
"Yo amo a los que para hundirse en su ocaso y sacrificarse, no buscan una razón detrás de las estrellas, sino que se ofrecen a la tierra para que ésta pertenezca algún día al superhombre".(Nietzsche)
Uno de los argumentos que se utiliza para diferenciar al comunismo del fascismo consiste en sostener que los ideales comunistas no se pueden confundir, por ejemplo, con las "repugnantes ideas" racistas de los nazis. El comunismo, se afirma, luchaba por una sociedad más justa, en la que ya no hubieran opresores y oprimidos, una sociedad igualitaria donde todos los hombres pudieran ser "felices" realizando al mismo tiempo sus "potencialidades" creativas. El fascismo, por el contrario, partía en dos a la humanidad, elevaba a los ciudadanos de algunos pueblos a la categoría seres superiores, elegidos para vivir en una especie de "sociedad perfecta", y degradaba otros al rango de seres inferiores, destinados a la extinción. Los crímenes del fascismo, sean cuales fueren, serían así siempre más condenables que los del comunismo, porque éste, en el fondo, representaría supuestamente la desviación casi accidental de un ideal intrínsecamente correcto, asumible por cualquier "persona normal" en una sociedad democrática. Aquéllo que se cuestiona del comunismo no son, en suma, los ideales, sino sólo los métodos (violentos). Un ejemplo claro de este tipo de falacia es el de ETA: los terroristas pueden reintegrarse cuando quieran a la sociedad liberal, siempre y cuando renuncien a seguir matando gente en nombre de su bello ideario marxista-leninista. Para el fascista, en cambio, las cosas son bien distintas: aunque no haya matado a nadie, aunque se limite, incluso, a reivindicar los derechos humanos (conozco el caso por mi experiencia personal en las cárceles), la etiqueta de "fascista" servirá para sentenciar su muerte civil.Cualesquiera que sean los métodos del fascismo, sus ideales resultarían inasumibles per nadie que esté en su sano juicio o se conciba a sí mismo simplemente como una "persona decente" (véase el soldado Ryan). O crees en la "alegría", en la "felicidad", el "bienestar", etc., o ya eres sospechoso de herejía humanista. ¿Quién, sino un demonio, negaría todo eso que constituye el sustento axiológico de la existencia humana?
Sin embargo, las cosas no son tan sencillas y vamos a demostrarlo. Basta echar una ojeada a la ideología del comunismo moderno, que es el marxismo, para darse cuenta que éste también condena al dolor y a la muerte a una gran parte de la humanidad, la cual, de forma necesaria, debe perecer para que "al final de la historia" un grupo de privilegiados disfruten de todos los placeres en una sociedad plenamente materialista. Aquí se plantean dos cuestiones:
"'Prohibición del trabajo infantil'. Aquí era absolutamente necesario señalar el límite de edad. La prohibición general del trabajo infantil es incompatible con la existencia de una gran industria y, por tanto, un piadoso deseo, pero nada más. El poner en práctica esta prohibición -suponiendo que fuese factible- sería reaccionario" (K. Marx, "Crítica del programa de Gotha", versión española revisada y ajustada a la revisión rusa de 1953, Madrid, Ricardo Aguilera Editor, 1968, p. 42. El texto original de Marx en alemán es del año 1875).
Marx muestra su desprecio por el derecho y las pautas de conducta éticas en otro texto donde, como ya he dicho en mi ensayo "¿Qué significa ser de izqueirdas? (II), eleva la anécdota anterior a categoría general de actuación revolucionaria ideológicamente sancionada:
"mostrar que era un crimen intentar, por un lado, imponer otra vez en nuestro Partido, como si se tratara de dogmas, ideas que en un período tuvieron algún significado pero que hoy son obsoleto desecho verbal, mientras, por otro lado, volvemos a pervertir la perspectiva realista, que tanto esfuerzo costó instilar en el Partido y que hoy ha encontrado en él su espacio, con el absurdo ideológico sobre derecho y otras basuras, tan comunes entre los demócratas y entre los socialistas franceses" (K. Marx, citado por Johathan Glover, "Humanidad e inhumanidad. Una historia moral del siglo XX", Madrid, Cátedra, p. 351).
Esta "perspectiva realista" a la que apela Marx es la que llevará a algunos socialistas, como Mussolini, a fundar el fascismo. Porque, en efecto, las contradicciones éticas en las que incurre el marxismo son flagrantes. Desde una posición materialista no se le puede pedir a nadie que se sacrifique por el futuro de la humanidad. La construcción del modo de producción comunista supone, no sólo que una parte de esa misma humanidad ha de ser explotada por los capitalistas y los esclavistas, sino que, además, se le reclama al trabajador que adopte pautas de conducta heroicas, no materialistas, idealistas, a fin de ver realizado un modelo utópico que, por su parte, pondrá fin a todo idealismo, a todo heroísmo, etc., en beneficio del simple "bienestar". Los pensadores prefascistas y fascistas se preguntaban qué diferencia podía haber entre ser explotado por un capitalista contemporáneo y ser instrumentalizado de facto por los futuros beneficiarios de la revolución, para los que quienes han muerto por ellos son meras cosas que les resultaron muy útiles y gracias a las cuales pudieron ser "felices". Para los fascistas resultaba claro que lo superior no puede estar al servicio de lo inferior y que el hombre heroico e idealista debía ser considerado moralmente más valioso que el hombre materialista. Los socialistas que han leído a Nietzsche después de Marx no pueden sino experimentar auténtica repugnancia hacia las proclamas que, en nombre de la "felicidad del mayor número", de la justicia y hasta del "amor", incitan a la violencia revolucionaria, al exterminio del adversario político y, en definitiva, a un baño de sangre que se legitima a basa de retórica kitsch sobre "bellos ideales" comunistas de paz universal.
El fascismo invertirá los términos: el héroe no puede ser utilizado como un medio en provecho del hombre-masa materialista, el afortunado parásito del final de la historia, al contrario, el héroe es, frente a la masa, un fin en sí mismo, porque representa la más alta expresión de la humanidad hasta ahora conocida. Si el héroe se sacrifica por algo, será por un ser que le trascienda en la escala ética y esa figura no se corresponde ni con Dios (ideario de la derecha) ni con el energúmeno consumista actual que Nietzsche califica anticipadamente de último hombre, sino con el Übermensch. Esta palabra alemana se traduce habitualmente por "superhombre", pero en realidad hay que entender el Übermensch no como un vulgar "superman", sino como la figura mítica que encarna el salto evolutivo de la especie humana hacia otra de más alto rango ético en la que las potencialidades espirituales del hombre se hayan desarrollado al máximo.
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