25 de marzo de 2012

LAS FALACIAS DE ALBERTO BANEGAS LYNCH (h) SOBRE ROSAS

 El economista liberal Alberto Banegas Lynch (h) escribió un articulo titulado “Juan Manuel de Rosas: perfil de un tirano”; que se publicó el 9 de febrero del 2012, en el blog del Centro Para la Prosperidad Global ersonname> “The Independent Institute”, y en otros sitios de Internet como “libertadyprogresonline.org”.


La nota, de entrada nomás, se despacha con los típicos insultos a la figura del ilustre Caudillo. Con la misma mesura y honestidad de los unitarios del siglo XIX, Lynch considera a Rosas un tirano y un imitador de Caligula. A partir de semejante introito uno se da cuenta que nada serio y objetivo podrá encontrar en ese texto; no obstante ello, y desafiando lo aconsejable para estos casos, nos adentramos en su lectura.
¿Y que es lo que encontramos a continuación? Una trascripción de los argumentos en contra de Rosas que escribió el historiador Isidoro Ruiz Moreno en el diario La Nación del 8 de noviembre de 1999, y que fueron oportuna y prolijamente refutados por el Instituto Juan Manuel de Rosas, en su Revista Nº 57 de octubre/diciembre de 1999.
En aquella nota Ruiz Moreno decía que Rosas “se declaró enemigo de la gesta independentista de 1810 tal como él mismo lo especificó posteriormente en un discurso el 25 de mayo de 1837”.
Pues bien, si uno lee aquel famoso discurso del Restaurador, no tiene la menor duda de que este historiador liberal hace una pésima interpretación del mismo. A decir verdad hay que tener mala fe para encontrar allí una oposición a la gesta independentista; por el contrario, esta clarísimo que Rosas apoyó y reivindicó el Mayo que se desenvolvió fiel a nuestra tradición histórica, y que solo repudió al Mayo masónico y jacobino de los liberales.
Así mismo afirma que “cuando se produjeron las invasiones inglesas, Rosas se retiró a su estancia”. Esto de ser cierto no seria para nada condenable, atento a que por entonces don Juan Manuel era casi un niño; sin embargo es bien sabido, y esta perfectamente documentado, que no obstante su edad combatió en aquellas gloriosas jornadas, y lo hizo con bravura (ver: carta de Liniers a los padres de Rosas y lo dicho por Saldias).
Por otro lado, también le reclama a Rosas que “inició una guerra no declarada con Bolivia que descuidó de tal manera que se perdió Tarija”.  Otra extravagancia. ¿De donde tanta preocupación de un liberal por la perdida de territorios cuando sus principales ideólogos no se cansaron de predicar que el mal que aqueja a la argentina es la extensión, y en virtud de ello perdimos el Alto Peru, Paraguay, la Banda Oriental, las Misiones Orientales, el Estrecho de Magallanes, etc.?
Lo de la guerra con Bolivia se debió a que el dictador boliviano apoyaba a los unitarios de Salta y Tucumán, y pretendía además incorporar estas provincias a sus dominios. Por cierto que hay también ciertas razones de “pesos”, que extraña que los liberales las soslayen siendo que son tan afectos a las cuestiones crematísticas y desprecian como de un anacrónico nacionalismo todas aquellas que tengan que ver con la Unidad Nacional, la Soberanía y el Honor Nacional; nos referimos aquí a los perjuicios económicos que sufría nuestro país por culpa del gobierno de Santa Cruz, que gravaba con un impuesto del 40% las mercaderías destinadas a ultramar introducidas a Bolivia desde las provincias argentinas. (Ver por ejemplo carta de Heredia a Rosas del 21/01/1837).
Mas adelante, Ruiz Moreno nos recuerda que Rosas “en 1838 propuso ceder las Malvinas a los acreedores ingleses”. Viejo lugar común de la historia oficial explicado mil veces.
En realidad existen solo dos borradores confidenciales (que estrictamente hablando no tienen mucho valor como documentos pues no cumplen con los requisitos que exige la critica externa e interna) en los que se habla de indemnización y transacción respecto a las islas. Se trataría en todo caso de un proyecto de propuesta que no llegó a concretarse y que tenía como finalidad hacer reconocer a los ingleses que no eran propietarios de las Islas, pues eventualmente estarían dispuestos a comprarlas. Pensar de otra forma es creer que quien constantemente defendió nuestra soberanía en otras ocasiones, en esto actuaría en forma diferente. Solo el odio a Rosas puede mover a eso.
Luego Ruiz Moreno toca el tema del bloqueo francés, y aquí nos muestra todo su patriotismo. Al igual que sus antepasados ideológicos se pone de lado de Francia, y dice que Rosas lo estimuló “para desviar la atención de los problemas internos”. La verdad de los hechos es que Francia buscaba hace tiempo una excusa para intervenir (Manuel Belgrano desde Londres ya lo advertía en 1833); por eso los agresores presentaron una nota inaceptable reclamando la libertad de unos franchutes delincuentes comunes, la destitución de quienes los arrestaron, la baja de dos milicianos franceses, y el trato de nación mas favorecida. Una insignificancia, al parecer, para el académico de marras; quien además nos informa que en “el tratado Makau-Arana se aceptaron los reclamos franceses”; aunque parece que los franceses y los unitarios no se enteraron de ello, ya que hasta el mismísimo Florencio Varela dijo: “Bochornoso es comparar el ultimátum de la Francia del 23 de septiembre de 1838 con lo que se ha conseguido”… “En una palabra, lo único que se ha conseguido es el reconocimiento de un principio que no hay que registrar en un tratado, porque el que perjudica a otro le debe indemnización”. Ironías aparte, no hay dudas que un historiador tiene que ser muy miope como para no ver todo lo que la Confederación Argentina obtuvo en ese Tratado. Claro que el animus injuriandi lo puede todo.
Así pues, Ruiz Moreno prosigue con su retahíla de falacias y a continuación  recurre al ya polvoriento reproche según el cual “Rosas firma el Pacto Federal por el que se comprometió a convocar a un Congreso Constituyente, lo cual nunca cumplió”. Bueno, habría que notificarle a este hombre que el Pacto Federal no habla para nada de un Congreso Constituyente, solo de una Comisión Representativa, e invita a las provincias a reunirse cuando esten en “plena libertad y tranquilidad”.
Por fin termina sus dichos con la cantinela de que Rosas  “gobernó al país bajo un régimen de terror, en un sistema unitario centralizado y que nunca visitó el interior del país, salvo una vez a Santa Fe”. ¿Que documentación aporta?, ninguna, solo sus propias palabras. Y ya sabemos que lo que gratuitamente se afirma, gratuitamente se niega.
A todo esto Banegas Lynch, para rematar su libelo, nos deja una truculenta serie de citas injuriantes al Restaurador proferidas por personajes como Mitre, Echeverria, Sarmiento y Levene; como si tuvieran algún valor probatorio los dichos sin fundamento de sus mas acérrimos enemigos; los cuales además fueron los responsables de la falsificación de nuestra historia. Hacer eso es querer probar una mentira citando a la propia mentira.
Inclusive mete en esa misma bolsa putrefacta al general San Martin citando una supuesta carta a Gregorio Gomez del 21 de septiembre de 1839 en la que este desaprueba cierta actitud persecutoria de Rosas respecto de algunas personas de las cuales el Libertador tenia buen concepto; carta que tal como ha sido probado por el historiador Eros Nicola Siri es apócrifa, y que además aunque no lo fuera, esta totalmente descontextualizada.
Si se quiere saber realmente lo que pensaba San Martín de Rosas, hay numerosos documentos al alcance.  En ellos se puede constatar que el Libertador aprobaba “con placer” el gobierno “firme” de Rosas (carta a Tomas Guido del 6 de abril de 1830), y consideraban que no había otra forma de “cortar los males que por tanto tiempo han afligido a nuestra desgraciada tierra, que el establecimiento de un gobierno fuerte, o más claro, absoluto, que enseñase a nuestros compatriotas a obedecer” (carta a Guido del 17 de diciembre de 1835).
En esas cartas que la historia oficial trató de ocultar esta clarísimo no solo que el Libertador apoyaba la obra de Rosas sino que condenaba a los unitarios que se unían a las potencias extranjeras. En efecto en una carta del 10 de junio de 1839 decía: “lo que no puedo concebir es el que haya americanos que por un indigno espíritu de partido se unan al extranjero para humillar a su Patria… una tal felonía ni el sepulcro la puede hacer desaparecer”. En otra, del 2 de noviembre de 1848, se alegraba por los triunfos del Restaurador diciéndole: “a pesar de la distancia que me separa de nuestra Patria, usted me hará justicia de creer que sus triunfos son un gran consuelo pa mi achacosa vejez”.
Están también –obviamente- las cartas en las que San Martín apoya la forma en que Rosas defendió nuestra soberanía. En ellas además se puede ver la confianza que tenia en el Restaurador. En una decía por ejemplo: “yo estoy tranquilo en cuanto a las exigencias injustas que puedan tener estos gabinetes, por que todas ellas se estrellaran contra la firmeza de nuestro don Juan Manuel” (carta a Guido del 27 de diciembre de 1847).
Y tenemos sobretodo el Testamento del Libertador; en el cual dispone que: “El sable que me ha acompañado en toda la Guerra de la independencia de la América del Sud, le será entregado al General de la República Argentina Don Juan Manuel de Rosas, como prueba de satisfacción que como argentino he tenido al ver la firmeza con que ha sostenido, el honor de la República contra las injustas pretensiones de los extranjeros que tratan de humillarla”. Este acto jurídico de gran trascendencia aventa cualquier duda al respecto y constituye el mayor halago y tributo que argentino alguno pueda haber recibido.
Y una cosa más. San Martín al final de su vida le dirá a Rosas lo siguiente: “...como argentino me llena de un verdadero orgullo al ver la prosperidad, la paz interior, el orden y el honor, restablecidos en nuestra querida patria: y todos esos progresos efectuados en medio de circunstancias tan difíciles en que pocos estados se habrán hallado. Por tantos bienes realizados, yo felicito a Ud. Sinceramente… Que goce Ud. de salud completa y que al terminar su vida pública sea colmado del justo reconocimiento de todo argentino. Son los votos que hace y hará siempre a favor de Ud. éste su apasionado amigo y compatriota que besa sus manos” (6 de mayo de 1850).
Que sigan pues los liberales con sus injurias, falacias, y ocultamientos. Nosotros en tanto seguiremos cumpliendo los deseos postreros del general don José de San Martín: colmando a don Juan Manuel del “justo reconocimiento” que se merece.
                                                                     Dr. Edgardo Atilio Moreno

3 de enero de 2012

LA CULTURA SINDICAL



 Jaime Maria de Mahieu (1967) "Proletariado y Cultura"

14. EL SINDICATO, MARCO SOCIAL DEL PRODUCTOR
Precisemos bien que no se trata solamente de crear organismos que pongan a la disposición de los pro­ductores los medios de cultura imprescindibles. Te­nemos la experiencia de las escuelas nocturnas y de las "universidades populares", que cumplen una obra de gran utilidad pero no alcanzan sino a una peque­ña minoria de trabajadores manuales, puesto que precisamente la condición obrera hace que la masa no experimente ningún deseo de salir de su "barba­rie" salvo para aburguesarse, y ya vimos de qué la­mentable manera. También tenemos la experiencia de las "Casas de la Cultura" que el Frente Popular abrió en todas las ciudades de Francia y que se con­virtieron rápidamente en escuelas de formación po­litica, o en meros centros de recreo.
La solución del problema no reside, por lo tanto, en la superposición artificial a los marcos naturales en que el obrero vive y trabaja de instituciones "es­pecializadas en cultura", sino .en la organización, con vistas a la acción cultural, de un marco preexistente de un marco que proceda directamente del oficio. La fábrica, ya lo hemos dicho, no sirve en razón de su estructura capitalista. El suburbio, que agrupa territorialmente a los productores, tampoco resulta adecuado, puesto que sabemos que más se parece al campo de concentración que al común medieval o al barrio de artesanos de las ciudades de antes y ejerce una presión nefasta sobre sus habitantes. Queda el sindicato.
No nos corresponde describir en estas páginas (') la larga lucha mediante la cual los productores logra­ron reconstituir, en una forma y con un espíritu nuevos, las corporaciones de oficio disueltas por la burguesía triunfante. Forma nueva, puesto que los sindicatos agrupan a asalariados, vale decir, se mol­dean sobre la realidad económica del sistema capi­talista; espíritu nuevo, puesto que se trata para ellos, ya no de establecer justas relaciones entre los pro­ductores ni de organizar la producción con vistas al bien común, sino de destruir las relaciones inacep­tables que la burguesia ha instaurado entre produc­tores Y dueños de los medios de producción. Orga­nismos de clase porque la división de la Comunidad en clases es la consecuencia de la estructura capita­lista, los sindicatos se alzan como un ej ército en guerra en contra de los explotadores del proletaria­do y buscan imponer su voluntad de revolución so­cial al mismo tiempo que combaten por el mejoramiento material de la suerte de los trabajadores manuales.
El hecho de que la mayor parte de las organiza­ciones obreras se hayan "podrido" en el curso de los últimos decenios bajo el efecto de las doctrinas re­formistas convirtiéndose demasiado a menudo en meras "oficinas de compra-venta de trabajo" inte­gradas en el sistema capitalista, no impide que su existencia siga siendo imprescindible para el obre­ro, que rápidamente se encontraría sin ellas en la si­tuación económica que era la suya a mediados del siglo pasado. El sindicato ya casi no desempeña, en los paises liberales, sino un papel utiliario, pero está presente en cada momento de la vída del productor. Constituye, pues, para este último, un marco nece­sario en el cual toma su lugar en función del oficio que ejerce, puesto que la organización piramidal de todas las confederaciones obreras se funda sea en la profesión propiamente dicha, sea en la empresa. Res­ponde, por lo tanto, perfectamente a las condiciones que planteamos más arriba.
Los Estados liberados de la "ocupación" capitalis­ta -liberal o soviética- han sabido, en regímenes tan diferentes como fuera posible, dar un signifi­cado político al sindicalismo, vale decir, hacerle su­perar, en el sentido del interés comunitario, el ma­terialismo económico en que habia caido. El sindi­cato, por consiguiente, no está cerrado por natura­!eza, sino sólo por oportunismo más o menos bien entendido, a toda aspiración superior. ¿ Por qué no sería posible insuflarle un espíritu de proselitismo cultural?
(1) cr. Mahieu: Evolución 11 porvenir del sindicalismo.
Ed. Arayú, Buenos Aires, 1954.



15. E.L PASADO CULTURAL DEL SINDICALISMO
Eso es tanto más factible cuanto que no sería, por parte del sindicalismo, sino una vuelta a su gran época de antes del reformismo. Se lo desconoce generalmente: los sindicatos revolucionarios dieron a la élite proletaria de varias generaciones una pro­funda cultura cuyos efectos todavía se pueden no­tar en algunos viejos militantes. No una cultura literaria ni artística, por supuesto: comprometido por entero en la lucha social, el productor manual de hace cincuenta años no tenía ni los medios ni la voluntad de adquirirla. Pero si una cultura que no nos parece excesivo calificar de militar, en el sentido más noble del término.
El sindicalista revolucionario era un soldado. N o pensaba sino en la victoria que lo liberara de la opre­sión burguesa. y sabia que, para vencer, no bas­taba lanzarse a la calle en los días de huelga, sino que era preciso darse la formación del soldado de nuevo tipo que era el combatiente de la guerra de clases. ¿Dónde encontrar tal indispensable forma­ción? En el ejército sindicalista que integraba. For­mación empírica, sin duda, puesto que no era dada en escuelas sino en la práctica misma de la lucha, pero formación poderosa que moldeaba al hombre Y le hacía dar el máximo de sus posibilidades.
La estrategia Y la táctica revolucionarias se fundían en una unidad funcional con la doctrina. El sindicalista revolucionario conocía a sus autores. Pero sobre todo vivía su pensamiento Y trataba de incorporarlo a la historia. Su cultura intelectual se apoyaba, por lo tanto, en la realidad tangible de su actividad cotidiana. Pero la guerra de clases forja­ba al combatiente proletario sobre todo en el orden moral y Jorge Sorel pudo escribir, sin caer en ridículo, que resucitaba en una forma nueva al héroe aqueo cantado por Homero. Enseñaba al obrero he­roísmo y desprendimiento, solidaridad y violencia, sentido del honor, del deber y de la libertad. Le in­culcaba el espíritu de disciplina y el espíritu de man­do. Lo libraba de su complejo de inferioridad y des­arrollaba su voluntad de poderío. Del sub-esclavo que era el proletario hacía un hombre, en la plena acep­ción del término. Más todavía: un señor. Frente al burgués empantanado en su mercantilismo, el produc­tor manual, a pesar de su condición miserable, apa­recía como un amo, en el sentido nietzscheano de la palabra, porque tenía la moral y las aspiraciones de los fuertes.
¿Quién se atreverá a sostener que el proletario de hoy es incapaz de hallar de nuevo el espíritu que ayer no más era el suyo? El reformismo no ha lo­grado destruir sus potencialidades heroicas. Pero si ha eliminado la formación mediante la cual dichas potencialidades se convertían, en el seno del movi­miento sindicalista, en una verdadera cultura, esto es, en un modo de vida y de pensamiento. La guerra, por lo demás, no constituye la actividad normal del productor. No es para él sino un accidente que debe estar listo para enfrentar, pero que no se puede sus­citar como medío de formación. En los países libe­rados de la "ocupación" capitalista, la guerra de cla­ses concluyó legítimamente, aun cuando la lucha económica aún continúe. Hay, por consiguiente, que dar al trabajador una cultura de paz (').
Pero si el sindicato supo ser, para el proletario, el marco eficaz de una cultura guerrera que, fundada en las consecuencias del oficio, no surgía, sin em­bargo, de dicho mismo oficio, ¿cómo no constituirá mejor todavía el marco de una cultura más estricta­mente integrada en la actividad profesional de sus miembros? La historia nos da la prueba de que el sindicalismo es formador, Y es esto lo que nos im­porta. Sorel, por otra parte, ha mostrado muy bien que no existe antinomia alguna entre la cultura del guerrero y la del productor, sino meramente una di­ferencia de expresión de valores idénticos. Puesto que el sindicato, asociación de productores y no de guerreros, supo preparar al obrero para la "epopeya de las huelgas", con más razón sabrá prepararlo para la epopeya de la producción.
(l) Editado a principios de 1955.

16.LAS CONDICIONES MATERIALES  Y MENTALES DE UNA CULTURA DE PAZ
Para que el sindicato pueda desempeñar su papel formador en un ambiente de paz social -que supone la liberación política del Estado aun cuando no haya nueva estructura de la sociedad de producción- es ante todo imprescindible que conserve su pleno va­lor a los ojos de los obreros. En el caso contrario, ya no sería sino una forma vacía e ineficaz o, peor to­davía, una burocracia fosilizada, incapaz de asumir ninguna responsabilidad nueva ni de conservar siquiera algún imperio sobre sus miembros. Para que pueda realizar la tarea cultural que debe ser la suya en el futuro es preciso, pues, que el sindicato se im­ponga a los productores, no en la mera forma de un "servicio social" o de una cooperativa de consumo, sino como el marco permanente de toda su, actividad peri profesional. Así, y solamente así, el sindicalista aceptará una disciplina formativa que, por atra­yentes que sean sus resultados y por hábiles que sean los métodos utilizados, le costará esfuerzos en la medida en que transformará sus costumbres y vio­lentará su pereza mental.
Tradicionalmente, el sindicato halla su justifica­ción en la defensa de los intereses materiales de la clase obrera. Para que le sea posible superar tal sus­trato económico, necesita en primer lugar apoyarse sólidamente en él. Dicho con otras palabras, el sin­dicato debe ser indispensable, no en tal o cual cam­po, sino en el conjunto de la vida proletaria. Debe constituir la garantía evidente de las conquistas so­ciales realizadas y la promesa de nuevos progresos. Más todavía, debe ser, no sólo fuente, sino también la condición permanente del bienestar de sus miem­bros. En otros términos, es menester que el carnet sindical represente ventajas tales que ningún pro­ductor pueda ni soñar en no poseerlo.
No se trata aquí en absoluto, notémoslo, de un plan maquiavélico para "tener en mano" al proleta­rio y hacerlo caminar derecho, al modo de los patro­nes paterna listas que organizan, en el marco de la empresa, obras sociales tan ventajosas para los obre­ros que ninguno de ellos pueda ni pensar en ponerse en huelga, En primer lugar porque la formación que se le hará aceptar no constituirá para él ni una nue­va carga ni una limitación de sus privilegios, sino, por el contrario, un beneficio de primera importan­cia, aun cuando no sea capaz, por lo general, de apreciarla en un primer momento. En segundo lu­gar porque la presión indirecta así ejercida sobre el productor nada tendrá de un trato ni menos todavia de un chantaje, puesto que no consistirá en condicio­nar ventajas por una asistencia a clases o conciertos, sino más sencillamente en ligarlo cada vez más con su sindicato haciéndole vivir en él una vida colec­tiva que incluya una actividad cultural, como la vida de una familia de cierto nivel comporta un am­biente formativo de que los niños participan automáticamente.
El sustrato material de que acabamos de hablar no es en si suficiente, por lo tanto, para hacer del sindicato un marco cultural. Pero, incorporando al productor en la organización profesional de que for­ma parte, suscita un estado mental favorable a la búsqueda o la aceptación de una actividad colectiva semejante, no a aquella del rebaño o del presidio, sino a la de un club. La camaradería y la emulación surgen espontáneamente del contacto diario, y los intereses comunes son demasiado poderosos para que no nazca de ellos una solidaridad que haga nor­mal todo esfuerzo colectivo.
Por otra parte, el proletario, que siempre padece, en la fábrica, una inferioridad que procede de su condición de no poseedor en un medio donde la pose­sión es el único factor de la libertad y el poderío, reencuentra en el sindicato su dignidad de hombre. Por eso mismo, su anticultura, hecha de desprecio por el burgués pero también de desafio, pierde su ra­zón de ser. Fuera de la fábrica, hasta que también la fábrica se humanice, en el pleno sentido de la pa­labra, por su transformación en comunidad de tra­bajo, el obrero ya no es un proletario, sino un ciu­dadano como cualquiera. 'o a pesar de su condición de productor, sino en función de ella. Es lógico que reivindique su derecho a la cultura con la misma intransigencia y el mismo entusiasmo con que los sindicalistas revolucionarios de ayer reivindicaban su derecho al pan.

17. EL SINDICATO, ESCUELA DE CULTURA
Ha llegado, pues, para el sindicato la hora de con­siderar al productor ya no solamente un animal que necesita abundante comida y litera confortable, sino un hombre que exige ser formado integralmente. Sin abandonar sus funciones económicas, tiene que convertirse en una escuela de cultura.
Esta última expresión es un tanto peligrosa en razón del sentido limitado que se da hoy en dia a la palabra escuela. Evoca clases sistemáticas, exáme­nes, y disciplina física, cosas que naturalmente re­pugnan a la gran mayoría de los obreros. No se tra­ta por lo tanto, de ningún modo, de transformar las sedes de los sindicatos en escuelas nocturnas. Estas existen y es de esperar que se multipliquen más todavía. Ni siquiera queda excluido que los distintos sindicatos organicen por cuenta propia institutos educacionales conformes con las exigencias profesio­nales de sus miembros o con su propia necesidad de conductores. Pero no hay que disimularse que tales organismos nuevos no alcanzarían, como ya es el caso de aquellos que funcionan, sino a la pequeña mi­noria de los trabajadores manuales que aspiran a la cultura y no buscan tanto convertirse en obreros cul­tos como cambiar de capa social. No es, por lo tan­to, en semejante extensión del sistema clásico que estamos pensando.
Concebimos, por el contrario, la escuela de cultu­ra como un club que sea, por su misma actividad, un centro de atracción para los productores y donde éstos encuentren, ante todo, un marco formador. El obrero no irá espontáneamente al museo. Pero, vi­viendo en contacto cotidiano con lo bello en una Casa Sindical donde se sienta a sus anchas, aprenderá po­co a poco, sin clases de estética, a hacer la diferencia entre la obra de arte y el calendario "artístico", en­tre la buena música y la canción de moda. En éste un primer punto.
Pero semejante marco no hay que dejarlo vacio, lo que sería hacerlo ineficaz. Que en él se presenten espectáculos de alto nivel, nada más plausible. Más no es suficiente. También y sobre todo hay que ha­cer participar al productor en la actividad cultural y desarrollar asi las predisposiciones que pueda te­ner. Elencos teatrales, orquestas de aficionados y "ateJiers" de pintura y escultura tienen su lugar en la Casa Sindical como tienen el suyo la cancha de tenis, la sala de armas y la pileta de natación. Todo esfuerzo de creación o de superación a la vez es for­mador y exige una formación previa que el obrero buscará y de la cual habrá que darle los medios.
Sin duda, solo una élite en potencia entrará en el juego. Pero no se puede soñar en dar a todos un mismo nivel de cultura. La masa permanecerá espectadora y esto ya será, de su parte, un primer paso, de resultados apreciables. La objeción que se puede hacer a nuestro proyecto tal como lo hemos desarrollado hasta aquí es otra: la cultura que irán adquiriendo asi los productores será una cultura "agregada"  y el sindicato sólo constituirá el pre­texto de una acción formadora "de lujo" que podría darse con tanta eficacia en otro lugar. Estamos de acuerdo. Pero no hemos hecho, hasta ahora, sino describir el ambiente de la escuela de cultura, esto es, el marco en el cual el obrero recibirá y se forjará una cultura "integrada". Pues no vemos razón al­guna para que los trabajadores manuales no apro­vechen, en la medida de sus posibilidades, el capital de civilización de que Son herederos legitimas al mis­mo título que los demás miembros de la Comunidad.

18. LA CULTURA INTEGRAL EN LA CREACION
Es uno de los prejuicios más sólidamente enraiza­dos en los burgueses y los intelectuales (incluso los burgueses y los intelectuales socialistas) que el obre­ro trabaja porque está constreñido por la necesidad material pero tiene horror y asco por su oficio. Si realmente es así para algunos, esto demuestra sim­plemente que hay inadaptados en la clase obrera, lo que no constituye ninguna revelación, y que las con­diciones capitalistas de trabajo no son muy exal­tantes, 10 que tampoco es nada nuevo. Pero, de todas maneras, la tesis es inexacta en lo que atañe al con­junto de los trabajadores manuales.
Se ha notado muy a menudo que los pequeños perfeccionamientos técnicos, a veces de consecuencias incalculables, con que simples obreros asalariados han mejorado sus herramientas y métodos de traba­jo, son numerosísimos. Casi es norma que el produc­tor "piense" su trabajo. Sin embargo, muy pocos han sabido sacar un provecho material o profesional "madero de sus inventos, por lo menos hasta los úl­timos años en que una tendencia a suscitar las inno­vaciones técnicas de este tipo se ha desarrollado en­tre los patrones como consecuencia de las encuestas realizadas en las fábricas por psicólogos especializa­dos. En cualquier obrero hay un artista que, al no poder, como el artesano, poner su personalidad in­tegral en su obra, busca por lo menos la perfección de su trabajo. ¿Cuál es el ajustador que no tiene su técnica particular y no se enorgullece de ella? ¿Cuál es el mecánico que considera el ejercicio de su oficio como una rutina y no se confunde, en una especie de simbiosis incomprensible para el profano, con el mo­tor que está arreglando? A pesar de la explotación capitalista y la inhumanidad del taylorismo, por lo demás cada vez más abandonado hoy en dia, el pro­ductor toma interés en lo que hace y siempre busca aprender a hacerlo mejor. Nada más natural si pen­samos que, durante siete u ocho horas por día, su cuerpo y su mente son moldeados por una técnica que acaba por incorporarse a su naturaleza en forma de hábitos definitivos. En las peores condiciones de tra­bajo, su entusiasmo creador en la escala variable de sus posibilidades, por supuesto- siempre busca despertarse.
Lo que la fábrica capitalista es incapaz de hacer, el sindicato puede y debe realizarlo. Agrupa a obre­ros de un mismo oficio que poseen en común, no sólo el interés económico, sino también el entusiasmo po­tencial que acabamos de analizar brevemente, aun cuando, delante de sus compañeros, un falso pudor los impele a disimularlo., La 'fábrica traba al produc­tor constriñéndolo a una rutina casi mecánica. Es­torba el libre desarrollo de la imaginación creadora, de la cual nace la alegría en el trabajo. Corresponde al sindicato poner a disposición de sus miembros los materiales (talleres, utillaje), que sólo podría apro­vechar una mi noria, como la formación teórica y práctica merced a la cual el obrero logrará escaparse del circulo vicioso de la especialización abusiva y realizar, sin salir de su oficio, sus aspiraciones de creador.
¿Se puede legítimamente calificar semejante for­mación de cultura? Los racionalistas lo negarán. Para ellos, la cultura sólo procede de la inteligencia desencarnada. Pero los artistas, por cierto, contes­tarán afirmativamente. Saben por experiencia vivi­da que el trabajo manual es formador del ser entero dándole el rigor sin el cual no hay creación. Saben que el "cuerpo a cuerpo" con la materia agudiza la sensibilidad más de lo que puede hacerlo un curso de historia del arte. La cultura "integrada" no hará del obrero, por supuesto, un hombre de mundo capaz de hablar y juzgar de todo sin nunca producir nada original, ni un diletante cuyo refinamiento perma­nezca estéril, sino el equivalente moderno del artesano de antes, que sacaba de su actividad creadora una ri­queza de pensamiento y una delicadeza de sentimientos que hacían de él un hombre completo cuyas obras, en todos los campos, son modelos no igualados.

19. LA ACCION CULTURAL DEL SINDICATO
La cultura "integrada" no excluye, por otra parte, lo que se conviene en llamar la "cultura general". La supone, por el contrario, ya lo vimos, como pro­ducto de un ambiente necesario y la suscita por la formación integral que da al productor. Los princi­pios y valores de ambas son los mismos. Sólo difie­ren sus modos de expresión. El rigor lógico del me­cánico lo hace apto para captar y apreciar la exacti­tud de un razonamiento, aun cuando no hace de él un metafísico. La sensibilidad a las formas del tor­nero _y elegimos deliberadamente nuestros ejemplos en las especialidades que, en la fábrica, dejan el me­nor lugar a la iniciativa personal- lo prepara a sen­tir mejor que muchos críticos de arte la belleza de una estatua o un cuadro. La formación técnica tal como la concebimos no encierra más al trabajador manual en su oficio que la formación humanística al intelectual en el marco de las lenguas muertas. Antes al contrario, el esfuerzo de la búsqueda le abre la mente a nuevas experiencias, el entusiasmo creador lo predispone para grandes aventuras y el desinterés que pone en su trabajo lo arranca del materialismo moral. Es en este sentido que podemos hablar de cultura. La técnica sólo es un procedimiento más adecuado que cualquier otro, por ser mejor adaptado a la naturaleza del productor, para llevar la clase obrera a la civilización.
Cuando hablamos de formación técnica, no quere­mos decir, por lo demás, formación profesional. Esta, que no hace sino preparar al obrero para desempeñar una función determinada en la fábrica, está dada por las escuelas especializadas. La formación técnica, por el contrario, en el sentido en que la entendemos no está dada hoy día en ninguna parte fuera de algu­nas pequeñas asociaciones y en campos muy limita­dos (el aeromodelismo, verbigracia). Está destina­da a permitir al productor superar su función eco­nómica, pero sin salir de su oficio, por lo menos, apoyándose en él. El hecho de que el obrero se haga, por eso mismo, profesionalmente más capacitado no es sino una consecuencia feliz y lógica, pero indirecta, de su desarrollo cultural.
Digamos de modo más concreto que la formación técnica de que se trata está destinada a transformar en arte el métier puramente "alimenticio" del traba­jador manual. Todas las tradiciones artesanas pue­den así utilizarse otra vez, ya no como medios de subsistencia, sino como técnicas de creación desintere­sada. Basta que el carpintero que fabrica puertas en serie aprenda a tallar la madera, que el metalúrgico que tornea siempre la misma pieza aprenda a forjar el hierro o que el relojero industrial que arma desper­tadores en cadena aprenda a inventar mecanismos, para que se conviertan en artistas. Existen pocos oficios que no posean así una extensión creadora po­sible. Otros, como la mecánica del automóvil y la radio, ya suponen una iniciativa y conocimientos ta­les que bastaría liberarlos del constreñimiento co­mercial para que abrieran por sí mismos un campo inmenso a la creación.
EL cuanto a los medios de que dispone o puede dís­ner el sindicato para dar a sus miembros semejante .tura de expresión técnica, son todos aquellos que la propaganda contemporánea. Si la edición, la prensa, la radio, el cine y la televisión contribuyen, hoy en día, tan poderosamente al embrutecimiento de las masas, ¿ cómo no podrían, liberados de su espíritu mercantil y demagógico, actuar eficazmente en sen­tido contrario? Piénsese solamente en las posibilida­des excepcionales que ofrece la televisión documental y educativa: permite presentar al espectador, en una forma particularmente atrayente, los procedimientos y los resultados de las técnicas que nos ocupan y darle asi el gusto de la creación y los conocimientos nece­sarios para llegar a ella. Permite sobre todo, y de modo más general, en unión con los demás medios de difusión que hemos citado más arriba, rehabilitar a los ojos de todos el trabajo manual y hacer desapare­cer el complejo de inferioridad que impele al pro­ductor a imitar al burgués; lo que constituye el pri­mer paso que dar.
Por supuesto, el empleo de semej antes medios mo­dernos que el sindicato no puede dejar en manos de jos envenenadores de la mente obrera no excluye el recurso a los procedimientos tradicionales y en parti­cular a la enseñanza directa. Y puesto que, en ma­teria de cultura, se trabaja siempre para el porvenir más que para el presente, nos parece indispensable que la formación técnica sea impartida en primer lu­gar en el marco de un movimiento de juventud sin­dicalista fundado en una "mística" del trabajo y en el espíritu de equipo, según el ejemplo dado en Europa por los "Compagnons de France", hoy desapare­cidos por razones políticas.

20. LOS "MAESTROS DE CULTURA" EN LOS SINDICATOS
No faltan utopistas para pensar que los medios modernos de acción sobre la masas son tan poderosos que basta emplearlos para que la cultura -cualquie­ra sea, por otra parte, la concepción que se tenga de ella- se difunda rápidamente en todos los estrados de la sociedad. Desgraciadamente, formar un hom­bre -y, con más razón, una capa social- no es tan sencillo como hacerle tatarear la canción de moda. La cultura no se improvisa, ya lo dijimos, ni se dis­tribuye como el pan o el tango. Siempre constituye el resultado, nos lo enseña la historia, de un esfuerzo lento y continuo a través de varias generaciones. Aun cuando los sindicatos, plenamente conscientes de su tarea en este campo, lograran de la noche a la ma­ñana fiscalizar y utilizar la prensa, el cine, la radio y la televisión, el problema no estaría resuelto. Pues quedaría por encontrar los "maestros de cultura" sin los cuales los medios de formación más poderosos resultarían ineficaces.
 Eso parecerá una perogrullada, pero las tesis en boga entre algunos defensores de la "cultura prole­taria" hacen que no sea inútil escribirlo sin perifra­se: la formación cultural sólo puede ser dada por gente culta, sobre todo cuando es preciso que adquie­ra una nueva expresión. Hay, por cierto, autodidac­tas en la clase obrera. Pero no constituyen sino una mi noria insignificante y su cultura no siempre es muy sólida ni bien equilibrada. No basta, por otra poseer una formación para saber transmitirla. Eternos, pues, nuestra fórmula: la formación cultural sólo puede ser impartida por profesores.
Tal conclusión no deja de ser un tanto inquietante. Sugiere invenciblemente la imagen molieresca de un intelectual puro, salido de las clases medias, rodeado de seres toscos cuyo modo de pensamiento y aspira­ciones desconoce del todo, y tratando de iniciarlos en los misterios de la sintaxis latina o del cálculo diferencial. Es bien evidente que traer la escuela o la universidad al sindicato no podria dar resultados mucho mejores que llevar al sindicalista a la escuela a la universidad.

Nadie que se haya ocupado del problema ignora, sin embargo, de qué prestigio goza el profesor en la élite del proletariado. No es, por lo tanto, imposible utilizar a algunos profesionales de la enseñanza que hayan estudiado la situación de la clase obrera, aun­que sólo sea para planificar el esfuerzo a em­prender y formar, con ayuda de esos viejos artesa­nos que aún se encuentran y que dominan perfecta­mente las técnicas de los oficios de arte, profesores seleccionados entre los trabajadores manuales más aptos. Pues seria vano querer alcanzar de una vez al conjunto de los productores. Sin duda es posible modificar desde ya el clima cultural en que todos se mueven. Pero la cultura no puede sino infiltrarse progresivamente en la masa, que, no lo olvidemos, procede por imitación más que por convicción. Hay que formar primero, intelectual y técnicamente, "maestros de cultura" que, a su vez, formarán des­pués a una éliie que, por su ejemplo, ayudará a la masa a modificar su actitud. Procedimiento lento, sin duda, pero el único que pueda dar resultados du­raderos. N o es cosa fácil cambiar la mentalidad y los gustos de un proletariado hasta ahora abandonado a sí mismo o, peor aún, sistemáticamente explotado en su ignorancia. Procedimiento conforme a la natura­leza de las cosas, también. Pues la cultura es siem­pre, en su expresión creadora, lo propio de una aris­tocracia y va degradándose después según la capa­cidad biopsíquica y la condición histórica de las capas sociales que la reciben y aceptan de modo desigual.
La minoría que encarnará la nueva. expresión de nuestra cultura constituirá, como lo escribe Henri De Man, ex presidente del Partido Obrero Belga (so­cialista), una nueva aristocracia rectora; una aristocracia del trabajo manual, diferente en su modo de vivir y de crear tanto de la antigua aristocracia po­litica y militar como de la élite intelectual que peno­samente le sobrevive, pero no inferior a ellas. E in­finitamente superior a la burguesía, cuya cultura de­cadente no es sino un barniz engañador.

21.VALOR REVOLUCIONARIO DE LA CULTURA SINDICAL
La redención cultural del proletariado acarreará, pues, como acabamos de verlo, importantes conse­cuencias sociales. Hasta ahora, la estratificación económica nacida del capitalismo y la estratificación cualitativa coincidían en sus grandes líneas. La clase obrera estaba realmente abajo de la escala social en todos los campos. Ya no será lo mismo una vez que haya recibido y asimilado la formación cuyos princi­pios hemos asentado. Sobrepuestas desde el punto de vista económico, las clases estarán yuxtapuestas des­ee el punto de vista cualitativo. Vale decir que el obrero culto se sentirá humanamente igual al bur­gués culto al que permanecerá sin embargo sometido según las cláusulas del contrato de trabajo. Su si­tuación económica le parecerá tanto más inaceptable cuanto que su cultura, fundada en el métier, lo pre­parará mucho mejor para su trabajo de productor que la formación, enciclopédica más que verdaderamente humanística, del burgués prepara a éste para su pa­pel de dirigente.
Los soñadores idealistas que esperan que la cultu­ra llenará las aspiraciones de la clase obrera y bas­tará para incorporarla a la Comunidad -léase: para hacerla quedar quieta y aceptar su suerte con resig­nación- se ilusionan completamente. La redención cultural del proletariado no puede ser una redención del proletariado por la cultura. Es impotente, en sí, para compensar la anormalidad de las relaciones en­tre productores y detentadores de los medios de pro­ducción. Muy lejos de hacer al obrero pasivo y sumiso, le dará, por el contrario, a la vez que una concien­cia más aguda de la explotación que padece, la capaci­dad de reemplazar la estructura capitalista de la so­ciedad económica por una estructura comunitaria.
Pero el sindicalista culto ya no luchará como un bárbaro. Ya no soñará en destruir la civilización al mismo tiempo que al "ocupante" burgués. Ya no con­fundirá los valores tradicionales y su expresión deca­dente y ya no los vinculará en su mente con el pro­ceso capitalista de la producción. Antes al contrario, la revolución tendrá para él la doble razón de ser de liberar a la clase obrera y de devolver a la civilización su plena vigencia, unificando otra vez la cultura fun­dada en el oficio y este mismo oficio de que la victoria burguesa dramáticamente la había alejado. Las con­secuencias sociales de la cultura obrera tal como la concebimos serán, por lo tanto, lógicamente inversas de aquellas que la adopción por los productores de una cultura burguesa degradada ha provocado en los Estados Unidos. Allá, el proletario "plutócrata", aburguesado en su "cultura", se ha sentido solidario del sistema económico burgués. Acá, el obrero, crea­dor en el marco de una cultura de nueva expresión, tenderá a eliminar el dominio económico de una clase cuya superioridad ya no admitirá. N o queremos de­cir con eso, por supuesto, que el reformismo de los sindicatos yanquis tiene por causa exclusiva ni prin­cipal el acceso, por lo demás producido por la evolu­ción del capitalismo, de los productores a la cultura burguesa, ni que el espíritu revolucionario depende exclusiva o principalmente de una cultura obrera. La causa fundamental de la actitud proletaria es eviden­temente de naturaleza económica. Pero la cultura constituye un factor que no se puede dejar a un lado, como Jo demostró muy bien el gran maestro del sin­dicalismo revolucionario que fue y sigue siendo Jorge Sorel.
El éxito de una revolución económica que acarree la desaparición de la burguesía, vale decir, remitámoslo, de los detentadores del capital en cuanto clase dirigente de la producción sólo es posible, por lo demás, si los productores están listos para inte­grarse en las comunidades de trabajo y desempe­ñar en ellas su función en una atmósfera totalmente renovada. El socio de la empresa comunitaria ya no podrá  producir con el mismo espíritu que el asalariado d­e hoy, para quien, por lo menos en la medida en que el gusto del trabajo bien hecho no priva sobre la conciencia que tiene de su condición de proletario, la norma es trabajar lo menos que pueda. Tendrá, por el contrario, que participar por entero y sin reserva en el esfuerzo colectivo, abandonando la idea de una remuneración exactamente proporcionada a su es­fuerzo personal. Dicho con otras palabras, tendrá que producir en un ímpetu de entusiasmo desinte­resado. ¿ Cómo conseguir tal resultado sin una for­mación previa? La cultura obrera lo prepara para su futuro papel de productor libre. No es éste su me­nor mérito.

22. VALOR HUMANO DE LA CULTURA SINDICAL
Independientemente de sus consecuencias económicas sociales, la redención cultural de la clase obrera posee un valor en sí, un valor humano. El proleta­rio integral del siglo pasado no era, por su situación, sino un subesc1avo y tenía la mentalidad correspondiente. Estaba, desde este punto de vista, más cerca del animal doméstico que del ser humano. Sería tan vano como injusto reprochárselo retrospec­tivamente. Es un milagro que se hayan reunido productores manuales para superar su condición pro­letaria y emprender la lucha sindicalista contra las potencias del dinero que dominaban la sociedad ente­ra, y hasta para emprender un combate político contra el Estado burgués. Pero no por eso deja de ser cierto que el mejoramiento material de las con­diciones de existencia de los trabajadores manuales pierde gran parte de su significado si no tiene por consecuencia sino una imitación estéril del modo de vida y de pensamiento de la pequeña burguesía, o más sencillamente, la mera satisfacción biológica de un legítimo apetito. Sin la cultura, sin una cultura ade­cuada a su naturaleza y a sus necesidades, el prole­tario nunca será sino un subes clavo bien alimentado.
Por el contrario, si el trabajador manual recibe una formación completa que haga de él, en la medida de sus posibilidades biopsiquicas, un creador capaz de dominar su condición de productor subordinado, no evadiéndose de ella sino "sublimándola", será un hombre en la plena acepción del término, infinita­mente superior al burgués, que no hace sino consumir productos de cultura que otros crean a su intención sin que él los comprenda siquiera. La cultura sindi­cal llegará al feliz resultado de civilizar al "bárbaro", no imponiéndole normas de pensamiento y de acción que sean extrañas a su ser y a su función, sino por el contrario dándole los medios de elaborar por sí mis­mo las formas en que le sea posible asimilar y vivir la herencia que a todos pertenece.
Es por la creación, en efecto, que el hombre supe­r íor se revela, cualquiera sea su jerarquía en la esca­la social presente y cualesquiera sean el campo y la técnica de su esfuerzo. Crear es, para el obrero, in­corporarse a la materia y modificar el mundo. Es hacer obra de demiurgo. Es también realizarse en la plenitud conquistada de su ser, haciendo participar su cuerpo, actor, y ya no solamente orgánico, en el acaharniento de su adaptación interior. Basta colo­car otra vez al obrero en las condiciones de trabajo del artesano para que, naturalmente, vuelva a ser creador lo era el productor de antes.
Dichas condiciones son de dos órdenes de irnpor­tancía desigual. Incluyen sin duda la facilidad económica que el proletariado ha conquistado en el curso de los últimos decenios o de los últimos años ('). Pero muchos grandes creadores han logrado, en este campo, salvar los obstáculos que la sociedad mercan­tilista levantaba en su camino. En cambio, nadie crea en la servidumbre ni en la incultura. La clase obre­ra sigue estando avasallada y no ocupa todavia el lu­gar que legitimamente le corresponde en el proceso de la producción. y sigue siendo inculta.
Es menester realizar, por lo tanto, un último es­fuerzo. Ha llegado la hora de dar a la clase obrera, en una forma adecuada a sus exigencias y a sus posi­bilidades, la cultura a que tiene derecho como cohere­dera de nuestro pasado. Decimos: dar. En efecto, limitado a sus propios medios, el trabajador manual es, salvo excepciones individuales, incapaz de rein­ventar para su propio uso los métodos tradicionales de que el maquinismo lo ha apartado, tanto menos cuanto que su medio aburguesado lo arrastra por el camino de la facilidad. Pero el artista tampoco im­provisa, salvo casos excepcionales. Recibe de sus maestros, en la disciplina del aielier la formación que le permitirá crear y formar a su vez discipulos. Ya lo dijimos: el marco natural de la formación del pro­ductor, a faita del taller comunitario, es el sindicato. Luego, corresponde al sindicato dedicarse a esta ta- rea de extraordinaria importancia que queda casi integramente por hacer.
(l) Escrito a principios de 1955.

23. VALOR ECONOMICO DE LA CULTURA SINDICAL
Aludimos más arriba, incidentalmente, a las afor­tunadas repercusiones que la cultura del productor, tal como acabamos de definirla, tendrá necesariamen­te en el campo económico. Por cierto, el mejoramien­to del producto y el aumento de la producción no constituyen en absoluto la razón de ser principal ni el objetivo primordial del esfuerzo a realizar, que es ante todo de naturaleza humana. Pero, de cualquier modo, la economía no es extraña al hombre y el pro­greso material, cualquiera sea el mal uso accidental que de él hagamos, está lejos de carecer de valor hu­mano. Y, por otro lado, el poderío de una nación de­pende, hoy en día, en una buena parte, de su produc­tividad industrial.
Es error demasiado común considerar dicha pro­ductividad como fundada esencialmente en la maqui­naria de nuestras fábricas, cuando dimana en primer lugar, puesto que las máquinas son productos, del nivel técnico de los productores. Si fuera posible aceptar la idea de una sociedad industrialmente in­movilizada para siempre, dicho nivel podría ser resul­tado de la mera formación profesional que dan las escuelas especializadas. Pero el mundo industrial, como toda realidad humana, está en constante evo­lución. El productor, pues, no puede ser un simple robot bien condicionado, según el sueño caduco de Taylor. Tiene que adaptarse a los cambios continuos de las técnicas, y hasta participar en ellos en cuanto creador. Dicho con otras palabras, debe ser el amo de la técnica y no su servidor. Esto resulta indispen­sable sobre todo en los paises en vías de industriali­zación, como la Argentina, que no pueden, bajo nín­gún concepto, limitarse a una rutina industrial -que no existe o se ubica en un nivel inferior de produc­ción- síno que tienen, antes al contrario, que supe­rar sin tregua los resultados logrados, y con un ritmo más rápido que el de las naciones mecanizadas desde antiguo, puesto que hay que compensar el tiempo perdido.
La industria contemporánea tiende, por lo demás, a eliminar al obrero robot, cualquiera sea su grado de capacitación. La nueva fábríca Ford de Cleveland (1954) produce bloques de automóvil de modo casí totalmente automático. Sólo intervienen, en ciertos momentos del proceso, algunos pocos obreros alta­mente capacitados a quienes se exige la iniciativa de que precisamente carece la máquina más perfec­cionada. En Inglaterra existe una fábrica electrónica de receptores de radio que produce tanto con cincuen­ta técnicos como una fábrica normal con mil quinien­tos obreros comunes. Esto equivale a decir que no ha­brá más lugar, en la sociedad de mañana, para el pro­ductor medio de hoy. Sólo tendrán empleo los ba­rrenderos y los creadores.
Trátese, pues, del estado actual o del estado futuro del mundo industrial, y aun cuando se considere el problema sólo desde el punto de vista económico, una cultura que trasforma al robot humano en un pro­ductor digno de tal nombre, capaz de iniciativa y, luego, previamente formado con vistas a la iniciativa, resulta a las claras indispensable. Ahora bien: la cul- tura del proletariado, funcional en sus modalidades, 10 será igualmente, búsqueselo o no, en sus resulta_ dos. En otros términos, la cultura del productor es, ipso lacto, la cultura del producto en cuanto está fun­dada en la producción, a la que supera, sin duda, pero debe primero realizar. La llamada "cultura in­dustrial", vale decir, la cultura del obrero en tanto que referida a su trabajo y a los frutos de su trabajo, no consiste, por consiguiente, de ninguna manera, en la especialización estrecha y cerrada que algunos te­men no sin razón y otros desean ver desarrollarse en la clase obrera, sino que constituye, antes al contra­rio, el mero aspecto económico de la formación inte­gral del hombre creador.

24. HACIA LA CIVILIZACION DE LOS PRODUCTORES
Los trabajadores manuales son lógicamente los pri­meros interesados en el asunto, desde todos los puntos de vista. Pero su misma incultura les hace, por 10 general, incapaces de aspirar a una formación cuyo significado se les escapa y .no puede sino_escapárseles. Luego, es normal y necesario que las organizaciones que cargan con la responsabilidad del porvenir obre­ro tomen las iniciativas que se imponen. Eso no quiere decir, sin embargo, que deban actuar en cir­cuito cerrado y sólo por sus propios medios.
La clase obrera no padece sola, en efecto, las con­secuencias trágicas de su incultura. La Comunidad entera resulta disminuida por la presencia en su seno de varios millones de "bárbaros" que no sólo consti­tuyen una amenaza para la civilización sino que tam­bién traban su progreso, aun en el campo material, como acabamos de verlo, y con más razón en el de a creación desinteresada. El mismo poderío es, por una parte, función de la cultura, pues la alegría es factor de fuerza y la creación es factor de alegría.
El Estado comunitario no puede, por consiguiente, permanecer pasivo, tanto menos cuanto que él tiene la responsabilidad de la educación, siendo en defini­tiva la formación de los trabajadores obra de educa­ción. Por lo demás, la antigua fórmula panem et cir­censes sólo expresa un falso maquiavelismo de Bajo Imperio, o un recurso provisional. Aun desde el mero punto de vista político, es más fácil para el Estado dirigir a un pueblo organizado y culto en todas sus capas que a una masa inorgánica, indisciplinada e inestable que sólo una propaganda de cada momento logra mantener, no sin dificultad, en la linea general. Es por lo tanto lógico e imprescindible que el Estado dé a los sindicatos, también en este campo, el apoyo y la ayuda de sus poderosos medios de acción.
Tal colaboración es tanto más indispensable cuanto que las consecuencias de la batalla que se está libran­do hoy en día en el mundo sobrepasa infinitamente el marco de las antiguas rivalidades nacionales. Ya no se trata solamente de provincias ni de mercados, sino de nuestra civilización por igual amenazada por las dos formas antagónicas del capitalismo industrial. ¿Cómo escaparse a la vez del liberalismo y del mar­xismo? N o podemos pensar en volver a la economía pastoril ni al sistema artesanal de producción. ¿ Será posible, entonces, adoptar una tercera posición que no sea una componenda entre las otras dos sino que supere a éstas en una síntesis que eche los cimientos de una nueva forma de vida comunitaria? Creemos que si es posible, pero con tal de que se acepten los datos que la historia y el estado presente del mundo nos imponen. El maquinismo es uno de ellos. O lo civilizaremos, o nos aplastará. No desaparecerá.
Quiérase o no, la cultura patricia, que dio hermo­sas flores y bellos frutos -¿por qué no reconocerlo? ­desde los Medici pero que se ha desarrollado como un parásito sobre la sólida cultura aristocrática y arte­sana del Antiguo Régimen, tal cultura de elites ocio­sas ya no es viable hoy en día porque ha chupado to­da la savia del árbol de que se nutria. Ya no quedan de ella sino los subproductos pestilentes que el mer­cantilismo liberal difunde en las masas occidentales.
Gracias a Dios, las civilizaciones no son formas históricas tan perecederas como las culturas. Proce­den de la raza, y nuestra raza, aunque en peligro, todavia es sólida. Para que nuestra civilización se afirme otra vez con pleno vigor, basta devolverle una base valedera y firme. Dicha base, la tenemos; el métier, vale decir, lo que, en el maquinismo, ha per­manecido humano. Si no sabemos trasmitir a los pro­ductores manuales, mediante la cultura sindical, la herencia de nuestra civilización, ésta desaparecerá, tal vez para siglos, tal vez para siempre, en el hormi­guero industrial que los Atila mecanizados que nos acechan amenazan edificar sobre los escombros de nuestro Occidente.

31 de diciembre de 2011

PROCESO AL LIBERALISMO

Fidelidad histórica de la revolución de Mayo

La falsificación de la historia que entre nosotros consumaron los liberales tiene su punto de arranque en los acontecimientos de Mayo de 1810. Esto es muy grave; pues, para que los argen­tinos sepamos qué somos, qué queremos y a dónde vamos, es previo sopesar y medir con espíritu ecuánime los pasos iniciales de la na­cionalidad. Solamente así podremos verificar, que lejos de la inter­pretación corriente, no somos una parte indiferenciada de la histo­ria del liberalismo en el mundo sino una parte integrante, pero libre y soberana, de la historia hispánica en América.
De España y del catolicismo nos vienen las esencias que confi­guran nuestra personalidad nacional; también de esas fuentes espi­rituales v morales provienen los impulsos que nos llevaron insensible­mente a una emancipación política que no estaba en los planes ini­ciales de la revolución. A la mentira grande de que las ideas libe­rales habían forjado una conciencia independentista y antiespañola, oponemos los documentos y la constante ratificación de una fideli­dad que no fue desmentida por aquellos primeros actos en que se manifestó nuestravocación de autonomía.
El eje de la interpretación liberal de Mayo de 1810 —eso que suele denominarse “el dogma de Mayo”—, es la figura de don Ma­riano Moreno. Él tenía conformada en su mente, según sus panegi­ristas, la imagen de la patria libre, regida por los grandes principios del liberalismo. Su formación mental le habría permitido captar las sustancias animadoras del sistema liberal, merced al canónigo doctor Matías Terrazas, que le proporcionó, durante el período de sus estudios universitarios en Charcas, las obras de los filósofos enciclope­distas y de la Ilustración, que estaban prohibidas por la censura eclesiástica. Armado con estas teorías de contrabando y como si respondiera a unplan prefijado, vino a nosotros y se transformó en “el numen de la Revolución”.
Todo esto es leyenda romántica o interesado propósito de darle a los acontecimientos de 1810 una filiación que de ninguna manera tuvieron. Moreno no se salió de la línea del pensamiento fiel a la monarquía española y conservó intacto el depósito de las doctrinas cristianas, como fundamentos ambos de nuestra indisoluble perso­nalidad. No tuvo con anterioridad a Mayo de 1810, el menor plan o propósito de independencia y ni siquiera participó de la trama secreta que provocó aquellas agitaciones. En la biografía hecha por su hermano Manuel, se dice: “Sería una injusticia creer que el doctor Moreno tomó parte activa en la Revolución de su país, sin un examen serio de las causas que la producían… jamás intentó inquietar su espíritu [de sus conciudadanos] o promover la rebelión… Muchas horas hacía estaba nombrado Secretario de la nueva Junta, y aún estaba totalmente ignorante de ello…
Esta referencia insospe­chable hecha por el suelo la tesis del liberalismo.
Pero resulta, además, que Moreno no asistió sino a la reunión de vecinos realizada en el Cabildo el día 22. Se- anotaron allí 224 presentes, quienes, por el voto de 155 de ellos, declararon: “En la imposibilidad de conciliar la tranquilidad pública con la permanen­cia del Virrey y del régimen establecido [el Virrey era el teniente general Baltasar Hidalgo de Cisneros, nombrado por la Junta de Cádiz, que se desempeñaba en el cargo desde el 30 de julio de 1809], se faculta al Cabildo para que constituya una Junta del modo más conveniente a las ideas generales del pueblo y a las circunstancias actuales, en la que se depositará la autoridad hasta la reunión de los diputados de las demás ciudades y villas”. ¿Qué hizo Moreno en esa asamblea a la que los liberales consideran el embrión de la empresa emancipadora? Emitió su voto limitándose a decir que “reproducía en todas sus partes el dictamen de don Martín Rodríguez”. Quedó luego acurrucado y caviloso, lo que movió al doctor don Vicente López y Planes a acercársele, expresándole que todo había salido muy bien. Moreno le contestó: “No, amigo: yo he votado con uste­des por la insistencia y majadería de Martin Rodríguez, pero tenía mis sospechas de que el Cabildo podía traicionarnos; y ahora le digo a Usted que estamos traicionados. Acabo de saberlo, y si no n prevenimos, los godos nos van á ahorcar antes de poco…”
 No ha de referirse -a este deslucido papel, sin duda, el doctor Ricardo Rojas, cuando dice que “su pensamiento pone un móvil cívico en el valeroso pecho de los ciudadanos, y un lampo de ideal en los aceros de los combatientes” . Palabras y frases huecas de las que rebalsa la historia al uso de los liberales.
El día 23, en una reunión subrepticia, los elementos peninsula­res nombraron una Junta provisoria presidida por el Virrey; la inte­graban el presbítero doctor Juan Nepomuceno Sola, el doctor Castelli, el coronel Saavedra y el comerciante don José Santos Inchaurregui. Las reacciones que esto provocó obligaron a la renuncia de los cita­dos, derivándose así a la asamblea de Cabildo Abierto del 25 de Mayo. En contra de lo que dicen ciertas crónicas, el pueblo tuvo mínima participación en estos sucesos; todo se amañó en el cuartel de Patri­cios. Un alférez de ese cuerpo, don Nicolás Pombo de Otero, redactó la nota que se presentó al Cabildo, a la que agregó de su letra firmas falsificadas y otras repetidas para dar impresión de que las demandas en ella contenidas contaban con mayor concurso de voluntades. De estas artimañas surgió la Junta Provisoria Gubernativa —llamada Pri­mera Junta—, compuesta por el coronel Cornelio Saavedra como presidente, vocales el doctor Juan José Castelli, el licenciado Manuel Belgrano, el brigadier Miguel de Azcuénaga, el presbítero doctor Manuel Alberti, don Domingo Matheu y don Juan Larrea, y secre­tarios los doctores Juan José Paso y Mariano Moreno. Los vocales Matheu y Larrea eran nativos de España. Conforme se ve, por lo tanto, la influencia poderosa, hasta estos momentos, era la del coronel de Patricios, Saavedra; Moreno, por el contrario, ignoraba inclusive su designación.
La Junta se instaló el mismo día 25 de Mayo; en ese acto que­daron ratificados los sentimientos de lealtad que animaban a sus miembros sin excepción alguna. Pues el Acta de instalación consigna que, “hincados de rodillas, y poniendo la mano derecha sobre los Santos Evangelios, prestaron juramento de desempeñar lealmente el cargo, conservar íntegra esta parte de América a nuestro augusto Soberano el Sr. Fernando VII y sus legítimos .sucesores, y guardar puntualmente las leyes del Reyno”. ¿Dónde está, pues, el ánimo insurreccional? No ha de encontrársele en la Proclama al país, lan­zada al día siguiente, pues-en ella se dice: “Un deseo eficaz, un celo activo y una contracción viva y asidua a proveer por todos los medios posibles la conservación de nuestra Religión Santa, la observancia de las leyes que nos rigen, la común posteridad y el sostén de esas Posesiones en la más constante fidelidad y adhesión a nuestro amado Rey y Señor Don Fernando VII y sus legítimos sucesores de la corona de España, ¿no son éstos vuestros sentimientos? Esos mismos son los grandes objetos de nuestros conatos”.
Esta era también la opinión de Mariano Moreno. Son numerosos los testimonios escritos que dejó de su verdadero pensamiento. En el primer aspecto, si bien asimiló las teorías de los enciclopedistas franceses y reeditó juna edición española anterior del Contrato Social de Rousseau, lo hizo con las debidas reservas, al punto de haberlo expurgado de aquellos pasajes en que él autor “tuvo la desgracia de delirar en materias religiosas”, según declara en el prólogo.
En el otro y fundamental aspecto, en el que tanto se ha con­fundido y adulterado la personalidad de Mariano Moreno, recuér­dese su opinión en oportunidad de haberse publicado las cartas de la princesa Carlota Joaquina de Borbón, Infanta de España y her­mana de Fernando VII, y del ministro español en Río de Janeiro, marqués de Casa Irujo, sobre ayuda prestada al gobernador de Mon­tevideo, don Gaspar Vigodet, durante el sitio de la plaza por los patriotas. Moreno reprodujo dichos documentos en la “Gaceta”, con el siguiente comentario: “La señora Infanta, que nada puede desear sino que los pueblos de América se conserven bajo la domi­nación del rey don Fernando, no se había de manifestar indiferente a las solemnes protestaciones de fidelidad a nuestro monarca, que repetimos diariamente como el alma de nuestra conducta política” . Quienes pretenden que estas promesas eran puramente circunstanciales y engañosas, no le hacen favor a Mariano Moreno, y justifi­carían el juicio que por aquellos mismos días emitió la princesa, en carta a su secretario particular doctor José Presas, comentando las actitudes de Tos hombres de Buenos Aires. “Hay bonitas cosas en ellos —le decía—, y siempre denotan un espíritu de partido, con buena capa; pero mis débiles conocimientos, la cosa bien meditada, lleva otras vistas y mui siniestras…” 
Las tendencias secretas que ya por entonces accionaban debajo de los movimientos visibles, se fueron concentrando alrededor de la figura de Mariano Moreno, cambiando totalmente las inclinaciones naturales que adornaban a su persona. En sus artículos de la “Gaceta” y en sus páginas doctrinarias, el secretario de la Junta aparecía como el campeón de los derechos de los pueblos, con firme adopción de los principios autonómicos, democráticos y liberales. Fue él quien redactó y firmó la Circular a los Cabildos para que designaran, entre “la parte principal y más sana del Vecindario”, diputados a quienes correspondería, reunidos en común, “establecer la forma de gobierno que se considere más conveniente”. Esto constituyó una de las primeras decisiones de la autoridad provisoria establecida por el Cabildo de Buenos Aires.
Pero, encima mismo de esta justa determinación, Moreno patrocinó el envío de expediciones militares al interior) con lo que tuvo suprimera manifestación el espíritu centralista porteño, que malogró por muchos años los bienes que pudo deparar la apropiada armoni­zación de los sentimientos e intereses de los pueblos. Castelli fue quien llevo, a sangre y fuego, esa bandera de imposición y exterminio.
Su conducta suscitó graves convulsiones y dejó en las provincias un fermento de anarquía y de odio que dominó los ánimos durante largo tiempo. La autoridad delegada de la Tunta “fue concentrada —según el secretario de Belgrano, don Tomás Manuel de Anchorena—en el abogado doctor Castelli, que con su inmoralidad y la de otros que acompañaban, como don Juan Martín de Pueyrredón, puso en la mayor confusión todas las provincias del interior…”.  Concepto este que había trascendido a la propia Buenos Aires, desde donde el deán Funes escribía: “Castelli se maneja como un libertino. Está sumamente desacreditado” 9. De esto se habla en el capítulo sobre El terrorismo de los civilizadores, de manera que aquí únicamente nos interesa puntualizar la peligrosa evolución operada en las ideas de Mariano Moreno y en lo que constituyó su partido jacobino y liberal.
Para demostrar el liberalismo de Moreno, sus biógrafos hacen hincapié en su decidida actuación en favor del “comercio libre”, en 1809, mediante su “Representación de los hacendados”, omiten aclarar que es éste un alegato jurídico, de bufete abogaderil, trazado en representación “de los hacendados de las campañas del Río Plata”, pero realmente destinado a favorecer “un franco comercio con la nación inglesa”. Con dicho documento Moreno quería beneficiar a los intereses portuarios, pues el comercio libre interesaba al litoral, que poseía lanas, cueros, tasajo, cebo y otros productos de exportación. La intención no tenía nada de liberal, por lo tanto, y no resiste replicas como la formulada por Alberdi: “Dejando en manos de Buenos Aires y para su provecho exclusivo todo el producto de su contribución de aduana, los argentinos vienen a ser tributarios” de la provincia de Buenos Aires”
La gravitación que se atribuye a Mariano Moreno en la aper­tura, del comercio del Río de la Plata, es otra falacia de los liberales. Moreno no tuvo parte alguna en lo resuelto, como que su escrito profesional fue agregado al expediente respectivo cuando ya se habían pronunciado los órganos a los que correspondía intervenir. En efecto; la “Representación” lleva fecha del 30 de setiembre de 1809; su pu­blicación se hizo en junio de 1810, con posterioridad a la constitución de la Junta. En el legajo sobre libertad de comercio, al incorporarse el escrito mencionado, ya había opinión del virrey (20 de agosto de 1809), dictamen coincidente del secretario del Real Consulado, doc­tor Manuel Belgrano (6 de setiembre), y resolución favorable del Cabildo (12 de setiembre). ¿Cuál es, pues, el mérito de Mariano Moreno y cuáles las tesis novedosas que aportó a la discusión de una materia que ya contaba con el consenso general de las opiniones?
Con la “Representación de lo hacendados” Mariano Moreno se definió en favor de los intereses mercantiles de la burguesía porteña; esta línea habría de afirmarla en oportunidad de la controversia abierta alrededor de la representación de los Cabildos de las otras villas y ciudades. Sus diputados, electos de conformidad a la Circular de la Junta de Mayo, fueron e arribando a la metrópolis para incorporarse a la Junta “como vocales”. A tenor de lo que prescribía aquella comunicación. En el mes de setiembre ya se hallaban en la ciudad el deán Gregorio Funes, de Córdoba, el presbítero Dr. Juan Ignacio Gorriti, de Jujuy; don José Simón García de Cossio, de Corrientes; el presbítero Juan José Lamí, de Santiago del Estero, y algunos otros representantes del interior, hasta completar el número de nueve. Apenas llegados a la capital se encontraron con el clima adverso del Cabildo de Buenos Aires de algunos miembros de la propia junta, cuyo secretario Moreno sostenía ahora que diachos representantes debían esperar la celebración de un Congreso al que se le asignaban vagas atribuciones organizativas. Moreno escribía en la “Gaceta” justamente en el dicho mes de setiembre: “El pueblo de Buenos Aires no quiso usurpar a la más pequeña aldea la parte que debía tener en la erección del nuevo gobierno… y, establecien­do la Primera Junta, le impuso la calidad de provisoria, limitando su duración hasta la celebración del Congreso y encomendando a éste la instalación de un gobierno firme, para que fuese obra de todos lo que tocaba a todos igualmente…” 
Fue entonces cuando el deán Funes encabezó un movimiento que provocó la reunión en común de la Junta —en total nueve miem­bros— y los diputados del interior —también nueve en total—, el 18 de diciembre de 1810. Expresa el acta de la reunión que uno de los diputados “tomando la voz por todos los demás, dijo: Que los diputados se hallaban precisados” a reclamar el derecho que les competía, pues la Capital no tenia títulos legítimos para elegir por sí sola gobernantes a que las demás ciudades deban obedecer…”.
 Uno de los vocales de la Junta replico, respecto al derecho invocado, que “no consideraba ninguno en los diputados pura incorporarse a la Junta, pues siendo el fin de su convocación la celebración de un Congreso nacional, hasta la apertura de éste no pueden empezar las funciones de los representantes; que su carácter era inconciliable con el de los individuos de un gobierno provisorio y que el fin de éste debía ser el principio del gobierno de aquéllos…” El secretario Paso se expidió en el mismo sentido y el otro secretario, Moreno, manifestó “que consideraba la incorporación contraria a contraria a derecho y al bien general del Estado”, aunque favorecía el propósito de que los diputados se reunieran en Congreso y proveyeran a la constitu­ción del país. El criterio de la mayoría favoreció el punto de vista de los representantes del interior y así quedó constituida la llamada Junta Grande. Años más tarde, el hermano de .Mariano Moreno comentaría: “Los amigos del Presidente sedujeron a los Diputados de las provincias para que pidiesen parte en el gobierno ejecutivo…”
Los azares que posteriormente acaecieron con la junta-Grande, el Triunvirato y los violentos atropellos del señor Rivadavia, no mo­difican la importancia del gesto de los diputados de provincia, qué encabezados por el deán Funes plantaron la primera bandera fede­ralista y de resistencia al despotismo de Buenos Aires. En cuanto a la personalidad dé Saavedra, y del papel que jugó en estos tras­cendentales sucesos, ya se sabe que el liberalismo ha querido oscure­cerla y denigrarla, tan sólo porque no sirvió a los planes de la bur­guesía mercantil apoderada de las llaves del puerto y la aduana. Vicente Fidel López reconoce que, “por su posición personal, por su familia y por ser, además, coronel de Patricios, tenía un partido bastante fuerte entre las milicias y las gentes de los suburbios”. El deán Funes, por su parte, comentaba: “Se ha aumentado mucho el clamor del pueblo porque los diputados tomen parte del gobierno- La cosa esta en vísperas de salir a luz…Moreno sé ha hecho muy aborrecido y Saavedra está más querido del pueblo que nunca”.
Esta era la situación en aquellos momentos. Sin embargo, pasa­dos los años, los historiadores al servicio del porteñísimo liberal, con Mitre a la cabeza, darán una interpretación deformada de estos episo­dios y resultará que Saavedra es un reaccionario y Moreno elcaudillo popular. Mitre abominará de la postura adoptada por los diputados del interior y llegará a decir: “Esta tendencia dio origen a la dislo­cación del gobierno central. Todos los diputados querían tomar parte en él y la tomaron en representación de sus provincias, creando así una autoridad de pensamiento, con intereses y propósitos divergen­tes”. Para el liberalismo, aliado del porteñismo y el unitarismo, la única fuente de unidad es la metrópoli, el puerto de Buenos Aires, aprovechando en su beneficio exclusivo (de “gobierno central”) las rentas de aduana que constituyen el haber de toda la Nación. La exaltación de Mariano Moreno se hizo en virtud de haberse puesto al servicio de esta mala causa. Escribía Moreno en la “Gaceta”: “Estaba reservado a la gran capital de Buenos Aires dar una lección de justicia, que no alcanzó la Península en los momentos de sus ma­yores glorias; y este ejemplo de moderación, al paso que confunda a nuestros enemigos, debe inspirar a los pueblos hermanos la más pro­funda confianza en esta ciudad, que miró siempre con horror la con­ducta de esas capitales hipócritas, que declararon guerra a los tiranos, para ocupar la tiranía que debía quedar vacante con su extermi­nio…”.
 Equívocas palabras destinadas a afirmar ante los pueblos la primogenitura de “la gran capital de Buenos Aires”; pero ¿por que habían de admitirlo las otras ciudades, dignas de igual confianza e idénticamente capacitadas para impartir su “lección de justicia”?
Son estas ideas, sin embargo, las que fabricaron la consagración póstuma de Mariano Moreno, de cuyas aptitudes personales lo menos que puede decirse es que no alcanzó a desarrollarlas en los seis meses de su combatida actuación en la Primera Junta. Su gloria más repetida es la de haber impulsado la idea de una publicación propia de la Junta, que no fue otra que la “Gaceta de Buenos Aires”, cuya primera edición apareció el 7 de junio de 1810. ¿Por qué la “Gaceta” del gobierno central de las Provincias Unidas redujo su alcance a los límites de uno cualquiera de los Cabildos del antiguo Virreinato del Río de la Plata? Esta es otra prueba del servilismo “morenista” a los intereses visibles e invisibles del partido porteño. Es aquí donde debemos radicar el origen de las muchas y descomunales alabanzas. Son esos mismos sectores los que se volvieron contra el coronel Saavedra, haciéndolo objeto de algunos chismes sobre honores y brin-(lis que alimentan la literatura cursi del pedagogo “oficial”. La in­vestigación sin prejuicios desectaofrece una visión muy distinta de las cosas. Mariano Moreno, porteño, se constituyó en el abanderado de un círculo cerrado y terrorista; frente a él se levantó un movimiento popular que encontró su intérprete y conductor en Saavedra1 criollo de Potosí. El Presidente de la Junta no compartía los rígidos métodos extremistas y sanguinarios del secretario. Cuando se trató, por ejem­plo, la situación de los capitulares del Cabildo metropolitano que habían reconocido secretamente al Consejo de Regencia de Cádiz, Moreno propuso se los decapitara. Saavedra comenta: “Yo que cono­cía el influjo de este individuo y partido que ya tenía, horrorizán­dome de los fatales resultados que podrían originarse por la muerte de diez individuos relacionados y emparentados con parte muy con­siderable de la sociedad, tomé la palabra y dirigiéndome con entereza a Moreno, le dije: “Eso sí, doctor, eche Vd. y trate de derramar san­gre; pero esté Vd. cierto que si esto se acuerda no se hará. Yo tengo el mando de las armas y para tan perjudicial ejecución protesto desde ahora no prestar auxilio. Los demás señores vocales, en efecto, no opinaron en su votación como había indicado aquél, y el delito de los capitulares se castigó con las penas y multas pecuniarias que todos saben” . Esto es lo que los liberales no pueden perdonarle a Saavedra; su animadversión al terrorismo, su sentido nacional de los problemas y la adhesión popular que despertaba su persona. Contra esto se lanzó la torpe calumnia de que Saavedra actuaba movido su colonialismo y espíritu conservador. Voces ilustres le salieron al paso a esta infamia. “¿Qué quería Saavedra? —pregunta Alber­di— Que el gobierno argentino fuese la obra de todas las provincias de la nación: ¡a eso llama Mitre, conservador!… El partido de Saavedra era él partido verdaderamente nacional, pues quería que la nación toda interviniese en su gobierno. “ 
La historia liberal, que es la única que poseemos y se enseña en las escuelas, más que una historia resulta un alegato. Se propuso defender su propia casa, consagrar las figuras de su capilla, encubrir las maldades y traiciones de sus parciales, enaltecer al círculo mer­cantil de la metrópoli y propagar cuanta idea resulte destructora de la nacionalidad. La propia figura del general Belgrano, que es una de las más puras de nuestra historia, ha sido achicada y empobre­cida. Mitre no juzga adecuada a la responsabilidad de la hora, la actuación del prócer en la Junta de Mayo. “No es hombre para apuros de revolución”, comenta. ¿Qué entendería el general Mitre por “revolución” en el seno de la Junta de Mayo? Lo que él real­mente quería era que los acontecimientos de 1810 apareciesen como la culminación de un largo proceso ideológico —de tinte liberal, por cierto— que debía derivar inexorablemente a la instalación de una República inspirada en tales principios. El general Belgrano escapa a este patrón (sostuvo, inclusive, la organización monárquica) y esto irrita a los epígonos del “mitrismo”; se desesperan cuando leen en la “Autobiografía” del patricio que, allá por 1807, Belgrano y el general inglés Crawford juzgaban que tardaría un siglo la indepen­dencia de los pueblos de América, pues no había señales evidentes de espíritu insurreccional. Agrega Belgrano: “Tales son los cálculos de los hombres; pasa un año y he ahí que, sin que nosotros hubié­semos trabajado para ser independientes, Dios mismo nos presenta la ocasión con los sucesos de 1808 en España y en Bayona…”. Al diablo, pues, todo el presupuesto ideológico construido por el liberalismo; la emancipación fue producto de circunstancias extrañas a nuestro medio y a las formas de pensamiento de que se decían portadoras las “clases dirigentes” de la metrópoli. “Siendo nuestra revolución obra de Dios —señala Belgrano—, El es quien la ha de llevar hasta su fin, manifestándonos que toda nuestra gratitud la debe­mos convertir a S. D. M. y de ningún modo a hombre alguno”. 
Estas reflexiones de uno de los actores más destacados de aquellos sucesos, dan por el suelo con las falsas argumentaciones de la escuela liberal; pero estamosforzados a rechazar el testimonio de los testigos directos de los hechos y a admitir a pie juntillas el de los falsificadores que vinieron después, si no queremos Caer en pecado de leso libera­lismo, que en nuestro país se paga con los más terribles anatemas. ¡Vaya farsa la que montaron estos liberales!
Constituida, según dijimos, la Junta Grande el 18 de diciembre, Moreno se vio precisado a presentar la renuncia, ésta le fue aceptada —según el acta de la sesión— en virtud de no “ser provechosa al público la continuación de un magistrado desacreditado”. Pero la propia Junta, en homenaje a los sentimientos de unidad y conci­liación que la animaban le encomendó una misión en Europa, dotándole de 20 pesos fuertes para los gastos. Moreno y los dos secretarios que le fueron asignados, don Tomás Guido y don Manuel Moreno, se embarcaron en la goleta inglesa “Misletal”, el 24 de enero de 1811, transbordando al día siguiente, en la Ensenada, al buque “La Fama”. A bordo de éste murió Mariano Moreno, en alta mar, el 4 de marzo de 1811, siendo su cadáver arrojado a las aguas envuelto en la bandera inglesa.
La Junta Grande mientras tanto, emitió el decreto del 10 de febrero, que constituye un nuevo paso en el camino de dar sentido I orgánico a la revolución, pues “la Junta siempre ha estado persua­dida que el mejor fruto de esta revolución debía consistir en Hacer” gustar a los pueblos las ventajas de un “gobierno popular”. Con tales miras, ordenaba la formación de Juntas Provinciales, en cada una de « las cuales “residirá in solidum toda la autoridad del gobierno de la provincia”, estando destinadas a “velar incesantemente en la tradición de tranquilidad, seguridad y unión de los pueblos encargados a su cuidado, y en mantener y fomentar el entusiasmo a favor de la causa común”.
Así las cosas, la noche del 5 al 6 de abril de 1811 se produjo.— una-insurrección popular, capitaneada por el alcalde de barrio Grigeray el doctor Joaquín Campana, destinada —según lo procla­mó— a defender “la gran causa y sistema de gobierno que se sigue y debe abrazarse en lo sucesivo”. La rebelión reforzaba la autoridad del presidente Saavedra y confirmaba la línea popular que éste representaba. Contó el movimiento con la decidida adhesión del deán Funes y la cooperación de tres regimientos cívicos, encabezados por los generales Juan Ramón González Balcarce y Martín Rodríguez. En el manifiesto publicado en la “Gaceta”, se decía que los antecesores en el seno de la Junta (Moreno y su partido) habían querido imponer una “furiosa democracia desorganizada, sin consecuencia, sin forma, sin sistema ni moralidad, cuyo espíritu era amenazar nuestra seguridad en el seno mismo de la patria v escalar esa libertad que buscamos a costa de tantos sacrificios” 
El “motín”, como le llaman los historiadores liberales, influyó en el ánimo de los miembros de la Junta, que realizaron algunos cambios v apresuraron los trabajos para la elección de diputados de los Cabildos a objeto de “dar principio al Congreso Nacional a fines de noviembre del presente año”.
Al conocerse la noticia del desastre de Guaqui (20 de junio) el grupo liberal consideró que era llegada la hora de la revancha. Eran sus directores el coronel doctor Antonio Feliciano Chiclana, don Manuel de Sarratea, el doctor Juan José Paso, el doctor José Julián Pérez y el señor Bernardino Rivadavia. Basta enunciar estos nombres para que se adivine cuál será el enjuiciamiento que harán de los hechos los historiadores liberales. Lo ya sabido: frente al partido bárbaro de Saavedra aparece el partido del orden y civili­zación,continuador de la línea liberal del “morenismo”. Se dirá, inclu­sive”, que estos hombres eran portadores de la democracia.
Pues bien, la “furiosa democracia” de estos señores consistió en alentar tumultos públicos por la derrota que habían sufrido lasarmas de la patriay luego, el 23 de setiembre, por medio de una “pueblada”, lograron imponer un cambio radical de gobierno y la concentración de la autoridad en manos de los tres primeramente nombrados (Chiclana, Sarratea y Paso), secundados por tres secre­tarios que lo fueron los dos últimos. (Pérez y Rivadavia) y el doctor Vicente López y Planes. Así surgió el primer Triunvirato haciendo mérito —según el Acuerdo adoptado— de “la celeridad y energía con que deben girar los negocios de la patria, y las trabas que ofrecen al efecto la multitud de los vocales por la variedad de opiniones que frecuentemente se experimentan”. No obstante esta clara alusión al disgusto que ocasionaba la voz de las provincias, se convino que la llamada Junta Grande permaneciera como Corporación o Junta Con­ servadora, formada por “los diputados de los pueblos y provincias”, aunque sin concretarse sus atribuciones y finalidad.
La Junta Conservadora fue subalternizada desde el primer mo­mento, determinando la protesta de uno de sus miembros, el pres­bítero Gorriti, que presentó una " Memoria"  en la que defendía el derecho igual de todos los pueblos. “Hemos proclamado la igualdad de derechos de todos los pueblos —escribía— y está en oposición con nuestros principios un orden que exalta a unos y deprime a los más. Es injusto porque se falta en el punto más esencial a los pactos con que todas las ciudades se unieron a este Gobierno. La sola idea de esta desigualdad las habría alarmado si hubieran estado capaces de concebir que la libertad que se les ofrecía iba a tener tal ter­minación …” . Trató la Junta de preservar sus fueros poniendo un dique a los desbordes del autoritarismo ejecutivo. Pero el señor Rivadavia, como buen demócrata-liberal, no admitía cortapisas ni fre­nos a su despotismo, y arrasó con la Corporación, dándole un plazo de horas a sus miembros para abandonar el territorio de Buenos Aires. Puede decirse que con estos actos se inauguró en el país la democracia de los liberales, no siempre tan benévola como en este caso, pues habitualmente sus operaciones de limpieza comienzan por las cabezas de sus adversarios.
Con estos hechos queda liquidada la fracción “morenista”, a la que reemplaza la “rivadaviana”; el cordón umbilical que une ambos movimientos no es otro que el terrorismo, método propio del sistema liberal, que unos y otros practicaron. La pretendida oposición entre Moreno y Rivadavia no pasa de ser un cálculo basado en tontas pre­sunciones; ambos sirvieron a los intereses de Buenos Aires, al centra­lismo portuario, a la oligarquía mercantil, a los ávidos comerciantes ingleses y al más furioso autoritarismo. La muerte de Mariano Moreno, jefe consagrado de la fracción dictatorial, promovió el advenimiento de Bernardino Rivadavia; pero estos son matices, nombres apenas, de esa sustancia anti histórica y antinacional que se llama liberalismo.
Con el Triunvirato y lo acaecido a la Junta Conservadora se cierra lo que podríamos considerar etapa inicial de nuestra vida, principiada en Mayo de 1810. Los elementos que han de jugar a lo largo de toda nuestra historia, aparecen claramente identificados. Ya puede intentarse, por lo tanto, una valoración de los sentimien­tos que surgieron y chocaron en aquel magno episodio. En él está la partida de nacimiento de nuestra vida independiente; cualquier adulteración que pretenda introducírsele, constituye un delito que, al deformar los orígenes, perturba o desvía la interpretación cabal del destino histórico que como pueblo y Nación nos pertenece.
La historia “oficial” comete este delito al presentar los sucesos de Mayo de 1810 como una explosión del espíritu liberal americano contra el absolutismo peninsular. La exposición que dejamos hecha, demuestra la estulticia de este enfoque; pues resulta evidente la fi­delidad que el pueblo y los principales actores guardaron hacia los símbolos y las esencias que lo católico y lo hispánico habían in­corporado a nuestra vida. Puede afirmarse que ni siquiera los elementos liberales produjeron un documento o un hecho público que indicara su posición insurreccional frente a aquellas sustancias fundadoras; su conspiración se fue haciendo en la sombra de las logias y a base de proclamas que disimulaban la íntima perversidad de sus doctrinas. Esto mismo no fue sino artimaña y malicia de pequeños grupos que se lla­maban a sí mismos “ilustrados”; el pueblo no se desvió jamás del rumbo tradicional y conservó intactas las herencias recibidas.
El partido “morenista” y el “rivadaviano”, con toda la secuela de sus principios unitarios, porteñistas y de despotismo ilustrado, intentaron torcer la recta marcha de los acontecimientos. Confun­dieron, inclusive, su significado y les dieron un aire sectario a las celebraciones consiguientes. Contra estas tendencias defraudadoras insurgió Rosas y las huestes populares que lo respaldaban. El 25 de Mayo de 1810 recuperó su prístino sentido: de eslabón en la gloriosa cadena de una historia que no se inicia entonces ni puede repudiar el acervo de grandeza que recibió, por vía de la conquista española, en las tres flechas de una religión, una cultura y una lengua inmortales.
La misma historia liberal que .acusó a Saavedra de “colonialismo”, no podía dejar de hacerlo con el Restaurador de la las leyes. Para los liberales que con espíritu avieso quieren destruir la línea de nuestra continuidad histórica, todo lo que permanece fiel es colonialismo.Sería interesante establecer en qué proporción la lealtad a los principios tradicionales puede calificarse de “colonial” y en qué medida resulta que no lo es el servilismo a un sistema de ideas e intereses bastardos que tiene a Inglaterra por promotora y destinataria.
La conmemoración del 25 de Mayo realizada por Rosas, en 1836, dio lugar a una ceremonia de muy tocantes proporciones. Se efectuó en el Fuerte, en presencia del cuerpo diplomático, autori­dades v sociedad porteña. En su discurso, dijo el general Rosas: “¡Qué grande, señores, y qué plausible debe ser para todo argentino este día, consagrado por la Nación para festejar el primer acto de soberanía popular que ejerció este gran pueblo en mayo del célebre año mil ochocientos diez! ¡Y cuán glorioso es para los hijos de Bue­nos Aires haber sido los primeros en levantar la voz con un orden y una dignidad sin ejemplo! No para sublevarnos contra las autori­dades legítimamente constituidas, sino para suplir la falta de las que, acéfala la Nación, habían caducado de hecho y de derecho. No para rebelarnos contra nuestro Soberano, sino para preservarle la posesión-de su autoridad, de que había sido despojado por un acto de perfidia. No para romper los vínculos que nos ligaban a los es­pañoles, sino para fortalecerlos más por el amor y la gratitud, po­niéndonos en disposición de auxiliarlos con mejor éxito en sus des­gracias. No para introducir la anarquía, sino para preservarnos de ella v no ser arrastrados al abismo de males, en que se hallaba sumida la España”. Luego de señalar que estos fueron los grandes y plausibles objetos del memorable Cabildo Abierto, recordó la fal­ta de comprensión que hubo por parte de la España liberal de los Borbones, restablecida en el más duro absolutismo, por cuyos personeros fuimos “hostigados y perseguidos de muerte”, hasta que —agregó— “cansados de sufrir males sobre males, sin esperanzas de ver el fin, y profundamente conmovidos del triste espectáculo que presentaba esta tierra de bendición, anegados en nuestra sangre ino­cente con ferocidad indecible por quienes debían economizarla más que la suya propia, nos pusimos en las manos de la Divina Providencia, v confiando en su infinita bondad y justicia, tomamos el único camino que nos quedaba para salvarnos: nos declaramos libres e independientes de los Reyes de España, y de toda otra dominación extranjera”. Ter­minó “renovando aquellos nobles sentimientos de orden, lealtad y fidelidad que hacen nuestra gloria, para ejercerlos con valor heroico en sostén y defensa.de la Causa Nacional de la Federación, que ha pro­clamado la República”.
Esta versión de los acontecimientos de 1810 y del difícil período que les sucedió hasta la declaración de la independencia en 1816, es a todas luces la correcta y ajustada a los hechos históricos; pero desvirtúa elmito liberal de un espíritu insurgente, forjado por las luces de la ilustración y el progresismo, que se rebeló contra una España caduca, oscurantista y despótica, de acuerdo a un plan pre­viamente trazado en las cámaras herméticas del liberalismo. El 25 de Mayo de 1810 confirma la filiación histórica ya adquirida por nuestro pueblo. 
Es un acto defidelidad entrañable a los grandes valores que nutren nuestra tradición, animan nuestra historia y le dan grandeza e imperio a nuestro espíritu. La Nación Argentina nació para el cum­plimiento de un alto mandato histórico; todo cuanto hicieron y hacen los liberales por impedirlo, se frustró —¡Dios sea loado!— porque el pueblo permanece fiel a la verdad natural de sus orígenes y son de orden sobrenatural sus más sublimes inspiraciones.

ATILIO GARCÍA MELLID, Proceso al liberalismo argentino, Bs As, 1957.
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