18 de octubre de 2010

ENFOQUE ECONÓMICO FALANGISTA

EL CAPITALISMO COMO MODELO ECONÓMICO DE LA MODERNIDAD
Jorge Garrido San Román
                                                                                                                                 
                                                                                                                                      
Es la intención del presente trabajo demostrar cómo el pensamiento moderno (hoy ya degenerado en lo que se ha dado en llamar la “postmodernidad”) nació con el protestantismo, se desarrolló con la Ilustración y el racionalismo, triunfó socialmente sobre todo gracias a la Revolución Francesa, y supone un Sistema total que se plasma en un modelo filosófico (el liberalismo, racionalista y materialista), religioso (el “modernismo” en el mundo católico y el protestantismo en el resto del mundo cristiano, aunque ahora se haya pasado al indiferentismo), político (el parlamentarismo demoliberal o partitocrático) y económico (el capitalismo y el socialismo marxista –que no deja de ser un capitalismo de Estado-).
Este último aspecto, el económico, será el que ocupe la mayor parte de este trabajo.
 
El protestantismo como origen del pensamiento de la modernidad
El pensamiento moderno puede decirse que arranca casi con exactitud el 31 de octubre de 1517, cuando Martín Lutero clavó sus famosas “95 tesis contra las indulgencias” en la puerta de la Iglesia del Palacio de Wittenberg. Hasta ese momento la civilización occidental suponía un modelo homogéneo de pensamiento basado en el cristianismo y modelado por la Iglesia Católica según una filosofía y una religión que son precisamente las que forjaron nuestra civilización. Martín Lutero fue quien rompió de una forma decisiva ese modelo homogéneo y provocó una escisión no sólo religiosa, sino también de civilización.
Según la concepción católica que modeló Occidente, el mundo, como creación divina que es, nació con leyes de perfecta justicia, siendo equivocada la idea de que la obligación divina de trabajar fue consecuencia del pecado original, ya que la frase divina “con el sudor de tu frente comerás el pan” no hace referencia propiamente al trabajo, sino más bien al esfuerzo que lo acompaña, ya que mucho antes del pecado original Dios había impuesto a nuestros primeros padres la obligación de labrar la tierra y de someter y aprovechar los animales. Ahora bien, lo que el pecado original de nuestros primeros padres y su expulsión del paraíso sí trajo consigo es una consecuencia fundamental (aparte del esfuerzo que la realización del trabajo supondría a partir de entonces): la aparición del egoísmo humano, lo que supuso a su vez el nacimiento de la búsqueda de privilegios injustos. Pero la multiplicación de los hombres nos trajo también, desde el momento en que la propiedad y la riqueza son limitadas, la aparición de la pobreza.
Martín Lutero fue el primero que cuestionó de forma decisiva para la Historia aspectos esenciales del modelo filosófico-religioso que nos forjó como civilización, y la puerta que él entreabrió posteriormente fue abierta del todo por Calvino, la Ilustración, el racionalismo, etc., es decir, por el pensamiento moderno. El triunfo progresivo del materialismo rompió con la idea de la caridad cristiana y encontró en el capitalismo el sistema ideal para plasmar esos nuevos principios y las injusticias que traían consigo. Al espíritu de solidaridad le sustituyó el de individualidad; al de cooperación, el de libertad; ya no importa la religión, el espíritu, sino sólo la materia y el interés.
 
Consecuencias lógicas: absolutismo, Ilustración, racionalismo y liberalismo
Todo ese proceso deriva en el modelo político absolutista primero (el absolutismo se opone claramente al modelo monárquico católico tradicional, en el cual el Rey siempre se ve sometido a principios superiores a su propia voluntad: la Iglesia, los fueros –que suponen un verdadero pacto entre gobernante y gobernados-, la ley natural, etc.), y el modelo revolucionario después. Por ello puede decirse que el triunfo de la Revolución Francesa en 1789 no es sino la culminación de un proceso iniciado en 1517, proceso que supone la destrucción del modelo filosófico-religioso y social tradicional (católico) y su sustitución por otro nuevo basado resumidamente en principios como el individualismo, el materialismo y el racionalismo, desplazando, pues, los valores anteriores de hermandad, espiritualidad y divinidad propios de la civilización cristiana.
Pero el pensamiento moderno tiene varias “dimensiones” a la hora de plasmarse en la práctica. En lo ideológico se muestra en forma de liberalismo, con sus facetas económicas (capitalismo), políticas (parlamentarismo demoliberal o partitocrático) e incluso religiosas (protestantismo cismático inicialmente y “modernismo” en la propia Iglesia Católica después, aunque en la fase actual postmoderna ambos se han ido sustituyendo por la consecuencia lógica de ambos: el indiferentismo).
 
Del liberalismo al capitalismo, el sistema económico de la modernidad
El liberalismo económico que termina plasmándose en el capitalismo moderno, tiene su origen en 1776, cuando Adam Smith publicó su libro “Investigación sobre la naturaleza y causa de la riqueza de las naciones”, donde estudia los mecanismos de fijación de precios, el funcionamiento del mercado (donde él ve la “mano invisible” que extrae un bien común del interés particular de los individuos, es decir, que de la suma del egoísmo individual de cada uno –extraña virtud, la verdad, y que él reconoce como motor de la economía- surge el equilibrio que trae el bien común), etc. A él siguieron J.B. Say, quien en 1803 formuló la “ley de los mercados” que lleva su nombre y según la cual la oferta crea su propia demanda cuando los precios varían para equilibrar la demanda y la oferta agregadas, D. Ricardo (1817), J.S. Mill (1848) y A. Marshall (1890).
Estos pensadores liberales sostienen que los precios y los salarios son flexibles, por lo que la economía se desplaza muy deprisa a un equilibrio a largo plazo. Creen que los salarios y los precios flexibles eliminan rápidamente cualquier exceso de oferta o demanda y restablecen el pleno empleo y la plena utilización de la capacidad. La política macroeconómica no puede desempeñar ningún papel corrector de las perturbaciones reales, pues eso sería introducir elementos extraños que alterarían las leyes económicas, pero sí puede, mediante la política monetaria y fiscal, influir en el nivel de precios y en el PIB real.
El liberalismo tuvo una época inicial de indudable esplendor, pero acabó degenerando en el fenómeno del capitalismo salvaje moderno (el capitalismo en realidad es muy anterior, al menos en sus características esenciales), incumpliendo incluso sus propios principios, aunque siendo todo ello consecuencias lógicas de los mismos (estaba lejos ya aquel idílico mercado libre con numerosas ofertas y demandas y pronto se tendió a la concentración de capitales y a las empresas precio-determinantes; de la misma manera, la teoría clásica del valor, que afirmaba que las medidas del valor son el trabajo –esfuerzo empleado en la producción de un bien- y el cansancio –lo que se ahorra uno con el uso de ese producto-, pronto se vio superada por la realidad de un mercado que no tenía muy en cuenta esas medidas).
De esta distinción (que no oposición, ya que se trata de una consecuencia lógica) entre liberalismo y capitalismo nace en cierta medida la nacionalsindicalista entre propiedad privada (que no es una concepción propiamente liberal) y propiedad capitalista. Recordemos que José Antonio Primo de Rivera consideraba que mientras la propiedad privada era un atributo elemental humano, una proyección directa del Hombre sobre sus cosas –de derecho natural, pues-, la propiedad capitalista era exactamente lo contrario: la propiedad inhumana, anónima y explotadora de los que se llevan sin trabajar la mejor parte de la producción (los intereses, los dividendos, las rentas, etc.), utilizando el capital no como un instrumento al servicio de la producción, sino como un instrumento técnico de dominación económica que alcanza la categoría de factor fundamental de la producción, y con unos supuestos derechos propios que le elevan incluso por encima del trabajo.
El liberalismo económico al menos aún reconocía la importancia de la propiedad privada y su origen de derecho natural, algo que destruye la propiedad capitalista, pero aún así supuso la destrucción en buena medida de la concepción natural de los bienes, de forma que la propiedad comunal, vecinal o incluso gremial es criticada, considerada como un atraso y, por lo tanto, perseguida. Y ello es así porque las ideas de hermandad, solidaridad y cooperación que se plasmaban en los gremios, hermandades, concejos, etc. son desplazadas por las de libertad e individualidad que aparecen como incompatibles con esas instituciones opuestas al espíritu de la modernidad.
 
Las bases del capitalismo: sociedad anónima, salariado, plusvalía e interés
El capitalismo es el modelo económico final del pensamiento moderno que se formó a raíz del liberalismo económico, y dicho modelo se sustenta básicamente en la propiedad capitalista (gracias fundamentalmente a la “sociedad anónima”), el trabajo mediante el sistema de salariado, la asignación de la plusvalía al capital, y el incentivo del interés. Veamos cada una de estas bases del sistema capitalista.
1.- La sociedad anónima. El progresivo triunfo del maquinismo supuso la aparición de nuevas formas de propiedad. Desplazada la propiedad privada tradicional, se hacía necesaria la aportación cada vez mayor de capital fijo para sostener la gran industria, y la sociedad individual se ve relegada a un segundo plano por la sociedad mercantil. Hay muchos tipos de sociedad mercantil, si bien el modelo típico es el de la “sociedad anónima”. En ella los socios aportan cualquier derecho de contenido patrimonial y el capital, que es lo único que da derecho a la propiedad de los medios de producción, está dividido en acciones. Éstas son títulos al portador, lo que permite su fácil enajenación y el anonimato de los propietarios. Existe un capital mínimo para su constitución y los socios sólo responden de su aportación.
Las especiales características de la sociedad anónima la convirtieron en el medio ideal para la creación de las grandes empresas; con ella el hombre ya no es el propietario; ahora la propiedad es una abstracción representada por trozos de papel (las acciones), algo impersonal, sin rostro ni sentimientos.
Sin embargo, el desarrollo de la sociedad anónima ha servido también para establecer de forma cada vez más clara la separación entre los capitalistas (los propietarios de las acciones) y los empresarios (directivos, hombres de empresa contratados para gestionar y dirigir la labor empresarial). Este es uno de los fenómenos más significativos del capitalismo moderno y confirma nuestras ideas acerca de la armonización de empresarios, técnicos y obreros, siendo todos ellos trabajadores en un mismo plano frente a los parásitos capitalistas (lo que no significa que no sea imprescindible el capital, sino sólo que éste debe ser suministrado de forma alternativa para poder cumplir su función social).
2.- El salariado. El sistema de salariado es, junto al interés y el modelo de empresa, la base del sistema capitalista. El salario es el precio del trabajo. El trabajo se compra y se vende a un precio determinado. No es el fruto del trabajo lo que se vende, sino el trabajo en sí mismo, ya que se considera que el fruto del trabajo nunca forma parte del patrimonio del trabajador al haber comprado el capitalista su trabajo a priori. Muestra de ello es el hecho de que, aunque los resultados de la producción fueran negativos, el trabajador seguiría teniendo derecho a cobrar su salario.
Para el Nacionalsindicalismo resulta evidente que en el sistema de salariado el trabajador se vende a sí mismo. No en vano el contrato de salariado tiene su origen en el arrendamiento de esclavos romano. La cruel expresión “mercado de trabajo” no hace sino reflejar la imperante idea del trabajador como un elemento más de la producción, como un factor productivo que se compra y se vende. Por eso nosotros rechazamos tal expresión de forma rotunda y sin reservas.
Conviene aclarar que el “salariado” es el nombre de este sistema retributivo, que el “asalariado” es la persona que lo padece, y que el “salario” es la retribución propiamente dicha, y que el sistema de salariado sustituyó al sistema de compañía, anterior y mucho más justo. El sistema de compañía se fundamenta en la idea de que todos los que aportan algo (capital, conocimientos, trabajo) deben ir a partes iguales tanto en pérdidas como en ganancias. Es un sistema que respeta más la dignidad humana que el de salariado, pero tiene inconvenientes como el de poner capital y trabajo en un mismo nivel y, sobre todo, que el obrero no puede esperar a que la empresa gane ni puede vivir cuando la empresa pierde.
En cuanto al sistema de salariado, los falangistas no podemos dejar de calificarlo como inmoral, disolvente y antieconómico.
Es inmoral porque el trabajador se vende a sí mismo, lo que atenta gravemente contra la dignidad humana. Ciertamente, puede no ser inmoral desde el punto de vista religioso, pero para ello deberían cumplirse una serie de exigencias morales (ampliamente explicadas -y consideradas como innegociables por las partes- por los Papas en diversas encíclicas y que, resumidamente, exigen el respeto a la dignidad humana, la relación de justicia social y el salario familiar, lo cual no se da en el sistema convencional de salariado prácticamente en ningún caso).
Es disolvente porque establece una relación bilateral de trabajo que divide a la sociedad en dos grupos: el de los que venden su trabajo y el de los que lo compran. Y aquí resulta imposible no recordar las palabras de León XIII en su encíclica “Rerum Novarum”: “el trabajo no es vil mercancía, sino que hay que reconocer en él la dignidad humana del obrero, y no ha de ser comprado ni vendido como cualquier mercancía”.
Finalmente, es antieconómico porque el asalariado se siente completamente desligado de la función que realiza, del fruto de su trabajo (lo que los marxistas llaman “alienación”).
3.- La plusvalía. La plusvalía es la diferencia de valor entre el producto manufacturado y lo que costó su fabricación (materias primas, energía, salarios, etc.). Es, en definitiva, el valor añadido que crea el trabajador, y en el actual sistema dicha plusvalía queda en manos del capitalista.
Al ser la plusvalía un “beneficio extra”, en principio no puede derivarse del simple intercambio de mercancías. Esto es así porque los intercambios se establecen normalmente sobre la base de valores más o menos equivalentes. Tampoco deriva la plusvalía de los aumentos de precios, ya que estos aumentos suponen ganancias y pérdidas entre los vendedores y los compradores que tienden a neutralizarse entre sí. ¿Cómo se obtiene entonces la plusvalía? Para que se produzca una plusvalía es imprescindible que el capitalista encuentre en el mercado alguna otra “mercancía” que pueda operar sobre el valor actual como “fuente de valor”, es decir, que pueda aumentar el valor de un bien gracias a la incorporación al proceso productivo de esa otra “mercancía” que crea esa plusvalía, ese valor extra. Obviamente, esa “mercancía” es el trabajo humano. Pues bien, el capitalista compra el trabajo del obrero como si de una mercancía más se tratara (de ahí viene precisamente el inhumano concepto de “mercado de trabajo”), y la paga con el “salario”. Pero sucede algo curioso: el costo del trabajo (salario) no equivale a su aportación real de plusvalor, es decir, el trabajador crea más plusvalor del que recibe en forma de salario. Si al trabajador se le pagara exactamente el valor que con su trabajo a aportado a las cosas, entonces el capitalista no tendría negocio ninguno en el proceso productivo. La diferencia entre uno y otro, es decir, lo que el capitalista se apropia indebidamente (no es él el que lo genera, sino el trabajador), ese producto excedente o ganancia adicional es la plusvalía.
Pues bien, del concepto de plusvalía deriva también la llamada “Tasa de Explotación” (TE), que es la relación existente entre la plusvalía (Pl) y el salario –en el lenguaje marxista es denominada técnicamente “capital variable” (V)- efectivamente recibido por el trabajador (TE=Pl/V). Pero como resulta que hay otro factor a tener en cuenta para establecer la efectiva “Tasa de Ganancia” del capitalista, que es el capital constante (C) o fijo –es decir, sus inversiones en maquinaria, instalaciones, materias primas, etc.-, resulta que la fórmula anterior debe ser completada para reflejar adecuadamente esa composición orgánica del capital (CO=C+V). Por lo tanto la fórmula que, según Marx, refleja adecuadamente la Tasa de Ganancia -es decir, la relación entre la plusvalía y la composición orgánica del capital- es la siguiente: TG=Pl/(C+V).
Los economistas antimarxistas han tratado de demostrar no sólo lo inadecuado del concepto de “plusvalía”, sino también la incorrección de la fórmula de la Tasa de Ganancia, y la verdad es que argumentos no les faltan, ya que, para empezar, Marx comete un error casi de principiante al utilizar razonamientos microeconómicos a la macroeconomía (al hablar de la modificación de la composición orgánica del capital -CO-, por ejemplo, un aumento de C no es simplemente eso en el conjunto de la economía como lo sería para un empresario particular, ya que para los suministradores de maquinaria, C en realidad es un producto o mercancía traducible, por tanto, en V y Pl; ello llevaría a considerar errónea la fórmula marxista de la Tasa de Ganancia, que sería más bien la siguiente: TG=Pl/[(Pl+V)+V, lo cual tampoco sería demasiado razonable…).
Pese a ello yo creo que siguen siendo conceptos útiles y esencialmente correctos, pero no sería honesto ocultar que son imperfectos y criticables en muchos aspectos, especialmente en su poco convincente formulación científica.
Para los falangistas, pues, la plusvalía es fruto de la producción, y por lo tanto no es creación del capital, sino del trabajo. El capital por sí mismo no genera plusvalías. Necesita la intervención del trabajador para tener un valor añadido y por eso él es su legítimo propietario.
Sin embargo no sería correcto afirmar que el Nacionalsindicalismo pretende que esa plusvalía se abone directamente al trabajador. José Antonio, que habló inicialmente de asignar la plusvalía “al productor encuadrado en sus Sindicatos” (21-XI-35), precisó más adelante sus palabras, posiblemente influido por los ataques que recibe el concepto de plusvalía por parte de los economistas y por el hecho de que un sistema fiscal progresivo en relación con uno muy adelantado de servicios y seguros sociales consigue de igual modo un reparto eficaz según Juan Velarde Fuertes. Y es que no parece muy serio un reparto de dinero líquido de esas dimensiones, con unas posibles consecuencias desastrosas para la economía (inflación, devaluación de la moneda, etc.), aunque también es cierto que las consecuencias con un sistema monetario distinto al actual podrían ser distintas, algo difícil de evaluar con rigor a priori. Por eso José Antonio, sin por eso contradecir sus palabras anteriores, precisa que “la plusvalía de la producción debe atribuirse no al capital, sino al Sindicato Nacional productor” (30-IV-36). Así esa plusvalía será administrada en beneficio directo de los trabajadores a través de su Sindicato, pudiendo ser empleado para labores de capitalización, financiación, obras sociales, etc., pero no suponiendo su reparto directo –aparte de la cantidad destinada a la retribución del trabajador, claro está-. En este sentido fue muy interesante la “Ley de Propiedad Social” de la empresa en el Perú de Juan Velasco Alvarado a finales de los setenta del pasado siglo XX.
4.- El interés. El hombre, olvidando el origen y la finalidad del dinero, pronto encontró en él otra manera de vivir sin trabajar: prestar al que no tiene. Así nació la dictadura del dinero, es decir, el capitalismo financiero anónimo y explotador. Claro que en realidad nadie vive sin trabajar, ya que quien vive de tal manera lo que en realidad hace es vivir del trabajo de los demás.
De poco sirvió la ofensiva que desde la Antigüedad se emprendió contra lo que se denominó “usura”. Aristóteles, Platón, Cicerón, Catón, Plutarco o Séneca fueron algunos de los ilustres pensadores que la condenaron sin paliativos, lo mismo que todas las grandes religiones. Así los judíos tienen prohibida la usura entre ellos, aunque siguiendo sus preceptos sí que la pueden practicar con aquéllos que consideran enemigos. Por ello apelan siempre al versículo que dice: “No exijas interés alguno de tus hermanos ni por dinero, ni por víveres, ni por ninguna otra cosa que se suele prestar a interés. No obligues a tu hermano a pagar interés, ya se trate de un préstamo de dinero, de víveres, o de cualquier otra cosa que pueda producir interés” (Deuteronomio 23, 20-21).
Siguiendo el precepto evangélico de Jesucristo (“haced el bien y prestad sin esperar remuneración” (Lucas 6,35) –la argumentación contraria que algunos esgrimen apoyándose en Mateo 25, 14-30 carece de la solidez necesaria al comparar un mandato de Cristo con las palabras que en una parábola dice un judío que, lógicamente, se guía por las anteriores palabras del Deuteronomio-), la Iglesia condenó siempre la usura, extendiendo a toda la cristiandad la prohibición canónica -que había sido sancionada en el Concilio de Nicea (año 325)- en 443, siendo Papa León I el Magno. Hasta tal punto fue condenada esta práctica que el Concilio de Letrán (1179) dispuso con total claridad: “nosotros ordenamos que los usureros manifiestos no sean admitidos a la comunión, y que, si mueren en pecado, no sean enterrados cristianamente, y que ningún sacerdote les acepte las limosnas”. El propio Papa Alejandro III agravó la severidad de las penas llegando a dictaminar la nulidad de los testamentos de los usureros (en esa época lo relativo a la liquidación de las herencias se hallaba bajo la jurisdicción de los tribunales eclesiásticos).
Santo Tomás de Aquino (siguiendo en buena medida los argumentos de Aristóteles), en su “Tratado de la Justicia” de la “Suma Teológica”, II-II, cuestión 78 dice que el préstamo con interés, “lo cual se llama usura”, es injusto e inmoral. Es injusto porque “se vende lo que no existe”, ya que el dinero sólo sirve “para hacer las conmutaciones”. Es por ello que “está uno obligado a restituir el dinero que ganó por usura”, ya que sólo hay que devolver tanto como se prestó. En cuanto a su inmoralidad, está claro que la usura se basa en la necesidad del prójimo, con quien hay que practicar la caridad. Por eso “quien da el interés que le exige el usurero, no lo da voluntariamente de suyo, sino presionado por la necesidad, en cuanto necesita recibir el préstamo que no le concedería quien tiene el dinero, a no ser mediante una ganancia usurera”.
En 1745 el Papa Benedicto XIV volvería a recordar la validez de esta doctrina, al igual que lo harían más tarde Pío VIII (1829-1830) y Gregorio XVI (1831-1846), pero la realidad es que se trataba ya de una época en la que sus condenas caían ya en saco roto. La realidad económica capitalista que imponía la mentalidad protestante se iba imponiendo inexorablemente y a partir de entonces la Iglesia, que no puede permanecer ajena a dicha realidad, adapta su condena a la usura –que permanece plenamente vigente- de tal forma que en la práctica se permite en determinadas circunstancias y con ciertas condiciones, y siempre por razones extrínsecas al contrato (de otro modo, en un entorno capitalista como el actual un católico apenas podría desenvolverse y además, salvo que se cambiara el sistema económico, el bien común podría verse afectado si determinados grupos sociales –caso de los católicos- se automarginaran de las prácticas económicas generales), siendo principalmente las siguientes: el daño emergente (privación del prestamista), el lucro cesante (beneficios que se podrían haber obtenido invirtiendo el dinero), el riesgo posible (peligro de no poder recuperar lo prestado), la ley civil (se supone que regula el ámbito económico en orden al bien común), y la pena convencional (multa o penalización al prestatario por su morosidad notable y culpable, aunque en todo caso debe ser moderada y proporcionada ala culpa). Con estas argumentaciones la Iglesia diferencia el interés –que excusa, pero no justifica moralmente- de la usura, pasando ésta a ser la práctica abusiva en la exigencia de intereses.
En esta evolución, por paradójico que pueda parecer, tuvo una importancia decisiva la herejía protestante, que ya hemos señalado como germen del pensamiento moderno, y muy en concreto Calvino, quien consideraba que la moralidad de la exigencia de intereses dependía de las circunstancias de cada caso concreto y de cada época. Con ello abrió una puerta que ya no ha podido ser cerrada ni siquiera por el pensamiento católico, pues su exigencia de que los intereses debían ser moderados no dejaba de ser otra apreciación subjetiva, y por lo tanto variable y opinable según las circunstancias. El primero que se decidió a traspasar la puerta que abrió Calvino fue C. Salmasius (1588-1653), quien en su obra “De la usura” defendió la idea de que el préstamo con interés es en realidad un arrendamiento de dinero y que éste es vendible, siendo su precio el que se determine por la libre voluntad de las partes.
Después de él fue William Petty quien en 1662 (“Tratado de las tasas y contribuciones”) argumentó que si alguien dispone de dinero querrá obtener con él el mismo rendimiento que el que hubiera obtenido de haberlo invertido en tierra. Con ello Petty pretendía vincular la existencia del interés a la renta de la tierra (argumento insuficiente para los falangistas, ya que también abogamos por la cancelación del pago de estas rentas). También incluyó el argumento del riesgo: cuanto más elevado es el riesgo más justificado está el interés alto como una suerte de seguro que compense los impagos.
Pero sería el fisiócrata francés Anne Robert Jacques Turgot (Ministro de Luís XVI y famoso por su frase “laissez faire, laissez passer” -dejar hacer, dejar pasar-), tan cara al liberalismo y al pensamiento moderno, quien ya en el siglo XVIII, en su obra “Memoria sobre los préstamos de dinero”, haría la crítica más completa a la condena del interés. Él asume los argumentos anteriores, pero añade otros que no pueden obviarse. El primero consiste en aceptar que si bien no puede exigirse la devolución de algo de valor mayor al de lo que se prestó, el valor es algo que sólo lo puede determinar la persona que libremente acepta el contrato; en segundo lugar afirma que el prestador da dinero a cambio de una simple promesa, y ese retardo debe ser compensado con el pago de un interés (esto enlaza con la idea desenterrada por Böhm-Bawerk, en su “Historia de las Teorías del Interés”, de considerar al interés del dinero como un “precio del tiempo”, ya que en realidad sólo se cobra en función del tiempo transcurrido, como si el tiempo fuera propiedad particular del prestamista); en tercer lugar Turgot sostiene que todas las cosas son susceptibles de alquiler, y no sólo aquéllas cuyo uso se diferencia de la cosa en sí misma, dado que en todos los casos el propietario cede el uso de la misma y lo recupera más tarde; en cuarto lugar, Turgot afirma que el prestatario no es el dueño del dinero hasta que no lo ha pagado (es decir, hasta que no lo ha devuelto con su correspondiente interés); y finalmente considera que el dinero que se presta y el que se devuelve no son cosas exactamente iguales, lo que justifica en base a que en tal caso no tendría sentido solicitar un préstamo.
Para los nacionalsindicalistas resulta relativamente sencilla la refutación de todas estas argumentaciones desde el momento en que proponemos un sistema económico distinto al capitalista. Los argumentos de la Iglesia que excusan –sin por ello legitimar- el interés pierden su sentido en un entorno económico en el que el incentivo al capital sea otro (en ese contexto la exigencia de intereses atentaría contra el bien común de forma absolutamente incuestionable). Y respecto a los argumentos de Salmasius, Petty y Turgot, hay que reconocer que tienen un fundamento sólido, pero sólo en un entorno económico capitalista donde, por definición, tanto la propiedad privada como el propio dinero se han degenerado respecto a su verdadera naturaleza (a fin de cuentas los billetes no dejan de ser meros pagarés sin valor real).
Para empezar es un error considerar el dinero oficial como propiedad privada (el dinero oficial es un bien público que emite el estado para facilitar las actividades económicas, pero en realidad no tiene apenas valor intrínseco: su valor está en los bienes reales que lo respaldan), lo que significa que una cosa es su posesión y uso, y otra su propiedad (de la misma manera que nadie puede apropiarse de una autopista o de un embalse -por utilizar un símil joseantoniano-, y mucho menos exigir a otros un precio por su uso); el argumento del riesgo tampoco parece suficiente teniendo en cuenta la exigencia de garantías reales que acompaña a los préstamos; en cuanto al precio del tiempo...¿cómo puede venderse algo así y quién es su legítimo propietario?; el argumento de que el valor de las cosas lo determina uno mismo cuando es libre, aún dándolo por válido resulta inaplicable al caso, pues está claro que quien pide un préstamo lo hace normalmente empujado por una necesidad, lo que en cierta forma le coacciona (ya José Antonio denunció esto cuando criticó las libertades formales del estado liberal); y respecto a lo de que el dinero que se presta y el que se devuelve no son exactamente iguales, tiene razón Turgot: se devuelve una cantidad mayor... Lo que se esconde detrás de este último argumento no es sino una falacia, ya que lo que realmente pretende es compilar en él la mayor parte de los anteriores argumentos.
Lo cierto es que en un entorno económico libre de intereses y con la banca nacionalizada, el dinero cumpliría únicamente el fin para el que nació, por lo que el sentido que los anteriores argumentos tienen en el sistema capitalista no sería aplicable.
Hasta aquí hemos visto como el dinero, inserto en la dinámica capitalista, se convierte en un instrumento técnico más de ejercer el dominio, tal y como denunció José Antonio Primo de Rivera (ejemplificándolo de forma magistral en su discurso del 17 de noviembre de 1935), pero conviene analizar con más detalle hasta qué punto la existencia de intereses en la economía resulta un problema más que otra cosa. Veamos por qué.
Ciertamente, el interés es el fundamento del actual sistema monetario, pero al mismo tiempo es también su mayor problema, ya que obliga a un crecimiento monetario de tipo exponencial. En efecto, el interés compuesto hace que el dinero se duplique a intervalos regulares (a un 1% se duplica a los 72 años; a un 3% en 24; a un 6% en 12; a un 12% en 6; etc.) y eso hace matemáticamente imposible el pago continuado de intereses. ¿Cómo se soluciona esta evidente contradicción? Pues recurriendo a la injusticia social, a la expoliación de los países subdesarrollados, a la sobreexplotación de la naturaleza, a las guerras -que suponen negocios por un lado y por otro destrucción para poder volver a empezar-, a las crisis más o menos periódicas que sirven para reconducir una situación insostenible, etc.
Para acabar con todos esos problemas es necesario, pues, instaurar un nuevo sistema monetario libre de la servidumbre del interés pero que tenga otro mecanismo eficaz para garantizar la circulación monetaria y, al mismo tiempo, facilitar el intercambio de bienes y servicios, el ahorro y el préstamo (eso puede hacerse estableciendo una tasa de uso o de circulación).
Antes de seguir con otros temas hay algunos errores muy comunes sobre el interés que conviene aclarar.
El primer error importante consiste en creer que los intereses sólo se pagan en los préstamos. Lo cierto es que en todo precio se paga un interés encubierto: el coste del capital (suele ser entorno al 50% del precio final, por lo que un sistema económico libre de intereses permitiría mantener el nivel de vida trabajando la mitad o bien trabajando lo mismo tener el doble de riqueza –siempre que sea capaz de asegurar la circulación monetaria-).
También es un error creer que los intereses son iguales para todos, cuando lo cierto es que alrededor del 80% de la población paga más intereses de los que recibe, un 10% recibe ligeramente más, y tan sólo el otro 10% recibe casi todo lo que paga de más el 80% (datos de Alemania en la década de 1990). Esto supone mantener permanentemente engañado a ese 80% de la población con la ilusión del cobro de unos modestos intereses por sus ahorros, cuando la realidad es que sin ellos percatarse están pagando muchos más intereses por otro lado que los que ellos cobran por sus ahorros (me recuerda al negocio de la lotería: uno compra participaciones a precios asequibles con la ilusión de que le puede tocar un premio o, al menos, un reintegro; pero claro, según el índice de probabilidades para cuando le pueda tocar algún premio ya habrá pagado varias veces el importe del mismo…; ¡un negocio seguro y un timo perfecto!). Es el sistema de intereses lo que mantiene el proceso de concentración de la riqueza, con lo que hoy está claro que la plusvalía, cuyo origen está en la producción, se distribuye más en la fase de circulación de bienes y servicios –y cada vez en mayor medida en la del dinero-.
La especulación es la causa fundamental de que el volumen de dinero utilizado en el mundo para las transacciones sea hoy entre 15 y 20 veces mayor de lo realmente necesario para financiar el comercio internacional real.
Tampoco es cierto que las subidas salariales sean la principal causa de la inflación, pues el interés, como hemos visto, incide mucho más. No olvidemos tampoco que el Estado recurre muchas veces a la inflación para paliar sus deudas, pero a costa de ese 80% de la población que paga más de lo que recibe y que no puede invertir en valores resistentes a la inflación al mismo nivel que el 10% más rico.
Sólo el crecimiento económico exponencial logra que la mayor parte de la población soporte las deficiencias del sistema económico basado en el interés.
 
El marxismo como antítesis del capitalismo dentro de la misma dialéctica moderna
El marxismo es una escuela de pensamiento económico, político y social que pretende ser una alternativa al capitalismo, pero que en ningún momento supone un Sistema distinto en ninguno de los planos; filosóficamente deriva del mismo pensamiento moderno (materialista), aunque incidiendo en una idea colectivizadota en vez de individualista; económicamente supone más una forma de capitalismo de Estado que otra cosa, como vamos a analizar a continuación. El nacimiento del socialismo fue justo como reacción frente a la injusticia capitalista, pero no debemos caer en la confusión de los términos. El marxismo supuso una ruptura con el socialismo primitivo, el “socialismo utópico” (como así pretendió descalificarlo Federico Engels), introduciendo una serie de elementos indeseables en sus planteamientos. Estos elementos son fundamentalmente tres:
 
A)      Interpretación materialista de la vida y de la Historia: para ellos, como decía José Antonio Primo de Rivera, no hay en la Historia más que “un juego de resortes económicos: lo espiritual se suprime; la Religión es un opio del pueblo; la Patria es un mito para explotar a los desgraciados”. Para el marxismo no hay más que producción y se rechaza cualquier tipo de espiritualidad.
B)      Ánimo de represalia: no les importa tanto el establecimiento de una justicia social como la venganza frente a aquellos que fueron injustos antes que ellos; si antes el capitalista fue el dictador, ahora el dictador será el proletariado, y sólo él es el verdadero pueblo, por lo que además tendrán siempre el cinismo de afirmar que son demócratas y que sus decisiones son las decisiones democráticas del pueblo. Sólo ellos y quienes a ellos apoyan son “pueblo”; los demás no cuentan como pueblo. Una curiosa forma de entender la democracia…
C)      Inevitabilidad de la lucha de clases: para los marxistas las luchas entre las clases son inaplacables, naturales y necesarias; es una consecuencia lógica de los dos elementos anteriores.
En realidad, en línea con lo defendido hasta ahora en este trabajo, el marxismo no deja de ser lo que Valois llamó “el hijo ingrato de la economía liberal”. Ciertamente, el marxismo es materialista, como el capitalismo; no le molesta el dinero, sino que éste no esté en sus manos; no rechaza la dictadura, sino que esa dictadura no sea la proletaria (y siendo proletaria, estaremos hablando de una “dictadura democrática”, concepto muy maneado por gran parte de los marxistas, y no sólo por León Trotsky, el sobrevalorado autor de “La Revolución permanente”); no se opone realmente al capitalismo, sino que aspira a sustituirlo por su capitalismo; si se habla del “gobierno de las mayorías”, el marxismo alega que la mayoría es el proletariado (por eso tan cínicamente se considera democrático); frente a los principios de “libertad, igualdad y fraternidad”, el marxismo opondrá sus propias ideas de libertad (“pero no para vosotros, como la habéis entendido hasta ahora, sino para nosotros”, dirá el “Manifiesto comunista”), de igualdad (para ello nada mejor que la eliminación de los no proletarios, dirán), y de fraternidad (entre los proletarios sólo, claro, y para eso lanzan la idea del internacionalismo proletario).
Por otra parte, el socialismo no sería sino la etapa final de la evolución histórica marxista. Es decir, que superada la etapa comunista (abolición de la propiedad privada de los medios de producción y su estatalización, instauración de la dictadura del proletariado, etc.) el socialismo sería el punto final soñado y ya no habría Estado y el mundo sería feliz, algo que la realidad ha demostrado imposible de lograr.
Así pues, el marxismo es la teoría, el comunismo la praxis y el socialismo el objetivo soñado y jamás conseguido.
En 1989, la caída del Muro de Berlín y, tras él, de todo el sistema económico comunista satélite de la URSS (a excepción de los países que aún hoy practican esa variante de comunismo capitalizado llamada “socialismo de mercado”) puso en evidencia la inevitabilidad del fracaso técnico de un sistema que no era capaz de subsanar las consecuencias de una serie de fallos estructurales.
 
Los elementos auxiliares del Sistema forjado por la modernidad
Finalmente no quiero dejar de hacer una referencia al hecho de que el Sistema (conjunto total de pensamiento, valores, estructuras económicas, etc.) forjado por la modernidad tiene, para acabar de tenerlo todo bien atado, lo que podemos llamar sus elementos auxiliares: gobiernos, partidos políticos, falsos sindicatos, patronales, organismos nacionales e internacionales políticos y militares, las ONG, los grupos “ecologistas”, religiosos, universidades, medios de comunicación de masas, etc... Su misión está clara también: por un lado mantener controlada a la población más disidente haciendo que luchen en frentes menos peligrosos para el sistema (pacifistas, feministas, ecologistas –no confundir con el legítimo y elogiable conservacionismo, que es otra cosa-, etc...), por otro lado, haciendo que los sectores más sensibilizados con los problemas reales puedan tranquilizar sus malas conciencias sin caer en la disidencia (este es el triste papel de las ONG, Cruz Roja y todas las organizaciones que al luchar por la caridad –algo en principio bueno, aunque confunden normalmente la idea de caridad cristiana, basada esencialmente en la idea de hermandad o amor al prójimo por amor a Dios, con la idea de limosna, que no es lo mismo- dejan de luchar por la Justicia –que es lo que realmente se pretende al fomentarlas-), y, finalmente, haciendo que todo esté perfectamente controlado y coordinado (para eso están la ONU, la UE, la OTAN, la Trilateral, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, los medios de comunicación, etc...).
Gobiernos, falsos sindicatos y patronales, partidos políticos y los demás “elementos auxiliares”, esos son los principales instrumentos básicos de control social, los diversos lados que forman ese poderoso poliedro que es el Sistema liberal-capitalista creado por el pensamiento moderno.
Nuestra misión como españoles, como occidentales, como cristianos, como falangistas está clara: hay que destruir este Sistema y construir un Orden Nuevo basado en el la Libertad, la Integridad, la Dignidad y la Justicia. Es nuestra obligación y nuestra responsabilidad.

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