9 de septiembre de 2008

Mons. HECTOR AGUER HABLA SOBRE LA ESCUELA CATÓLICA

Luján, esta basílica, la casa de la Madre común, es la meta obligada de las peregrinaciones bonaerenses. Los fieles, casi siempre en familia, las parroquias y las diócesis, las más diversas comunidades eclesiales, vienen –venimos- frecuentemente a Luján. Venimos a celebrar, a dar gracias, o a suplicar, sobre todo en los momentos de graves aprietos, en las angustias personales y colectivas; venimos a mirar en silencio a la Virgen silenciosa, dejando que hable el corazón y esperando que ella nos hable al corazón. Cada vez que venimos nos anima el escuchar que el Señor nos diga en su Evangelio: Aquí tienes a tu madre (Jn. 19, 27).
En esta celebración de hoy, que es como el cierre solemne de un año jubilar, hacemos memoria de un triple aniversario: 90 años de la creación en La Plata del Consejo Superior de Enseñanza Católica; 50 de la aprobación de los estatutos del órgano que lo sucedió, nuestro actual Consejo de Educación Católica de la Provincia de Buenos Aires y 10 años del Congreso realizado en octubre de 1998 en La Plata y aquí en Luján.
Monseñor Juan Nepomuceno Terrero, segundo obispo de La Plata, cuyos restos reposan en el crucero de esta basílica, quiso dar cohesión a la tarea educativa de la iglesia en su vastísima diócesis que abarcaba todo el territorio bonaerense. Se propuso entonces vincular a los colegios en una federación, según un designio de unidad, para facilitar, mediante una autorizada asesoría, una adecuada representación y una diligente tutela, el cumplimiento de su misión específica. Aludía, en el documento fundacional, a una dirección única, concienzuda y metódica, cuya necesidad se advertía en las frecuentes consultas que los directores de colegios católicos encaminaban a la sede episcopal. Hacía referencia también al impulso otorgado a la educación de la juventud por el Concilio Plenario de la América Latina, reunido en Roma en 1899. Más allá de ese dato, la tradición pedagógica de la Iglesia constituía un bagaje precioso que iba marcando, a través de los cambios culturales, de los ajustes imprescindibles y los procesos de renovación, la identidad de la escuela católica.

Esta brevísima referencia histórica sirve simplemente como apoyo de un acto agradecido de memoria, en el que debemos abrazar a todos los que, tanto en aquellos inicios lejanos como en la continuidad ininterrumpida representada hoy por el Consejo de Educación Católica y por las Juntas Regionales, han consagrado amor y desvelos a la obra de la formación cristiana de niños y jóvenes en nuestras escuelas: obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas, educadores laicos beneméritos y muchos humildes y anónimos colaboradores. Quienes actualmente compartimos responsabilidades en este campo recibimos una herencia que es preciso incrementar y transmitir y un testimonio que nos alienta a perseverar con alegría en esta misión que se integra en la realidad rica, compleja y dinámica de la evangelización.
El subsistema educativo eclesial brinda un servicio muy importante en nuestra provincia que, como es bien sabido, resulta barato al Estado bonaerense. La Iglesia sostiene que el derecho y el deber de la educación compete en primer lugar a la familia, pero requiere la colaboración de toda la sociedad; le compete también al Estado, según el principio de subsidiariedad, cuando no basta el esfuerzo de los padres y de las diversas instituciones. Así lo enseña el Concilio Vaticano II, que señala, además, un motivo singular del protagonismo de la Iglesia en el ámbito educativo: su deber de anunciar a todos el camino de la salvación y de comunicar a los fieles la vida de Cristo (cf. Gravissimum educationis, 3). Como Madre, la Iglesia está obligada a educar a sus hijos, y de ese modo contribuye al bien de la sociedad terrena, a configurar un mundo más humano. El principio católico que postula una jerárquica armonía entre la naturaleza y la gracia, la razón y la fe, la cultura humana y el Evangelio, revela también que nuestras escuelas cumplen en plenitud la función específica de toda institución escolar cuando son capaces de dar vigencia a un proyecto educativo centrado en Jesucristo, Redentor del hombre, para transmitir el hecho cristiano, el cristianismo como acontecimiento, como una realidad sobrenatural que impregna toda la realidad humana, la transforma y la plenifica plasmando hombres nuevos, creados a imagen de Dios en la justicia y en la verdadera santidad (Ef. 4, 24). A ese objetivo noble y altísimo debemos aspirar mientras nos ocupamos de llenar los requisitos que desde siempre caracterizan a la tarea escolar. Nuestros chicos deben cultivar sus facultades intelectuales, desarrollar la capacidad de juzgar rectamente, adquirir el sentido de los auténticos valores, recibir creativamente el patrimonio de la cultura conquistado por las generaciones pasadas, prepararse para la futura vida profesional, educarse como buenos ciudadanos, pero todo eso han de intentarlo a la luz del Evangelio y con la ayuda de la gracia de Dios. La enseñanza religiosa escolar y la catequesis no pueden reducirse a un mínimo espacio curricular: deben ser la fuente inspiradora de una doble síntesis: entre la fe y la cultura, entre la fe y la vida. Nuestras escuelas están llamadas a constituirse, cada vez mejor, en centros de transmisión de la sabiduría cristiana; para que nuestros alumnos lleguen a ser hombres y mujeres de bien, buenos ciudadanos, nos empeñamos en formarlos como buenos cristianos.
Este ideal tan bello no es inalcanzable. Por cierto, no desconocemos los obstáculos que se oponen a su plena realización, los problemas que plantean la cultura actual y la situación social de nuestra provincia y del país. Es preciso enfrentar esas dificultades con lucidez, serenidad y esperanza. No nos ilusionamos con un posible resultado automático de todas las buenas iniciativas que ponemos en curso en nuestros colegios; sabemos que hay que contar con factores poderosos de deseducación que interfieren perniciosamente en el proceso educativo: la disgregación familiar, la pobreza extrema en vastos sectores de la población, el cretinismo y la perversión de muchos programas televisivos, algunas orientaciones ideológicas que se imponen en los cenáculos pedagógicos, modas y manías de la “cultura joven” que se anticipan devastando la condición infantil y tantas cosas más. El educador, el maestro, se acerca con paciencia y amor a la realidad concreta del alumno; la escuela, la comunidad educativa, tiene que tener algo de familia, de casa, para que el servicio que brinda no se diluya en la masificación y el anonimato, sino que, al contrario, se desarrolle con una dedicación personal a cada uno; así corresponde, porque el fin de la educación es que el niño y la niña, los adolescentes, los jóvenes, logren plasmar su personalidad, ser plenamente lo que son de acuerdo a su naturaleza y a su vocación.
Los aniversarios particularmente significativos que solemos celebrar no sólo nos permiten reconocer nuestras raíces y con gratitud y complacencia hacer memoria de lo que hemos logrado, sino también evaluar el presente y mirar hacia el futuro. A propósito, podríamos preguntarnos si con la capacidad instalada con que cuenta nuestro subsistema educativo no podríamos obtener mejores resultados. Nuestros colegios son, en general, bien apreciados por su nivel académico y por otros aspectos de la vida escolar; muchas familias procuran cada año hallar cabida en ellos para sus hijos. Ojalá podamos dar lugar a todos y proporcionar una educación de excelencia a los hijos de las familias más pobres. Pero ¿cuáles son los frutos en el plano específico de la evangelización? Es verdad que no resulta fácil reunir datos que permitan formular un juicio exacto; no obstante, bastan las impresiones que recibimos de continuo para advertir que queda mucho por hacer, que tenemos que empeñarnos en una continua revisión de propósitos y métodos y sobre todo en una fervorosa renovación del espíritu para poder transmitir a nuestros alumnos el amor a la verdad y el deseo de un encuentro vivo con Jesús. ¿Cuántos chicos y chicas de nuestros colegios, después de haber pasado en ellos hasta diez o doce años, salen como cristianos convencidos y se incorporan a una comunidad parroquial o a un movimiento eclesial? Hay un objetivo elemental y no podemos cejar en el esfuerzo inteligente y tenaz que se debe aplicar para lograrlo: que todos egresen conociendo las verdades fundamentales de la fe, sabiendo qué significa y qué implica el ser católico; que sepan y valoren las normas evangélicas de la vida cristiana. En suma: que conozcan y amen al Señor. ¡Qué bueno será que cada año podamos despedir a los egresados con la seguridad y la alegría de saber que van bien pertrechados para enfrentar la vida!
Señalo un punto clave de la pastoral educativa: que nuestras escuelas verdaderas comunidades; es así como las consideramos, pero no es tan fácil que efectivamente lo sean, que sean comunidades fraternas, eclesiales, en las que se viva la unidad de la caridad. Deben serlo, porque sólo así serán en serio educativas en sentido cristiano; sólo así constituirán un ambiente evangelizador. A partir de esta vivencia eclesial, la escuela puede proponerse desarrollar una misión respecto de las familias de los alumnos, con el fin de ayudar a los padres a asumir su condición de educadores, que han elegido para sus hijos un camino de formación según los principios de la fe cristiana. Asimismo, al compartir una tarea tan noble y delicada, los maestros y profesores, con los demás componentes de la comunidad escolar, pueden estimularse mutuamente en orden a una formación permanente y a su crecimiento espiritual.
Queridos hermanos y hermanas: Pongamos a los pies de nuestra Madre Inmaculada de Luján los pensamientos, los sentimientos, las intenciones y propósitos que ha suscitado en nosotros la celebración de los aniversarios que nos ha reunido hoy. Sí, presentémosle nuestra acción de gracias y nuestra súplica, para que ella atraiga sobre la tarea educativa de la Iglesia en la provincia de Buenos Aires, y sobre todos los empeñados en ella, abundantes bendiciones del Señor. Esta pausa celebratoria nos infunde ánimo para seguir andando, para trabajar con ahínco, estudiar, orar y sufrir si es preciso por la educación católica. Llevemos en el corazón la exhortación del profeta, que hemos escuchado: Fortalezcan los brazos débiles, robustezcan las rodillas vacilantes; digan a los que están desalentados: “¡Sean fuertes, no teman: ahí está su Dios!” (Is. 35, 3-4)
Mons. Héctor Aguer, arzobispo de La Plata

31 de agosto de 2008

ESPAÑA DE ZAPATERO O LA CULTURA PROGRESISTA


DE LA UTOPIA DE ZAPATERO A LA DISTOPIA DE LA REALIDAD


En 1949 se publicaba 1984 la novela escrita por George Orwell en la que nos muestra un sombrío futuro dominado por un Estado omnipresente gestionado por un partido totalitario. Cuando llegamos a 1984, hace ahora casi un cuarto de siglo, se multiplicaron los homenajes al autor de aquella novela y las campanadas de la noche de San Silvestre anunciaron la llegada del “año Orwell”.
En aquel momento, Europa estaba bajo la presión del último tramo de la Guerra Fría; el despliegue de misiles norteamericanos en Europa hacía que volviera a planear, por última vez, el fantasma del desastre nuclear. Sin embargo, dos años después, Gorvachov inició el desmantelamiento de la URSS y poco después cayó el Muro de Berlín. La novela de Orwell se olvidó en un clima de optimismo y euforia.
La democracia había logrado disipar al espectro del totalitarismo. Sin embargo, si un año merece ser llamado “año Orwell” es precisamente 2008. Y si en algún lugar se da el escenario descrito por Orwell es en la España de Zapatero.
La sociedad descrita en 1984
Las dos mejores proyecciones de ficción de la literatura del siglo XX son, sin duda, 1984 y Un Mundo Feliz de Aldous Huxley. Ambas novelas son, de hecho, complementarias. En el Mundo Feliz se describe un paisaje que encaja perfectamente con el que se desarrolla ante la vista. Ser feliz es casi una obligación. No importa que ser feliz haya costado renunciar a tener un alma (una personalidad). La dominación del ser humano es sutil y se realiza por medios tecnológicos en la novela de Huxley.
Orwell muestra técnicas de dominación más brutales. Ha conocido el stalinismo y sabe que no todos se dejan robar el alma. Algunos la defienden. El Gran Hermano es brutal con estos. Debe de serlo si lo que pretende hacer es una sociedad igualitaria. El mundo de Orwell nivela e iguala con la motosierra. Quien sobresale y tiene opinión propia, le son amputados esos centímetros que dan personalidad. Es Winston, el protagonista, que se niega a aceptar esa igualdad por abajo; aspira, el insensato, a algo más.
Pero en el mundo de Huxley, ya no hay brutalidad, el Gran Hermano ha podido construir su mundo feliz y ya no ejerce brutalidad, le basta con haber robado el alma a todos los ciudadanos. Ninguno de ellos tiene problemas o dificultades, el Estado resuelve cualquier conflicto y cubre cualquier necesidad, a condición de carecer de personalidad.
El mundo de ZP: el mundo feliz
Huxley pinta un “mundo feliz” en el que el desarrollo científico, el dominio de las tecnologías y la utilización de las técnicas de control social, han llevado a la realización de la Utopía. Se han conseguido erradicar la pobreza y las guerras; los ciudadanos circulan por las calles con sonrisa bobalicona, no conocen ni el miedo, ni la enfermedad; son permanentemente felices.
La ironía de la novela es que para alcanzar esa felicidad han debido eliminar muchas cosas: la familia, la cultura, la religión, las artes, la filosofía, la historia, la diversidad étnica y cultural, las identidades y las naciones…
No hace falta forzar las cosas para reconocer tanto en el modelo descrito por Huxley como en lo que ha sido preciso destruir, a la ideología de José Luis Rodríguez Zapatero. Da la sensación de que algún ideólogo de Ferraz ha tomado la novela de Huxley como programa electoral: lo que se ofrece es la felicidad (en lugar del esfuerzo, la lucha, el sacrificio, es decir, en lugar de la vida real) y para llegar a ella es preciso hacer tabula rasa de todo lo que conocemos.
En los cuatro años de gobierno de Zapatero se han dado pasos asombrosos para la destrucción de la familia (divorcio exprés, práctica liberalización del aborto, ausencia completa de facilidades y ayudas para formar familias y para la paternidad), para liquidar la identidad nacional (regularización masiva de ilegales en 2005 y puertas entreabiertas para llegar a 6.000.000 de inmigrantes), para pulverizar la enseñanza y la cultura, para imponer los nuevos valores (universalismo, pacifismo, ecologismo, paz universal, etc.) mediante la invención de asignaturas (educación para la ciudadanía), ofensiva contra la religión tradicional del pueblo español (mediante la promoción de un laicismo extremo, igualando el catolicismo a cualquier otra religión), centrifugar el Estado (apertura a los partidos nacionalistas e independentistas, diálogo con ETA, incapacidad para definir un modelo de Estado).
Para colmo en “el mundo feliz” las drogas son el pilar de la sociedad… España es hoy el país del mundo que consume más cocaína, por delante incluso de los EEUU. Huxley aludía a una mezcla de heroína y cocaína que proporcionaban una felicidad absurda.
Los ciudadanos del mundo feliz de Huxley ignoran lo que es la historia, simplemente tienen la idea de que en el pasado sólo se conocía el horror y la barbarie (lo contrario de la sociedad en la que viven). Es inevitable recordar la importancia que ZP da a la “memoria histórica” y el estímulo que ha dado a los nacionalistas e independentistas para que “rescriban la historia”. De hecho, en la concepción de ZP, todo lo que ocurrió antes del 14-M de 2004 era pura barbarie.
Huxley describe el proceso de la globalización que tanto gusta a ZP. Sitúa su origen en 1908 (año en que Henry Ford lanzó el “Ford T”, primer coche fabricado en serie) y, después de una guerra de nueve años que se desarrolló en Europa, se formó el “Estado Mundial” que dio paz y armonía universal.
No albergamos la menor duda de que el modelo de sociedad que tiene ZP (y, por extensión, toda la progresía alucinada de éste país) es el descrito por Aldous Huxley en El Mundo Feliz. Y el mismo Huxley describe los valores tradicionales que hay que liquidar. Justo los que Zapatero ha ido arrinconando en los últimos cuatro años.
Pepiño Blanco, en el Ministerio de la Verdad
El protagonista de 1984 es Winston Smith, un trabajador del “Ministerio de la Verdad” cuya función es rescribir permanentemente la historia, inventando héroes y anulando a protagonistas y a situaciones reales “políticamente incorrectas”.
La sociedad de 1984 es una inversión de una sociedad sana; cualquier nombre utilizado es la inversión de su función real: el Ministerio del Amor se ocupa de los castigos, el Ministerio de la Paz, prepara las guerras, el Ministerio de la Abundancia mantiene a la población al borde de la subsistencia y, finalmente, el Ministerio de la Verdad falsea la realidad para que ésta coincida con las previsiones del Gran Hermano... el dictador único del que emana un “pensamiento único”, verdadero paradigma al que debe atenerse toda la sociedad.
Cada mañana, cuando el portavoz del PSOE, Pepino Blanco ofrece una rueda de prensa parece que oficie como un representante del Ministerio de la Verdad orwelliano quien habla. De hecho su función consiste simplemente en encajar a martillazos la realidad con las necesidades electorales del partido.
En el mundo de 1984 se ha impuesto el “doble pensar”, el arte de pronunciar unas palabras y encerrar un significado contrario a su significado objetivo. A esto lo llamamos hoy “lo políticamente correcto”.
El Gran Hermano, ánima nera de la novela, lo es todo, es el comandante en jefe, el guardián de la sociedad, el dios, el juez supremo, la encarnación de los ideales del Partido único y todopoderoso. Vigila sin descanso. Al Partido único deben pertenecer todos salvo los "proles", equiparados a los animales, los proles somos todos: la Policía del Pensamiento apenas los vigila: "a los proles se les permite la libertad intelectual porque no tienen intelecto alguno". Da la sensación de que se está describiendo la situación de España en el siglo XXI, donde puede decirse todo, pero no sirve para nada y donde la masa carece de capacidad crítica al 100%.
El protagonista de 1984 toma conciencia de lo monstruoso de esta sociedad. Percibe en los mecanismos mediáticos, en la educación y en el ocio, instrumentos para el control mental de los individuos y para la educación totalitaria de las nuevas generaciones. El Gran Hermano aspira a penetrar en el cerebro de cada ciudadano y a controlar cualquier disidencia incluso en el dominio del pensamiento íntimo. Las técnicas de dominación hacen efecto sobre Winston y la novela termina con el protagonista mirando un monitor de televisión: “Dos lágrimas, perfumadas de ginebra, le resbalaron por las mejillas. Pero ya todo estaba arreglado, todo alcanzaba la perfección, la lucha había terminado. Se había vencido a sí mismo definitivamente. Amaba al Gran Hermano”.
Orwell define a la ideología totalitaria como IngSoc, contracción de “socialismo inglés”, abierta a todas las razas, que propone el mestizaje universal y cuyo símbolo es una mano blanca y otra negra que se dan la mano. ¿Les suena?
Distopía frente a Utopía
La Utopía es una ficción en la que se describe un mundo ideal. La distopía, por el contrario, es una utopía negativa y completamente indeseable. Los mundos descritos por Orwell en 1984, por Huxley en Un Mundo Feliz o por Ray Bradbury en Fahrenheit 451, en La Naranja Mecánica de Anthony Burgess o, más recientemente Neuromante de William Gibson, son distopías.
En política, es frecuente que los buscadores de utopías, terminen generando monstruosas distopías. Es lo que ha logrado José Luis Rodríguez Zapatero de quien hasta el 14 de marzo de 2004 no podía dudarse de su honestidad y de su sinceridad, pero a medida que ha ido avanzando en su tarea de gobierno, ha dado muestras de su capacidad para generar problemas y llevar el caos allí a los terrenos más insospechados y hasta su aparición sosegados.
Zapatero intentó que el proceso de paz llevara por vía del diálogo al desarme del terrorismo. Y la utopía se trocó en distopía cuando estallaron las bombas de la T-4, ETA siguió amenazando y dos guardias civiles resultaron asesinados en Francia.
Zapatero intentó abrir un debate sobre el “modelo de Estado”; su utopía consistía en salvar la contradicción entre las autonomías y el Estado, pero se encontró con la distopía que llevó al Plan Ibarreche o al nou Estatut.
Desde 2004 hasta hoy la inmigración ha aumentado un 30%. La regularización masiva de 2005 debía de haber llevado a una nueva situación utópica en la que todos los residentes en España tuvieran papeles, pero, nuevamente apareció la distopía en forma de efecto llamada y de conscuencias más perversas que acarrea todo fenómeno migratorio incontrolado (desarraigo, delincuencia, formación de guetos, alteración de todos los parámetros y constantes de la sociedad española, etc.).
Como si Orwell hubiera anticipado la política económica del gobierno ZP en su descripción del Ministerio de la Abundancia, la utopía de la justicia social que decía defender, se convirtió en la distopía de la mayor crisis económica que se va haya visto en nuestro país. Y poco importa quien venza en las elecciones de marzo: la situación es tan grave que el margen de maniobra de unos o de otros es el mismo, aguantar la crisis y esperar que el tiempo lo resuelva todo…
Zapatero buscó alcanzar la utopía en materia internacional y para ello promocionó su Alianza de Civilizaciones, intentó alianzas con los “grandes”, pero, finalmente su política tan solo pudo atraer a países-parias africanos, a Turquía deseosa de buscar alianzas para acercarse a la UE, fracasando en todos los demás frentes. La utopía internacional de ZP y de Moratinos, se volvió, una vez más, distopía.
Otro tanto ocurrió en políticas sociales. El programa del PSOE de 2004 aludía a un utópico “viviendas para todos”, en la práctica se quedó, primero en “soluciones habitacionales”, luego en “pisos de 30 metros”, más tarde en 200 euros para alquileres que provocaron una inmediata subida de 200 euros en la oferta. La Ley de Acompañamiento no es nada sin los presupuestos de las autonomías, los beneficios prometidos a Autónomos y pensionistas, no sólo no aparecieron sino que la crisis económica iniciada en otoño de 2007 mermó hasta la raíz el poder adquisitivo de las economías más modestas. Si la distopía es algo, es precisamente esto.
El régimen de partido único aquí y ahora.
Alguno dirá: “Si, ciertamente, Zapatero si no ha leído –lo que parece probable- ni 1984 ni Un Mundo Feliz- los ha bene trovato y cada una de sus medidas ha conducido a la distopía, el “feliz mundo” que ZP ha querido construir se ha convertido en un “mundo feliz” huxleyano. Pero, afortunadamente, hay oposición”. Error, no hay oposición, hay competidor. El PP es el “competidor”, mucho más que el “opositor” y en tanto que “competidor”, juega a la contra sistemáticamente. Si fuera “opositor” miraría mucho más a los intereses nacionales que a los intereses propios, de la misma forma que si el PSOE fuera el “poder”, gobernaría en lugar de limitarse a disfrutar de las mieles del poder. Ni la oposición construye una alternativa, ni el partido en el poder sabe ni tiene la intención de ejercerlo.
Por lo demás, ninguno de los dos partidos “hace política”. La política es lucha, construcción, destino, no expolio de las arcas públicas allí en donde tiene ocasión, ni búsqueda sistemática del máximo beneficio económico propio con el mínimo esfuerzo.
No hay oposición porque ningún partido cuestiona ni lo políticamente correcto, ni el pensamiento único, ni el nuevo orden mundial (la globalización). Vivimos en un escuálido régimen de partido único, el partido del conformismo, de los intereses de parte sobre los intereses de la colectividad y de la utilización del poder para satisfacer su desmedida ambición.
Por eso los programas de los partidos se asemejan tanto en lo esencial e incluso se complementan (Aznar abrió las puertas a la inmigración, ZP los legalizó; Aznar fue partidario de la entrada de Turquía en la UE, ZP también; los alcaldes del PSOE recalifica como máxima actividad municipal, los del PP también; ni el PSOE, ni el PP se atreven a criticar la globalización; ni el PSOE ni el PP hicieron absolutamente nada por la familia española, por estimular la demografía, ni por aumentar los niveles de representatividad democrática; el PSOE ejerció el antimilitarismo, pero fue Aznar quien liquidó el ejército con su oportunista abolición del servicio militar sin que existieran alternativas; y así sucesivamente), las únicas diferencias son en “talante” y en estilo con el que realizan, es decir el “relumbrón”.
Si bien ZP ha “enunciado” proyectos radicalmente diferentes a los del PP, no ha llevado a la práctica nada esencial de verdaderamente profundo, porque para hacerlo debería de contar con el consenso del PP de acuerdo a la constitución del 78. De ahí que, incluso desde el punto de vista constitucional, podamos decir que vivimos en un régimen de partido único, el partido del conformismo y del pancismo.
El rostro del Gran Hermano varía –de hecho en la novela de Orwell nunca se le presta un rostro concreto, es anónimo- pero su mentalidad es siempre la misma: Rajoy y ZP, tanto monta, una diarquía oligárquica, un sistema con aspecto democrático –en el que cada cual puede decir todo lo que quiera, sabedor de que no va a servir para nada- en el que los ciudadanos son arrojados por el Ministerio de la Abundancia (Solbes) a los límites de la supervivencia económica y donde el Ministerio de la Verdad (Blanco) rescribe cada día la historia y miente con un cinismo digno de Satanás pidiendo acceso al Cielo de los justos, en donde los Caldera-Rumi-Pajín muestran la multiculturalidad como la gran panacea y la mano blanca y la mano negra descritas por Orwell cruzándose en una improbable armonía universal que remite al mundo feliz de Huxley.
La bastardización de la población mediante la educación –esa educación que ni el PP reformó cuando tuvo ocasión, y que el PSOE solamente ha hecho otra cosa que hundir un poco más- junto a la precariedad económica de las masas, las mantienen quietas. En el fondo siempre puede perderse algo más. Y, por lo demás, ambos partidos han promocionado un sistema de ocio que agudiza más la ignorancia y la bastardización.
Quien no tiene cultura, ignora lo que es la verdadera libertad y aunque la tuviera no sabría como ejercerla; ni sabe juzgar ni criticar, ni analizar, si apoya no sabe porqué –por vísceras- y si se opone ignora los motivos de fondo –por vísceras- es simplemente un paquete de vísceras, un tubo digestivo y poco más. Ese es el Winston que ante el monitor del Gran Hermano derrama unas lágrimas porque entiende que “se ha vencido a sí mismo”. Es decir, porque ha renunciado a su alma.
Esos somos usted y yo, y el tipo que me acabo de cruzar y el vecino del quinto y el enésimo concursante del enésimo concurso televisivo o del último talk-show. A eso nos han reducido y nosotros se lo agradecemos porque cobramos el paro, porque a fuerza de ganarnos la vida la perdemos día a día, porque nos han traído inmigración para limpiarnos los mocos, porque el PIB crece aunque mi cartera mengüe. Gracias porque ya solo me quedan 29 años para pagar la hipoteca. Gracias eternamente al Gran Hermano, gracias a la sigla PPSOE y gracias a Zapajoy, reflejo pálido del Gran Hermano.
Ernesto Milà – Infokrisis – Infokrisis@yahoo.es

18 de agosto de 2008

INTERESANTE REPORTAJE A ECONOMISTA EUROPEO

Redacción MD Bilbao 23 Julio, 2008
Reproducimos, por su interés la entrevista realizada por la revista Generación XXI al economista español
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Generación XXI.- ¿En qué punto se encuentra tu investigación sobre las relaciones entre economía y globalización?
Manuel Funes Robert.- Nadie ha planteado todavía la contradicción fundamental del liberalismo, ahí va dirigida mi obra. Hemos visto que toda la OPEP en bloque y, por tanto, toda la demanda de petróleo concentrada en una sola mano, carece de poder para poner el precio a nivel universal, porque, en realidad, son los mercados financieros los que determinan la relación Euro-Dólar, los que tienen el poder para determinar el precio del petróleo, y los que toman la decisión para cualquier otra mercancía que pase de una frontera a otra.
¿Esto qué significa para un liberal? Que al llevar la libertad de movimiento de capitales como parte de su ideal y al contar con la ley de la oferta y la demanda como el mecanismo social mejor posible, porque es lo que lleva al precio justo, esa ley queda desnaturalizada en el orden internacional, precisamente por ser llevada a un terreno equivocado: el terreno de las monedas. Si no ven la diferencia esencial que existe entre las monedas y las mercancías, se equivocan.
Esa generalización impropia de que el dinero es una cosa más, es una desgracia intelectual para el liberal, de igual manera que para el marxista fue una desgracia intelectual decir que el trabajo era una cosa más; tanto el dinero como el trabajo son cuestiones radicalmente diferentes al resto.
Mucho se ha hablado de las contradicciones del capitalismo. El marxismo, con todas sus profecías, es la contradicción del capitalismo, que supo resolver el problema de la producción, pero no resolvió el problema de la distribución; y ese pecado original del capitalismo acabará con la ruina del propio capitalismo: ésta es la profecía marxista.
GXXI.- ¿Cuál es tu concepto del dinero?
M.F.R.-El dinero ha sido una cosa valiosa que funcionaba por ser fácilmente fraccionable, movilizable y estimado, por eso al principio se utilizó el patrón oro. Pero el salto de gigante que dio la humanidad fue pasar del metal al papel; lo que supuso que el dinero se convirtiese de cosa en nombre y de dato en variable. Así que el dinero es un nombre en papel que vale por la firma que tiene y por la aceptabilidad de la que goza. Antes, la gente no aceptaba que una cosa que valiera para todo no tuviera valor intrínseco.
Sin embargo, la esencia del dinero es que hoy, y para siempre jamás, nace de la nada, sirve para todo y no cuesta nada, sólo una simple orden. Los príncipes se pasaban la vida buscando la piedra filosofal que, finalmente, resultó ser una imprenta. Y ese fue un hallazgo positivo, porque ha quebrado la teoría económica que se funda en el hecho de que los medios de producción son escasos. Pues bien, ahora el capital no tiene más límite, nominalmente hablando, que la voluntad política. Con la independencia de los bancos y la libertad de movimientos de capitales, se ha privatizado la creación del más público de todos los bienes: el dinero.
GXXI.- Y, ¿cómo el dinero se ha convertido en un objeto de comercio para una minoría, creando, de hecho, un anti-mercado?
M.F.R.- El cambio de la naturaleza del dinero se produjo en torno a los años 30. Fue entonces cuando el dinero, como acabo de indicar, se convirtió en un nombre. Pero ahora te pregunto: ¿cuánto vale un billete de mil pesetas en España? No puedes responder porque en España no es objeto de comercio. En París, sí tiene sentido esta pregunta, porque me cambias las pesetas por francos. El dinero que ha pasado de cosa a nombre, puede ser nombre cuando traspasa las fronteras. El mercado de las monedas es un mercado de objetos de comercio, porque se buscan y se venden alterando el precio. El paso de cosa y dato a nombre invariable. El dinero, a tener dos naturalezas, se manifiesta de una u otra forma según dónde se encuentre. Por eso la peseta pasa de ser un nombre en España a ser una cosa en otro país.
La inmensa mayoría de los españoles, como consumidores, desean que el dinero sea abundante y barato; pero los que lo ven como objeto de comercio, la mayoría poderosa, quiere que sea escaso, caro y, sobre todo, que sea móvil. La movilidad es muy importante para ellos porque así pueden aprovecharse de la bajada y la subida de los precios. La especulación entra aquí, y llamamos especulación a toda actividad lucrativa que no tenga repercusión positiva en el mundo de los bienes reales, que es de lo que depende la felicidad material humana.
¿Qué crisis monetaria hay en el mundo que no se solucione pidiendo dinero al Fondo Monetario? Se ha metido en la cabeza de la gente que la única fuente de dinero son los mercados financieros y el FMI; el dinero válido es el que viene de fuera, no el propio. De esta manera, cada país se hace esclavo de los mercados exteriores. Para que mi dinero valga, hay que sacarlo de casa, la inversión válida es la extranjera.
La cultura de que el dinero válido sólo es el que viene de fuera es una memez; entre otras cosas porque el dinero que viene de fuera también tiene patria y también está hecho por una máquina.
En Europa el problema parece que se resuelve con la unificación de moneda al poder llevar los euros de un país a otro. Pero el problema que parece que se resuelve en Europa se agrava en realidad, porque ya la ley de la oferta y la demanda no va a determinar el nivel de precios de un país respecto a otro, sino de un área respecto a otra. El mundo se parte en dos si no hay más que dos monedas. Basar la libertad del mundo de capitales actual sobre la división de esas dos monedas proporciona a los mercados la posibilidad de fijar los precios de medio mundo respecto a otro, y este poder es ilícito por su enormidad y sus consecuencias y, sin embargo, es consecuencia natural del ideario liberal.
Ya quisieran los liberales haber caído en tantas contradicciones como dicen que cayó el marxismo; al revés, ahora el marxismo científico resurge: la evolución de la sociedad humana está gobernada por dos fuerzas: el progreso y la evolución de los medios de producción y la privatización de los medios de producción que es la causa de la división de la sociedad en dos clases: el telar de mano, sociedad feudal; el telar de juncos, sociedad capitalista; pero el telar de mano era propiedad de quien lo manejaba; no el telar mecánico.
Pero ¿qué decía Marx del dinero?: que todas las mercancías equivalían a oro. Nunca imaginó que el oro pudiera ser sustituido por papel, porque entonces el dinero de las naciones se vendría abajo. Por eso deseaba estatizar los medios de producción, al ser el dinero uno de ellos y, además, el motor económico.
Ya tenemos la evolución como uno de los factores base del pensamiento marxista; la segunda es la explotación masiva de la privatización de ese medio, y ese medio se privatiza mediante la independencia de los bancos centrales y la libertad de movimiento de los capitales. Acabo de resucitar el esquema marxista fundamental. Hay una clase interesada en privatizar y en gozar de la privacidad de ese dinero libre; privatizado en su origen y privatizado en sus movimientos.
Y esto qué significa, que estoy con el movimiento marxista originario considerando el dinero como medio de producción.
GXXI.- Y, ¿cuáles serían las clases resultantes, actualizando a Marx?
M.F.R.- En primer lugar, la clase dominante, la que tiene poder y que es aquella para la cual el dinero es un objeto: financieros, políticos que ceden y economistas a su servicio. Y la segunda clase, sería la resultante de la anterior y estaría formada por el obrero y el empresario, ambos juntos como víctimas. Por lo que la globalización no es más que la manifestación moderna de la nueva lucha de clases; el mundo va por ahí.
Ante esto, es necesaria una doctrina de ataque, una doctrina que justifique que el dinero no lo haga el poder público, sino el privado.
Así, la izquierda puede tener un objetivo en cuyo origen se encuentran los principios del marximo científico, si se considera hermana de la clase formada por la derecha empresarial. Los empresarios, a su vez, deben saber que el liberalismo que dice protegerlos les ahoga con la financiación, y sólo les ofrece como arma la flexibilidad laboral y magnificar la sensibilidad laboral que sirve para mantener vieja la lucha de clases típica y enfrentar al obrero con el empresario para que no se entere que están formando una sola clase.
Lo que yo sé es en qué dirección me debo mover: más dinero mientras no haya pleno empleo de personas y de equipos, y no más dinero cuando llegue al pleno empleo. El pleno empleo es un límite borroso, grueso pero suficientemente orientador.
GXXI.- Y respecto a todo esto, has realizado también una crítica complementaria sobre la llamada “tercera vía”.
M.F.R.- A toda vía que le falte el keynesismo o el “funesismo” -que, desgraciadamente, es necesario aunque no me lo reconozcan-, no es válida.
Hacen falta estos complementos indispensables para pasar al ataque y realizar una inversión propia, no extranjera.
Ahora se está viendo que cae el euro respecto al dólar. Aunque el Banco Central de Europa tiene unas cuantas virtudes muy grandes, a España, por ejemplo, le ha salvado de la usura para siempre. Habrá perdido la soberanía, pero qué importa si el soberano era memo. Nadie hay en Europa que pueda cometer tantas canalladas como las realizadas por los que dirigían la economía. Nos hemos librado de una caterva de incapaces, gracias al Banco. Lo primero y fundamental es que se bajen los costes de financiación, porque el dinero es la fuente de energía, el motor de la economía. ¿A quién se le ocurre encarecerlo para que la economía funcione mejor?
Entonces, la tercera vía mientras no asuma el keynesismo se quedará quieta cuando se produzca la inflación. Combatir la inflación con la congelación salarial es impedir el remedio natural contra el empobrecimiento que necesariamente provendría del hecho de subir los precios y no las rentas.
Si la tercera vía no sabe enfrentarse con el déficit, la inflación y la congelación salarial, y si usted no admite que el dinero es un medio de comercio y no un objeto de comercio, y que la creación de la masa monetaria y el control de los movimientos de capitales debe volver a los Estados; los problemas no tendrán solución.
Entrevista Javier Esteban