgarmente, a bajarse los pantalones. Se asemeja a un Síndrome de Inmunodeficiencia Adquirida de naturaleza cultural, dirigido desde lo global hacia lo nacional. Lamentamos que el autor celebre un SIDA para las naciones. Replantea un sistema de inmunidad que sería propia de los postmodernos, en condiciones “dignas de ser vividas”, aunque claro está, “no para todos”. En estas sociedades de “paredes delgadas”, esos mecanismos de defensa inmunológica no se ven por ningún lado, mientras claramente se define la relación amigo-enemigo: todos no entramos. ¿Habrá excluídos?
10) Todo lo contrario a nuestras esencias se constituyen en objetos de idolatría, como resulta serlo el individualismo egoísta. Calificado como “sentido inmunológico revolucionario”, los individuos se “desprenden de sus cuerpos sociales” en incesante persecución de la felicidad, el pursuit of happiness. La base referencial no estaría dada por la comunidad política, de cuyo destino busca desolidarizarse, puesto que todo puede lograrse en forma absolutamente individual. ¿Mejor ejemplo que el más espantoso y crudo individualismo egoísta, que el presente de nuestra patria, donde cada uno tira para su lado, llevando agua para su molino, en un enloquecedor sálvese quien pueda? Este pseudoensayo busca inducirnos hacia un nuevo sistema de valores propios de la postmodernidad, que tiene a los Estados Unidos como el paradigma de la felicidad individualista, al margen del cuerpo social de pertenencia, en una autosuficiencia mal entendida pues reniega del espíritu comunitario. Inevitablemente se viene a la memoria las enseñanzas del general Perón, cuando afirmaba que no existen hombres libres en una nación esclava, y tampoco puede haber realización individual en una comunidad que no se realiza.
11) Habiendo esbozado toda la artillería de argumentos postmodernistas, finalmente plantea una reinvención de la patria, a partir de aquel viejo pensamiento propio de mercaderes como el de Venecia: “donde se está bien, allí está la patria”. Esto es, la preferencia por el bienestar material antes que el amor a la patria. Materialismo a ultranza, que pretende enfrentar dos circunstancias que no son para nada antagónicas, es decir a la patria versus bienestar. “La patria como espacio de la buena vida es cada vez menos fácil de encontrar”. Es el mensaje de la desestructuración mundial del ordenamiento natural humano, con el consiguiente caos de valores, guerra cultural y consagración final del materialismo egoísta como cúspide de la “moral” humana, y amenaza final de su efectivo cumplimiento, al sostener que el antiguo adagio “será obligatorio para todos”. Por supuesto que podríamos seguir con este tema, pero alguien se preguntará: ¿Vale la pena responder al trabajo de Sloterdijk? La respuesta es simple: sí. Porque no queremos ser momias vivientes, con el cráneo vacío y un cerebro succionado por estos mensajes patriofóbicos. No existen la polémica ni el debate frente a valores supremos que se vinculan con la pertenencia racial, religiosa o nacional. Entrar en el juego postmoderno, sería otorgarles autoridad para vituperar cuestiones sagradas a nuestra esencia. Debemos responderles como corresponde, y enfatizar nuevamente sobre el concepto de estupidez: torpeza grande para comprender. Pues la patria no se enraiza desde el bienestar material, sino como amor a la propia tierra que nos vio nacer, que nos permitió tomar sus alimentos, que nos dejó caminarla y en donde yacen los huesos de nuestros ancestros. Y ese sentimiento es inextinguible, aún en situaciones de profunda consternación nacional como la que padecemos los argentinos. Nadie emigra a otros países con alegría, sino con dolor. Por necesidad, no por odio. Nuestros abuelos vinieron a estas tierras buscando condiciones de vida mejores que las imperantes en sus propios países, pero hasta hasta el último hálito de vida, recordaron con emoción a su pueblo natal, y a los padres llorando a orillas del muelle.
Por: Enrique Mazaeda.
(Alianza Nacional)


12 de agosto de 2008

LA MUERTE DE ALEXANDER SOLZHENITSIN: LO QUE LA DERECHA CALLA


Estaba acostumbrado a ser escupido por la izquierda mundial gracias a su denuncia del totalitarismo comunista. Pero la derecha no le trató mucho mejor. Sepan por qué.


El pasado día 4 de agosto los teletipos de todo el mundo entraban en ebullición a causa de la muerte de Alexander Isayevich Solzhenitsin.

Para la izquierda mundial, Solzhenitsin era una de las bestias negras que había voceado a los cuatro vientos el genocidio "progresista", que contaba con la conjura del silencio de todos los partidos "avanzados" de occidente. De ahí que cuando, en España, en plena época de Franco, Solzhenitsin espetara a la "oposición antifranquista" –casi totalmente monopolizada por la izquierda- que ellos no tenían la más remota idea de lo que era una dictadura, esa misma "oposición" recurriera a todo su arsenal propagandístico para denostar a Solzhenitsin, algo que aún hoy todavía reverbera en el artículo de Gabriel Albiac en La Razón con motivo de la muerte de nuestro autor. La izquierda española recurrió, como estrategia defensiva, a la falsedad propagandística que le ha otorgado la hegemonía cultural e ideológica en el planeta entero y que ha logrado hacer creer, por ejemplo, que Salvador Allende o la "revolución de los claveles" luchaban por la "democracia".

Esto es, sin embargo, una sola de las posibles respuestas a los certeros ataques de un personaje de la talla de Alexander Solzhenitsin. La otra estrategia es la que ha adoptado lo que se denomina hoy "derecha" o "centro-derecha" en Occidente para no admitir que el modelo que ellos propugnan fue igualmente atacado por Solzhenitsin. Esta otra respuesta posible es el silencio, el prescindir de lo que no interesa para reivindicar el personaje como propio.

Y es que Solzhenitsin pertenece a una de esas categorías de hombres no asimilables por la modernidad. Por eso la derecha ha preferido reivindicar, en exclusiva, al Solzhenitsin anticomunista. Así, en España los medios críticos con el poder de la izquierda se han entregado en cuerpo y alma a esta nueva vía de manipulación informativa. Así, La Razón titulaba su reportaje "Solzhenitsin: la huella del horror estalinista". José María Marco reiteraba exactamente el mismo mensaje en su artículo titulado "El azote del comunismo" y un tal Toni Montesinos nos informaba de que "Su ejemplo es el de un autor que maneja la palabra para denunciar la brutalidad política". Por su parte, ABC abría con el titular: "Muere Solzhenitsin, escritor que reveló los campos de exterminio soviéticos" y El Mundo nos informaba de que Alexander Solzhenitsin era "el hombre del ´gulag´" que había abierto "una mirilla en el Telón de Acero para que Occidente viera la tramoya sangrienta del monoteísmo" (¡?).

Todos estos textos e informaciones ocultan, invariablemente, el Solzhenitsin inasimilable, es decir, el que pensaba que, si bien el comunismo había fracasado, la versión del otro proyecto de la modernidad, el que ahora impera en Occidente, había fracasado igualmente. Este mensaje, de una u otra forma, Solzhenitsin lo transmitió siempre convirtiéndose por ello en uno de esos "malditos" que, sin embargo, son tan grandes que no se pueden obviar ni siquiera por la propaganda. Son autores cuya personalidad es necesario maquillar, en la medida de lo posible, para que sirvan a la causa y no provoquen problemas.

Y es que la realidad es muy otra y lo es, además, desde hace mucho tiempo. El jueves 8 de junio de 1978 nuestro autor pronunciaba su célebre conferencia en Harvard. El texto es un formidable toque de atención al modelo político, social e ideológico occidental que combatía al comunismo soviético; ese mismo modelo que se reivindica sin embargo hoy como el anhelo supremo de todos los pueblos de la tierra. En plena escalada de armamentos Solzhenitsin acababa su conferencia diciendo: "Supone un retroceso atarse uno mismo a las esclerotizadas fórmulas de la Ilustración. El dogmatismo social nos deja completamente indefensos ante el juicio de nuestra época. Incluso si nos salvamos de ser destruidos en una guerra, nuestras vidas tendrán que cambiar si queremos salvar nuestra vida de la autodestrucción. Nos resulta inevitable revisar las definiciones fundamentales de la vida y de las sociedades humanas. ¿Es verdad que el hombre está por encima de todo? ¿Es verdad que no hay espíritu superior por encima de él? ¿Es cierto que la vida del hombre y las actividades sociales se ven determinadas, en primer lugar, por el crecimiento material? ¿Se puede permitir promover tal expansión a expensas de nuestra integridad espiritual?"

Estas preguntas, a las cuales este mundo que han construido para nosotros respondería siempre afirmativamente, revelaban que Solzhenitsin veía un profundo parentesco entre el Gulag que denunciaba en sus novelas y el Occidente de 1978 y de 2008. Tras llamarnos la atención acerca de la frase de Karl Marx, tomada del "Manifiesto Comunista", en la que decía que "el comunismo es un humanismo naturalizado", Solzhenitsin explicaba a su auditorio de Harvard que "esta frase no resultó totalmente sin sentido. Se ven las mismas piedras en los fundamentos del humanismo desespiritualizado y de cualquier tipo de socialismo: materialismo sin fin, libertad de religión y de responsabilidad religiosa, que en los regímenes comunistas alcanza el estatuto de dictadura antirreligiosa; concentración en las estructuras sociales a través de un enfoque aparentemente científico. Esto es típico de la Ilustración del Siglo XVIII y del marxismo. No es por casualidad que todos los absurdos juramentos y promesas de lealtad comunistas se dirijan al Hombre, con H mayúscula, y a su felicidad terrenal. A primera vista parece un paralelismo desagradable: ¿Rasgos comunes en la manera de pensar del modo de vida del Occidente y del Oriente modernos? Pero esta es la lógica del desarrollo materialista".

Como no podía ser de otro modo, Solzhenitsin permaneció absolutamente fuera de lo políticamente correcto. En su última entrevista con Der Spiegel (23/7/2007), imaginamos que Christian Neef y Matthias Schepp debieron sudar lo suyo cuando preguntaron a nuestro autor: "Su reciente trabajo en dos tomos Doscientos años juntos fue un intento de vencer el tabú acerca de la discusión sobre la historia común de rusos y judíos. Estos dos tomos han provocado perplejidad en Occidente. Usted dice que los judíos son la fuerza principal del capitalismo global y que se cuentan entre los principales aniquiladores de la burguesía. ¿Tenemos que concluir de su exhaustivo conjunto de fuentes que los judíos tienen más responsabilidad que otros en el fracaso del experimento soviético?" Solzhenitsin, hombre cristiano, responde como no podría ser de otro modo: "Quiero evitar precisamente lo que implica su pregunta. No hago ningún tipo de ponderación o comparación entre responsabilidades morales de un pueblo u otro. Más bien excluyo completamente la noción de responsabilidad de una nación hacia otra. Estoy llamando a la reflexión. Tiene la respuesta en el libro mismo: ´Todo pueblo debe responder moralmente por su pasado, incluido el pasado que resulta vergonzoso. Responder a lo que significa mediante el intento de comprensión. ¿Cómo se pudo permitir tal cosa? ¿En qué nos equivocamos? ¿Cómo pudo pasar? Es en este espíritu específico en el que el pueblo judío debe responder a las matanzas revolucionarias y por las fuerzas que estaban dispuestas a cometerlas. No a responder ante otros pueblos, sino ante sí mismos, ante su propia conciencia y ante Dios. Lo mismo que nosotros los rusos debemos responder por los ´pogroms´, por aquellos campesinos incendiarios sin piedad, por los revolucionarios enloquecidos, por aquellos marineros salvajes´".

Más adelante, nuestro autor declaraba a los dos periodistas alemanes que era "un crítico convencido y consistente del parlamentarismo partidista. No estoy a favor de las elecciones no partidistas de verdaderos representantes del pueblo, responsables de sus regiones o distritos y que pueden ser cesados si su trabajo no es satisfactorio. Comprendo y respeto la formación de grupos sobre la base de principios económicos, cooperativos, territoriales, educativos o industriales pero no veo nada orgánico en los partidos políticos".

Esto son solo algunos ejemplos y esperamos que sirvan de acicate a todos aquellos que buscan respuestas auténticas. Sin duda, es este el Solzhenitsin que debe reivindicarse y aquél del que la Humanidad en su conjunto sacará el máximo provecho. Es precisamente él el que nos llama la atención sobre las cosas que no queremos oír y del que nuestra inquietud intelectual puede obtener mayor beneficio. La actitud de presentar un Solzhenitsin de cartón piedra -tan falsaria como la de los ridículos y embrutecidos "progres" españoles de los años 70 – solo puede entenderse como una actitud interesada, sin duda por motivos oscuros. Ahora el hombre ha muerto y ha dejado su obra para aquellos que se atrevan honestamente a leerle con todas sus consecuencias y con el compromiso unilateral y exclusivo de la verdad que pueda haber en su obra, no con la versión edulcorada que nos quieren presentar los que no saben realmente nada de nuestro autor.

Por su parte Alexander Isayevich Solzhenitsin, el hombre, el testigo de esta época oscura, siguiendo sus propias enseñanzas tendrá que responder de todo cuanto hizo y dijo su prodigioso intelecto ante el trono del Eterno, donde ya el Gulag, oriental u occidental, jamás podrá alcanzarle. Descanse en paz.


Eduardo Arroyo.
www.hispanismo.org