5 de octubre de 2010

CARTA

En el exilio, 20 de mayo de 1979

A su Santidad el Papa Juan Pablo II

Ciudad del Vaticano

Muy Santo Padre :

Yo soy Leon Degrelle, el Jefe del Rexismo belga, antes de la segunda Guerra Mundial y durante ésta, el Comandante de los Voluntarios belgas del Frente del Este, luchando en la 28. división de la Waffen SS "Wallonie". Ciertamente esto no es una recomendación a los ojos de la gente. Pero yo soy católico como usted y me creo, por este hecho, autorizado a escribiros, como a un hermano en la fe.

He aquí de qué se trata: la prensa anuncia que con motivo de vuestro próximo viaje a Polonia entre el 2 y el 12 de Junio de 1979, S.S va a concelebrar la misa con todos los obispos polacos en el antiguo campo de concentración de Auschwitz. Yo encuentro, os lo digo de antemano, muy edificante que se rece por los muertos, sean cuales sean y donde sea, incluso delante de unos hornos crematorios flamantes, de ladrillos refractarios inmaculados.

Pero me asaltan ciertas aprensiones, a pesar de todo. Su Santidad, es polaco. Esta condición aparece sin cesar y es humano, en vuestro comportamiento pontifical. Si os impresionan fuertemente viejos resentimientos de patriota que participó de lleno en su juventud en un duro conflicto bélico, podríais estar tentado de tomar partido, una vez hecho Papa, en disputas temporales, que la historia no ha esclarecido aún suficientemente. ¿Cuáles fueron las responsabilidades exactas de los diversos beligerantes en el desencadenamiento de la Segunda Guerra Mundial?

¿Cuál fue el papel de ciertos provocadores?. Vuestro presidente del Consejo de Ministros, el Coronel Beck, que todo el mundo sabe que era un personaje bastante sospechoso, ¿se comportó acaso en 1939 con toda la ponderación deseada?. ¿No rechazó con demasiada soberbia ciertas posibilidades de entendimiento? ¿Y después? ¿La guerra fue verdaderamente tal como se ha dicho?. ¿Cuáles fueron las faltas, e incluso los crímenes de unos y de otros? ¿Se han sopesado siempre con objetividad las intenciones? ¿No se ha desvirtuado a la ligera o con mala fe, porque la propaganda lo reclamaba, la doctrina del adversario atribuyéndole unos proyectos y endosándole unos actos cuya realidad puede estar sujeta a numerosas dudas?

A pesar de que la Iglesia siempre está mucho mejor informada que nadie, a través de dos mil años de circunspección ha evitado siempre las posturas precipitadas y ha preferido juzgar siempre sobre hechos probados, con calma, después de que el tiempo ha separado el grano de la cizaña, los furores y las pasiones. Especialmente, la Iglesia siempre se distinguió por una moderación extrema, a lo largo de la II Guerra Mundial. Siempre se guardó cuidadosamente de propagar locas elucubraciones que corrían entonces.

Muy Santo Padre, sobre vuestro suelo patrio -en Auschwitz particularmente-, afectado, quizás, por ciertas visiones incompletas y partidarias del pasado ¿va usted simplemente a rezar?... Temo sobre todo, que vuestros rezos, e incluso vuestra simple presencia en esos lugares, sean inmediatamente desvirtuados de su sentido profundo y sean utilizados por propagandistas sin escrúpulos, que los harán servir, escudándose en vos, para las campañas de odio, a base de falsedades, que emponzoñan todo el asunto de Auschwitz desde hace más de un cuarto de siglo. Sí, falsedades.

Después de 1945 -abusando de la psicosis colectiva que, a base de habladurías incontroladas, había transtomado a numerosos deportados de la Segunda Guerra Mundial- la leyenda de las exterminaciones masivas de Auschwitz ha alcanzado al mundo entero. Se han repetido en millares de libros incontables mentiras, con una rabia cada vez más obstinada. Se las ha reeditado en colores, en películas apocalípticas que flagelan furiosamente, no sólo la verdad y la verosimilitud, sino incluso el buen sentido, la aritmética más elemental, y hasta los mismos hechos.

Usted, Muy Santo Padre, fue, según se dice, un resistente a lo largo de la Segunda Guerra Mundial, con los riesgos físicos que comporta un combate contrario a las leyes internacionales. Ciertas personas añaden que usted estuvo internado en Auschwitz como tantos otros, usted ha salido de allí, ya que usted es actualmente Papa, un Papa que, con toda evidencia, no huele demasiado al famoso gas Zyklon B. Su Santidad, que ha vivido en estos lugares, debe saber, mejor que cualquier otro, que esos gaseamientos masivos de millones de personas nunca fueron realidad. S.S, como testigo de excepción, ¿ha visto personalmente efectuar una sola de estas grandes masacres colectivas, tan repetidas una y otra vez por propagandistas sectarios?...

Ciertamente, se sufrió en Auschwitz. En otras partes también, Todas las guerras son crueles. Los centenares de miles de mujeres y niños atrozmente corbonizados por orden directa de los Jefes de Estado aliados, por ejemplo en la masacre de Dresde, de Hamburgo, de Hiroshima y de Nagasaki, tuvieron unos padecimientos mucho más horribles que los sufridos por los deportados políticos o los resistentes (entre ambos, el 25 por ciento de la población total de los campos), objetores de conciencia, anormales sexuales o criminales de derecho común (75 por ciento de la población concentracionaria) que padecían, y a veces morían, en los campos de concentración del III Reich.

El agotamiento les devoraba. El hundimiento moral eliminaba las fuerzas de resistencia de las almas menos templadas. Las crueldades de ciertos guardianes desnaturalizados, alemanes, y mas a menudo no alemanes, de los "kapos" y otros deportados convertidos en verdugos de sus compañeros, se sumaban a la amargura de una promiscuidad multitudinaria. Cabe pensar que en algún campo hubiese algún chiflado que procediera con experiencias de muerte inéditas o fantasías monstruosas en torturas o asesinatos.

Sin embargo, el calvario de la mayor parte de los exiliados, habría terminado felizmente el día tan esperado del inicio de la paz, sino se hubiera abatido sobre ellos, a lo largo de las últimas semanas, la catástrofe de epidemias exterminadoras, ampliadas aún más por los fabulosos bombardeos que destrozaban las líneas de ferrocarril y las carreteras, enviaban a pique los barcos cargados de presos, como ocurrió en Lübeck. Estas operaciones aéreas masivas destruían las redes eléctricas, los conductos y depósitos de agua, cortaban todo abastecimiento, imponían por doquier el hambre, hacían imposible todo transporte de evacuados. Las dos terceras partes de deportados muertos a lo largo de la II Guerra Mundial, perecieron entonces, víctimas del tifus, de la disentería, de hambre, de las esperas interminables sobre las trituradas vías de comunicación. Las cifras oficiales lo establecen.

En Dachau, por ejemplo, según las mismas estadísticas del Comité lntemacional, murieron en enero de 1944, 54 deportados; en febrero de 1944, 101; pero en el mes de Enero de 1945 murieron 2.888, y, en febrero de 1945 murieron 3.977. Sobre el total de 35.613 deportados muertos en este campo de 1940 a 1945, 19.296 fallecieron durante los últimos 7 meses de hostilidades; y queda demostrado que el terrorismo aéreo aliado no tenía ya ninguna utilidad militar, pues la victoria de los aliados, al principio de 1945, ya estaba totalmente asegurada. Y por tanto, ya no era necesario de ningún modo, dicho terrorismo aéreo aliado. Sin esta loca y brutal trituración a ciegas, millares de internados hubiesen sobrevivido, en lugar de convertirse -entre abril y mayo de 1945- en macabros objetos de exposición, alrededor de los cuales bullían manadas de necrófilos de la prensa y del cine, ávidos de fotos y películas con ángulos y vistas sensacionales, y de un rendimiento comercial asegurado. Unos documentos visuales, cuidadosa y previamente retocados, sobrecargados, deformados, y generadores de crecientes odios.

Estos correveidiles de la información hubiesen podido, también, tomar kilómetros de fotografías similares de cadáveres de mujeres y niños alemanes, cien veces más numerosos, muertos exactamente de la misma manera, de hambre, de frío o ametrallados sobre los mismos helados vagones al descubierto, y sobre los mismos caminos ensangrentados. ¡Pero esas fotos, igual que las de la inmensa exterminación de las ciudades alemanes, que nos decubrirían seiscientos mil cadáveres, ya se guardarían bien de darlas a conocer! Hubiesen podido turbar los ánimos y sobre todo, templar los odios. Y la verdad es que el tifus, la disentería, el hambre, los contínuos ametrallamientos aéreos, golpeaban indistintamente, en 1945, tanto a los deportados extranjeros como a la población civil del Reich, todos atrapados por unas abominaciones propias del fin del mundo.

Por lo demás, Muy Santo Padre, en lo que se refiere a una voluntad formal de genocidio, ningún documento ha podido aportar la menor prueba oficial de ello, desde hace más de 30 años. Mas especialmente, en lo que concierne a la pretendida cremación, en Auschwitz, de millones de judíos en fantasmales cámaras con gas Zyklon B, las afirmaciones lanzadas y constantemente repetidas desde hace tantos años, en una fabulosa campaña, no resisten un examen científico serio.

Es descabellado imaginar, y sobre todo pretender, que se hubieran podido gasear en Auschwitz 24.000 personas por día, en grupos de 3.000, en una sala de 400 metros cúbicos, y menos aún, a 700 u 800 en unos locales de 25 metros cuadrados, de 1.90 metros de altura, como se ha pretendido a propósito del campo de Belzec; 25 metros cuadrados o lo que es lo mismo, la superficie de un dormitorio. Usted, Santo Padre, ¿lograría meter 700 u 800 personas en vuestro dormitorio?

Y 700 a 800 personas en 25 metros cuadrados, esto hace 30 personas por cada metro cuadrado. Un metro cuadrado, con 1,90 metros de altura ¡es una cabina telefónica! ¿Su Santidad sería capaz de apilar a 30 personas en una cabina telefónica de la Plaza San Pedro o del Gran Seminario de Varsovia, o en una simple ducha?. Pero si el milagro de los 30 cuerpos plantados como spárragos en una cabina telefónica o el de las 800 personas apiñadas alrededor de vuestra cama se hublese realizado, un segundo milagro tenía que haberse producido inmediatamente, pues las 3.000 personas ¡el equivalente de dos regimientos! hacinadas tan fantásticamente en la habitación de Auschwitz, o las 700 u 800 personas apretujadas en Belzec a razón de 30 ocupantes por metro cuadrado, ¡hubiesen perecido casi al instante, asfixiadas, por carencia de oxígeno! ¡No hubieran hecho falta las cámaras de gas! Todos habrían dejado de respirar, incluso antes de que se hubiese terminado de hacinar los últimos, que se cerrasen las puertas y se esparciera el gas por la sala. ¿Y cómo se hacía esto último? ¿Por unas hendiduras ? ¿Por unos agujeros? ¿Por una chimenea? ¿Bajo forma de aire caliente? ¿Con vapor? ¿Vertiéndolo sobre el suelo? ¡Cada uno cuenta lo contrario del otro! ¡EI gas Zyklon B no alcanzándo más que a cadáveres, no hubiese representado la menor utilidad! De todas maneras, el Zyklon B es, como toda persona interesada en la ciencia puede saber, un gas de empleo peligroso, inflamable y adherente. También veintiuna horas de espera hubiesen sido necesarias, e incluso indispensables, antes de que se hubiese podido retirar el primer cuerpo de la fantástica sala.

Sólo después se hubieran podido extraer, como se han complacido en contárnoslo, con miles de detalles escabrosos todos los dientes de oro, todas las fundas de plomo en las que escondían, se dice, diamantes, de cada lote de seis mil mandíbulas rígidas -- ¡tres mil personas! -- , contraídas tras la muerte, o de 48.000 mandíbulas diarias si se creen las cifras oficiales de 24.000 gaseados cotidianos solamente en Auschwitz.

Muy Santo Padre, por muy santo que sea Su Santidad, ¡Usted soportará al dentista alguna vez, con más o menos resignación! ¿Os han extraído un diente? ¿Dos dientes? ¿Se os han instalado en una silla de dentista con potentes reflectores, enfocados sobre las mandíbulas con útiles perfeccionados y con un paciente que se presta a sus prescripciones?. Pues bien, la extracción, en unas óptimas condiciones, tarda su tiempo. ¿Un cuarto de hora?, ¿Media hora?. En Auschwitz, según las leyendas, a los cadáveres que yacían en el suelo, era necesario abrirles, con muchas dificultades, las mandíbulas endurecidas, descontraerlas, y tratarlas mediante instrumental necesariamente primitivo. Con ocho operadores en total: es la cifra oficial. Y después tenían que examinarlos sin luz apropiada, a ras del cemento, y no solamente un punto enfermo de la dentadura, ¡sino las dos mandíbulas enteras!, ¡Arrancar, vaciar. limpiar! ¿Puede hacerse esto en menos tiempo que en casa del especialista, perfectamente equipado?, Dígnese Su Santidad tomar un lápiz. A razón de un cuarto de hora por dentadura y con cuatro individuos a pleno rendimiento en la operación se podría llegar a 16 cadáveres tratados por hora, es decir, 160 en una jornada de 10 horas sin un minuto de reposo. Piense Su Santidad incluso en un estajanovista de las dentaduras, y doble el ritmo de las extracciones, lo que es además materialmente imposible: esto supondría 320. Entonces, Muy Santo Padre, ¿cómo imaginar cremaciones de 3.000 judíos de una sola vez?, ¿Y las jornadas de 24.000 gaseados con gas Zyklon B, que representarían 48.000 dentaduras para vaciar o sea más de 760.000 dientes a examinar diariamente?. Simplemente ateniéndose a los seis millones de judíos muertos -- algunos han doblado y triplicado la cifra, que la propaganda machaca contínuamente en nuestros oídos --, estos extractores de mandíbulas hubiesen seguido, unos años después de la guerra, en plena actividad.

Estas extracciones, solamente estas extracciones, en diez horas de labor ininterrumpida, ¡hubiesen absorbido un trabajo de 1.875 jornadas de todo el equipo de 8 individuos!

Pero además, estas extracciones sólo eran una formalidad preliminar. Hacía falta también rapar millones de cabelleras. Después, antes de pasar los cadáveres al horno. se procedía -- según lo que todos los "historiadores" de Auschwitz afirman ex cátedra -- al examen de todos los anos y todas las matrices, de cuyo fondo se trataba de recuperar los diamantes y las "joyas" que hubieran podido ser escondidas. ¿Se imagina usted esto Muy Santo Padre?. ¡Seis millones de anos, tres o cuatro millones de matrices limpiados a fondo, cuando se nos ha explicado que, después de los gaseamientos masivos, los cuerpos chorreaban de excrementos, de sangre femenina y de otras inmundicias! En estos órganos sucios, los dedos, las manos de los operadores, debían revolver todo, descubrir los supuestos diamantes escondidos, extraerlos pegajosos, lavarlos, lavarse ellos, 24.000 veces por día (los anos), 15 ó 20.000 veces por días (las matrices). ¡Es una locura!. ¡Todo esto es de locos! Y no hablemos de las actividades complementrias: fábricas de abonos y fábricas de jabones, de las cuales el delirante profesor Poliakov habla sin pestañear.

Estas operaciones de gaseamiento, de corte de pelo, de extración de dientes, de limpieza de órganos, realizados sobre seis millones de judíos, o siete millones, o sobre quince millones según el Padre Riquet, o sobre veinte millones -- ¡es decir más que los judíos existentes entonces en el mundo entero! -- según el diccionario Larousse, seguirían todavía si se admitieran como exactas las afirmaciones "oficiales" de los manipuladores de la "historia" de Auschwitz. ¡Entonces, sí que tendría Ud., Muy Santo Padre, que taparse la nariz cerca de las cámaras de gas, y transpirar al calor de los hornos de Auschwitz, en el transcurso de su misa concelebrada!

Si se hubiese multiplicado el número de cadáveres reales y normales por diez, o por veinte, la estafa de los muertos hubiese podido conservar un cierto aspecto de verosimilitud. Pero al igual que hemos visto en el caso del gaseamiento de 700 a 800 personas por dormitorio, al mentir demasiado se llega a lo grotesco. Era precisa la insondable y apenas imaginable estupidez de las masas, para que semejantes extravagancias hayan podido ser inventadas, contadas, difundidas a los cuatro vientos, filmadas y CREIDAS.

"¡Yo creo -- declara bravamente un personaje de Holocuasto -- todo lo que se cuenta sobre ello!". ¡Declaración ejemplar!.

Entonces. Muy Santo Padre, ¿cómo imaginar un instante que en Auschwitz, en la hora de la concelebración, mientras que todos los corazones, estrechados por el amor de Dios y de los hombres, van a participar en la renovación del sacrificio, un sacerdote, un Papa podría, en el momento en que levanta el cáliz hacia el cielo, ser consciente de que está encubriendo bajo su patio un despliegue de un odio tan bestial y de unas mentiras tan extravagantes, que están en el extremo opuesto de la enseñanza patética de Cristo?, ¡No! ¡Ciertamente no!, ¡No es posible!. Vuestro mensaje, a cien pasos de la falsa cámara de gas de Auschwitz, no puede ser más que un mensaje de caridad, de fratemidad, igualmente de la verdad, sin la cual toda doctrina se hunde. Usted va a Auschwitz para recogeros, emocionado, en uno de los altos lugares del suirimiento humano cuyas causas y cuyos responsables serán fijados verdaderamente, objetivamente, con el tiempo, por una Historia serena, y no recurriendo a testimonios obtenidos por la fuerza y a unas divagaciones de farsantes.

El Papa está por encima de todo esto.

Está al lado de las almas que sufrieron, de las que, en el sufrimiento, se elevaron espiritualmente, pues no existe pena, ni calvario, ni agonía que no pueda llegar a ser sublime. Por ejemplo, en los campos de batalla de la Segunda Guerra Mundial en que tantos millones de soldados cayeron tras horribles sufrimientos, e igualmente en los campos de trabajo, en que tantos murieron victimas de intereses que no entendían pero que los aniquilaban: el sacrificio, el dolor físico y moral, la terrible angustia, convirtieron a miles de almas, que en circunstancias normales se hubiesen perdido en la mediocridad, en gloriosos ejércitos de héroes espirituales. Así fue en Auschwitz. Fue así en el Frente del Este, a lo largo de los años de lucha y de inmolación de millones de jóvenes europeos que, de 1941 a, 1945, hicieron frente heróicamente al empuje del comunismo. Seguramente, a través de toda la historia de los hombres, se han cometido atrocidades. Auschwitz, de todas maneras, no habrá sido ni el primer caso, ni el último. Nosotros lo vemos de sobra en la hora actual, cuando son masacrados tantas mujeres y niños sin defensa, aplastados en los campos palestinos por la aviación de lsrael, ejecutando la ley del Talión sobre unos inocentes, en memoria de los cuales, no se cantará probablemente nunca una misa concelebrada... Numerosas potencias han abusado muchas veces de su poder. Numerosos pueblos han perdido la cabeza. No uno especialmente. Pero sí todos. Al lado de corazones puros y desinteresados que ofrecieron su juventud a un ideal, Alemania, tuvo, como todo el mundo, su lote de seres detestables, culpables de violencias inadmisibles. ¿Pero qué país no ha tenido los suyos?

La Francia de la Revolución Francesa, ¿no ha inventado el Terror, la Guillotina, los ahogamientos en el Loira? ¡Napoleón no deportó, pero sí movilizó por la fuerza a centenares de millares de civiles de los países ocupados, enviados a la muerte por su gloria! ¡Cincuenta y un mil nada más que en Bélgica! ¡Es decir, más que los belgas que murieron a lo largo de la I Guerra Mundial o en los campos de concentración del III Reich!. Más cerca de nosotros, un De Gaulle ¿no presidió, en 1944-45, la masacre de decenas de millares de adversarios bautizados como "colaboradores"?. Más recientemente aún, en Indochina, en Argelia, Francia ¿no hacinó a centenares de millares de prófugos, de rehenes, de simples civiles arrestados masivamente, en campos de concentración extremadamente duros en donde tampoco faltaron los sádicos? Un General francés hizo incluso el elogio público de la tortura, ¿Y la Gran Bretaña, con sus bombardeos de ciudades libres como Copenhague? ¿Sus ejecuciones de cipayos atados en la boca de los cañones; su aplastamiento de los boers; sus campos de Concentración del Transvaal o con millares de mujeres y niños muertos en una miseria indecible? ¿Y Churchill, desencadenando sus abominables bombardeos de terror sobre la población civil del Reich, la calcinación por fósforo en las cuevas, aniquilando en una sola noche alrededor de doscientos mil mujeres y niños en el gigantesco crematorio de Dresde? "Alrededor de", porque no se ha podido hacer una estimación aproximada más que calculando el peso de las cenizas.

¿Y los Estados Unidos? ¿No han elevado su potencia gracias a la esclavización de millones de negros marcados al fuego ardiente como bestias, y gracias a la exterminación casi íntegra de los pieles rojas propietarios de los terrenos ansiados?, ¿No han sido ellos los lanzadores de la bomba atómica? Ayer aún, ¿no han contado, entre sus tropas de Vietnam, con indiscutibles verdugos?. Y no insistimos sobre las decenas de millares de víctimas de la tiranía de la URSS y de los Gulags actuales, de los cuales, temo que no se dirá nada ni que usted visitará nunca como lo ha hecho con el campo de Auschwitz, vacío de todo ocupante desde hace decenas de años.

En Auschwitz, nadie lo negará, la vida ha sido dura, a veces muy cruel. Pero en los campos de los vencedores de 1945, los sádicos y los verdugos prosperaron rápidamente con igual abundancia, pero con muchas menos excusas, si se admite que una guerra mundial pueda albergar unas excusas...

Santo Padre, yo no querría empañar el placer que usted va a tener al encontrarse en su pais. ¡Pero cuidado! Vuestra patria valerosa, de la cual usted ha exaltado la elevación moral al glorificar a su admirable patrón San Estanislao, ¿no ha conocido ella también sus horas de crímenes y de envilecimiento?. En el momento en que usted va a pisar el suelo polaco de Auschwitz que recuerda especialmente la última tragedia judía, resultaría poco decente -- si quiere ser justo -- no evocar otros judíos innumerables muertos anteriormente por todo vuestro territorio, en unos progroms horribles, torturados, asesinados, colgados durante siglos por vuestros propios compatriotas. ¡Estos no han sido siempre unos ángeles, a pesar de ser tan católicos!.

Yo oigo todavía al Nuncio Apostólico de Bruselas, el que fue después Cardenal Micara, anteriormente Nuncio en Varsovia, cuando me contaba, en su excelente mesa, cómo los campesinos polacos crucificaban a los judíos en las puertas de sus granjas. "¡Estos cochinos judíos!", exclamaba, bastante poco evangélicamente el untuoso prelado.

Estas palabras fueron pronunciadas tal cual, creame.

La Iglesia ella misma, Muy Santo Padre, ¿Ha sido siempre tan blanda? Incluso en pleno siglo XVIII, ella quemaba aún a los judíos con gran aparatosidad. En plena ciudad de Madrid, particularmente. Pero ella, ¡los quemaba vivos!. La Inquisición no ha sido un pacífico redil. Las masacres de los albigenses se perpretaron bajo la égida de Santo Tomás de Aquino. Los asesinatos de la noche de San Bartolomé causaron la alegría del Papa, vuestro predecesor, que se levantó en plena noche para festejar, con un Tedeum entusiasta tan alegre acontecimiento, ¡y ordenó incluso conmemorarlo con una medalla!. ¿Y las treinta mil llamadas brujas, calcinadas piadosamente a lo largo de la Cristiandad? Incluso en el pasado siglo, el papado restablecía aún en Roma el Ghetto. En el fondo, Muy Santo Padre, que no valemos mucho bien seamos Papas o Ayatollas, parisinos o prusianos, soviéticos o neoyorquinos. ¡No hay por qué ser exageradamente orgullosos! Todos nosotros hemos sido, en nuestros malos momentos, tan salvajes los unos como los otros. Esta equivalencia no justifica nada ni a nadie. Ella incita, sin embargo, a no distribuir con demasiada impetuosidad o benevolencia las excomuniones Y las absoluciones.

Sólo se rechazará el salvajismo humano respondiendo al odio con la fraternidad. El odio se desarma, como todo se desarma, pero no ofreciéndolo contínuamente con salsas cada vez más picantes. Ni excrementándolo y exasperándolo, como en el caso de Auschwitz, a fuerza de exageraciones locas, de mentiras y de falsas confesiones llenas de contradicciones flagrantes arrancadas por la tortura y el terror en las prisiones soviéticas o americanas, pues tanto valían las unas como las otras en los tiempos odiosos de Nuremberg. Algunos hubiesen podido pensar que los filibusteros del exhibicionismo concentracionario y los falsarios que hicieron del asunto de los "seis millones" de judíos, la estafa financiera más remuneradora del siglo, iban a poner en fin un término a esa explotación. Gracias a todo el aparato de la grandiosa ceremonia religiosa que va, en vuestra presencia, a desplegarse entre los falsos decorados del plató de Auschwitz, en medio de un gigantesco baqueteo de televisión y de prensa, se intentará todo para convertiros en avalista indiscutido de estos cheques del odio. Vuestro nombre vale su peso en oro, para todos estos gangsters. Saldrá en el mundo entero, como si el primer Holocausto no fuera suficiente, un Holocausto número 2 que no habrá costado un millón de dólares como el otro, ya que Vuestra Santidad habrá suministrado absoluta y gratuitamente, a unos indecentes escenógrafos, la más fastuosa de las figuraciones.

El Holocausto número 1, cualquiera que haya sido su difusión y su impacto entre los tontos, no ha sido más que un gigantesco alboroto hollywoodiano, de una rara vulgaridad, y destinado ante todo a vaciar centenas de millones de bolsillos de espectadores no advertidos. Pero los estragos no podían ser más que pasajeros; se debería rápidamente notar que las extravagancias eran bufonescas, no resistirían al examen concienzudo de un historiador. Por el contrario, vuestro Holocausto, Muy Santo Padre, filmado con una gran pompa en Auschwitz, por un Papa en carne y hueso, revestido de toda la majestuosidad pontifical y ungido de veracidad, de cara a un altar inviolable, sobre todo en la hora del Sacrificio, este Holocausto número 2 arriesga aparecer a los ojos de una cristiandad burlada por unos manipuladores sacrílegos, como una confirmación casi divina de todas las elucubraciones montadas por unos usureros llenos de odio.

Ya vuestra evocación ante las tumbas polacas de Montecasino, de una guerra de la cual -- si se cree lo que ha dicho la prensa internacional -- S.S, no ha retenido más que ciertos aspectos fragmentarios y partisanos, ha inquietado a muchos fieles. Vuestra comparecencia ostentosa en Auschwitz no puede sino inquietar más aún, Muy Santo Padre, pues no es dudoso que se os va a "utilizar". Es tan evidente que revienta los ojos. Unos filibusteros de la prensa y de la pantalla han decidido hacerle caer, con la mitra por delante, con vuestra sotana blanca toda nueva, en esta trampa de Auschwitz. Sin embargo esta ceremonia religiosa no puede representar a vuestros ojos, ciertamente, en la hora de la concelebración, otra cosa que una llamada a la reconciliación, y de ninguna manera una llamada al odio entre los hombres.

Homo homini lupus, dicen los sectarios. Homo homini frater, dice todo cristiano que no es un hipócrita. Nosotros somos todos hermanos, el deportado que sufre detrás de las alambradas, el soldado intrépido crispado sobre su ametralladora. Todos los que hemos sobrevivido a 1945, Ud., el perseguido convertido en Papa, yo, el guerrero convertido en perseguido, y millones de seres humanos que hemos vivido de una manera u otra la inmensa tragedia de la II Guerra Mundial con nuestro ideal, nuestros anhelos, nuestras debilidades y nuestras faltas, debemos perdonar, debemos amar. La vida no tiene otro sentido. Dios no tiene otro sentido. Entonces, de verdad, ¡qué importa el resto! El día que Ud. celebre la Misa en Auschwitz a pesar de las imprudencias espirituales que puedan comportar unas tomas de posiciones de un Papa en unos debates históricos no conclusos y a pesar de los fanáticos del odio que, sin tardanza, van a explotar la espectacularidad de vuestro gesto, yo uniré desde el fondo de mi exilio lejano mi fervor al vuestro. Soy, Muy Santo Padre, filialmente vuestro.

 León Degrelle

25 de agosto de 2010

NOTA INTERESANTE DEL "PAISANO PERONCHO"

"Cuando sentimos intensamente la injusticia de la propiedad –las manecillas del reloj del tiempo marcan nuevamente esa hora-, se nos ocurren dos medios de vencerla: por un lado, un nuevo reparto equitativo de los bienes, y, por otro, la eliminación de la propiedad y el retorno a la posesión comunitaria. Este último procedimiento es el que preconizan principalmente los socialistas de hoy, que odian por encima de todo a aquel antiguo judío que dijo: “¡No hurtad!”. 
Según ellos, el octavo mandamiento debería, por el contrario, decir: “¡No poseed!”. En la antigüedad se realizaron muchos intentos según la primera fórmula, que tuvieron poca importancia, es verdad, pero que registraron tal cantidad de fracasos, que podemos extraer de ellos una provechosa lección. 
Es muy fácil decir: “¡Lotes de tierra iguales para todos!”, pero ¡cuánta amargura producen las divisiones y los desgarros imprescindibles en ese reparto, y la pérdida de la antigua y venerable propiedad!, ¡cuánta piedad ofendida y sacrificada! Al borrar los límites que separan las tierras, borramos también la moralidad. Y luego, ¡cuánta amargura entre los nuevos propietarios, cuántas envidias, cuánto mirar de reojo! Porque nunca ha habido lotes de tierra exactamente iguales, y si existiesen, el sujeto codicioso de los bienes del vecino no creería en ello. 
Y, ¿cuánto tiempo duraría esta igualdad malsana, envenenada en su raíz? Al cabo de algunas generaciones, un solo lote sería transmitido por herencia a cinco individuos diferentes, mientras que, por el contrario, cinco lotes podrían recaer en un mismo sujeto, por idéntico procedimiento. Y en el caso de que se evitaran estos inconvenientes recurriendo a leyes de herencia muy estrictas, los lotes de tierra seguirían siendo iguales, pero siempre quedarían necesitados y descontentos que sólo poseerían su envidia de los bienes del vecino y el ansia de una revolución social que acabara con todo el sistema. En cambio, si, de acuerdo a la segunda fórmula, tratáramos de hacer que la propiedad fuese común, convirtiendo al individuo en un arrendatario temporal, destruiríamos el cultivo de la tierra, pues el hombre no cuida lo que sólo posee transitoriamente, no se sacrifica a ello, sino que actúa como un explotador, un ladrón o un inútil derrochador. 
Cuando Platón sostenía que la eliminación de la propiedad suprimiría el egoísmo, habría que haberle contestado que, desaparecido éste, no quedaría ni rastro de las virtudes cardinales: del mismo modo cabe afirmar que la peor de las pestes no causaría tanto daño a la humanidad como la desaparición de la vanidad. La melodía básica y utópica de Platón, que siguen cantando los socialistas, desconoce la historia de los sentimientos morales, le falta clarividencia para captar el origen de las buenas cualidades útiles del alma humana. Al igual que toda la antigüedad, Platón creía en el bien y el mal en términos de blanco y negro; es decir, creía en una diferencia radical entre los individuos buenos y los malos, entre las cualidades buenas y las malas. 
Para que en el futuro se tenga más confianza en la propiedad y sea ésta más moral, es preciso recurrir a todos los medios de trabajo que permitan lograr una pequeña fortuna, e impedir el enriquecimiento fácil y repentino: habría que retirar de manos de particulares todas las ramas del transporte y del comercio que favorecen la acumulación de grandes fortunas, y, sobre todo, el tráfico de la moneda, y considerar que, para la seguridad pública, tan peligrosos son los que poseen demasiado como los que no tienen nada."
Federico NIETZSCHE: “El Caminante y su Sombra”, Edit. “Clásicos de Siempre”, Madrid, 1994, Nº 285, págs.. 148/149. (Escrito en 1879).

NOTA E'L PULPERO: cuando golvía e’ los corrales venía pensando q’e hacía rato q’e no ponía nada en la seción Alpargatas Sí. Entonce’j me dije, viá poner lo del compañero Bigotón y la propiedá. Lo termino e’ copiar y agarro el prólogo, y que le’j viá contar q’e se me pararon lo’j pelo’j: el Bigotón pasó a mejor vida el 25 de agosto e’ 1900. Justito hace hoy 110 año’j. Yo en aparecido’j mucho no creo, pero q’e lo’j áy, lo’j áy.
http://www.paisanoalborotador.com.ar/2010/08/la-propieda-privada-por-el-companero.html

P. CASTELLANI SIEMPRE ACTUAL


La moral cristiana se ha desleído y edulcorado en el ambiente común. El Liberalismo lo ha hecho. Las virtudes se han amansado y aneciado. Incluso la palabra “virtud” suena un poco ridícula y ya no significa “fuerza” y “virilidad” como entre los romanos y griegos (“virtus”, “aretée” de vir y de anéer, varón) sino más bien debilidad.
La virtud actual es una cosa para viejas; y en la mujer se reduce a la castidad externa, o sea a la “defensa de su honra”, lo cual no diré que no sea importante. No es todo.
No olvidar que el Liberalismo es una herejía cristiana: pasa por alto el pecado original, cree que el hombre es naturalmente bueno, y por ende no necesita de Sacramentos, ni de la oficina de los Sacramentos, la Iglesia, aunque la religión en sí puede tolerarse; pero todas las religiones son buenas… lo cual equivale a decir, vive Cristo, que todas las religiones son malas.
El Catolicismo Liberal emasculó y ablandó las virtudes católicas: el liberal es muelle. Incluso las falsificó introduciendo una falsa Prudencia – Justicia – Fortaleza – Templanza. Le sigue hablando de… e incluso se sigue alabando al Prudente, al Valiente, al Moderado; pero esas palabras ya no significan lo mismo que en los grandes siglos cristianos, cuando Martín Fierro distinguía tan bien entre la Prudencia y la Astucia, entre la valentía y el matonismo –en que él cayó de joven.

A ningún hombre amenacen
porque naides se acobarda…

puesto que la Fortaleza nunca agrede, nunca “empieza” como dicen los chicos:

El hombre no mate al hombre
ni pelee por fantasía,
tiene en la desgracia mía
un espejo en que mirarse:
saber un hombre guardarse
es la gran sabiduría.

En los “consejos” de Martín Fierro se encuentran las cuatro virtudes cardinales –con más acento la Justicia.

La Prudencia

Veámoslo brevemente: se introdujo una Prudencia remirada, egoísta y cobardona: el “no te metas”, p.e. pero esta Primera de las virtudes, sin la cual ninguna es virtud, es un conocimiento, el conocimiento de lo hacedero y de lo faciendo, de lo agendo, de lo que hay que hacer; y este conocimiento está cimentado en el conocimiento de la Realidad; no es un mero timoratismo, es un conocimiento.
Cuando hacemos una imprudencia, malconocemos lo agendo; cuando malconocemos lo agendo, desconocemos la realidad; cuando desconocemos la realidad, pecamos. El que peca se pone delante como un bien lo que en realidad es un mal; de modo que se puede decir que “el Bien es lo real, el mal es una equivocación” acerca de lo real realísimo, conforme al viejo apotegma de Sócrates d que todo pecado es un error. Si uno dice: “es nada más que un error”, se equivoca; pero si dice “es un error”, dice bien.
La Prudencia pues, siendo “el ojo que encuentra el camino”, no tiene por qué ser ni astucia ni picardía ni sobrecautela ni precaucionismo ni cálculo ni continuo desconfío y avizoro, ni mucho menos cobardía; al contrario, la Prudencia no existe sino junto con su hermana la Fortaleza o Valentía. Al contrario del proverbio italiano de que “soldado que huye sirve para otra vuelta” y del proverbio catalán “de los que dispararan, algunos se salvan”, la Prudencia sabe que en muchos casos lo más imprudente de todo es disparar; y lo más prudente, acometer. Y así Mussolini, que era italiano, dijo una vez que la primera virtud del Gobernante era la Prudencia; pero la segunda, sin la cual la primera no sirve, era la imprudencia; queriendo decir que la prudencia no excluye, antes reclama el brío, la osadía, la valentía, el golpe; en una palabra: la virtud de la Fortaleza.
No olvidemos pues que la Prudencia es la “recta ratio agibilium”, la recta apreciación de lo agendo y agible, o sea, la guía para hacer el bien; y el bien a veces pide lucha, esfuerzo, osadía; el bonum arduum que decían los antiguos, el bien arduo, como lo son todos los bienes grandes, y en realidad de verdad todos los bienes verdaderos.
Yo he recogido en mi vida religiosa demasiada experiencia de la falsa prudencia, que San Pablo llama prudencia según la carne2: la prudencia catalana que consiste en disparar siempre. Tres veces el original de un libro me ha sido devuelto por un religioso editor con las palabras: “es una buena obra; nos gustaría publicarla pero no podemos por prudencia: tenemos miedo”. Palabras textuales de una tarjeta acerca del Evangelio de Jesucristo. La primera vez me dio rabia y dije: “Los Padres del Verbo Divino tienen miedo del Verbo Divino”; pero la segunda vez me consolé diciendo: “Puede ser señal de que es literatura viva y no literatura muerta. Como es viva se mueve; y ellos al ver un „bulto que se menea‟ creen que puede ser un tigre o una víbora; y es un perro guardián, un manso y leal mastín”.
La Prudencia del Liberalismo, la “prudencia según la carne” está aguada; la Justicia del liberalismo está mutilada: es meramente negativa y se reduce a la llamada Justicia Conmutativa; y ésa, no entera ni completa.

La Justicia

La Justicia burguesa se reduce al contrato: do ut des, doyte para que me des: considera un cambio de bienes al modo comercial; yo te doy 10.000 pesos, pero me debes devolver 15.000, o bien otro bien equivalente, o al menos una ilimitada gratitud, alabanzas, favores, servicios o lo que sea. El Liberalismo ha ido tan lejos en esto que ha llegado a definir el Estado y la Nación como un
CONTRATO, el Contrato Social. (Éste es un disparate fenomenal, que no voy a refutar ahora. La Nación no surge de un contrato ni explícito ni implícito entre todos los connacionales –como imaginan Rousseau y también Suárez-, sino que surge de un movimiento natural del hombre, “animal político” que dijo Aristóteles, el cual movimiento requiere la Autoridad, causa eficiente de la sociedad, y por ende el Mando y la Obediencia. Y en ese sentido solo decimos que “la Autoridad viene de Dios”, no inmediatamente, sino a través de la Natura, creada por Dios3).
De modo que el Liberalismo elimina la Justicia Distributiva (del Jefe para los súbditos) y la Justicia Legal (de los súbditos para con el Jefe): y una vez hecho el Contrato Social (elegido el Presidente), los súbditos no tienen más deberes para con él, y él puede hacer lo que se le antoja. Lo único que queda es el “ordo partium ad partes”4, eliminando el “ordo partium ad totum”5 y el “ordo totius ad partes”6, que son las más importantes partes de la Justicia, la cual exige al gobernante que distribuya bien los castigos, premios, trabajos, puestos y privilegios, según los méritos, y que busque y alcance el Bien Común de todos, lo cul le es exigido acérrimamente, es su deber más estricto, o sea, el orden del todo a las partes, o Justicia Distributiva. Y a su vez los súbditos deben al gobernante legítimo respeto, apoyo y obediencia, o sea el orden de las partes al todo, o sea, Justicia Legal; y estos dos órdenes son mucho más transcendentes que el orden de las partes a las partes o Justicia Conmutativa.
Ni este orden siquiera guarda el Liberalismo, pues este orden no se reduce a cumplir los contratos, pagar las dudas y no emitir cheques en blanco, lo cual desde luego debe hacerse. La Justicia cristiana tiene dos partes, negativa y positiva; y la Justicia actual se contrae a una parte de la parte negativa: “no dañes”. Es poco.
La Justicia cristiana está toda ella encerrada en la norma conocida: “No hagas al otro lo que no quisieras te hagan a ti”, que encontramos en boca de Jesucristo, y en la Ley de Moisés, y en el antiquísimo libro chino “Las Analectas de Confucio” traducido por A. Waley. Es negativo: dice “no hagas”, no dice: “Haz a los otros lo que quisieras te hicieran a ti”, porque eso es falso: yo no puedo querer para todos los otros lo que quiero para mí, p.e., que escriban libros o que digan misa, porque cácual es cácual. Yo quiero que se editen mis libros, pero no puedo querer, por ejemplo, que se editen los libros del P.P. o del P.R.R., los cuales sin embargo se editan antes que los míos. Pero eso no es justicia ni positiva ni negativa.
El famoso Proudhon, en su libro La Justicia en la Revolución y en la Iglesia, reprocha a la Iglesia su Justicia puramente negativa, según él, porque estaba rodeado el año 1858 de la Justicia del Capitalismo y el Catolicismo Liberal, y creía ésa era toda la Justicia cristiana. Pedro José Proudhon, el famoso autor de La Propiedad es un Robo (y debajo: “Este libro es propiedad del autor”), fue un anarquista, pero un proletario honrado y de buena fibra; de una ignorancia impresionante. A pesar de haber sido seminarista, ignoraba la parte positiva de la Justicia cristiana, la más esencial. Donoso Cortés lo tiene por un demoníaco. Puede ser. Pero más parece un ignorante, sembrado de “virtudes cristianas que se han vuelto locas”.
Lo positivo de la Justicia cristiana está contenido simplemente en el precepto: “Amarás al prójimo como a ti mismo”7, lo cual es mucho más que decir “no dañarás al prójimo”. Decir “como a ti mismo” es decir que yo soy uno y el prójimo es otro, y después equipararlo conmigo, lo cual es el efecto propio del amor. Eso significa que el prójimo tiene cosas suyas que son distintas de las mías, y no se reducen solamente al dinero, y esas cosas positivamente yo se las debo, no de limosna sino de Justicia: si tiene, hambre, yo le debo una parte de mi pan; si está perseguido, yo le debo mi defensa; si merece un puesto, yo debo dárselo y no excluirlo para ponerme yo; si es ignorante, yo le debo mi saber. Deste modo, la definición pagana de la Justicia: “dar a cada cual lo suyo” (unicuique suum) se amplía por obra del amor maravillosamente. En la Justicia natural, el tener yo saber no me crea ninguna obligación, lo imparto o comparto si quiero; pero en la Justicia cristiana, que considera el saber un don de Dios, nace la obligación de Caridad de trabajar para compartirlo. –Pero entonces es Caridad y no Justicia. –La Justicia en el cristiano está envestida de la Caridad, o sea el Amor, lo mismo que todas las otras virtudes, como veremos. “Dad a los que no os pueden devolver nada”, dijo Jesucristo, “ni siquiera gratitud”8. Nace el Buen Samaritano. El buen samaritano da compasión, ayuda, dinero, tiempo y cuidado a un desconocido que topa y que es, religiosamente, su enemigo. “Bien, ése es tu prójimo”, dice Jesucristo9.
En suma, la Justicia cristiana consiste en reconocer al otro como persona, no como algo mío, sino como EL EN SÍ, munido de toda clase de derechos; y entonces volverme dese modo “deudor de todo el mundo”, como decía San Pablo de sí mismo10. Lejísimos de la ruin Justicia burguesa, comercial y liberal, que tiene como máxima alabanza: “Yo no debo nada a nadie: este hombre no debe nada a nadie”. La alabanza verdadera es: “Yo me debo a todos”.
El efecto de la Justicia es conservar el orden en las relaciones humanas; y ese orden después de Jesucristo no se puede conservar sino por el amor, digamos por una exageración del despego de sí mismo, para lo cual es necesaria la Fortaleza.

La Fortaleza

"Todo el mérito de la Fortaleza viene de la Justicia" -dice Santo Tomás. Fortaleza significa simplemente Valentía y se define: "la aptitud para acometer peligros y soportar dolores". De Luis XVI de Francia escribió Hipólito Taine: "Tenía todas las virtudes de un cristiano, pero no las de un Rey". Se equivocaba grandemente: la Fortaleza, que le faltó a Luis XVI (aunque no en el momento de su muerte santa), es estrictamente una virtud del cristiano, aunque no del cristiano liberal. La cobardía puede ser pecado mortal y Jesucristo tenía verdadera inquina a la cobardía. En el Apokalypsis San Juan enumera una cantidad de condenados al fuego, y entre ellos pone "los mentirosos y cobardes"11, que faltan a la Justicia y a la Fortaleza.
La falsificación liberal de la Fortaleza consiste en admirar el coraje en sí, con prescindencia de su uso, o sea, prescindiendo de la Prudencia y la Justicia.
Pero el coraje aplicado al mal no es virtud, es una calamidad, es "la palanca del Diablo" dice Santo Tomás.
El coraje en sí puede ser una cualidad natural, una especie de furor temperamental, una ceguera para ver el peligro, o una estolidez en soportar males que no se deben soportar. Entre nosotros, por ejemplo, es usual admirar y encarecer a Sarmiento porque era corajudo. Está bien, pero falta ver todavía si aplicó ese coraje, que le venía simplemente de haber nacido sanjuanino, a una buena causa o a una mala causa, como por ejemplo, la exaltación soberbia de sí mismo; si la aplicó a buenas causas lo nombraremos prócer. En un discurso para la inauguración de un busto de Rosas en Sáenz Peña (Chaco) Marianito Grondona dijo que estaba dispuesto a reconocer a Rosas como un héroe si los rosistas reconocían a Sarmiento como un héroe, aunque no con estas palabras. Dijo literalmente: “Debemos venerar y honrar a todos nuestros próceres, porque somos una nación joven, que no tiene muchos, prescindiendo de sus defectos, de sus fallas y hasta de sus crímenes”, dijo el orador. Un momento: un héroe que hace crímenes no es héroe; y nosotros no podemos prescindir de sus crímenes. Mejor es que caigan Rosas y Sarmiento, antes que amontonarlos a los dos en una coyunda común. Ninguno de los dos fue prócer, en todo caso, Marianito.
Lavalle era un prócer y mató a Dorrego; pero Dorrego también es un prócer y los dos tienen su estatua en la misma calle a 300 metros de distancia. En la realidad estuvieron tan distantes como la Muerte y la Vida; pero ahora están juntitos “en el abrazo luminoso de la inmortalidad” que dice Marianito Grondona. Creo (y corríjanme si me engaño) que Lavalle no tuvo más virtud de Fortaleza que el coraje para pelear en la guerra, fue un “buen sable”, la virtud del tigre y del toro, no la virtud del cristiano, incluso tomando “cristiano” en el sentido criollo de humano, de hombre racional. Fue un poco bobo.
La Fortaleza no excluye el miedo, solamente lo domina; al contrario ella está fundamentada en un miedo, en el miedo profundo del mal definitivo, de perder mi propia razón de ser. La Fortaleza se basa en que el hombre es vulnerable, el ángel no puede tener Fortaleza porque no puede recibir heridas. La Fortaleza consiste en ser capaz de exponerse a las heridas y a la muerte (el martirio, supremo acto de la virtud de Fortaleza) antes de soportar ciertas cosas, de tragar ciertas cosas y de hacer ciertas cosas. No existiría la Fortaleza o Valentía si no existiera el miedo:

“el miedo es natural en el prudente,
y el saberlo vencer es ser valiente”,

y tampoco si no existiera la vulnerabilidad. ¡Qué palabra más fea!
(PARÉNTESIS acerca de nuestra lengua. Hemos perdido el latín “vulnus”, que significa “herida”, y tenemos “vulnerable” y “vulnerabilidad”, palabra sexquipedal. El castellano perdió muchísimas de las palabras raíces, el sustantivo o el verbo corto y simple, y conservó los derivados, a veces larguísimos y para la mayoría incomprensibles; sobre todo en países donde no se estudia el latín en las escuelas. ¿Países, dije? País hay uno solo, la Argentina: hasta los rusos estudian ahora latín; así que nuestra lengua en nuestras bocas se va derruyendo. La gente usa las palabras a bulto, sin comprenderlas exactamente, incluso los periodistas, los locutores ¡y los políticos! No digamos “totalitarismo”, por ejemplo: no es palabra castellana, es un barbarismo. “Totalismo” sería, en todo caso; “tota-lita-rismo” es casi impronunciable, y el vulgo cree que es el nombre de dos bailarinas. Dicen “irrefragable” queriendo significar “inevitable”: irrefragable significa “lo que no se puede votar en contra”, viene de “suffragari”, votar a favor (sufragio), y “refragari”, votar en contra (“refragio” deberíamos tener). Irrefragable es algo que no se puede negar ni rechazar ni objetar ni siquiera discutir; y así “opinión irrefragable” está bien, pero “acontecimiento irrefragable”, como dice Bernardo Vogelman, está pésimo. Y así “indeleble” lo he visto usado por “inolvidable”; “indeleble” es lo que no se puede borrar; pero el colmo es “latente”: los cagatintas creen que viene del verbo latir y lo usan en el sentido de palpitante; y viene del verbo later, que se perdió, y significa “estar escondido”. No es lo mismo. –Y esto ¿qué tiene que ver con la virtud de la Fortaleza? –La Fortaleza que se necesita para escuchar “Radio” y leer los diarios).
La virtud de la Valentía no supone no tener miedo; al revés, supone un supremo miedo al último y definitivo mal, y el miedo menor a los males de esta vida captados en su realidad real; de acuerdo a la palabra de Cristo: “No temáis tanto a los que pueden quitar la vida del cuerpo; temed más al que puede cuerpo y alma condenar para siempre”12. No dice: “No temáis nada”, porque eso es imposible: el prudente naturalmente teme los males naturales captados en su realidad real, no en imaginaciones… Dice Cristo: “temed menos”; y en caso de conflicto que el temor mayor venza al menor, impidiéndonos “perder el alma”, aun a costa de perder la vida.
De ahí que los dos actos precipuos de la Fortaleza son acometer y aguantar; y este último es el principal; dice Santo Tomás inesperadamente. ¿Cómo? ¿No es mejor siempre la ofensiva que la defensiva, la actividad que la pasividad? Santo Tomás parece apocado, parece aconsejar agacharse y aguantar más bien que atacar; y el mundo siempre ha tenido el ataque por más valeroso que el simple aguante.
Santo Tomás tiene por más a la Paciencia que al Arrojo; pero no excluye el Arrojo cuando es posible, al contrario; con otra proposición paradojal dice que la Ira trabaja con la Fortaleza y hace parte de ella.
¡Oh argentinos, que no sois capaces de airaros y os refugiáis en la pasividad resentida! No sois fuertes, ni sois tan siquiera pacientes.
En la condición actual del mundo, en que la estupidez y la maldad tienen mucha fuerza, hay muchos casos en que no hay chance de lucha; y aun para luchar bien se necesita como precondición la paciencia; y a veces el sacrificio. “He aquí que os envío como corderos en medio de lobos”13. El acto supremo de la virtud de la Fortaleza es el martirio, pero la Iglesia ha llamado siempre al martirio “triunfo” y no derrota.
La Ira reta arroja al hombre recto al ataque, o al menos lo mantiene en su puesto: “airaos sin pecar” dice San Pablo14, de lo cual el dio grandes ejemplos, o sea, indignaos ante el Mal sin frenesí ni desorden. El hombre que no puede indignarse no es hombre, ni tampoco mujer: es un cuitadillo. La recta indignación es el permanente motor del paladín: ella presta y aumenta las fuerzas. La Ira desordenada es uno de los pecados capitales; pero la Ira de suyo es una pasión natural, que como todas ellas puede ser o buena o mala según sea o no gobernada por la razón. Me gustaría verlo a Illia iracundo algún día.
Existe un concepto vulgar de que la virtud consiste en la ausencia de pasiones y la santidad en la eliminación de las pasiones: es erradísimo. Las pasiones son las fuerzas naturales del hombre, sin las cuales no podemos hacer nada grande –ni chico, no podemos caminar: “los afectos son los pies del alma”, dice San Agustín. El burgués se disgusta ante cualquier apasionamiento, le parece que se quiebra la corrección o la buena educación: “¡Vamos, paz, paz, querido: no te atufes: despacio, despacio!”. Esta virtud pacata que consistiría en la eliminación de las pasiones es el falso concepto de los estoicos antiguos, de los modernos liberales, y de la religión y cosmovisión budista: un Schopenhauer, por ejemplo; pero eso no es virtud, será corrección a lo más, y a lo menos es debilidad, insensibilidad y apatía. Para que triunfen los malos en el mundo, basta que los buenos no hagan nada. Por eso en la Argentina los malos gobiernos se ponen a gritar: “¡Paz, tranquilidad, reencuentro de todos los argentinos buenos y malos!” Pero eso, la mescolanza del bien y del mal en la falsa tranquilidad burguesa, ése es el reencuentro en la ignominia –y no en la Paciencia.
“Ten cuidado con el hombre paciente: es peligroso” –dijo uno. ¿Por qué? Porque espera su momento. La paciencia consiste formalmente en no dejarse derrotar por las heridas, o sea, no caer en tristeza desordenada que me abata el corazón y perturbe el pensamiento; hasta hacerme abandonar la Prudencia, abandonar el bien o adherir al mal; y en eso se ejerce una actividad enorme. “Soportar es más fuerte que atacar”; y por eso las mujeres tienen muchas veces más fortaleza que los varones: y por eso una buena mujer que ha soportado toda la vida a un mal marido ha hecho quizá una hazaña mayor que si le hubiera dado un garrotazo; aunque esto también puede servir a veces.
Otra vez volvemos los ojos al error moderno y plebeyo; considerar la paciencia como la actitud lacrimosa y pasiva del “corazón destrozado”, que dicen. Al contrario, la paciencia consiste en no dejarse destrozar el corazón, no permitir al Mal invadir mi interior. Por tanto en el fondo se basa en la convicción o en la fe en mi última “invulnerablez”, en mi inmunidad definitiva. Pase lo que pase, al fin yo voy a vencer, cree el cristiano; y hasta el fin nadie es dichoso. Aunque sea a través de la muerte, si es inevitable; pero si no es inevitable, no. Como dijo Don Pío Ducadelia al morir:

Oíd, mi Padre Confesor
y parentela entera:
si hay que morir, yo muero por…
fuerza, no porque quiera.

De donde se ve que la Paciencia pisa y pende de la virtud de la Esperanza sobrenatural, lo mismo que la Fortaleza, y no del apocamiento y la debilidad.

Sufra y aguante,
tenga paciencia,
que con paciencia
se gana el cielo,

dice el tango: pero la paciencia no consiste en el sufrir sino en el vencer el sufrimiento: “eso no lo sufro yo” –dijo el Valeroso. Sufrir y aguantar no es lo mismo: aguantar es activo, y es pariente de “aguardar” y “aguaitar”.
Con razón dice el filósofo Pieper que la Fortaleza o Valentía atraviesa los tres órdenes humanos, el Pre-orden, el Orden, y el Super-orden, y está integrada en ellos. El Pre-orden en este caso es el coraje natural, el instinto de agresión en
el varón sobre todo, y de resistencia en la mujer sobre todo, que lo poseen lo mismo el ser humano que el león o el mastín, y depende mucho del cuerpo, temperamento y temple; el Orden es el coraje ordenado por la razón y devenido valentía o valor; y el Super-orden es la virtud moral de la Fortaleza, pendiente de la virtud supernatural de la Esperanza, la cual informa a los otros dos órdenes y los robustece o se los incorpora; de tal modo que puede darse un hombre tímido, cansado, entristecido y castrado de lo natural, que haga grandes fortalezas en virtud de su virtud sobrenatural –como se ha visto en débiles mujeres y enfermas, de llapa –como aquella santa que estaba embarazada y era una esclava- en el tiempo de los triunfos de los mártires.
Una ilustración de todo esto puede ser una novela policial del irlandés yanqui Day Keene (no sé si es varón o mujer) llamada Naked Fury (Desnuda Furia), que leí poco ha en alemán, donde ninguna mención se hace de la Virtud ni de la Religión, pero en sí misma es de inspiración católica. No es una policíaca yanqui en puridad, sino una tragedia shekspiriana y sofoclea a la vez. El héroe es una Magnánimo, un caudillo político de una pequeña ciudad yanqui, que hace bien a todos y por ende es seguido de todos; cuya suprema aspiración de su vida, por la cual lucha y se sacrifica, es ver al suburbio miserable, hediondo y malsano donde nació, saneado y convertido en un barrio humano y decente por medio de elecciones y electoralismo –democracia.
Es el Magnánimo de Aristóteles, que tiene que enfrentar a la política corrompida y criminosa, es engañado por ella, cae en una trampa, está a punto de claudicar; y de repente es poseído de un sacro furor a una palabra de su mujer: “Pero él todavía tiene corazón”; y con la fuerza de la ira recta, mata y muere, a la vez fiscal y verdugo; pero vence al morir.
No es un santo, es un pecador, pero tiene el magno ánimo o señorío, que es una gran virtud natural o mejor dicho es la tierra de todas las virtudes. Está juntado con una pobre mujer, que es tan magnánima como él o más, con la cual propone casarse y retirarse a vivir tranquilo, una vez acabado su combate, al cual sacrifica todo; y cae al final en un delito de adulterio, del cual abomina al instante, pero cae con la atenuante de una tentación tremenda. Por tanto, es un hombre humano y defectuoso, no es un estoico ni un superhombre, pero es un hombre, como dice un periodista al final, en presencia de su cadáver y de su mujer: “No fue un santo; ya ha sido juzgado de sus yerros en otra parte; pero fue un hombre; y amaba a los hombres”. Y a la mujer le dice: “No llores” –y ella contesta: “No lloro”.
Es una obra de arte perfecta, como nos dan de vez en cuando los yanquis, que constituye como una ilustración pagana (digamos) de la virtud de la Fortaleza y las otras virtudes cristianas.

La Templanza

A la Fortaleza sigue la más chica de las virtudes cardinales, la Templanza o Temple (propongo se denomine a las virtudes cardinales Discriminación, Ecuanimidad, Valentía y Temple), la más pequeña pero la más urgente y cotidiana: la más pequeña porque dice respecto a sí mismo y no en relación con los demás, es individual y no comunitaria; pero su falta estropea o debilita todas las otras virtudes, hasta hacerlas desaparecer a veces. La Lujuria, por ejemplo, produce imprudencia, injusticia y cobardía –estropea las otras virtudes.
La Templanza, para el burgués, consiste en no hacer excesos peligrosos, evitar el escándalo y, si acaso, no ser casto pero ser cauto: usar el “preservativo”; en suma: “ser moderados en todo”, como dicen, dando a “moderado” el sentido de “mediocre”. O sea, la Templanza burguesa se vuelve puramente negativa, como la Prudencia burguesa, la Justicia burguesa y la Fortaleza burguesa. Pero la Templanza es una virtud positiva, consiste en el recto uso de los placeres y también, por supuesto, en la recta exclusión de algunos placeres; tanto es así que entre las ramas de la Templanza existe una virtud poco conocida hoy día que los griegos llamaban “eutrapelia”: la virtud de “saberse divertir”, el arte de divertirse bien, es decir, mucho. Esto no es una broma o una ocurrencia, Santo Tomás diserta muy sabiamente acerca de la eutrapelia, que creo que para él consistía principalmente en leer libros y dar clases; y para mí consiste en escribir novelas que es mucho más divertido que leerlas. Leer novelas, aunque sean novelones, es un deleite lícito y humano; contra la opinión del P. Luis Martín, General S.J., que las llama “fábulas estúpidas y lascivas”.

“Yo he dado en Don Quijote pasatiempo
al pecho melancólico y mohíno
en cualquiera lugar y en todo tiempo…”,

porque la Templanza, así como comprende la abstinencia, la continencia y la renuencia, también comprende la eutrapelia, la afabilidad, la sociabilidad, la gracia en el hablar, el viajar, el cantar (pero cantar bien), el nadar, el domar potros (aunque esto tiene algo de la Fortaleza), el gusto artístico, el huir de los necios, el no comprar diarios y… la buena cocina. La mala cocina es un pecado contra la Templanza.
-¡Cómo que m´hi divertío anoche! –dijo el salteño. -¿Y qué hiciste? –Comí arroz con leche.
La Templanza es católica, la moderación es protestante. Si la Templanza consistiese en la mera corrección externa del burgués, entonces los puritanos serían prodigios de virtud; y el Puritanismo, que rechaza todos los placeres o se avergüenza de los inevitables o indispensables, condena el teatro, la pintura y todas las bellas artes y se pasa la vida oprimiendo a sus hijos y a sus prójimos, no es virtud sino vicio: es el fanatismo de la negatividad. Esos dos grandes escritores ingleses, Chesterton y Belloc se pasaron la vida alardeando de su afición a la cerveza y su afición al vino respectivamente; y sus adversarios los tachaban de bohemios, viciosos y borrachos; y en realidad era el gusto de reírsele en la cara al Puritanismo inglés; y creo que hicieron más apología cristiana con sus vidas alegres que con todos sus libros de Apologética. Belloc escribió un largo poema al vino, “The Wine”, que es una de las cumbres de la poesía inglesa, tan rica hoy día; donde junto con el vino anda el viajar, el dirigir un velero, el hacer bromas, el hacer versos, el cenar con los amigos, el corregir los deberes de los hijos, pelearse con la mujer, polemizar con los protestantes –toda la eutrapelia, podía llamarse en vez de “The Wine”, “The Eutrapely”- para acabar con la buena muerte y el Santísimo Sacramento. Al pobre Belloc le vino por permisión de Dios un diluvio de desgracias al fin de la vida y tuvo que ejercitar la paciencia mucho más que la eutrapelia; pero sus cincuenta o sesenta años de eutrapelia no se los quita nadie. San Hilario Belloc: Hilario significa alegre, de donde viene “hilaridad”; y es otra de las palabras latinas que hemos perdido, hílaro, alegre.

Conclusión

En suma, el Liberalismo corrompió las virtudes cardinales naturalizándolas (puesto que el Liberalismo es Naturalismo religioso) y mutilándolas (puesto que el Liberalismo es falta de grandeza, es la idiosincrasia del comerciante); y en consecuencia suprimió las virtudes teologales, la Fe, la Esperanza y la Caridad.
La virtud es lo más allá que un hombre puede ser; el ensanchamiento, la plenitud del ser humano en cuanto humano; pero Cristo añadió otra plenitud, la plenitud del ser humano en cuanto sobrehumano, o sea elevado al orden sobrenatural. Desto, más adelante, si Dios quiere.

1 Extraído de “Castellani por Castellani”, pp. 330-342, BAJO EXPRESO PERMISO DEL POSEEDOR DE LOS DERECHOS DE AUTOR.
2 Romanos 8, 6.
3 Sobre esto, ver La Autoridad y sus Funciones, p. 82. [sic en el original en papel]
4 El orden de las partes a las partes.
5 El orden de las partes al todo.
6 El orden del todo a las partes.
7 Mateo 22, 39; Lucas 10, 27.
8 Lucas 6, 35.
9 Lucas 10, 29-37.
10 Romanos 1, 14.
11 21, 8.
12 Lucas 12, 5.
13 Mateo 10, 16.
14 Efesios 4, 26.