24 de noviembre de 2011

EL SOCIALIMO HEROICO DE GEORGES SOREL

Egresado de la Escuela Politécnica, en la cual se forman, en Francia, los ingenieros civiles y militares del más alto nivel,) e ingeniero de los Ponts et .Chaussées ( Viali­dad”) Georges Sorel es un desconocido, salvo para los escasos lectores de revistas filosóficas a las cuales había dado artículos de poca trascendencia, cuando, en 1892, renuncia a su cargo para dedicarse al análisis del socialismo e Colabora entonces, hasta su muerte, (1922) en varias revistas francesas, italianas y alemanas, recopilando sus artículos en libros entre los cuales se destacan, por su importancia, Las Ilusiones del progreso y Las Reflexiones sobre 1a Violencia, ambos publicados en 1906. Escribe un francés pésimo, cuyas incorrecciones no siempre pudieron corregirse en la presente traducción, con una puntuación estrafalaria que sí se rectificó. Pero lo que nos importa no es el aspecto lite­rario de su obra, sino las ideas que ésta contiene.

   Sorel ya ha recibido la influencia de Proudhon' cuando, en 1892, descubre el marxismo del que jamás renegará. Pero muy pronto se da cuenta que la sistematización del pensamiento del maestro por discípulos abusivos no responde a la rea­lidad de la evolución histórica y que el mismo Marx se había equivocado, no sólo en Sus previsiones, sino también en la elaboración de lo que consideraba como las leyes del dinamismo social. El marxismo, pues, no es más que el punto de partida de un análisis que lo lleva, a lo largo de treinta años, a poner en tela de juicio las bases mismas del socialismo "científico".

  La teor1a marxista de las clases, es en primer lugar para Sorel Una “abstraccíon”, una “simplificación• La historia no se reduce a una pugna entre dos clases, sino que defiende el dinamismo cambiante de una multiplicidad de conjun­tos sociales. Es cierto que la conquista del Estado por la burgues1a, en 1789, ha suscitado, a lo largo del si­glo XIX, un antagonismo preponderante entre ésta y el prole­tariado. Pero se trata de un proceso momentáneo. Las llamadas clases medias, en particular, muy lejos de desaparecer, como lo había anunciado Marx, ejercen una influencia creciente sobre la evolución social. Por otro lado, El materialismo, según el
Cual, dicha evolución procede exclusivamente de factores económicos, sólo es válido, y hasta cierto punto, para la sociedad capitalista que Marx estaba observando y que había naci­do afuera, medio siglo antes del Manifiesto Comunista. Tratar de interpretar el pasado y de prever el porvenir en función de constantes inducidas de una situación, temporal es idealismo puro, heredado de la filosofía de Hegel.
Por fin, el determinismo histórico, según el cual la revolución socialista sería fatal, está en contradicción con la misma naturaleza humana y, para peor, con las necesidades de la acción. En resumidas cuentas, el marxismo no es una "religión revelada" : es preciso revisarlo profundamente para que pueda dar cuenta de la realidad social.

En el momento en que Sorel inicia su crítica del "marxismo de los marxistas “para reivindicar un mítico "marxismo de Marx” estalla, en Francia, el affaireDreyfus: el enjuiciamiento y condenación de un oficial judío del ejército por alta traición.  Independientemente de la culpabilidad o inocencia del hombre, el país se divide en dos bandos' por un lado, los nacionalistas antisemitas que respaldan un ejército tradicionalista y, en gran parte, legitimista (no olvidemos que sólo veinte años antes, el conde de Chambord, jefe de la rama mayor de los Borbones, había estado a punto de ascender al trono con el nombre de Enrique V); por otro, la burguesía liberal orleanista, los francmasones, los socialistas  y, por supuesto, los judíos. Llevado por sus tendencias anarquistas y por su anticlericalismo, Sorel se une a la coalición dreyfusista. Esta no se apoya en infraestructura económica alguna; las clases sociales es­tán divididas y sus fracciones, asociadas con elementos que, según Marx, hubieran debido ser sus antagonistas. Los socialistas parlamentarios, liderados por Jean Jaures, proclaman, la unión en la democracia por ella se llegará al socialismo mediante ' reformas graduales concedidas por, la Burguesía liberal. Sorel vacila. El reformismo de juares durante algún tiempo coincide coincide con el de Bernstein y de Kautsky', quienes, en Alemania, están desarrollando una crítica del "marxismo vulgar" muy semejante a la suya. Rápidamente, sin embargo, se da cuenta del engaño r lo que bus can los reformistas no es la revolución por medios legales, sino la mediatización de la clase obrera mediante concesiones, por la burguesía capitalista, de mejoras materiales, vale decir la absorción del proletariado en el sistema. Lo que le abre los ojos es que la minoría activa de los trabajadores, agrupada en las Bolsas del Trabajo, no entran en este juego muchos de sus integrantes son antidreyfusistas; Todos, antidemocráticos. Hasta el punto que, el primero de mayo de 1900 Perlloutier dirigente máximo de las bolsas llega hasta colgar el Busto de Marianne, símbolo de la República, en la ventana de la sede de París. Para los sindicalistas  revolucionarios, el enemigo primordial es la democracia.

   Ya de vuelta de la "unión dreyfusista”, del jauresismo que lo asquea¡ y del reformismo de Bernstein, Sorel se encuentra entonces, por su antidemocratismo, muy cerca de los nacionalistas de la Acción Francesa' cuyo jefe y maestro,  Charles Maurras, veía en el capitalismo la cara de la democracia y no había vacilado en escribir, en su Enquete sur le monarchie; "La antropofagia aparece a las mentes superficialesrepresentada por MM Georges Sorel y Hubert Lagardelle   ha hecho perfectamente sentir la oposición que existe entre el régimen sindi­calista, basado en un interés social común, y el régimen demo­crático, fundado en derecho en la voluntad o la opinión del         .

Individuo”. No es de extrañar, en estas condiciones, que la Acción Francesa y la Nueva Escuela   lleguen a programar con iniciativa de Sorel una revista común, Cité Francaise”, cuyo manifiesto·     proclama: "La democracia confunde las clases… Es preciso, pues, organizar las clases al margen de la democracia, a pesar de la democracia y contra ella”. Esta revista nunca salió. Fue remplazada por L’Independance, nacionalista y socialista, en la cual Sorel colabora durante dos años -1911- 1912- de su publicación. Pero, ya en 1910, aparece en el diario de Maurras, L’Action Francaise, un artículo con su firma. Discípulos de ambos fundan, en 1911, EL Círculo Proudhon. La guerra del 14 interrumpe una colaboración que hubiera podido modificar, en Francia, el curso de los acontecimientos. En 1911, Sorel se entusiasma por el bolchevismo. Ve en la Repú­blica de los Soviets la realización de su proyecto de, sociedad sin Estado y de manejo de las fábricas por los trabajadores. No tiene tiempo de desengañarse fallece antes de que se imponga en Rusia el socialismo de Estado   que tanto odiaba Pero, en sus últimos meses de vida, sigue atentamente la ac­ción de Mussolini que, socializando a los nacionalistas y nacionalizando a  los socialistas, estructura un movimiento que, pronto, va a liberar El Estado y el Proletariado del yugo burgués Ignoramos   cuál hubiera sido su actitud ante el fascismo. Pero sí sabemos que su discípulo predilecto, Hubert Lagardelle, fue uno de los asesores del Duce antes de convertirse en el ministro de Trabajo del mariscal Petain.

La obra de Sorel es la expresi6n de la larga búsqueda que lo lleva del democratismo dreyfusiano a  una concepción del socialismo que llamamos, en nuestro ensayo Maurras y Sorel., la fase del humanismo heroico. Tomando de Proudhon su visión de la sociedad orgánica como creaci6n de los mismos productores y de Marx su tesis de la evolución dialéctica, pero sin
el finalismo mesiánico ni el materialismo, Sorel, por otro lado fuertemente influido por el intuicionismo bergsoniano, trató de realizar una síntesis original de esas doctrinas tan desemejantes. No lo hizo mediante una elaboración sistemática sino por saltos provocados por acontecimientos temporales. No es de extrañar, pues, que se encuentre en sus escri­tos, además de una redacción desprolija, cierta incoherencia que proviene de resabios de opiniones abandonadas y de previ­siones falladas. De ahí la necesidad de extraer de su obra, y en especial de sus Reflexiones sobre la violencia-, las aporta­ciones positivas que se le deben.

La primera es su concepción del productor. El obrero no es una máquina y su papel social no se reduce al gesto más o menos automático exigido por su trabajo. El proletario, en cuanto proletario, es un hombre, con sus pensamientos y sus pasiones, un hombre viviente y no un 'instrumento para producir y hacer la revolución. Este hombre se encuentra dismi­nuido por el sistema capitalista que le niega su condición humana y por el socialismo democrático, que lo considera exclusivamente como un elector que hay que ganar, inclusive engañándolo. La lucha no es una penosa necesidad impuesta a la clase obrera, sino, por lo contrarío, el factor esencial de su rehabilitación humana. El sindicalista revolucionario de Sorel no es el casi autómata del marxismo vulgar, empujado a la acción por la fatalidad de la evolución social, sino un héroe que se realiza en la lucha violenta. El proletariado no es una masa de maniobra, una  “carne de cañón" en manos de un Estado Mayor partidista de pequeños burgueses o de un "fa­raón', sino una sociedad de productores que se alza a la altu­ra de un nuevo patriciado, como decía Proudhon, Su unanimidad heroica romperá la resistencia del desorden burgués para constitu1r un orden libre de la producción. El éxito de la revo­lución proletaria no consistirá tanto en la toma del poder como en la redención de los combatientes por el combate. Pero los héroes son pocos: a una minoría militante corresponde la misión de arrastrar la masa. 

La evolución social es el producto de ~n conflicto de fuerzas humanas y la revolución, el resultado de una guerra entre hombres agrupados en dos ejércitos. El vencedor no es­tá designado por una historia que imponga su solución a los combatientes, sino por el valor de estos últimos, creadores de la historia. Pero cómo transformar a los proletarios en combatientes, y en combatientes provistos de las más altas calidades del guerrero?. Explicándoles las leyes de la econo­mía política y el principio de la dialéctica de Hegel? Cómo hombres sencillos incapaces de tener en la mente más de una idea a la vez podrían entender doctrinas tan complejas?. Entonces”, hablándoles de sus intereses inmediatos? Pero el éxito puede lograr sino con el sacrificio de los mejores y, además, el  capitalismo  reformista perfectamente capaz de satisfacer, por lo menos en apariencias, las necesidades de los más exaltados. La utopía, por otro lado, no pasa de una construcción imaginaria que responde muy bien a los deseos de intelectuales analistaspero no, en absoluto, a las exigencias de los hombres de acción. Estos se representan su lucha en forma de imágenes de batalla que aseguren el triunfo de su causa. Hay, por tanto, que presentarles el combate necesario y su fin, no mediante razonamientos, sino en forma de mito, de un conjunto de imágenes capaz de "evocar el bloque y por una única intuición, antes de todo análisis reflexiona­do, la masa de los sentimientos que corresponden a las varías manifestaciones de la guerra iniciada por el socialismo contra la sociedad moderna"  Poco importa que los detalles que el análisis percibiría en el mito deban o no realizarse en la historia futura. Solo se trata de un medio de acción presente, de un motor del hombre social. ¿Qué ha quedado del Imperio napoleónico , escribe Sorel? Nada sino la epopeya del Gran Ejército. Lo que quedará del movimiento so­cialista actual será la epopeya de las huelgas". De ahí el mito de la huelga general, irrealizable, que constituye el incentivo de las huelgas parciales, instrumento de lucha del sindicalismo revolucionario. 
El mito social no es, para Sorel, sino un medio destinado a suscitar, en la minoría Sindicalista, una moral heroica.

Esta no vale solamente para el ejército sindica­lista, sino también para la sociedad futura. La sociedad pro­letaria tendrá, en efecto, para/permanecer, que ganar la ba­talla de la producción, batalla jamás acabada. En el taller diríamos hoy día la empresa- "sin amos, cada productor ac­tuará por entusiasmo individual, como un verdadero artista, sin preocuparse por recibir una recompensa proporcional al trabajo efectuado. Trabajará en "un estado de espíritu épico”. La sociedad proletaria nacerá, no de la realización de, un plan, necesariamente utópico, sino de la evolución normal de los· sindicatos obreros por efecto del mito heroico de la huelga general. Será, por consiguiente, una unión de sindicatos, co­mo el sindicato será, después de la eliminación del capitalis­mo, una unión de empresas. La influencia del federalismo anar­quista sobre el pensamiento de Sorel es aquí evidente, como lo es también en lo que atañe a la negación del Estado Socia­lista, que no sería sino el amo monopólico de los medios de producción. Sorel no vio que el socialismo de Estado no es la consecuencia necesaria de la conquista del Estado burgués por las fuerzas revolucionarias ni que es posible concebir un Estado otra vez libre como el federador de las comunidades de pro­ducción. Ahora bien: la teoría de una sociedad sin órgano rec­tor -de una federación sin federador- es el tipo por excelen­cia de la utopía.


El sindicalismo revolucionario no concretó las esperan­zas que Sorel había depositado en él. Fue copado por dirigen­tes reformistas a las órdenes de partidos socialdemócratas y por comunistas que  sólo respondían a los intereses cambiantes de la Unión Soviética en la cual se había implan­tado el socialismo de Estado tan temido. La minoría de los combatientes "homéricos de la "epopeya de las huelgas fueron sustituidos, en el mundo Pluto democrático, por profesionales del regateo y, en el mundo" socialista,  por policías trabajo. Sin embargo, su teoría del mito social fue retomada por movimientos revolucionarios que Sorel, antes de la primera guerra mundial, había contribuido a suscitar. La fusión de las minorías heroicas del nacionalismo y del so­cialismo se realizó, en Europa y en Sudamérica, bajo el in­flujo de los mitos del Imperio, del suelo y la sangre, de la tercera posición. Esos movimientos fueron aplastados por las fuerzas aliadas de la democracia y el comunismo. La historia venidera nos dirá si el heroísmo revolucionario murió con ellos.


Del  borrador de nota del Prof. Jaime Maria de Mahieu

29 de agosto de 2011

LAS FALACIAS DE ROBERTO AZARETTO SOBRE LA VUELTA DE OBLIGADO

En el Nº 45 de la revista “La Fundación Cultural”, se publicó un articulo titulado “La batalla de la Vuelta de Obligado y la supremacía porteña”. Su autor, el recientemente incorporado a la Academia Argentina de Historia, Roberto Azaretto, tiene editados varios libros; entre los cuales se destacan “Historia de las fuerzas conservadoras”; “Ni década, ni infame” y  “Federico Pinedo, político y economista”. Obras estas que, por sus títulos nomás, nos dan una idea del pensamiento político de dicho escritor y de la escuela historiográfica a la que adhiere.
En efecto, Azaretto es un historiador tributario de la llamada Historia Oficial. Aunque a decir verdad trata de disimular su filiación siguiendo la línea inaugurada por Emilio Ravigniani con su Nueva Escuela Histórica. Es decir,  toma distancia de los liberales mas extremos y de la historiografía canónica que nos legara Mitre, Levene y compañía, sin dejar de lado su ideología y su aversión por el revisionismo.
Esta estrategia, que le permite a los autores liberales pretender ser mas ecuánimes, honestos y abiertos, los habilita también para abordar temas que hoy por hoy resultan imposible seguir ocultando. La trampa esta en que al hacerlo conservan intacto el mismo enfoque antinacional de siempre; por lo que en definitiva la postura es la misma, solo que matizada y camuflada.
Ciertamente, en estos relatos ya no campean las mentiras más groseras de antaño, ni el odio desembozado a la figura de Rosas; no obstante ello la historia que se nos cuenta sigue estando al servicio de intereses foráneos y partidarios ajenos al bien de la Nación.
Y es que el eje de esta historiografía se ha desplazado. Ya no descansa tanto sobre el ocultamiento o falseamiento de los hechos, sino más bien sobre los sofismas y los razonamientos falaces. Es decir –y hablando más “científicamente”- las falencias más notorias que ahora exhiben son más de índole hermenéutico que heurístico.
Conforme a ello, el autor que comentamos, puesto en el brete de hablar sobre un tema que es “caballito de batalla” del Revisionismo Histórico, recurre al ardid de minimizar su importancia y hacer una interpretación falaz que no resiste el menor análisis lógico ni  historiográfico.
Así entonces, en el articulo de marras, Azaretto nos advierte que “comparar, como lo hace Pacho O Donnell, los sucesos de 1845 con la gesta de San Martín y el cruce de los Andes es ridículo”. Es mas,  considera que la decisión de Rosas de hacer frente a las incursiones extranjeras fue un “disparate”, y que el general Mansilla solo aceptó ponerse al mando de las tropas de la Confederación por “el gran amor a su esposa”; Agustina Rosas, la hermana menor del Restaurador.
Para mayores antecedentes agrega que Rosas ya había demostrado su “ineptitud” militar cuando hizo la campaña al desierto, pues en la misma “solo se cumplió la parte que le interesó a su provincia, dejando a las provincias cuyanas y a Córdoba con la indiada amenazando las estancias y poblados como antes.”
Luego -y dejando de lado estos detalles menores-, Azaretto pasa a lo que más les importa a los liberales, es decir, a cuestionar la política económica que llevó adelante don Juan Manuel.
Así sostiene que Rosas “montó un aparato militar para someter a los pueblos del interior a la hegemonía porteña, financiado con las rentas del monopolio portuario porteño”, y que  “La famosa Ley de Aduana no tuvo efectos en el interior y los aportes a las provincias fueron mezquinos…”
Fundamentando su concepción económica afirma que el progreso requiere la apertura de los mercados y la incorporación del mundo a la producción”; y se pregunta si ¿es nacional prohibirle a las provincias que utilicen sus puertos para exportar e importar sus productos?
Finalmente, y para rematar su crítica afirma maliciosamente que los intereses del Restaurador “están vinculados a los ingleses” y que “en su momento negoció el pago de la deuda por territorio, ofreciendo el reconocimiento de la soberanía inglesa en las Malvinas a cambio de la cancelación del empréstito contraído con Barings Brothers”.
Con las citas hasta aquí transcriptas basta ya para mostrar que este artículo no es más que una repetición de los viejos lugares comunes del antirosismo,  y de los caducos sofismas del liberalismo; más algún otro de renovado cuño. En consecuencia todo lo dicho ya fue refutado prolijamente por los historiadores revisionistas. No obstante ello, y a riesgo de ser tediosos, digamos lo siguiente:
En primer lugar, no nos sorprende para nada que el autor, al igual que todos los adalides de la “Civilización” y el “Progreso”, insista en hacernos creer que la acción del imperialismo -que se encubre con el eufemismo de la apertura al mundo-, es en realidad una influencia benéfica para nuestra Patria; lo que si indigna es que se sugiera que la defensa de la soberanía que llevó adelante el Ilustre Restaurador fuera en realidad una impostura, atento a que este tenia negocios con las potencias en cuestión. Incalificable acusación formulada en contra un hombre que no solo no se enriqueció en la función publica sino que por el contrario se empobreció merced a ella. Ejemplos de cómo sacrificó su peculio por el Bien Común los hay a montones; aunque la mentalidad crematística y egoísta de los liberales no los comprenda.
Para colmo Azaretto -en una concesión al marxismo- pretende adscribir a Rosas a la oligarquía; entendiendo por oligarquía a la clase terrateniente; sin percibir que la oligarquía mas que una clase social, es un estado espiritual y mental producto de la adhesión a una ideología antinacional, que trae consecuencias de distinta índole.
Además no se entiende como desde el liberalismo se puede criticar las negociaciones por el pago de la deuda externa, cuando son sus representantes los principales gestores del sometimiento a la usura internacional. Por otro lado, si bien Rosas se ocupó del tema, sin embargo no pagó un solo peso a los usureros y es bien sabido que la oferta de vender las islas Malvinas era al solo efecto de que el usurpador reconociera que no era el legitimo propietario de ese territorio irredento.
La otra cuestión, es decir, la del supuesto sometimiento de las provincias al gobierno porteño, realmente es antojadiza. Rosas, a diferencia de los unitarios y los liberales, siempre respetó las autonomías provinciales y nunca impuso por la fuerza gobernadores ilegítimos que le  fueran adictos. Si así hubiera obrado, los pueblos del interior no lo habrían respaldado cuando se enfrentó a la agresión externa. Actitud esta que no solo se explica por el patriotismo de aquello hombres sino también por que la política proteccionista de Rosas con su ley de aduanas les garantizaba la prosperidad económica.
Además el Restaurador permitió a las provincias que  manejen sus propias economías, que recauden sus propios impuestos, y  que dispongan de sus propios recursos financieros; acudiendo en su ayuda cada vez que fuera menester. Todo ello en armonía con el Bien Común de la nación; al cual también se subordinaban los intereses legítimos de la provincia de Buenos Aires; no como los unitarios que aprovecharon los recursos aduaneros en exclusivo provecho propio.
Pero yendo a la hipótesis del articulo, es decir, a la peregrina idea de que la batalla de Vuelta de Obligado carece de importancia alguna; seamos honestos, no es Pacho O Donnell quien compara este hecho histórico con la gesta de San Martín; es el propio San Martín quien lo hace cuando en carta a Guido expresa que dicha contienda es “de tanta trascendencia como la de nuestra emancipación de España”, manifestando además su deseo de ponerse al servicio de la Confederación que presidía don Juan Manuel.
Y esto lo sabe cualquier aficionado a la historia desde que el revisionismo difundió sus hallazgos historiográficos. Y decimos desde entonces por que no es como dice Azaretto que siempre se enseñó en las aulas la batalla de Vuelta de Obligado; eso es falso, nunca –antes del accionar revisionista- escolar alguno escuchó hablar de aquella gesta y de su valor; por el contrario solo se les inculcó dogmáticamente una retahíla de mentiras sobre aquella época gloriosa.
Sin embargo este autor, en su afán de escamotear meritos a Rosas aborda el tema obviando la postura que nuestro máximo héroe, el gral. San Martín, tenía al respecto. Es mas tiene la osadía de calificar de disparate a la decisión de hacer la guerra al invasor. Da la impresión que ignora que la política y la guerra van de la mano, parece que desconoce el viejo axioma según el cual la guerra es la continuación de la política por otros medios. Si su hermenéutica fuera correcta comprendería que la decisión guerrera del Restaurador, en el marco de su estrategia política, fue acertadísima.
Pero claro, el animus injuriandi  nubla la visión. Por eso pretende abonar su falacia trayendo a colación una supuesta ineptitud de Rosas, demostrada ya en  ocasión de organizar la Campaña al Desierto. Como si no fuera sabido que aquella empresa tan necesaria, en la que don Juan Manuel puso tanto esfuerzo, quedó incompleta no por su culpa sino por el sabotaje de sus enemigos políticos.
Y de esta crítica denigratoria no se salva ni el bravo Mansilla. Azaretto lo hace marchar a la guerra por “obediencia debida” a su esposa, cual si fuera un pobre “varón domado”. Por poco no dice que la vibrante arenga que este pronunció al comenzar la batalla se la obligaron a decir.
A estos extremos se llega en el afán de ocultar que la batalla de Obligado marca un hito en el empeño de los argentinos de ser una nación soberana.
Y aunque el resultado final de aquella gesta demuestra que el plan de Rosas fue un éxito, nuestro historiador liberal no se amedrenta y atribuye el fracaso de la expedición pirata a otras causas. Sostiene que se debió a las dificultades en la navegación del Paraná, “pues es un río sin obras de dragado ni señalización”, y a que las poblaciones tenían “poco poder de compra”. Concluyendo  que la batalla fue “un derroche de heroísmo”, es decir que se luchó al cuete, igual que en Malvinas, esa aventura absurda  hija del nacionalismo fascista, según sus palabras.
Y aquí mostró ya la hilacha Azaretto. Efectivamente, como se sabe impugnado y refutado de antemano arremete contra el revisionismo con el gastado pero siempre efectivo recurso de vincularlo al nacionalismo fascista. Y así dice que “el crimen del viejo revisionismo es que dio sustento intelectual a las corrientes antidemocraticas, pro militaristas y clericales que admiraban a países atrasados como la España y el Portugal de Franco y Salazar”.
Ya Antonio Caponnetto en su monumental obra “Los críticos del revisionismo histórico” refutó magistralmente este lugar común, así como todas las acusaciones que lanzaron los enemigos del revisionismo; y probó mas allá de toda duda que el revisionismo histórico argentino no necesariamente se identifica con el nacionalismo, y menos con el fascismo, el cual es anterior e independiente a el.
Además el nacionalismo católico jamás se manifestó contrario a la verdadera libertad, o a la forma republicana de gobierno. Nunca apostó al totalitarismo, y ni siquiera de la dictadura como forma permanente de gobierno. Todo esto debería saber Azaretto si conociera los textos de los autores revisionistas o al menos si se hubiera tomado el trabajo de leer la silenciada obra de Caponnetto.
Pero no queremos terminar estas líneas con un autor favorable sino con uno más del agrado de los liberales que sorpresivamente hecha por tierra las pretensiones escamoteadoras de la verdad histórica de la Historia Oficial, cosa que Azaretto niega. El mismo Juan Bautista Alberdi en sus “Escritos Póstumos”, dirá: “En nombre de la libertad y con pretensiones de servirla, nuestros liberales, Mitre, Sarmiento o Cía, han establecido un despotismo turco en la historia, en la política abstracta, en la leyenda, en la biografía de los argentinos. Sobre la Revolución de Mayo, sobre la guerra de la independencia, sobre sus batallas, sobre sus guerras, ellos tienen un alcorán que es de ley aceptar, creer, profesar, so pena de excomunión por el crimen de barbarie y caudillaje”. Y ese despotismo turco en nuestra historia aun sigue vigente.

Edgardo Atilio Moreno

26 de julio de 2011

EL ESTADISTA DE LA PAMPA

Juan Manuel de Rosas nació en Buenos Aires el 30 de marzo de 1793; “será católico y militar” dijo su padre Don León Ortiz de Rosas. Fallecería casi 84 años después en su casa quinta en Swanthling, distante de 3 millas de Southampton, víctima de una inflamación en los pulmones agravada por la exposición a la inclemencia del tiempo, un 14 de marzo de 1877.

A pesar de contar con sólo 13 años, sirvió como ayudante de municiones en las fuerzas de Liniers en la primera invasión inglesa en 1806; lo que mereció una felicitación por escrito del jefe de la Reconquista, en la que resaltaba “su bravura, digna de la causa que defendía”.


Don Juan Manuel fue un hombre llamado por el destino para ocupar un sitial de gloria en la historia de la Patria. Por su patriotismo y coraje fue llamado a gobernar en dos oportunidades, después de rechazar, en ambas ocasiones, dichos ofrecimientos. No ambicionaba el poder.


Cuando asume en la primera gobernación el 6 de diciembre de 1829, su carruaje es llevado a pulso por el Pueblo hasta el Fuerte, hoy Casa Rosada. Su bello discurso de asunción lo finaliza expresando: “Reposad, milicianos, bajo el árbol de la paz; en vuestras virtudes curad las heridas de la Patria, y apoyad su marcha con el respeto a las autoridades”.


Don Juan Manuel fue un auténtico líder, sus seguidores se contaban en todos los estratos de la sociedad, cuyas diferencias se diluían al seguir a su conductor. Dirá el Cacique Catriel: “Nuestro hermano Juan Manuel, indio rubio y gigante y que jineteaba y boleaba como los indios y se loncoteaba con los indios y que nos regaló vacas, yeguas, caña y prendas de plata, mientras él fue Cacique General nunca los indios malones invadimos por la amistad que teníamos por Juan Manuel; Y cuando los cristianos lo echaron y lo desterraron invadimos todos juntos”. Rosas fue el único que benefició a los negros, incluso concurría a las festividades de las respectivas naciones africanas y hasta hubo negros que tenían el grado de Teniente Coronel, mientras en otras partes del mundo eran humillados y explotados. Así, hombres y mujeres eran cobijados por el manto sagrado de la Patria y alumbrados sus senderos existenciales por el sol de la justicia.


Juan Manuel de Rosas defendió heroicamente la soberanía de la Patria en el bloqueo francés de 1838 y en la invasión Anglo-francesa de 1845, repelida en el combate Vuelta de Obligado, Tonelero, Quebracho y San Lorenzo por resistirnos a que nuestros ríos interiores sean extranjeros.


Caben destacar los elogios del Gral. San Martín al Restaurador efectuados en su última carta fechada, el 6 de mayo de 1850, expresa: “como argentino me llena de un verdadero orgullo el ver la prosperidad, la paz interior, el orden y el honor restablecidos en nuestra querida Patria” y agrega que “al terminar su vida pública, sea colmado del justo reconocimiento de todo argentino”; en su testamento legaría su sable a Don Juan Manuel.


Adalid del Federalismo, con la ley de Aduana de 1835 (año en que asume su segundo gobierno) que impuso aranceles para artículos importados de entre el 5 y el 50 %, sobre artículos de lujo, sobre cosas que el país produce y sobre lo que no es absolutamente necesario, permitió el desarrollo de la economía del interior alcanzando un vigor y esplendor único, a su caída en 1852 había: ciento seis fábricas (dos fundiciones, siete de jabones, tres de pianos y dos de carruajes, entre otras) y setecientos cuarenta y tres talleres, entre los cuales ciento diez carpinterías, ciento ocho zapaterías y setenta y cuatro herrerías y dos mil ocho casas de comercio. También se introduce la primera máquina de vapor, se crea la primera fábrica de fundición y mecánica, se inaugura la primera lénea de cabotaje en el Atlántico sur, son traídos los primeros vacunos “Shorthorn” y se colocan los primeros alambrados, en Tucumán llega a haber trece ingenios de caña de azúcar, ( “Vida de Don Juan Manuel de Rosas – Manuel Gálvez, Ed. Tor, 1954). Agrega al respecto José María Rosa en su “Historia Argentina” (Tomo IV, Ed. Oriente 1973): en Salta se hilaba algodón, cigarros, harina y vinos; en Catamarca y La Rioja se producían algodón, tejidos, aceites, vinos y aguardiente; en Cuyo, viñedos, talleres de carretas, curtiembres, elaboración de frutas secas y seda; en Santa Fe, algodón, tejidos, maderas, carbón de leña; similar en Entre Ríos y Corrientes demás de tabaco y azúcar. Una Argentina Próspera y Digna, que se encontraba entre las más florecientes naciones de su época. Igual status que gozó el Paraguay con. José Gaspar Rodríguez Francia, Carlos Antonio López y Francisco Solano López antes de ser arrasada por la infame “Triple Alianza” (Argentina, Uruguay e Imperio del Brasil) apoyada en nuestro País por el criminal lacayo inglés de Bartolomé Mitre y Domingo F. Sarmiento. Julio Irazusta en su libro “Influencia Económica británica en el Río de la Plata” (Eudeba, 1984), señala que Rosas “no endeudó más al país. No contrató un solo empréstito durante sus veintidós años de influencia o gobierno. Y en vez de aprovechar el privilegio de la aduana única en exclusivo beneficio de su provincia, lo aplicó a servir la causa nacional donde ella lo reclamase”.


En el mensaje del 1º de enero de 1837, informa que las modificaciones en la ley de Aduana “a favor de la agricultura y la industria han empezado a hacer sentir su benéfica influencia”, y que “los talleres de los artesanos se han poblado de jóvenes”. El Restaurador Juan Manuel de Rosas no es una figura mas en la historia argentina, los años de su vida política fueron los mas intensos, gloriosos y trascendentales para los destinos de la Nación. Años en que como nunca la Argentina estuvo a punto de convertirse en un mosaico de republiquetas decadentes mediatizadas por las logias masónicas de Londres. En el dilema existencial de “ser o no ser”, no caben dudas que Rosas es la mas genuina expresión del Ser Nacional Argentino, actuando, cuidando cada aspecto del quehacer nacional, protegiendo la Patria Grande que nos había legado el Libertador Gral. Don José de San Martín. Juan Manuel de Rosas nos guía con su obra y su ejemplo a transitar dignos, fieles y veraces este siglo XXI.


Se lo debe recordar y emular justamente ahora, en los albores del este siglo XXI, por encontrarse la Argentina famélica de actos de heroísmo, coraje, servicio y patriotismo, por lo menos de quienes tienen la obligación y el deber de gobernar; mas imperioso aún en un País que diaria y cotidianamente debe afirmar con denuedo y esfuerzo su voluntad de seguir existiendo.



Luis Francisco Asis Damasco